Las versiones del machismo se viven desde la infancia, en diálogos sutiles y en agresiones explícitas. Y terminan por generar conciencia de género y praxis políticas que rehuyen la victimización. En un texto escrito a cuatro manos, la diputada Juliana Di Tullio y la cronista María Eugenia Ludueña desarman prejuicios y reflexionan sobre el camino que las llevó a ser parte de un colectivo heterogéneo e inmenso, que interpela a todos desde lo cotidiano.



Fotos de interior: Silvia Gabarrot

 

A los 8 años, mientras jugás en el living, escuchá cómo tu abuela le dice a tu padre que tenga cuidado con vos. “No te creas que es tan buena, esta nena es una mosquita muerta”. Vivilo así: como la cosa más injusta que te hayan dicho jamás. Empezá a preguntarte qué es una mosquita muerta, a registrar  en qué lugar te pone alguien que –además- te quiere.

 

Mirá a tu otra abuela: todos los años ella y sus amigas se van unas semanas de enero en Mar del Plata, solas. Escuchá esas historias: van juntas al teatro, a la playa, al cine.  A vos te parece el plan más maravilloso del mundo. Año tras año, cuando ella vuelve de su festival de libertad, durante cuatro días, tu abuelo no le habla. Tu abuela no era feminista, pero aquel gesto fuera de época, escandaloso y revolucionario, que repitió 40 años, es una marca heredada.

 

Un verano, a los 9, jugás a la escondida en la calle. Unos tipos estacionan detrás del árbol donde te escondiste y corrés rápido para que no logren meterte adentro del auto. A los 10 empezás a viajar sola en colectivo. Un tipo te apoya cuando volvés del club. En un intento por desmarcarte, te vas a tratar de cambiar de lugar. Él se mueve detrás, la respiración fuerte en la nuca. Una parada antes de llegar a tu casa, no aguantás más y te bajás. Él se baja detrás tuyo y te tiemblan las piernas. Buscás un negocio donde detrás del mostrador haya una mujer, entrás corriendo y le contás. Llaman a tu mamá para que te venga a buscar.

 

Después, algunos te van a mostrar el pito a la salida de la escuela, van a violar a algunas chicas en el barrio y en el colegio les van a pedir que no anden solas por las callecitas a la hora de la siesta. Aprendé a caminar en sentido opuesto a los autos que se detienen y te preguntan, mientras se desabrochan la bragueta y te hacen señas para que mires: ¿Sabés donde queda la calle poronga? Seguí hasta la esquina y hacete mierda contra un árbol. Antes de terminar la frase, corré.

 

A los 13, acompañá a tu madre a un encuentro del movimiento de mujeres. Todavía no tenés del todo claro qué es exactamente el feminismo pero sospechá: es un lugar incómodo. Con los años, ensayá una definición:

 

Ser feminista es correr el velo de la cultura patriarcal y de la opresión. Ser feminista es luchar constantemente. Es asimilar, aceptar y encarnar lo que una es. Una mujer con una subjetividad construida, producto de esa cultura. Te va a generar un sinfín de situaciones en contradicción. Cuando empieces a tomar conciencia de lo que significa ser mujer en una sociedad patriarcal, no vas a tener escapatoria. Es imposible contar lo que le sucede a una mujer- a tu abuela, a tus tías, a tu madre, a tus amigas, a tus compañeras – sin atravesar esta mirada. Ser feminista es la tarea más difícil que vas a encarar, porque la opresión no es un monstruo de dos cabezas, es un sistema sutil que se pone en marcha desde que te levantás hasta que te acostás. Es encender la tele y tener una mirada crítica sobre las publicidades y el cupo femenino en los noticieros, poder detectar cuáles son los patrones que el capitalismo necesita para poder vender y sostenerse. La vas a tener que militar desde lo familiar, lo barrial, en los afectos, en el trabajo, con tu pareja, con tus hijas e hijos, y en uno de los espacios más difíciles: con tus compañeras y compañeros de militancia.

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A los 14, alguien que estudió tus movimientos te espera en la puerta del edificio donde vivís. Pero ese día te retrasás al volver del colegio. Cuando entrás al departamento,  tus hermanos están sentados en el sillón del living con una cuchilla en la mano. Te cuentan lo que pasó: a la hija del encargado, un desconocido que estaba en la puerta, la encerró en el cuartito de la basura y la abusó. Vas a visitar a la chica: la madre le está lavando la boca con alcohol. Ella le dice que te buscaban a vos.

 

Una madrugada, llegá a tu casa de bailar y encontrate con una extraña voz en la cocina que te repite lacónicamente “hola”. Tardás hasta que te das cuenta que proviene de un loro sentado arriba del lavarropas. Después tu madre te va a contar que el marido de María, la señora que cuida a tus hermanos, le levantó la mano, y nadie se anima a denunciarlo.

 

Acompañá a tu madre a trabajar con los sectores populares. Observá esa tarea política, social y cultural con las mujeres. Aprendé cómo las mujeres transforman el dolor personal y organizan sus luchas colectivas en distintos tiempos y espacios: desde Abuelas y Madres de Plaza de Mayo en los peores momentos de la dictadura, Rosa Bru sin haber encontrado a su hijo Miguel, caminando por Isla Maciel con otras madres para infundirles valor y herramientas concretas contra la violencia institucional. Las kollas de la Warmi en la puna jujeña, peléandole a la crisis de los 90 desde su identidad y su derecho a la salud.

 

Tené un segundo hijo a los 21 años en un hospital público, en una sala enorme donde decenas de mujeres hacen su trabajo de parto separadas por biombitos. La mayoría de ellas son pobres, tienen menos de 20 y están solas. Esperá tu turno para el quirófano donde te harán una cesárea programada mientras mirás cómo el médico, seguido por un séquito de veinte practicantes, hace tacto varias veces a la misma mujer. Cuando se acerque a tu camilla, y te diga “A ver nena, bajate la bombachita”, le vas a decir, con miedo pero con convicción: “A mí no me vas a hacer tacto, ni vos ni ninguno de los veinte”.

 

Frases que te van a quedar picando el resto de tu vida. Como cuando un novio se enamore de otra chica y además de decirte adiós te diga: “Sos linda, pero no podemos hablar de política”. O cuando duermas una noche con uno de los jóvenes máslibrepensantes de América Latina, y ahí, entre las sábanas, él te susurre: “por fin sos mi putita”.

 

Convertite en política. Discutile al presidente: “soy argentina, soy diputada, soy compañera”. Y reconocé que Néstor fue el primer presidente que habló en términos de género. Escribí 19 hojas sobre un Programa de Género y sentite victoriosa porque incluyeron media carilla. Convertite en presidenta del bloque mayoritario de la Cámara de Diputados. A veces te parece que ser mujer, peronista y feminista es imposible de sostener sin el ataque. Vas a tener que usar muchas más tácticas y estrategias que cualquier varón. Llevá tarjetas que dicen Embajador, Diputado, o pedile al imprentero cambiar la última letra.

 

Si te dedicás al periodismo, en casi todas las entrevistas, preguntale a tus interlocutoras si se sienten feministas: la mayoría va a responder: “No”. “No me gustan los ismos”. O “no soy enemiga de los hombres”. Ser feministas les parece algo viejo y molesto. A las feministas nos dicen feminazis, brujas, locas, malas, vengativas, histéricas. Va ganando la cultura patriarcal, el machismo que pone el reclamo de igualdad en un lugar injusto y mentiroso. Para la derecha, las mujeres que se organizan y reclaman son locas hasta que se demuestre lo contrario. Y si decís que tenés derecho a decidir sobre tu cuerpo, nuestro cuerpo, que hay que debatir el aborto legal y gratuito, sos una asesina de bebés.

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Trabajá en revistas femeninas, no las desprecies: ahí está también parte del asunto. Aunque lo que venda sean las dietas en la tapa, las cartas que llegan a las redacciones hablan de otras cosas: “Tengo 19 años y hace seis que mi papá me viola”, “Yo aborté y no soporto este silencio”. En una entrevista, preguntále a Isabel Allende si su marido la ayuda con las tareas domésticas. Dejá que te ubique con la mirada severa: “No me ayuda: hace el 50 por ciento del trabajo que le corresponde. La basura es de quien la produce y la responsabilidad de limpiarla, también”.

 

Llegá a una guardia con un aborto espontáneo en curso, y esperá horas a que te atiendan. Las que te maltratan tantas veces son médicas, ecografistas. ¿Siempre vas a ser sospechosa? Si vivís en Argentina, preguntate: ¿por qué matrimonio igualitario sí y aborto legal no? Se hacen 500 mil abortos al año, se practica desde hace miles y las muertes se producen en los sectores más pobres. ¿Por qué en un Estado laico es más importante la religión frente a una realidad abrumadora? Quizás es más fácil obligar a las mujeres a lo que no desean, o a lo que no pueden.

 

Conseguí un buen trabajo, por el que peleaste mucho tiempo. Cuando uno de esos varones con los tenés que arreglar cuestiones laborales en un país extranjero te invite a cenar, no seas malpensada. La propuesta es en el marco de una agenda profesional. Vas a ir en el auto, te va a parecer que el restaurante que eligió se aleja demasiado de la ciudad, vas a dudar otra vez. El lugar es divino y en la playa, pero te resulta extraño -desubicado- que haya elegido un sitio así. Comés rápido porque lo único que querés es estar a salvo, de regreso en tu hotel. El hombre ha bebido bastante. Le recordás que tiene que manejar y que estás cansada. Se suben al vehículo, no te parece una buena señal que frene al costado de la ruta. Te toca el pelo, intenta besarte. Te resistís y se pone agresivo. ¿De qué tenés miedo? Le decís que así no. Recalculás: le pedís que vayan despacio, que mejor lleguen al hotel y lo hagan ahí, cómodos. La vas llevando como podés y te parece que el camino es interminable. Cuando por fin llegan al hotel, te bajás sola, le dejás en claro lo que pasó y amenazás con denunciarlo.

 

Sabés que tantas otras tuvieron menos suerte. No importa la edad ni la clase, aunque los medios sean selectivos respecto de qué crímenes tienen más impacto en sus audiencias y en cómo los tratan. Mujeres que “encontraron la muerte” porque se durmieron en un taxi, aceptaron una cena, bebieron alcohol, se vistieron de manera inadecuada. La lente de muchos medios sigue apuntando a las víctimas. A la foto de Nora Dalmasso bailando el carnaval carioca, más interesados en invertir la presunción de inocencia que en contar con perspectiva de género, sin música de fondo ni morbo. Quieren saber si tenía amantes, novios, cómo era su familia, reconstruir los detalles escabrosos, seguir espectacularizando, culpabilizando y revictimizando.

 

Repasá la Ley Nº26.485 de protección integral para prevenir,sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, sancionada en 2009 y reglamentada en 2010. Exigí la plena aplicación de esta norma. Sí, hay que ponerle más fondos, corregirla si no logra la efectividad que busca, revisar cada acción del Estado, en especial a través de un gobierno que hizo muchas normas y leyes para proteger a las mujeres.

 

La ley define cinco tipos de violencia. Es casi imposuible que no hayas sido violentada con alguna: física, psicológica, sexual, económica y patrimonial, y simbólica (“la que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la mujer”), a través de sus variados modos de expresarse: violencia doméstica, institucional, laboral, contra la voluntad reproductiva, obstétrica y mediática.  

 

Cuando un domingo Clarín publique “La Fábrica de Hijos: Conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado”, juntate con dos diputadas y hacé una denuncia ante la Justicia por violencia mediática. Aunque para muchos, parezca una pelea política entre Clarín y el gobierno. Cuando el operador judicial te pregunte, “¿a quién agrede Clarín?”, decile: “A mí y al colectivo de mujeres”. Ganá en primera instancia con un fallo favorable: una jueza entendió que “minimizar que se tiene hijos por un subsidio es menospreciar a la mujer y desnaturalizar su condición biológica, bastardear su condición de mujer, hasta en su máxima expresión”. Pero la Justicia y sus fallos son parte del universo patriarcal, lo saben mucho mejor las que tuvieron que recurrir a ella por violencia física, y cuando se animan a denunciar al agresor, se encuentran con un sistema que no está preparado para atenderlas o con fallos que no las favorecen. Como el de segunda instancia que vas a perder. Y después vas a perder ante la Corte y vas a tener que pagar las costas. La revista Noticias también se va a cansar de hacer tapas con la Presidenta desnuda, la Presidenta masturbándose, la presidenta como sujeto y objeto de crítica más por su condición de mujer que por las políticas que impulsa. Más allá de que no estés de acuerdo en nada con la Presidenta, observá. Preguntale a un funcionario cuánto le costó su traje o su reloj. Observá las tapas que la agreden pero también las que aleccionan a todas.

 

Seguí denunciando: la militancia no se termina nunca. Y si te molesta cuando se habla de “todas y todos”, pensá que es la primera vez que esto ocurre. Ay qué pesada. Lo que no se nombra, no existe. Muchas veces, el que nomina, domina.

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Aprendé que los lugares de poder, para las mujeres son de mucha soledad. Cuando las cosas se pongan duras, sólo vas a contar con tus amigas, con tu madre, con tus tías, con tu abuela. El feminismo incomoda y está para eso. En el movimiento de mujeres, que no es homogénero e incluye diversas visiones políticas, no somos todas las que deberíamos ser pero es el lugar donde una no se siente sola cuando cree que los cambios han sido grandes pero no suficientes. No seas ingenua: la solidaridad de género suena muy bien en términos intelectuales. Su ejercicio en la praxis, sigue siendo una utopía. Es una de las zonas más difíciles, pero sin solidaridad femenina es imposible ganarle al patriarcado.

 

Criticá al espacio del que te sentís parte. Si hablás de construir una sociedad igualitaria, no podés negar que no nos trata igual ni el Estado ni el poder económico. Cobramos el 35% promedio menos. Repartimos más nuestros ingresos en las familias. No podés hablar de sociedad igualitaria y con justicia social si no tenés perspectiva de género. Peronismo y feminismo no deberían sonar como un oxímoron. El peronismo no puede no tener perspectiva de género. ¿Perdió esa batalla en algún momento de la historia, como la perdieron todos los partidos? ¿Por qué? Es imposible no pensar que el mito fundante del peronismo construye poder con lo que estaba afuera: con todos los sujetos y “sujetas”, no sólo con los trabajadores, también con las mujeres. Si no, Evita no se explica. No es un milagro, no surge de la nada. Durante décadas, las formas de las mujeres de sacar adelante la familia y el barrio, de pelearla como jefas de hogar, han sido reconocidas como prácticas políticas por el peronismo; más allá de la no identificación partidaria que puedan sentir miles de argentinas. Las mujeres unidas y organizadas que le hicieron frente a la crisis construyendo sus redes y emprendimientos, o las que impulsaron muchas de las leyes que buscan protegernos, desde los diversos espacios políticos, son las mismas que sufrieron desde chicas las cadenas de violencias, y la han peleado sin victimizarse. En la lengua castellana, la política, la protesta, la organización y las redes tienen connotación de género.

 

Escuchá a muchas mujeres, en las cocina de sus casas y en tus auriculares. Releé la carta de Sinéad O’ Connor –que siempre prefirió ser juzgada por su talento y se rehusó a las maniobras que pretendía su discográfica-  a Miles Cyrus.

 

Confiá en las que te digan de frente lo bueno y lo malo, y desconfiá de las que se llenan la boca hablando de género pero se llevan mejor con los jefes varones. Es difícil criticar la falta de solidaridad femenina sin sonar machista, cuando tenés que hacer un esfuerzo por reconocer las herramientas del patriarcado y soltarlas mientas otras se las apropian. Ya que estás, pegá en la puerta de tu oficina un cartel con el título del último disco de Sinead: “Im not bossy, I am the boss” (No soy mandona, soy la jefa).

 

Leé a muchas escritoras, a las argentinas tan talentosas, a las del mundo. Preguntate por qué cuando una mujer escribe sobre relaciones familiares o vínculos, es literatura femenina (¿existe una literatura masculina?); y cuando lo hace un varón, es un retrato profundo de la trama social de época. Ninguna está a salvo, nunca, ni siquiera Alice Munro, a sus ochenta y pico, en Canadá: ¿Por qué alguien que ganó un Premio Nobel necesita que la solapa de venta del libro la respalde la voz de un escritor varón?”.

 

Confiá: ojalá que con esta convocatoria de NiUnaMenos, capaz de despertar y convocar las conciencias después de años de feminismo, las buenas intenciones se traduzcan en algo más que un pedido. NiUnaMenos capta algo que está en el aire y las luchas históricas del movimiento de mujeres que le vienen poniendo el pecho a lo loco desde antes de que naciéramos. Es como mucho y es como nada, pero generó una enorme movilización en este colectivo heterogéneo donde nos perdemos y nos encontramos. Sumemos, construyamos. Pidamos mucho más que una consigna a la que nadie puede oponerse. El femicidio es el punto más dramático y extremo de una cadena de violencias que padecemos desde la infancia. Pidamos entonces ni una menos y basta de violencia machista, ni una violencia más. Es cierto: las mayores responsabilidades le caben a los poderes del Estado. Pero cambiar la violencia machista es transformar patrones socioculturales y económicos. Es muy difícil no cometer errores aunque tengamos un grado de conciencia alto, habiendo crecido con estos patrones culturales.

 

A esta hora del día, con tanta palabras dando vueltas por todos lados, pareciera que no queda mucho más que decir. Queda hacer, construir colectivamente, transformar el dolor y organizarse. Como dijo hace poco Rosa Bru, “las redes sociales son maravillosas, pero no abandonemos las calles”. Porque el feminismo es una militancia que no se termina nunca.

 


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