La periodista Paula Bistagnino publicó en Anfibia una crónica sobre el recital que el Indio Solari dio en Mendoza en 2013 frente a 120 mil personas. Los comentarios se multiplicaron: a favor y en contra, algunos con agresividad desmedida. Pablo Alabarces reflexionó sobre estas reacciones. ¿El Indio es el que la tiene más larga?



Todo comenzó con Maradona. Su ya mítico exabrupto montevideano fue el clímax de un movimiento que venía de mucho antes, y que tenía gran cantidad de escalas: tengo huevos, tenemos aguante, ponemos lo que hay que poner, les rompimos bien roto el culo. Pero Maradona dijo “La tenés adentro”, lo hizo sigla (LTA) y lo volvió muletilla, lugar definitivamente común del lenguaje. Y entonces, que la sigan chupando. En el mundo del rock, esto tenía un antecedente famoso, eso de “Cerati se la come, el Indio se la da”. Los imponderables de la historia y la medicina clausuraron ese slogan –queda muy mal someter sexualmente a un enfermo–, aunque no el principio fundamental según el cual la vida es cosa de machos que se las bancan todas y que esa vida es, indiscutiblemente, ricotera.

Reducir el mundo ricotero a esto es sin duda empobrecedor: nada está más lejos de mis intenciones, y sin duda que tampoco de las intenciones de Paula Bistagnino y de la revista Anfibia cuando decidieron cubrir la ceremonia mendocina. De acuerdo: no hay en la crónica de Bistagnino una sola indicación estética, sino que su mirada sobre el fenómeno ricotero es más antropológica que de crítica musical. No es una crónica de rock, o una lectura de los matices de la voz del Indio, o de una de las pocas texturas musicales originales e inconfundibles del rock argentino, o menos aún de ese fenómeno increíble que combina letras complejas –les dicen “crípticas” – con masividad y juegos de interpretación incansables –todo lo que se ha dicho y se dirá sobre el significado de “Jijiji”. La crónica se dedica apenas a acompañar un fenómeno de masas único en la cultura argentina con atención, humildad y agudeza visual.

De acuerdo: la mención de los quince millones de pesos es provocadora, más allá de su objetividad. Pero se limita a enunciarlos como dato: no produce el juicio ético condenador que tantos comentaristas han leído con alucinada rapidez. Afirmar que las ganancias del Indio le permiten vivir sin trabajar el resto de su existencia no implica condenarlo como cerdo burgués capitalista, como consecuencia única y necesaria; puede implicar muchas otras cosas, por ejemplo el hecho indiscutible de que aún el rock que se presume más impugnador y resistente no tiene más remedio que circular por las redes del “sistema”, entrar en los canales de producción, circulación y consumo de la industria cultural. Sin esos canales, el Indio seguiría cantando para los amigos en los bares de La Plata, y toda esta discusión no se hubiera producido. Pero al afirmar la relación del Indio con el dinero se contamina la santidad ricotera, y eso se vuelve imperdonable.

Supongo que lo más irritante es la frase “la multitud es homogénea cuando se hace masa, como un rebaño de ovejas obedientes”. Posiblemente, la frase es demasiado fácil, y se contradice con todas las indicaciones que aquí y allá Bistagnino disemina en su crónica, las que hablan de sujetos y sujetas activos, constructores y practicantes de las cien mil maneras que hubo para celebrar el rito. Pero la palabra “ovejas” es exasperadamente anti-ricotera, contradice todos los principios del mito de autonomía e impugnación que rodea al Indio y muy especialmente a sus seguidores. Y eso termina por desatar la furia.
Y aquí volvemos al comienzo. En un clímax de la cólera, un comentarista afirma: “conseguite una buena verga y que te la metan en la boca”. No falta el “puto” diseminado con explicitación o sutileza. La sugerencia de que, mejor, sería hacer crónicas de “Miranda o de Tan Biónica”, la seguridad de que la cronista no se va a “embarrar los zapatos”.

Como si hubiera dos lados: por aquí están los que al Indio “lo podemos ver y sentir”; enfrente, los que “solo pueden criticar”. En resumen: de un lado hay sujetos inmensamente machos, que se embarran, sufren, aguantan, se desgarran, sienten, comprenden con la pasión; del otro, putos (aunque sean mujeres) que cuidan sus ropitas, inmunes a la pasión, la locura, el sentimiento (“no lo puedo parar”), el exceso del cuerpo. Y entonces, la única posibilidad que se les ocurre es el castigo transformado en sometimiento sexual: “la (buena) verga en la boca” para que no hable. Que la chupen. Que la sigan chupando.

Todo eso es tan ricotero como poco Solari. Justamente: el mundo que inventó el Indio es mucho más complejo que eso. Si así no fuera, las metáforas de sus letras serían infinitamente más sencillas, limitadas a dicotomías elementales, precarias, donde unos dan y otros reciben. Y no lo son. El mundo, en la discografía del Indio (ponemos a Los Redondos en el mismo inventario) es complicado y variable, es rock y es tecno, es Oktubre y es Momo Sampler. Que no tenga más remedio que cerrar con “Jijiji” no significa que el universo Solari se reduzca a un pogo frenético, el más grande del mundo y de la historia y de la galaxia. Si así no fuera, nuevamente, todo esto no tendría sentido: el Indio y Skay hubieran grabado sólo tres discos más otros siete Grandes Éxitos, o se hubieran reunido cuatro veces para hacer cinco River y dedicarse a contar billetes. En esa complejidad musical y poética y ética –nada menos que la invención definitiva de la autonomía en la producción rockera argentina– se cifra todo el éxito incomensurable del Indio.

Pero está lo otro: para seguir al Indio hay que sufrir. Hay que tener aguante. Hay que matar un rati para vengar a Walter. Ser todo huevo y corazón.
Y entonces, lo que las críticas e insultos dejan leer es el reclamo de los actores de este lado, el de acá, el de abajo del escenario, que no pueden tolerar que una crónica de sus prácticas no los eleve a la condición de vanguardia espiritual de la cultura argentina. En la misa ricotera aparece, con una potencia que el fútbol ya no puede emular más (porque se ha transformado en una parodia televisada por Marcelo Araujo), la ilusión fundamental del espectador: que la diferencia entre el artista y el público se suprima, que él sea confundido con ellos (y viceversa). Para eso, la clave es aguantar, aguantarlo todo: el traslado, de ser posible a distancias enormes (que la geografía argentina facilita), en las duras condiciones que exijan los sacrificios rituales; el clima, porque si no llueve y se embarra será un calor apocalíptico para que el infierno esté encantador; el consumo de alcohol, porque solo cuerpos bien machos pueden soportar la ingesta de hectolitros de bebidas; el cansancio, el sudor, el frío, la afonía; y el pogo, claro, prueba definitiva del aguante que se ejerce y se banca con el cuerpo, y nada más que con el cuerpo.

La consecuencia lógica de ese despliegue es que, frente a la crítica o a lo que se imagina como crítica, la respuesta debe ser nuevamente aguantadora. Y ése es un problema fundamental de la ética del aguante: es meramente defensiva, cuando parece ofensiva. Entonces, en lugar de responder con argumentos se contesta con metáforas sexuales: no soy eso que decís, de modo que te vamos a cojer. El mundo aguantador no puede leer más que dos polos –macho/puto– y ordenan toda la discusión en torno de esas dos posibilidades. El destino inevitable es que uno le debe romper el culo al otro, o el otro chupársela al primero, para que el mundo pueda seguir siendo comprensible.

(Aclaremos: esta descripción no le cabe solo al mundo ricotero, o por extensión, al mundo del rock y del futbol y de la cumbia villera. Buena parte de la política argentina, por derecha o por kirchnerismo, se piensa del mismo modo).

En el mundo ricotero hay mucho más que lo que los lectores afirmaron en su exasperación indignada. Hay aguante y pasión, como en pocos fenómenos de la cultura argentina; pero también hay el extraordinario suceso de una militancia ordenada por el juicio estético, por la percepción (a veces más consciente, a veces más sentimental) de que en la música y las letras del Indio hay una enorme belleza. Y que el goce de esa belleza no se limita al consumo solitario sino que alcanza otra dimensión en el disfrute colectivo. Está también la intuición, que podría desarrollarse más, de que todo eso tiene un valor político, porque se suman masas, militancia, contestación, sinceridad, irreverencia, violación de prohibiciones; y de que enfrente –en la condena o en la prohibición, en la represión o en la persecución– hay enemigos poderosos, mucho más que putos que no pueden sentir lo que ellos sienten.

Todo esto no tenía por qué ser dicho en la crónica. Allí nunca se sugiere, siquiera, que se trate de pibes “que no tienen nada en la cabeza y van como pelotudos a una misa”. Sino que por el contrario se propone que en la peregrinación se juegan cosas mucho más duras e interesantes que en una caminata a Luján. Falta, salvo excepciones, buena leche en la lectura. De ambos lados. También en quienes la elogian por lo opuesto: que afirman que los ricoteros son un hato de ovejas empelotudecidas, o que el Indio es un comerciante. Y reproducen el esquematismo, aunque dando vuelta el lugar del que chupa y el que es chupado.

Por todo esto, podríamos hacer un intento, mínimo, tímido, de abandonar ese mundo limitado del lenguaje. Dejárselo a Maradona y a los malos periodistas deportivos, digamos. De dejar de igualar aguante con belleza –porque no tienen nada que ver– y coraje con genitales –porque aunque reemplacemos los huevos con los ovarios, seguimos pensando en términos del macho, y eso está mal, siempre está mal–. Y, también, dejar de pensar que el mundo se reduce a quién rompe más culos y a quién chupa más vergas. Porque eso implicaría suponer –y no dudo de que no es la intención de los ricoteros enojados– que van a ver al Indio porque es el que la tiene más larga. Cosa que habría que demostrar: pero que Solari no debe estar interesado en demostrar, y que reduciría el talento y la potencia de sus letras y música a simplemente una cuestión de centímetros o pulgadas, lo que les pareciera mejor.


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