“No existe 2 x 1 para esta pena nuestra. Salgan a hablar, rompan al medio el pacto de silencio militar. Que digan donde están los desaparecidos. Queremos a nuestros padres vivos. Devuelvan la mitad de lo robado. Compensen el terror, los años perdidos”. Obediencia Debida, Punto Final e Indulto son los precedentes históricos de este fallo de la "Suprema Corte de Injusticia" dice en este manifiesto la escritora Ángela Urondo.



En esta ciudad, en el día de la fecha, el Tribunal Oral en lo Federal Criminal, en forma definitiva falla: Condenando a la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta y perpetua por ser coautores mediatos penalmente responsables de los delitos de privación abusiva de la libertad agravada por mediar violencia y amenaza, imposición de tormentos agravada por la condición de detenido político de la víctima, homicidio calificado por alevosía por el concurso premeditado de dos o más personas y con el fin de procurar impunidad, y homicidio calificado por alevosía en perjuicio de las víctimas. Delitos tipificados en el Código Penal y en concurso real, calificándolos como de Lesa Humanidad y cometidos en el contexto de delito internacional de Genocidio. Ordenando que los condenados cumplan las penas impuestas en los establecimientos dependientes del Servicio Penitenciario Federal que resulten adecuados a sus condiciones de salud, a cuyo fin deberán tener en consideración las pericias e informes médicos obrantes. Por tanto se revoca la excarcelación o eximición de prisión o prisión domiciliaria que gozaron durante el proceso y se dispone su inmediata detención en los establecimientos que correspondan, se hacen efectivos los traslados dispuestos. El juicio ha concluido en esta instancia. Todas las partes quedan notificadas.

 

Obediencia Debida, Punto Final e Indulto son los precedentes históricos del fallo que emitió la Suprema Corte de Injusticia, para la aplicación de la Ley del 2 x 1 que permite liberar a los condenados por crímenes de Lesa Humanidad. Un nuevo mecanismo que intenta consagrar la impunidad en democracia.

 

Si bien genocidio viene con impunidad y a veces parecen lo mismo, hay que diferenciar: el genocidio es un cúmulo de crímenes irreparables, cuyo daño es permanente. La impunidad es un daño aparte, que sin embargo tiene una cura: la Justicia. 

 

Cuando le quitan remedio el herido –al pueblo herido–, despierta un dolor remitente que revive la pena causada por el principal de los daños, el irreversible.

 

No existe 2×1 para esta pena nuestra.

 

Salgan a hablar, rompan al medio el pacto de silencio militar. Que digan donde están los desaparecidos. Queremos a nuestros padres vivos. Devuelvan la mitad de lo robado. Compensen el terror, los años perdidos. Pongan en libertad hoy mismo a los nietos que tienen escondidos. Basta de burla, de cinismo y de políticas de olvido. Basta de negar a los 30 mil. No hay que reconciliarse con lo que hace daño. La posibilidad de que sea genocida el vecino es una tortura. La verdad completa se llama terrorismo de Estado y es delito el negacionismo.

 

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El genocidio no fue guerra, ni lucha anti subversiva, como le quieren decir, fue un mecanismo de acción terrorista por parte del Estado, que apuntó contra todo el pueblo.

 

“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente, mataremos a los tímidos”, decía Ibérico Saint Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires.

 

Por su lado, Jorge Rafael Videla, comandante en jefe de la Junta golpista expresaba: “El golpe le quitó legitimidad democrática a la guerra contra la subversión, aunque nos dio la posibilidad de extender esta guerra a los ambientes político, social, económico, internacional, etcétera, porque pudimos disponer también del poder político”.

Como señala Martín Gras, Catedrático y sobreviviente de la ESMA, “la palabra terrible acá es ‘etcétera’: Videla declara la guerra a un etcétera”.

 

El plan sistemático de saqueo y exterminio dejó a muchos cómplices bien acomodados. Las garantías de impunidad de la dictadura para cometer sus crímenes se extendieron luego en democracia. Así se constituyó una estructura bien amarrada al poder, con partícipes en diversos ámbitos de la sociedad y el Estado.

 

En el poder judicial encontramos funcionarios nombrados por la dictadura para justificar secuestros, pasar por alto las torturas, armar causas a los perseguidos y encajonar los hábeas corpus por los desaparecidos. No es la primera vez que vemos jueces que defienden sus propios intereses, porque están implicados.

 

Descubrir lo poco o mucho que sabemos, ha llevado años, vidas. Generaciones con el ojo abierto y la lupa, buscando pistas debajo de las baldosas. Con el duelo anudado a la garganta. Aprendimos a hablar y a escuchar con cuidado, atentos a los posibles cruzamientos de datos. Con un archivo en la mochila y una copia en la cabeza, de resguardo. A veces olvidamos los nombres de quienes saludamos a diario, para no soltar el de un fulano-de-tal que participó de un operativo de muerte, o de aquel compañero que tal vez pueda aportar algún dato. Avanzamos hacia la misma verdad. Confluimos.

 

A todos nos faltan los desaparecidos, incluso a los que no lo saben y a quienes no habían nacido.

 

Reconciliación, venganza, verdad completa, son algunos de los ejes discursivos ante los que debemos plantarnos en esta puja por el sentido de la palabra, para repudiar y combatir los eufemismos con los que se quieren enmascarar los pactos políticos de impunidad.

 

No se trata del pasado. El embate impunista impacta en la actualidad sobre todo el cuerpo social y da rienda suelta a las fuerzas represivas del presente, que ahora andan sin placa de identificación y sin patente, entran a tu escuela, te bajan del bondi y te dan vuelta la mochila. O quieren hacerte bajar la bandera, te llevan sin motivos por averiguación de antecedentes, por defender los derechos, por resistente, vienen a avallar tu cuadra como si hubiera un fugitivo, a atropellarte con el patrullero o a pegarte un tiro, aunque seas un niño bailando la murga en la puerta de su casa, cualquier hijo de vecino.

Asesinos. Retoños del mal, descendientes directos del odio y la impunidad.

 

Vuelvo a pensar en la mirada de los ojos malvados.

 

Conozco sus métodos. Los recuerdo, nadie me lo ha contado. Regresa la incertidumbre a interferir en los sueños, la pesadilla, el insomnio, el sabor amargo. Vuelve a latir en el cuerpo un sentimiento que creía pasado.

 

No tengo palabras para explicarles a mis hijos que los asesinos de sus abuelos pueden ser liberados.

 

El beneficio extraordinario para los genocidas es inaceptable. Renueva la rebelión contra lo injusto. La provocación nos saca una vez más a la calle a combatir el terror, con la experiencia de 40 años de lucha, con los dedos en Ve, con el puño en alto.

 

Vamos con las viejas, los pañuelos blancos, vamos con niños de la mano, con los sobrevivientes y con nuestros muertos presentes, para aprender a defender juntos lo que es de todos: el Estado de Derecho y sus garantías constitucionales, la dignidad: nuestros derechos humanos.


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