La calificación “Solo apta para mayores de 18 años” aparecerá en la pantalla de una nueva película argentina. Cuando la escritora Erika Halvorsen empezó a escribir el guión de Desearás se imaginó a una jovencita en pleno despertar sexual, a quien ahora le prohiben la entrada al cine. También soñó con mujeres llenas de pudores, miedos, vergüenza y con adultas y experimentadas que adormecieron su deseo. En este ensayo reflexiona sobre el espectador imaginario y el erotismo como espacio político. Y se pregunta a quién molesta una historia donde los hombres se pongan al servicio del placer de las mujeres.



 

 

 

Bertold Brecht, el dramaturgo alemán, decía que escribía sus obras imaginando a Marx sentado en la tercera fila.  Su destinatario ideal, muso inspirador quizás.

 

Marx, a su vez,  decía que el arte no sólo crea un objeto para el sujeto sino un sujeto para el objeto.  Así de dependientes y complementarios son el espectador y la obra, como una relación romántica, a veces fugaz y pasional, otras más tierna y duradera, y muchas veces fallida y lastimosa.  Los que hacemos  teatro sabemos que para que el hecho teatral ocurra, tiene que haber uno que haga y otro que mire. Ensayamos meses un espectáculo para exponernos con mariposas en la panza a esa suerte de cita a ciegas en cada función.

 

Cuando comencé a escribir el guión para la película Desearás al hombre de tu hermana imaginé a mi propio Marx, pero mi espectador ideal tenía el rostro de una adolescente llena de miedos y de curiosidad. Una jovencita en pleno despertar sexual, con ansias de sentirlo todo y con pánico a no gozar nada. Imaginé mujeres llenas de pudores, miedos, vergüenza. Imaginé filas repletas de adolescentes recordando sensaciones físicas casi olvidadas. También soñé con mujeres adultas y experimentadas que adormecieron su deseo y su instinto sexual reservando sus cuerpos para el exclusivo placer de sus maridos. Nos pensé a todas juntas invocando un momento tribal tan glorioso como olvidado: el sagrado y azaroso descubrimiento del propio clítoris.

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Las mujeres traemos en nuestro cuerpo ese regalo de la naturaleza. El clítoris es el único órgano del cuerpo humano que tiene una única misión: dar placer. Posee la mayor concentración de terminaciones nerviosas de todo el cuerpo concentradas en un solo centímetro (ocho mil, según los expertos).  El clítoris no tiene valor reproductivo y a diferencia del pene, por el que atraviesa la uretra, no está involucrado en el proceso de la orina.

Semejante milagro de la naturaleza se vio ninguneado por las investigaciones científicas hasta los años 90´s. Lo curioso es que nosotras, las mujeres, no necesitábamos leer papers de científicos para confirmar lo placentero que era frotarse justo ahí, cuando éramos niñas.

 

¿Dónde y cuándo comienza la mutilación, el adormecimiento? Por educación, por culpa, por pudor o vergüenza, anulamos de nuestra memoria ese frenesí inocente que nos provocaba la conexión con nuestro propio cuerpo.

 

“La mujer interioriza el silencio y la prohibición erótica en lugar del placer. Mediante la amnesia olvida incluso partes de su cuerpo descubiertas al placer en la infancia. Es común que las mujeres redescubran, en momentos distintos de su vida, zonas de su cuerpo olvidadas o insensibilizadas por medio de una cultura de la deserotización de las mujeres.” (En Lagarde, 1990, Los cautiverios de las mujeres).

 

El control del cuerpo de la mujer representa una de las preocupaciones centrales de las instituciones políticas, religiosas y sociales creadas por el hombre. Por elevación o por denigración la búsqueda parece haber sido siempre deshumanizarla.

 

 

La llegada de la píldora anticonceptiva significó una verdadera liberación. La ciencia otorgaba a las mujeres una herramienta para que puedan gozar del sexo por fuera de la que parecía ser su única función, la maternidad. La noticia sacudió incluso al Vaticano.  El Papa Pablo VI, publicó en su encíclica Humanae Vitae que “la anticoncepción, procurada directamente para evitar los hijos en la relación conyugal, es contraria al bien, porque desvirtúa el amor conyugal”. Por supuesto que, cuando pronunció estas palabras, ya la mitad del mundo católico utilizaba la famosa píldora.

 

Este episodio, que desde el punto de vista actual podría parecer vintage y ridículo, se nos reedita con cada discusión sobre el aborto legal cuando escuchamos a los legisladores decidiendo sobre los cuerpos de las mujeres.

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Quienes trabajamos en Desearás nos propusimos abordar el erotismo como espacio político. El cuerpo, el deseo y la sexualidad como espacio de descubrimiento y liberación. El brillante y audaz Diego Kaplan propuso contar una historia en los años 70´s y fue así que elegimos el hito de la pastilla anticonceptiva como anclaje histórico para la adolescencia de nuestras protagonistas: Ofelia y Lucía.

 

 

Volvimos al sujeto, al objeto y su relación erótica. Pensamos en espectadoras mujeres, a ellas les queríamos hablar, a ellas queríamos excitar. Nos fascinaba contar el erotismo desde el punto de vista femenino. Pensar cómo se filman las endorfinas,  ¿cómo se puede contar una historia donde los hombres se pongan al servicio del placer de las mujeres? ¿Dónde se ubica la cámara para contar una felatio sin sumisión?

 

Carolina “Pampita” Ardohain, ícono de nuestra época, mujer deseada por varias generaciones encarna a Ofelia.  La hermana que siente sin pudores, que toma las riendas, que goza. El cuerpo de Pampita de pronto se corre del lugar cristalizado de sex symbol y salta del póster a caballo de su propio deseo. Pampita agrega una capa al relato. Ella misma es objeto que deviene sujeto y discurso. El personaje, la actriz y el ícono se funden en un mismo deseo que nos interpela. La obra desmonta el arquetipo de la bella durmiente que espera ser despertada por un príncipe azul para convertirse en una mujer que sabe cómo llegar al éxtasis. Pampita, ahora Ofelia, se nos revela. Lo familiar se nos presenta amenazante, siniestro.

 

 

Dos siglos atrás, el deseo sexual, la masturbación, el orgasmo, significaban enfermedad. Las mujeres sexuadas eran tildadas no sólo de enfermas sino también de peligrosas y eran sometidas a intensivos tratamientos para bloquear su ninfomanía (baños de asiento, aplicaciones de hielo triturado en la zona genital y hasta sanguijuelas en el útero). Es curioso ver que el opuesto masculino de la ninfomanía sea el Donjuanismo y no existan tratamientos para ello.

También suena increíble que seres humanos hayan inventado una práctica como la clitoridectomía y aún más increíble que el apoyo popular a la mutilación de niñas siga siendo fuerte en países de Oriente. Algunos hombres expresan que prohibirla haría que las mujeres pudieran enloquecer.

 

“La ninfomanía es una metáfora que encarna fantasías y temores, ansiedades y peligros vinculados a la sexualidad femenina a lo largo de diferentes épocas. Al explorar las representaciones médicas, legales, psicológicas y populares de mujeres hipersexuales como enfermas, vemos hasta qué punto reflejan la cultura que las produjo.” (En Groneman, 2000. “Una Historia de la ninfomanía”)

 

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Cuando soñamos esta historia pensamos en aquellas mujeres anestesiadas por la medicina bajo el diagnóstico de ninfómanas. Imaginamos a esas pobres chiquitas mutiladas en Oriente. Tuvimos presente a las miles de mujeres que vemos expuestas cada día en los medios, cosificadas, acosadas, hostigadas por varones que las creen de su propiedad. Las empaladas, las violadas. Las quemadas y las abusadas.  Todas las mujeres de la historia nos impulsaron a pensar esta película con el fin de despertar y repensar el vínculo de cada una con su cuerpo, con sus propias mutilaciones, con su libertad.

 

Pero como el arte no solo crea un sujeto para el objeto, sino que también crea entes que regulan el perfil de esos sujetos que se enfrentaran al objeto. Aquí y ahora en 2017, los integrantes de la comisión asesora de exhibiciones cinematográficas decidieron prohibir nuestra película a menores de 18 años. Luego de años sin utilizar esa calificación desempolvaron el sello para estamparlo al comienzo de Desearás.

 

 

¿Cuál sería el espectador prohibido imaginado por la comisión? ¿hombres o mujeres menores de 18? Las escenas de sexo no son explícitas, esto es arte, es ficción, pero los desnudos son masculinos y los cuerpos son reales. ¿A quién ofende el primer plano de un pene en pantalla grande? ¿A quién buscan avergonzar con el orgasmo inocente de una chiquita?

 

Así la censura moral, que parecía tan lejana y arcaica como esos tratamientos con sanguijuelas para las mujeres que experimentaban múltiples orgasmos, se nos materializó en todas las boleterías.  Y así, agregando una nueva capa de sentido, mis musas imaginarias se vieron mutiladas. Mi espectadora ideal se vio expulsada de su propia cita a ciegas.

 

Hoy, luego de tiempo de películas “Aptas para mayores de 16” donde vemos violencia sin censura, a mi propio Marx le piden el documento en la puerta del cine y le prohíben la entrada.

 

Quizás los “censores” teman que las mujeres  conecten con su deseo y enloquezcan. Entonces esta prohibición nos confirma la importancia del erotismo y la lucha por la igualdad en el ámbito sexual. Porque al fin y al cabo, como dijo un gran sexólogo: ¿Qué es una “ninfómana”? Alguien que tiene más sexo que vos.


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