Como si la historia buscara revancha, la asunción de Trump puede leerse como la vuelta del mundo a 1910. Crecimiento fronteras adentro, la disputa de una nueva hegemonía mundial entre Estados Unidos y China, un creciente nacionalismo y la paz como duda. La explicación sobre qué significa la llegada del republicano a la Casa Blanca la da Marcelo J. García en este ensayo.



Mucho antes de ser Nobel de Literatura, Bob Dylan vaticinó a Donald Trump. En enero de 2014, Dylan protagonizó en la tanda del Super Bowl un aviso de dos minutos de Chrysler, cuyo texto y estética ya pre-configuraban lo que hoy Trump intentará hacer realidad desde la presidencia de los Estados Unidos. No se puede importar el orgullo estadounidense, recita Dylan. “Dejá que Alemania destile tu cerveza; que Suiza haga tus relojes; dejá que Asia arme tu teléfono… Nosotros vamos a hacer tu auto”. De fondo suena “Things have changed”. 

 

Las cosas cambian. Cuando Trump recib el cetro político más influyente del mundo de manos de otro premio Nobel (pero de la paz), Barack Obama, sobrevoló por el National Mall de Washington la duda de si estábamos ante el comienzo de un período donde la paz sea la excepción o, aún peor, no sea siquiera el objetivo declarado de los líderes del mundo.

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Trump es un megalómano en tiempos en los que la megalomanía se cultiva día a día, a toda hora y a cualquier escala, gracias a las redes sociales. Pero no es solo eso, y ni siquiera principalmente eso: es antes que nada el emergente de un cambio de época que asoma inevitable. No existe antecedente en la historia registrada del mundo en el que una “nueva” potencia haya irrumpido en la arena internacional como lo ha hecho China en las últimas décadas sin que haya conflicto. Lo que resta ver ahora es qué tipo de conflicto será, y con qué grados de intensidad y en cuánto tiempo estará entre nosotros.

 

Hoy, a comienzos del siglo XX. Hasta el 1800, el comercio internacional (la suma de todo lo que se importa y todo lo que se exporta) no había nunca superado el 10% de la producción mundial. La primera globalización ya pasó en el siglo XIX – sobre todo la segunda mitad – conducida por los valores liberales (e imperiales) europeos. Hubo allí glamorosas “exposiciones universales” inspiradas en la industria, la ciencia y un cierto espíritu de progreso (la Torre Eiffel es uno de sus símbolos). El intercambio entre las potencias alcanzó, hacia 1913, el 30% del total del PBI mundial. Luego los países empezaron a mirarse el ombligo y decidieron dirimir sus diferencias en las guerras mundiales

 

Hoy, un siglo más tarde, también venimos de décadas de expansión globalizadora. El comercio alcanzó el 60% del PBI mundial en 2011. Pero desde entonces se estancó. Y en los últimos dos años (2015 y 2016) aumentó por debajo del crecimiento de la economía mundial. Esto quiere decir, primero y principal, una cosa: los países están creciendo fronteras adentro.

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En mundo tiene hoy tendencias similares a las de 1910. Distraídos por la “Guerra contra el Terror” post 11 de septiembre, Estados Unidos y Europa apostaron a una integración gradual de China a la economía y la política globales (crédito inicial a Nixon y a Kissinger allá por los ’70). Pero China creció muy rápido: de ser menos del 5% del PBI del mundo a principios de los 80 hoy llega a casi el 20%; y su surgimiento conmueve las placas tectónicas de un equilibrio internacional frágil. Lo que se viene es la vieja y (no) querida disputa por la hegemonía global. Lo que termina es la era de los eufemismos y las buenas costumbres, simbolizada como nadie por la principal institución global en decadencia: las Naciones Unidas.

 

El arte del (des)acuerdo. Hoy que está de moda el difuso término “populismo” para referirse a los fenómenos políticos que apelan, aquí y allí, a soluciones a simple vista irracionales para problemas complejos, siempre es bueno llamar a las cosas por su nombre. Lo que cunde en el mundo es un creciente nacionalismo, que surge en paralelo (paradójico) al milagro de las comunicaciones planetarias llamado Internet. A contrapelo de lo que se pensaba: cuánto más conocemos al otro, más queremos parecernos a nosotros mismos.

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Naciones Unidas tenía que ser el lugar donde se forjaran acuerdos y se resolvieran los líos mediante palabras en lugar de tiros. Lo mismo la Unión Europea, el proyecto de integración supranacional más ambicioso que haya existido. Ambos están en problemas, inmóviles y a la deriva. Trump primero celebró el Brexit y luego dijo que Naciones Unidas se ha convertido en “un club de gente que se junta para hablar y pasarla bien”. En lo segundo no está tan equivocado.

 

Resulta al menos irónico que Trump, el hombre que viene en teoría a derribar estos espacios de acuerdo, se haya hecho famoso hace ya 30 años con un libro llamado “El arte de la negociación” (The art of the deal). Pero para el nuevo presidente, la negociación no significa lo mismo que para los oráculos del mundo diplomático. En su libro describe con crudeza la forma en la que consigue sus deals: “Mi estilo de conseguir negocios es simple y directo. Apunto muy alto y después empujo y empujo y empujo hasta que consigo lo que quiero”.

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Según dice, era así desde chico, y no cree que vaya a cambiar: “En la escuela primaria ya era muy asertivo y también agresivo. En segundo grado le dejé un ojo morado a un profesor – le pegué al de música porque me parecía que no sabía nada de música”. Su incontinencia tuitera, pintoresca al principio pero preocupante ahora que cada tuit fija la política de la potencia nuclear, deja ojos morados a diario. “Tenés que crecer, Donald”, le sugirió hace unos días el vice-presidente saliente, Joe Biden. No está claro que lo haga.

 

La lucha global por la clase media. Un funcionario del Departamento de Estado con muchos años de carrera y experiencia en temas económicos me mira con ojos resignados y dice: “Todo el establishment político y económico sabía del problema. Todos vimos cómo fue creciendo, año tras año”. ¿Y entonces? “Simple: nadie sabía qué hacer”.

 

¿Cuál es el problema? En 1980 había casi 20 millones de trabajadores industriales en los Estados Unidos. En 2016, el número se reduce a 12 millones. La caída es aun mayor en términos relativos: en 1980 el empleo industrial era el 21% del empleo total (excluyendo el agrícola); hoy es solo el 8%Eso no quiere decir que los estadounidenses estén desempleados: hoy el desempleo está por debajo del 5%. Pero sí quiere decir que los trabajadores cobran menos. En la industria, el salario promedio es de casi 21 dólares la hora, casi tres veces más que el salario mínimo. Trabajar más y ganar menos, perder derechos sindicales: el fenómeno afectó particularmente a los hombres blancos sin educación universitaria, cuyos padres y abuelos habían vivido mejor gracias a los empleos industriales à la Henry Ford.

 

Son los indignados de Trump. Estados Unidos se ufana de ser un país de clase media. Pero la clase media, estimada según ingresos, era el 61% de la población en 1971, el 54% en el 2000 y cayó ahora por debajo del 50%En el otro extremo del mundo, mientras tanto, la clase media china creció a un ritmo pocas veces visto. En el año 2000, apenas el 4% de la población urbana china era de clase media. Hoy lo son más del 70%. El gran mérito de Trump es haber puesto esa ecuación sobre el tapete del debate en los Estados Unidos y en el mundo. Aunque bastante simple a la vista de todos, la cuestión era tabú. El mundo ya se pelea, y se peleará más, por qué naciones van a poder dar a su gente empleo (cada vez más escaso) para que vivan mejor. El funcionario del Departamento de Estado termina su argumento desesperanzado con un tono aún menos esperanzador: “El problema es que Trump tampoco lo va a poder resolver”. ¿Y entonces?

 

El fin de la corrección, el regreso de la Historia. No se puede engañar a la gente, al menos por mucho tiempo. Es fácil crear entusiasmo, promocionarse y todo tipo de acciones de prensa, y no está mal tirar alguna que otra hipérbole. Pero si uno no cumple (deliver the goods, en el original en inglés), la gente tarde o temprano se da cuenta.”

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Este es Donald Trump en su libro de 1987, a los 41 años. En la campaña presidencial casi tres décadas después tiró muchas “hipérboles”, sobre casi todas las cosas. Pero en lo esencial, y aunque suene extraño, Trump prometió en campaña algo muy parecido a lo que prometió Obama: cambio.

 

La campana de Obama en 2008 estuvo basada en su figura disruptiva como primer presidente negro, pero también como un supuesto “outsider” del establishment washingtoniano. “Yes, we can” y “Change, we can believe in” fueron sus eslóganes. La clase media su principal interlocutor. Obama tuvo todo servido en bandeja para construir un populismo de centro izquierda, porque además asumió la presidencial en medio del desastre financiero que armó Wall Street con sus hipotecas chatarra y que estalló en plena campaña presidencial (septiembre de 2008) con la caída de Lehman Brothers.

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Pero Obama decidió no serlo. Se amparó en cambio en el lugar más simbólico que le había reservado la historia, el del presidente componedor, capaz de sintetizar las mejores tradiciones de la política estadounidense. Gobernó para su estatua, más que para la realidad. Así logro el premio Nobel de la Paz: a fuerza de discursos. Los ocho años de Obama fueron un tapón para la Historia. Su poder simbólico y su corrección política elegante no fueron suficientes para modificar lo realmente existente, pero sí para demorar la llegada del conflicto. Pero Obama no cumplió – he did not deliver the goods. Y Ella, implacable, siempre vuelve.

 

Es fácil escandalizarse con el Trump tuitero y bravucón, buscapleitos con los medios y cualquier otra figura que se le ponga enfrente. Pero su personalidad es una anécdota menor comparada con la contradicción principal que empieza a vislumbrase en el horizonte de la geopolítica mundial, que tiene al menos tres vectores:

  1. Medio Oriente deja de tener una importancia estratégica para Estados Unidos, gracias a la revolución de los shales que le permite acercarse al autoabastecimiento.

  2. Europa frena su proyecto de integración iluminista ante su incapacidad de dar respuesta al estancamiento económico y a la crisis migratoria. Rusia empieza a jugar un rol más importante en la política europea como pívot entre Occidente y Oriente.

  3. Crece la tensión entre Estados Unidos y China en todos los terrenos y se acelera la confrontación por la hegemonía mundial.

En China esperan a Trump con los brazos abiertos pero los puños cerrados. El comunismo de mercado de Pekín no construye su legitimidad sobre preceptos ideológicos intangibles sino sobre algo bien real (materialista, al fin): mejorar con prisa y sin pausa la calidad de vida de sus casi 1.400 millones de personas. Este octubre se reúne el 19º Congreso del Partido Comunista, un encuentro que cada cinco años renueva la conducción. Esta es una renovación “de medio término”, que va a confirmar a Xi Jinping como líder máximo pero también va a dar pistas sobre la nueva generación que va a conducir al gigante a partir de 2022 –en coincidencia con un potencial segundo mandato de Trump.

 

Los voceros regulares del Partido Comunista Chino, como el periódico Global Times, advierten que si Trump inicia una guerra comercial recibirá “garrotes” por parte de Pekín. “Estados Unidos va a terminar pagando un costo más alto que el que sufra China”, dicen. En 2015, el déficit comercial de Estados Unidos con China alcanzó un nuevo récord: U$S 365.000 millones. Eso es lo primero que quiere atacar Trump.

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El formato guerra comercial será, en principio, lo más parecido a una guerra fría, en modelo Siglo XXI. Pero si los costos de la confrontación fuesen crecientes y empezaran a dañar los frentes internos tanto de Trump como de los líderes chinos, existen varios frentes “calientes” alternativos que pueden convertirse en los primeros ensayos de confrontación militar directa. El más visible es el Mar de China, donde Pekín avanza en el control de aguas que también reclaman sus vecinos Filipinas, Vietnam, Taiwán y Malasia. Por ese mar circula en barcos casi un tercio del comercio mundial de mercaderías. En los alrededores están, al acecho y siempre dispuestas, la Séptima y la Tercera flotas de los Estados Unidos.

 

 

En su libro de los años 80, Trump mostró con mucha claridad cuáles son las “cartas” de su “arte de negociación.” Una de ellas es que para lograr un acuerdo, en los términos y condiciones en los que él los define, hay que saber usar la propia influencia (leverage, en inglés). “No hagas ningún acuerdo sin ella”, aconseja. Como inquilino de la Casa Blanca, no hay otro leverage que pueda usar mejor que la fuerza. Si puede, hará a “América grandiosa de nuevo”, como rezó su eslogan de campaña. Y sino, la hará más fuerte. Bienvenidos al siglo XXI.


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