La música pop tiene una abeja reina que controla la cultura norteamericana como nadie. Con performances sagradas, reivindicaciones a la herencia maternal y mensajes políticos, Beyoncé abandonó el clásico papel de objeto sexual de las cantantes pop y se ha convertido en una líder del feminismo espiritual. Una corriente que crece en el underground de Estados Unidos y que invoca el concilio de las mujeres y su empoderamiento.



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Desde que Donald J. Trump ocupa un espacio importante en la vida de los estadounidenses, distintas personalidades de la cultura se esfuerzan por mostrar su oposición al presidente. Las mujeres parecen ser las más enérgicas, o por lo menos, se destacan más. Meryl Streep en los Globos de Oro, Lady Gaga en el Super Bowl, Katy Perry en los Grammy. Trump reavivó el feminismo espiritual en sus múltiples formas.

 

Por más que el presidente se empeñe en construir una identidad cristiana para el país, la tradición estadounidense tiene múltiples religiones. Muchas de las creencias que conviven (cuáqueros, budistas, unitarios) están activamente comprometidas con valores de igualdad. La tolerancia religiosa, sobre la que se funda la primera enmienda, ha mantenido a Estados Unidos relativamente aislado del ateísmo, siendo un país en el que frecuentemente se nombra a Dios en discursos oficiales.

 

Las religiones o espiritualidades feministas, en cualquiera de sus formas, altera el binarismo de género heteropatriarcal. Ponen en el centro de su narrativa deidades o fuerzas que o bien se identifican con lo tradicional femenino, como la Madre Tierra, o bien dotan al otro de capital sagrado ejerciendo los roles de sacerdotisas, brujas o diosas. Los modos de hacer de las espiritualidades feministas con frecuencia desafían valores tan asentados en el patriarcado como la autosuficiencia, la productividad capitalista o la línea temporal; y redefinen los conceptos de cuerpo, naturaleza, familia o comunidad.

 

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El rescate de las formas antiguas del feminismo espiritual lleva un tiempo colándose por la cultura underground, especialmente entre la población hispana de los Estados Unidos, quienes se ven a sí mismas como herederas de la lucha feminista decolonial en un país cada vez más anti-latino, anti-queer y anti-mujer. El grupo de música afro-puertorriqueño de Nueva York Princess Nokia es un buen ejemplo. Raperas y brujas que se empoderan a través de rituales mágicos y sobreviven a su disciplinaria vida de high school. “Don’t you fuck with my energy”/ “no jodas con mi energía”, exclaman en el estribillo de su canción “Brujas”, priorizando el concepto de “energía” que la educación racionalista que reciben cotidianamente rechaza. También el club californiano B-side brujas, un lugar regentado por una comunidad de latinas donde los cuerpos acuden a liberarse mediante la música disco y buscar su curación en una comunidad afín. Las skaters del Bronx, Bruja Skate Crew, de nuevo anticipan la salud corporal y su energía, resemantizando una actividad física tradicionalmente asociada a lo macho como es el patinete, apropiándose así del espacio público de la ciudad de Nueva York.

 

En un registro menos sincrético con las formas contemporáneas del arte se encuentra el colectivo Yerbamala, que ha resucitado la brujería como forma consistente de activismo. Como grupo anónimo, descentralizado y clandestino  publicaron su manifiesto poético antifascista en los días previos a la inauguración presidencial, seguido de su libro de conjuros antifascista, una guía mágica y práctica contra la política actual con sentencias hechas para ser distribuidas tales como “you have manipulated a history of racism and promised a wealth you will never shared”/ has manipulado una historia del racismo y prometiste una riqueza que nunca compartirás”.

 

La Diosa Beyoncé

 

La bruja y la diosa son las dos caras de la misma moneda. La bruja no es más que una diosa históricamente perseguida y desplazada a los márgenes. Mientras la brujería nombra una red invisible e irreprimible de desobediencia, la diosa, en cambio, se erige ante las masas con todo su poder (cuando puede hacerlo) y dentro del poder. Este es el caso de Beyoncé, la primera gran estrella mainstream en capitalizar el feminismo espiritual. La conversión en diosa de la diva del pop en la pasada entrega de los Grammy se volvió una clase magistral para el público más mayoritario sobre el poder de las mujeres, una asignatura que el heteropatriarcado ha prohibido históricamente.

 

Lo que Beyoncé hizo en los Grammy fue llegar al pico de su creatividad artística, pero también política, afianzarse como líder de la espiritualidad feminista en la cultura popular y, en resumen, educar[1]. Es imposible discutirle a Beyoncé que es la abeja reina (Queen Bey), como se la conoce popularmente, ella controla la cultura norteamericana como nadie, es una mujer empoderada y consciente de las batallas que aún se debe librar contra el racismo heteropatriarcal en los Estados Unidos. Por dar un ejemplo de su implicación política, el matrimonio Beyoncé-Jay Z pagó de su bolsillo las fianzas de los manifestantes detenidos en las protestas de Baltimore y Ferguson (2015) tras el asesinato indiscriminado de dos jóvenes afroamericanos a manos de la policía.

 

Reconocimiento yoruba

 

La performance tuvo lugar en febrero, cuando los Estados Unidos celebran el mes de historia afroamericana. Por tanto, nada mejor que recibir una lección magistral sobre la diáspora y la cosmovisión religiosa no binaria africana a manos de Beyoncé.  Ella transformó el escenario de unos premios de capa caída con tintes racistas (véase la polémica por el Grammy al mejor álbum del año y la categoría de música urbana)  en un espacio sagrado altamente artístico.

 

 

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En esta coyuntura hay que entender la encarnación en diosa de Beyoncé, quien convirtió una actuación de música pop en un ritual artístico-espiritual de empoderamiento de las mujeres y, especialmente, de las afroamericanas. Según expertos en estudios afroamericanos, la diosa a la que dio vida Beyoncé presentaba rasgos de Mami Wata y Osún. Mami Wata es la diosa yoruba de la fertilidad, el mar y la voz, y fue venerada por su poder de venganza entre los esclavos nigerianos capturados para su venta en Norteamérica. También fue la diosa yoruba del amor y la espiritualidad Osún. Sincréticamente, también pudo ser la diosa hindú Kali del amor y la muerte. Y Venus. Y quizá, también, la Virgen María, en una versión de esta anterior a la mujer impotente que conocemos, cuando María era casi una superheroína, como fue retratada en las Cantigas de Alfonso X. Además, tomó el rol de las poetas sagradas que todavía hoy perviven en África occidental. Esta figura, la de la sacerdotisa, permanece ajena a nuestra cultura desde la Edad Media.

En suma, y sintiéndolo mucho por los credos patriarcales abrahámicos dominantes, la diosa está aquí y ha venido para quedarse. Como invocó la Abeja reina al terminar su performance, “if we are going to heal, let it be glorious/ si vamos a sanar, que sea glorioso”, en una llamada global a la sacralización femenina.

 

Sensualidad y sexualidad matriarcal

 

Encarnando todas estas diosas, Beyoncé fue sexi, pero de una manera muy diferente a como las cantantes del pop suelen serlo, porque fue sensual a la manera matriarcal y no patriarcal, es decir, no intentando agradar a otros, dándose a sí el placer de disfrutar de su cuerpo. Fue sexi del modo en que la Iglesia católica siempre temió que las mujeres lo fueran: para darse gusto a sí mismas, no a los hombres. Abrazando la religión de la diosa, Beyoncé está dando un ejemplo de cómo sentirse sagrada. Esta sacralización nada tiene que ver con el ascetismo sexual católico, se trata más bien de honrarse y cuidarse como el ser divino que somos. Si te sientes sagrada, si te respetas por lo que eres, es más probable que te comprometas en la lucha contra quienes van por ahí maltratándonos impunemente. (“Grab them by the pussy. You can do anything. /Agárralas por el coño. Puedes hacer cualquier cosa”, contaba Donald Trump en una grabación).

 

El concilio de mujeres

 

Beyoncé se rodeó exclusivamente de bailarinas invocando en imágenes artísticas al concilio de mujeres. El concilio de mujeres es un concepto utilizado en las meditaciones feministas. Consiste en una comunidad de mujeres que te reciben, te incluyen, te cuidan en tus ritos de paso y se vuelven tus protectoras durante el sueño. Encontramos imágenes de este concilio en algunas barajas del tarot feminista como esta: Motherpeace Tarot, desarrollada por Vicky Noble y Karen Vogel.

 

La idea de un concilio de mujeres está dejando de ser una ensoñación abstracta para volverse real. No hay más que ver la marcha de las mujeres que tuvo lugar en multitud de ciudades de los Estados Unidos -y de todo el mundo- en contra de la toma de posesión de Donald Trump el 21 de enero, seguida del multitudinario paro de mujeres del 8 de marzo. También el concilio está tomando vida en la resistencia a las órdenes ejecutivas de la nueva administración. Las senadoras republicanas que se opusieron a la secretaria de educación nombrada por el presidente, la jueza que suspendió preventivamente la orden migratoria contra siete países de mayoría musulmana; la otra jueza que dictó que dicha orden no era válida para quienes ostentasen el permiso de residencia, etc. todas todas ellas, mujeres. Estas, como el ballet metafórico de Beyoncé, están trayendo a la realidad el espacio de sororidad del concilio de mujeres.

 

Celebración de la herencia matrilineal

 

A Beyoncé le cedió la entrada en el escenario su madre, Tina Knowledge. La imagen de su madre, ella misma y su hija, Blue Ivy, junto con los versos con los que abrió su aparición fueron un canto a la herencia matrilineal: Do you remember being born? Are you thankful for the hips that cracked? The deep velvet of your mother, and her mother, and her mother? There is a curse that will be broken […] Your mother is a woman, and women like her cannot be contained. (¿Recuerdas cómo naciste? ¿Das gracias por las caderas que se abrieron? El terciopelo intenso de tu madre y su madre y su madre. Hay una maldición que se romperá […] Tu madre es una mujer y las mujeres como ella no pueden ser reprimidas”).

 

 

La Abeja reina nos traía a la memoria todas las generaciones de mujeres anteriores a la nuestra, nos recordaba que la lucha de nuestras madres es la también la propia y que honrar nuestra herencia materna es ser feminista. Para entender mejor el poder de este momento, recuérdese la presencia cotidiana del padre en la ficción y cultura estadounidenses. Todos tenemos en la memoria la repetida imagen del niño en el campo de béisbol deseando que aparezca su progenitor sin mentar a la madre quien, muy seguramente, le ha lavado la equipación, alimentado y llevado al partido. Pues bien, a Beyoncé su padre y su marido no le parecen merecedores de este homenaje familiar y prefiere centrarse en su herencia matrilineal.

 

Honrar el embarazo

 

Hasta aquí no he mencionado una de las características más potentes de la artista en el tiempo de la actuación: su embarazo de gemelos. Es la primera vez que en un espacio mediático y público de similar  alcance se honra el hecho de estar embarazada. Vanessa Williams tuiteaba cómo durante su actuación en los Grammy del 71 ni una sola vez el realizador bajó el plano para mostrar su vientre abultado. Cuando una famosa espera bebés con frecuencia el comentario más repetido tiene que ver con lo rápido que vuelve a su delgadez o lo fácil que se ha “recuperado”. Tenemos cientos de imágenes de celebrities con vestidos vaporosos o en tonos oscuros que disimulan su embarazo. Beyoncé, en cambio, nos dice que no hay nada que disimular, que hay que celebrar. Además, devuelve al embarazo una de sus características principales: la sexualidad. ¿Qué es el embarazo, el parto y la lactancia sino un estadio más de la sexualidad de la mujer donde se ponen en juego todos los órganos sexuales desde la vagina a las mamas? ¿Hasta cuando vamos a disociar las ideas de maternidad y sexualidad como si fueran antagónicas? Pensemos por un momento que los hombres pudieran estar embarazados. ¿No estaría este tema incluso más tematizado en las artes que el de la eyaculación masculina o la muerte? Finalmente, la Abeja reina ejecutó a la perfección la mezcla de poder y vulnerabilidad característica de una corporalidad embarazada con ese truco de la silla. En una sociedad en la que se nos inocula que gestar un bebé es casi una enfermedad, que necesitamos un ejército tecno-médico para sobrellevar nuestro propio cuerpo embarazado, Beyoncé se tumba sobre una silla en suspensión como diciendo “yo sé lo que me hago, no necesito tu ayuda, respétame”.

 

De los múltiples ataques contra la actuación de Beyoncé, desde narcisista a falto de verdadera música, el único que me parece merece una contestación es la acusación de apología de la biomujer. Podría argumentarse que, exhibiendo orgullosamente su embarazo, está cayendo en corrientes neoconservadoras que feminizan los cuidados y las prácticas de maternar. En primer lugar, la maternidad de Beyoncé no tiene nada de tradicional, puesto que no es pasiva ni sumisa ni doméstica ni privada, ni siquiera se oculta. En segundo lugar, está trayendo e invocando cosmovisiones culturales que no se rigen por patrones binarios como la nuestra. No olvidemos que la cultura que nos enseñó a asociar sexo con género y la que nos recalcó que éramos “distintas” e “inferiores” fue la nuestra, no es, por tanto, un fenómeno universal. Aún cuando la cultura yoruba o hindú puedan regir patriarcados, alteran nuestro binarismo de género hegemónico porque desestabilizan los roles asociados a los sexos, tales como el de la madre que no tiene deseos para sí o la religiosa enclaustrada. Quienes piensen que el patriarcado occidental es universal o, de alguna manera, “mejor” o más benévolo que otros deberían revisitar el libro de Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, The invention of women: making an African sense of Western gender discourses, sobre la cultura yoruba.

 

A modo de conclusión: lo que hace Beyoncé es transformar la música pop en un espacio de arte sagrado, encarnar a la diosa, decirnos a todas las mujeres que también somos diosas, invocar el concilio de mujeres, traer a la vida las imágenes religiosas yorubas, abandonar el clásico papel de objeto sexual de las cantantes pop siendo genuinamente sensual, honrar el embarazo por primera vez en la cultura pop, defender un fuerte mensaje político a través de las artes, celebrar la herencia matrilineal, representar la unión de poder y vulnerabilidad propia del embarazo, y, por último, liderar el feminismo espiritual.

 

[1] La actuación de Beyoncé en los Grammy 2017, de alrededor de unos ocho minutos de duración, puede encontrarse en diferentes videos con mejor o peor calidad, algunos cercenados, en youtube.


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