¿Me debo ir del país? ¿Qué voy a hacer con mis hijos? ¿Nos deportarán? Son algunas de las preguntas que surgen ante el temor por el triunfo de Trump. El nuevo presidente electo de Estados Unidos, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y el crecimiento de la extrema derecha en el mundo obligan a pensar en nuevas estrategias para evitar retrocesos y pérdidas de libertades y derechos individuales y sociales, reflexiona Oscar Soria. En este ensayo, uno de los líderes de la organización global Avaaz, que promueve el activismo ciudadano y que ha organizado las primeras protestas en las ciudades estadounidenses, propone líneas de acción para debatir. Asegura, además, que #LaLuchaContinua.



Fotos: Andrew Reilly

 

Mientras escribo estas líneas escucho los cánticos de una marcha contraria a Donald Trump en Union Square, la plaza donde históricamente los neoyorquinos van a protestar. En la tele los noticieros transmiten otras concentraciones que se suceden a lo largo y ancho de los Estados Unidos, a menos de 24 horas de conocerse los resultados de las elecciones presidenciales.

 

Trump, el multimillonario que ha insultado a mujeres, hispanos, musulmanes, gays y personas con discapacidades, ha sido elegido presidente de los Estados Unidos en una contienda electoral tóxica y virulenta. Por lo que dijo (y se desdijo) en su campaña, y a luz de sus primeros anuncios, se vienen tiempos muy duros para los movimientos sociales: su mirada representa una amenaza para la paz y estabilidad mundial, los derechos humanos, civiles, culturales, económicos y sociales, y también para la protección del medio ambiente global.

 

Su discurso racista y su perspectiva aislacionista ha despertado lo peor del racismo y el fanatismo en los Estados Unidos. “¿Me tengo que ir del país?”, me preguntaba horas antes una amiga somalí. “Y ahora, ¿qué hago con mis hijas que ya tienen una vida aquí? ¿Acaso nos pondrán en un campo de concentración?”. Su temor al “voto blanco” no es infundado: ella misma ha vivido la violencia simbólica y física por parte de los simpatizantes de Trump.

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Miedo, pánico y desconcierto es lo que hoy sienten muchos frente al llamado “latigazo blanco” en las urnas que, en un rechazo a las élites de Washington, ha visibilizado el repudio a las profundas transformaciones en el tejido social y la composición racial estadounidenses. Al temor, se le agrega la confusión y la perplejidad. Los medios, las encuestadoras y los analistas políticos no salen de la sorpresa y les cuesta responder la pregunta del público: ¿qué pasó?, ¿por qué pasó? Un Trump presidente, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y el crecimiento de la extrema derecha en el mundo nos urge a escuchar más atentamente lo que la sociedad está pidiendo y, al mismo tiempo, nos obliga a pensar en nuevas estrategias para evitar retrocesos y pérdidas de libertades y derechos individuales y sociales.

 

Con poca información concreta sobre nombramientos y anuncios de políticas, es muy temprano articular un “plan de resistencia” a las políticas del futuro gobierno de Trump. Sin embargo, y a los efectos de abrir una discusión sobre estrategias, de momento tendríamos que acordar en cinco puntos para sostener una acción colectiva, activa y efectiva contra cualquier intento de la nueva administración de quitar conquistas históricas:

 

1. Sobreponerse a la nueva realidad, conocerla, entenderla en su conjunto… Y hacerlo rápido: los planes de Trump van a afectar a cientos de millones dentro y fuera del país, ya sea por sus políticas sociales, sanitarias, migratorias, ambientales o humanitarias. No queda tiempo para los lamentos ni las recriminaciones, Trump asume el 20 de enero próximo y la sociedad civil debe articular, en forma conjunta e inclusiva, una estrategia frente al nuevo gobierno. Para ello hay entender quienes serán nuestros mejores aliados y los adversarios más difíciles en cada uno de los frentes a batallar, y por sobre todo decidir cuáles serán las causas que deben defenderse y resistir a toda costa, y que luchas habrá que sacrificar o librar más adelante.
Este nuevo escenario implica desafíos sin precedentes, y las ONGs y los movimientos de base deberán abordar a sus interlocutores en el gobierno de una manera radicalmente diferente, sofisticando la capacidad de hacer “lobby” y los mecanismos de involucramiento de la gente para presionar o persuadir en políticas públicas. Esto significa también identificar nuevas oportunidades mediáticas y tecnológicas que aceleren las posibilidades de crear un impacto directo en la realidad que buscamos modificar, a la luz de la cultura política comunicacional del nuevo gobierno. Por ejemplo, sería bueno conocer los mecanismos informales de la toma de decisiones en políticas migratorias, y el rol que las redes sociales tienen para persuadir a los decisores en tiempo real; o en todo caso entender cuáles serán las preferencias de los donantes individuales para poder recolectar fondos en tiempo real y contratar más abogados que hagan más difícil las deportaciones.

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2. Articular una nueva historia, y una nueva promesa. Trump ha logrado imponer una narrativa simple que ha llegado al sentimiento profundo de muchos estadounidenses, basada en el miedo, y que se resume en culpar a los inmigrantes y a la comunidad internacional de sus problemas. Mientras nos sobreponemos a este revés, los líderes sociales ahora tenemos el reto de proponerle al público una nueva utopía, una razón para involucrarse en la política, sea dentro o fuera de las estructuras partidarias, y que se contraponga a la visión de Trump.
La simpleza de la narrativa xenófoba de Trump combina perfectamente con la simpleza de su promesa de campaña: “Make America Great Again” (“Hacer grande a Estados Unidos de nuevo”), apelando a los “viejos tiempos” y al núcleo de la identidad nacional. La fórmula, sencilla y efectiva en estos tiempos de cambios profundos y de crisis de los estados nacionales, es usada ampliamente. Por ejemplo, Geert Wilders, el dirigente anti-islamista holandés, habla de “Nederland terugveroveren” (“Recuperar a los Países Bajos” y la líder ultraderechista francesa Marine Le Pen repite su “Renouer avec la Nation” (“Revivir la nación”). Wilders, Le Pen son parte de una larga fila de dirigentes extremistas y xenófobos en Europa que ven en la victoria de Trump un camino a su propio futuro político. Si podemos construir un relato genuino e inspirador en Estados Unidos, podremos tener una respuesta efectiva ante el crecimiento de la intolerancia en otras partes del mundo.
El desafío, entonces, es retomar la iniciativa y recrear el sueño de un futuro sostenido por la unidad y la celebración de la diversidad. Pero para ello, los líderes de la sociedad civil estadounidense, en especial los dirigentes sociales de las minorías, deberán recurrir a la solidaridad de los movimientos latinoamericanos, beneficiarse de sus experiencias de lucha y reivindicaciones sociales, y articular estrategias de cabildeo e involucramiento del público. En ese sentido, la experiencia anti-apartheid de los movimientos sudafricanos, por ejemplo, ha empoderado fuertemente a organizaciones hispanas en el sur de los Estados Unidos como también a la sociedad civil en Palestina. Las experiencias de las luchas locales latinoamericanas por la igualdad pueden tener un efecto similar en este nuevo escenario que se le presentan a las minorías hispanas. Compartir conocimiento será clave. Todo lo que no se da, se pierde.

 

3. Iniciar nuevos diálogos. Abrirse a una conversación con el “otro” político, con el que piensa en las antípodas a nosotros: si Kennedy supo manejar el código de la televisión y Obama entendió el arte de hacer campañas por Internet, Trump entiende a la perfección el uso de las redes sociales y de allí ha logrado entablar diálogos con quienes no acuerdan con él. Es así como se ha instalado como el “perfecto candidato imperfecto”. Nuestro desafío es salir de nuestras propias burbujas y abrirnos a un diálogo con aquellos que no comparten nuestras ideas ni nuestra mirada del mundo. Esto representa abrirnos a nuevos puntos de vista, a ejercitar una profunda capacidad de escucha y adoptar un fuerte espíritu deliberativo. No podemos por un lado abogar por las minorías apelando a la unidad nacional, y por otro demonizar al que no acuerda con nuestra mirada. Necesitamos entender a los simpatizantes de Trump, tender puentes y comenzar nuevos diálogos con quienes lo votaron.
También nos merecemos una conversación dentro de los movimientos progresistas sobre cómo vamos a reinventar nuestra relación con los medios, discutiendo las formas en que podrían mejorar sus coberturas electorales: durante los 18 meses de este ciclo electoral, solo se han dedicado (en total) 32 minutos para discutir sobre políticas públicas, mientras que la gran mayoría del tiempo de cobertura se han destinado a descalificaciones personales y otros asuntos de poca relevancia para la discusión electoral. Las cadenas de TV estadounidenses han admitido abiertamente que le han dado a Trump una enorme plataforma por el simple hecho que generaba buenos niveles de rating.

 

4. Dilatar hasta que pase el “invierno”, y apostar desde lo local para lograrlo. Desde lo legislativo o jurídico, será más prudente y realista tener un abordaje “defensivo” que logre retrasar cualquier decisión gubernamental adversa a los derechos humanos, civiles o ambientales. Por ejemplo, nos enfrentaremos con un gobierno cuyo nuevo presidente cree que el cambio climático es un “cuento chino” (sic) y su principal referente ambiental es un abierto “negacionista” sobre el fenómeno. Esto va a implicar seguramente la apertura indiscriminada de tierras de uso federal para proyectos de petróleo, gas o carbón y, con un gobierno que domina ambas cámaras del Congreso y la Corte Suprema, será muy difícil librar batallas políticas o legales, con lo cual las tácticas judiciales deberán apuntar a “estirar” los procesos hasta que lleguen nuevos aires políticos.
La acción local va a ser clave. El secreto estará en descentralizarse y, al mismo tiempo, coordinar y compartir información en tiempo real. Se espera una ola masiva de desregulaciones en áreas críticas para los sindicalistas (seguridad en espacios de trabajo, salario mínimo, beneficios laborales), como también para los que abogan por el control de portación de armas de fuego, o para los activistas que buscan un mayor control de la banca financiera. Solo podremos hacerle frente a esta oleada desde la acción local, involucrando actores gubernamentales a nivel de los estados o de las ciudades. Esto es lo que los pueblos originarios en Estados Unidos han logrado con sus protestas contra el oleoducto Dakota Access, cuya construcción está valorada en 3.800 millones de dólares. A través de acciones judiciales y con una inteligente estrategia de medios sociales, han quebrado el cono de silencio y han conseguido a través de la solidaridad nacional e internacional los fondos suficientes (5 millones de dólares, para ser precisos) para seguir retrasando esta actividad. Sin ir más lejos, una estrategia similar de bloqueo se hizo en Argentina, donde los vecinos de la localidad cordobesa de Malvinas Argentinas lograron detener durante dos años un megaproyecto de Monsanto, forzando a la multinacional a desistir del proyecto.

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5. Lucharla juntos, más juntos que nunca. Los movimientos sociales, y el conjunto de la sociedad civil, deberán superar viejas divisiones y dejar los egos aparte, y saber que Trump “es un Monstruo Grande y Pisa Fuerte”. La colaboración y el intercambio de información, experiencias y recursos va a ser decisivo para el éxito de las luchas a librar. Esto implica además pensar en nuestros roles en este momento específico de la historia. Hoy necesitamos armar una coalición amplia en la que podamos hacer frente al paquete de medidas de Trump. Esa coalición debe ser liderada por afroamericanos, latinos y jóvenes de toda ascendencia: allí está la verdadera fuerza que puede generar una nueva dinámica política a escala nacional.
Los progresistas blancos y de clase media o clase media alta deberán estar dispuestos a hacer dos cosas: por un lado, apoyar las prioridades de otros sectores, aportar con dinero para causas que no controlan y usar su poder social para proteger a musulmanes, inmigrantes y cualquier otra minoría amenazada; y por otro lado tendrán que iniciar diálogos, con espíritu deliberativo, con los simpatizantes de Trump y tratar de entender mejor las raíces del crecimiento considerable de la idea de la “supremacía blanca”.
Por sobre todo, lo que necesitamos entre todos es tratarnos bien, y tratarnos como seres humanos. Los “progresistas”, los de “izquierda” y todos aquellos que entran en la categoría de “militantes”, “activistas” o personas que buscan la justicia social sabemos que tenemos profundas y reales diferencias. Pero, en este momento, necesitamos actuar juntos. Solo demostrando nosotros mismos que podemos trabajar juntos, podremos convencer a la sociedad estadounidense que este camino puede transitarse entre todos.
Estos son los cinco frentes que tenemos que debatir en forma urgente. Esta es nuestra oportunidad de estar realmente preparados frente al embate que se viene.

 

El deber de soñar. Desde mi experiencia, creo que es importante tomar el primer paso desde una perspectiva espiritual: esto es aceptar esta coyuntura de oscuridad en la historia y encontrar allí nuevas posibilidades, nuevas expresiones de creatividad de acción individual y ciudadana. ¿Qué significa este momento para mí? ¿Cuál debe ser mi rol? Son en estos momentos donde surgen ideas transformadoras. Lo personal es política. La política es personal. Todos podemos ser actores del cambio. Las asambleas ciudadanas y las empresas recuperadas de la Argentina nacieron a la luz de la peor crisis política y social que vivió el país en democracia. Para lograr el acuerdo climático de París del 2015, miles de activistas tuvimos que pasar por el bloqueo del lobby petrolero, la inacción de los gobiernos y la “mano dura” de la policía danesa en Copenhague durante 2009.

Hoy tenemos el deber de soñar un movimiento opositor sin precedentes, diferente pero con la misma fuerza que el ocurrido en los años 60. Este movimiento, idealmente liderado por los jóvenes de Occupy Wall Street, Black Lives Matter o los Hispanos, debe empujar a la depuración política y a los jóvenes a volver a la política partidaria como opción para el cambio. El Partido Demócrata, que en los últimos años ha virado a la centro-derecha, hoy debate su futuro y se encuentra en una encrucijada entre volver a sus fuentes e ideales de centro-izquierda o continuar el status quo y la política tradicional. La llamada “generación del milenio” estadounidense se considera más cercana a los ideales de los demócratas, la gran pregunta es si los jóvenes de hoy, que han sido la enorme mayoría de las protestas callejeras de los últimos días, se decidirán a dar la batalla en Washington desde las filas del partido fundado por Andrew Jackson. ¿Volverá el Partido Demócrata (hoy casa variopinta de la izquierda, el liberalismo clásico, el socioliberalismo, la socialdemocracia, la centro-derecha conservadora) a sus principios progresistas? El intento fallido de asalto ideológico por parte de Bernie Sanders no debe desalentar a la juventud para barajar esa posibilidad nuevamente, mucho más ahora cuando queda claro que las elites y las dinastías del partido, con los Clinton a la cabeza, no pueden responder a la avalancha innovadora del conservadurismo de Trump.

Con Trump vendrá posiblemente un escenario de violencia donde la portación de armas será finalmente normalizada, al igual que la tortura como el submarino y otros métodos “aún peores” que estará permitida contra los presos. Si Trump cumple con su promesa de prohibir a los musulmanes entrar a los Estados Unidos o deportar a los inmigrantes indocumentados, miles de familias serán diezmadas. Si es consistente con lo que ha prometido en materia de política exterior (construir el muro en la frontera mexicana, iniciar una guerra comercial con China, abandonar la OTAN, cambiar la estrategia sobre Oriente Medio y revisar la cuestión palestina) nos encontraremos con un mundo menos seguro. Pero lo que no podemos perder de vista es que también se vienen instancias de nuevos sueños y de oportunidades para aspirar a un mundo mejor. De allí la importancia de abrazar este momento por más duro y amargo que parezca. Solo siendo profundamente presentes en la historia podemos asumirnos como reales sujetos históricos y desde allí hacer historia.

Oportunidades para resistir no van a faltar: teniendo en cuenta el historial de Donald Trump, la idea de promover un juicio político no parece descabellada aunque por ahora una idea semejante sea políticamente poco realista. Hay otras ideas que, aunque hoy parezcan cercanas al delirio, son factibles desde el punto de vista legal, como el uso de la Enmienda 25 (introducida luego del asesinato de John Fitzgerald Kennedy), que en su cuarta sección indica que su gabinete o la mayoría del Congreso, junto con el vicepresidente, pueden declarar al presidente como alguien que no puede cumplir con sus funciones. Además se reabre el debate sobre la reforma política y con ella la democratización del derecho a ejercer el voto y las opciones reales para poder competir por cargos públicos, y también se reabre la discusión sobre la posibilidad de la abolición de la vieja figura del colegio electoral (en votos concretos, Hillary Clinton se ha llevado más que Trump, pero en Estados Unidos no existe el sufragio directo). Otro frente a resistir durante el “trumpismo” será el nombramiento de nuevos jueces: ¿cómo vamos a motivar a los congresistas aliados a ejercer el obstruccionismo parlamentario si se eligen jueces ultraconservadores? ¿O será ese el momento para ejercer la desobediencia civil?

 

Se avecina una fuerte lucha cultural donde todos tendremos que hacerle frente a la normalización de aberraciones inimaginables. Y también deberemos enfrentar combates políticos y legislativos tanto en Washington como en otras partes del país, los cuales tendrán consecuencias a largo plazo, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos. Para resistir efectivamente, el activista estadounidense necesitará de militantes despiertos de todas partes del mundo, desde Londres a Santiago del Estero, desde Kampala a Hong Kong. El apoyo moral externo al activismo local será clave. Esta lucha, casi una guerra por la sobrevivencia, nos concierne a todos.

 

Mientras tanto desde que, en la madrugada del martes 8 de noviembre, se confirmó la noticia de Trump presidente, solo se respira ansiedad. Mariam, de origen musulmán, y Antonio, descendiente de mexicanos, repiten con una sonrisa pícara un dicho argentino que han escuchado de mí varias veces: “Estamos en el horno”. Difícil digerir los desastrosos resultados electorales sin humor. Y tal vez allí esté la respuesta, en refugiarnos en estos mecanismos, aunque sea una sonrisa, para salir de la parálisis y pasar la acción. Como una vez dijo el pensador y político argentino, Arturo Jauretche: “Venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”. Ni con el miedo.

#LaLuchaContinua. La esperanza, también.


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