Las imágenes seleccionadas por la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina se han transformado en uno de los registros periodísticos perdurables sobre la realidad del país. Con un catálago y una muestra en el Palais de Glace se vuelve a presentar la toma panorámica. Esta vez del 2016. En la edición también se publican fotos inéditas sobre el conflicto de Malvinas. Un adelanto de las mejores tomas y del ensayo fotográfico de la guerra del 82 sobre el que escribe Daniel Riera.



 Foto de portada: Mariana Araujo

 

 

Malvinas. Memoria de la espera 

Hay muchas maneras de mirar estas fotos. Cada uno elige la que mejor le parece. La guerra de Malvinas duró dos meses y medio, entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, y terminó con una victoria inglesa, 649 soldados argentinos muertos, y otros cientos (no hay estadísticas fehacientes que precisen la cantidad) que con el tiempo se fueron suicidando. Las posiciones sobre el conflicto varían entre los propios excombatientes. Algunos lo consideran el último zarpazo de la dictadura para perpetuarse en el poder, otros le aplican calificativos como “gesta” y otros por el estilo. Todos están convencidos de la justicia de la causa: no todos lo están de la oportunidad del conflicto bélico.

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Los soldados que fueron a Malvinas habían cumplido o estaban cumpliendo el servicio militar obligatorio. En algún momento de la historia argentina el servicio militar fue obligatorio, aunque no todos los jóvenes cumplían con él: sólo aquellos que salían sorteados por la lotería nacional para hacerlo. Una lotería decidía si les dedicaban un año de sus vidas a las Fuerzas Armadas. Una lotería decidió que fueran a la guerra.

 

En estas fotos se ven pibes. Si consideramos que los soldados que combatieron correspondían a las clases 61, 62 y 63, tenían entre 18 y 21 años al momento de la guerra. El primer libro que recogió las experiencias de los excombatientes de Malvinas fue “Los chicos de la guerra”, de Daniel Kon, sobre el cual luego se filmó la película del mismo nombre. Algunos excombatientes se manifestaron ofendidos luego por esa denominación, como si les estuvieran faltando el respeto o negándoles aptitudes y compromiso. No parece haber sido esa la intención. En estas fotos se ven pibes que luego envejecieron de golpe, pibes que luego pelearon de la mejor manera posible por su país y/o por sus vidas y/o por las de sus compañeros, y/o por las tres cosas, y/o por alguna motivación personal que jamás conoceremos. En estas fotos se ven pibes que, en todo caso, no eligieron estar allí.

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En estas fotos se ven pibes con sus carpitas, con sus palas, con sus fusiles, con sus mates. Muchos de ellos sonríen. Todavía no empezó la guerra. Todavía no se sabe si será posible evitarla. En estas fotos se ve la guerra antes de la guerra.

 

En estas fotos se ven pibes de buen ánimo, esperando un momento que llegará y que, cuando llegue, será durísimo: el combate contra el imperio británico, contra soldados profesionales, mayores en edad, con mejor armamento, mejor capacitados para la guerra y guiados por mejores estrategas.

 

En estas fotos se intuyen las dificultades que el propio territorio a ser recuperado presentará a los combatientes. En estas fotos se sienten el viento y el frío. 

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¿Cuántos de estos pibes murieron en combate? ¿Cuántos de estos pibes recibieron heridas? ¿Cuántos de estos pibes se quitaron la vida luego? ¿Cuántos vieron morir a sus compañeros? ¿Cuántos fueron humillados o estaqueados por sus superiores?

 

Después de la guerra de Malvinas, buena parte de la sociedad civil reclamó el fin del servicio militar obligatorio, también conocido como “colimba”, sigla que significaba “corre”, “limpia” y “barre”. Raúl Alfonsín lo incluyó en el listado de las 100 promesas de su campaña electoral. Fue una de las promesas que no cumplió. * Por aquellos años las Fuerzas Armadas adoptaron una costumbre nunca oficializada en ningún libro: el “forreo” a los jóvenes que se salvaban por número bajo. La excepción al SMO debía constar en el Documento Nacional de Identidad con la firma de una autoridad militar, para que hubiera una constancia legal de que el “salvado” no era un desertor. La pequeña venganza consistía en no firmar la excepción sino a la sexta o séptima visita, al cabo de varios meses.

 

El servicio militar obligatorio se terminó recién en 1994, bajo la presidencia de Carlos Saúl Menem, tras la muerte del soldado Omar Carrasco. Lo mataron a golpes. Por el crimen fueron condenados un subteniente y dos soldados. La baja jerarquía militar de los condenados hasta hoy despierta sospechas respecto de quiénes pudieron haber zafado. Carrasco fue el último colimba. Al estado argentino no le habían bastado los muertos de Malvinas. 

 

Una de las fotos registra el hundimiento del Crucero General Belgrano, que determinó la muerte de 323 soldados, casi la mitad de los muertos argentinos durante la guerra. Es insoportable pensar que en ese momento preciso están muriendo 323 personas. En esa foto no se ven pibes, pero están, y 323 de ellos están muriendo.

 

En otra de las fotos está el soldado Miguel Gallotto, desnudo, desnutrido. Valga este documento espeluznante tomado por el doctor Oscar Rojas para entender que los soldados argentinos no sólo se enfrentaron a las tropas británicas. 

 

Hay muchas maneras de mirar estas fotos. Cada uno elige la que mejor le parece. Hay muchas maneras de mirar estas fotos pero ninguna de ellas excluye el respeto, el agradecimiento, el dolor por los que ya no están.


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