La CGT llega a un nuevo paro revitalizada “por abajo”, al ensancharse sus bases, y fragmentada “por arriba”, con una unidad frágil e incompleta. El mapa gremial argentino vive una repolitización a nivel capilar y hoy ya son 75 mil los trabajadores con responsabilidades sindicales. Las cúpulas de las organizaciones, tanto como las gerencias de RRHH empresariales, tienen nuevos problemas para fidelizar a las nuevas camadas de trabajadores formales.



Entre los palcos memorables de la Confederación General del Trabajo (CGT), de esos que abren y cierran capítulos a lo largo de su historia, el del último 7 de marzo se ganó un lugar indiscutido. La apatía de un acto hecho a reglamento terminó en un desborde de multitudes y sentidos políticos que se condensó en una imagen prematuramente mítica: el atril con el legendario ícono de la central obrera desbaratado por los grupos díscolos que coparon el palco.

 

Buena parte de ese fastidio encuentra como base la consolidación de un proceso de repliegue de lo sindical a la esfera corporativa, giro que se potenció en los últimos años. Se trata de un refugio en lo gremial y el abandono del status político del sindicalismo como un actor que piensa política programática nacional desde una lógica de clase. Por eso, entre otras cosas, es mucho más factible que se hagan paros sectoriales por reivindicaciones puntuales pero una huelga general que cuestione “el rumbo económico”, es decir, un modelo de país regresivo como el actual, es un salto que los pone muy incómodos.

 

“Tuvieron su pequeño 2001”, comentaba en la marcha del 7 de marzo un joven dirigente de trabajadores estatales. ¿De qué estado de situación del mundo sindical da cuenta la magnitud y el desborde del 7M que obligó a fijar a regañadientes el paro del próximo 6 de abril? Arriesguemos algunas hipótesis para pensar de dónde viene y hacia dónde puede ir la organización con más trayectoria de lucha en la historia nacional.  

 

crisis_CGT_col_02 

 

El eterno retorno

 

Fue en la llamada década ganada que el gigante invertebrado estuvo de vuelta pero atravesado por un proceso paradójico: se fortaleció en su posición de fuerza en la arena política, se revitalizó “por abajo” a partir de un indudable ensanchamiento de sus bases de representación, aunque también se fragmentó “por arriba” con la división de la CGT en tres fracciones y la fractura de la CTA.

 

Más allá de los evidentes problemas de representación en la era post-Moyano, que abren un sinfín de roscas y especulaciones en las cúpulas, hay otro ángulo para pensar esa crisis y sus posibles devenires: los cambios en la dinámica política interna de los repoblados sindicatos de los últimos años. Advertir los rasgos de esos procesos diversos, inconstantes pero sin duda emergentes, resulta fundamental para entender cómo llega el sindicalismo al desafío del revival neoliberal del macrismo. El mencionado desenlace del acto de la CGT el 7 de marzo lo puso de manifiesto de un modo rabioso frente a cámaras.

 

En las últimas semanas, la justicia macrista produjo un hecho que puede ser leído como un movimiento emblemático del cambio de época: el quite de la personería gremial a los Metrodelegados. Se trata de una ofensiva sobre una experiencia emblema de un sindicalismo disruptivo. Una apuesta gubernamental provocadora por el nivel de conflictividad potencial que acarrea, si tenemos en cuenta que de los Metrodelegados depende la movilidad diaria de millones en una ciudad colapsada en sus circuitos de circulación. Pero lo que en verdad está en juego con este quite de personería es ni más ni menos que un torpe intento de marcar simbólicamente el cierre de una etapa de surgimiento de una muy heterogénea cantidad de experiencias sindicales de base surgidas al calor de la reconstrucción del mercado de trabajo en la década kirchnerista.

 

crisis_CGT_der_03

 

La reactivación y las tensiones fueron de la mano en el desarrollo de buena parte del mapa sindical. Es evidente que después de haber atravesado un período de fuerte retroceso y deslegitimación del sindicalismo tradicional (el ciclo de lucha de los noventa), donde la iniciativa política de los movimientos sociales lo eclipsó en capacidad de (auto) organización y movilización, los grandes sindicatos volvieron a ser un actor de peso en el escenario político. Los cambios macroeconómicos que permitieron el crecimiento del mercado interno le devolvieron una capacidad de negociación perdida que estuvo inexorablemente acompañada de un ascenso en la cantidad de conflictos. En esa conflictividad, zigzagueante pero sostenida, aparecen datos insoslayables: el protagonismo de los conflictos descentralizados (impulsados desde los propios lugares de trabajo), la reposición del ya clásico debate sobre el unicato -con novedosas traducciones políticas y jurídicas-, y fundamentalmente la incidencia del factor generacional, relativo al rol de los jóvenes activistas y militantes sindicales en este proceso. Vayamos por partes.

 

Era por abajo

 

Un territorio estratégico para el despliegue de esa conflictividad inasible ha sido los propios espacios de trabajo. Ya sea por la conformación de nuevas organizaciones en sectores donde no había representación sindical (en forma de asambleas, comisiones internas o cuerpos de delegados) o por la reactivación de otras que existían en la pura formalidad y se llenaron de contenido y vitalidad política. La creación de la Unión Informática, sindicato que agrupa a los trabajadores del estratégico sector del software, la fundación de un nuevo sindicato de prensa y de comisiones internas en el de televisión, el cambio de conducciones en los gremios de trabajadores aeronavegantes, aceiteros o la reactivación de varias regionales de la Unión Obrera Metalúrgica son sólo algunos ejemplos de esta repolitización a nivel capilar.   

 

crisis_CGT_izq_04

 

Los informes especiales sobre conflictos laborales del Ministerio de Trabajo señalan una representación sostenida de las disputas en el lugar de trabajo de alrededor del 65%, con mayor incidencia en el ámbito privado donde el promedio sobrepasa el 70%; mientras que en las dependencias estatales la proporción ronda el 50%. A la vez, la CTA, en sus seguimientos trimestrales del Observatorio de Derecho Social, resalta el protagonismo de seccionales y sindicatos de base, quienes pasaron de representar alrededor del 50% en 2007 a más del 80% en 2014. En este proceso de “descentralización del conflicto laboral” se destaca el fortalecimiento de las instancias de menor escala en detrimento de las direcciones a la hora de agitarla.

 

Esta reactivación militante vino a poner en evidencia contradicciones y tensiones de larga data en muchos sindicatos. Desde la falta de renovación y adecuación de las arreciadas estructuras a cambio de negocios hasta los límites en la democratización interna, coparon la parada a la hora de la discusión de los laburantes allá abajo. En los hechos, una parte de este fenómeno se vio evidenciado en el surgimiento de una serie de casos de organizaciones de menor escala que enfrentaron tensiones con las conducciones. Esto incluye un amplio abanico de experiencias, con procesos organizativos de distinta cualidad y con desiguales niveles de consolidación. Como piso, hubo un engrosamiento con nuevos delegados como por por ejemplo en la UOM, Comercio y Transporte. También se afianzaron cuerpos de delegados opositores en rubros como alimentación y neumáticos. Y de máxima aparece la creación y legitimación de nuevos sindicatos opositores oficialmente reconocidos como pasó en el subte.

 

Con menos visibilidad pero también gran vitalidad otro núcleo de militancia creció en numerosos sindicatos en alianza con las dirigencias, robusteciendo la orgánica con más representantes de base y cuadros medios que traen sus propias concepciones políticas, muchas veces disruptivas, aunque siempre off de record y sin sacar los pies fuera del plato.

 

crisis_CGT_der_05

 

La ebullición sindical tuvo también su traducción institucional, fundamentalmente en plano jurídico, que alentó el surgimiento de nuevas organizaciones. Cinco fallos sucesivos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, entre 2008 y 2015, profundizaron la protección y el otorgamiento de derechos para la acción gremial en los espacios de trabajo de delegados por fuera de los sindicatos oficiales. Al declarar la inconstitucionalidad de varios artículos clave de la Ley de Asociaciones Sindicales disparó al corazón del modelo basado en el unicato (monopolio de la representación por rama de actividad), facilitando las posibilidades de acción de los sindicatos sin personería gremial.

 

Como era previsible, a partir del giro político de diciembre de 2015 cambiaron también los vientos judiciales. En junio de 2016, la Corte retrocedió rotundamente con un fallo que avaló el despido de un empleado del Correo por participar en protestas que no tenían una convocatoria sindical formal. En criollo, Lorenzetti y cía. afirman que el derecho a huelga no es para todos y todas puesto que “no son legítimas las medidas de fuerza promovidas por grupos informales”. Lo que se dice un verdadero fallo de época.

 

La joven guardia

 

Una novedad que trajo este nuevo siglo fue el recambio generacional. Ha sido notable el crecimiento de la participación de jóvenes, en especial en las organizaciones de base, en un contexto de protagonismo de la militancia de menor edad en distintos ámbitos de la vida social y política.  El proceso de recuperación del mercado laboral a partir de 2003 (con la creación de casi cinco millones de puestos de trabajo en pocos años) implicó en muchos sectores, como la industria manufacturera, una radical renovación de la fuerza de trabajo por efecto de la expulsión vertiginosa de trabajadores en el período de la convertibilidad.  Este cambio demográfico no es sólo un dato duro sino la emergencia de un nuevo tipo de subjetividad política que avivó las  tensiones en muchas organizaciones. Gerencias de Recursos Humanos de empresas y cúpulas sindicales encontraron serios problemas para fidelizar a la nueva ola.  

 

¿Pero quiénes son estos “pibes”? ¿Para qué se incorporan a un mundo tan presuntamente ajeno y estigmatizado como el sindical?  Sabemos que se trata de jóvenes socializados políticamente en el post-neoliberalismo. Esta influencia se deja entrever en la mayor predisposición a sumar nuevas reivindicaciones y formas de organización y protesta, históricamente asociadas a otras tradiciones de lucha como los movimientos sociales. La marca 2001, con sus palabras clave (autonomía, democratización, asambleísmo, acción directa), es indisimulable, alentando una vitalista mixtura de tradiciones de lucha y aggiornando el registro sindical tradicional a los nuevos sujetos y problemas.

 

crisis_CGT_izq_06

 

La presencia de jóvenes vino a refutar una tesis muy extendida (en las teorías del management y la academia) que sostenía que la inexperiencia, junto con la relación instrumental con el trabajo y la inexistencia de responsabilidades económicas, convertía a estos imberbes en un segmento de trabajadores dóciles, abúlicos, más permeables a las exigencias empresariales y distantes per se del mundo gremial. Esta interpretación típicamente intelectual se desmoronó frente a las experiencias concretas ya desde los primeros y paradigmáticos casos en los tempranos noventas, como el del cuerpo de delegados del subterráneo o el de los trabajadores telefónicos de los call centers. Y siguió haciendo agua en las experiencias post-2001.

 

El cuadro de este “movimiento por abajo” se completa con el despliegue, en varios sectores de actividad, de procesos de organización y movilización por fuera de las estructuras sindicales, como los motoqueros en Capital Federal. Trabajadores jóvenes que, por tener modalidades precarias de contratación, no son reconocidos por los sindicatos oficiales pero ejercen una representación que de hecho cuestiona las lógicas tradicionales.

 

El quiebre político que se abrió con la llegada de los CEOs al gobierno y el consiguiente despliegue vertiginoso de un nuevo paquete de políticas neoliberales volcó nuevamente las miradas hacia la capacidad de resistencia los trabajadores organizados. Mientras que el curriculum de buena parte de la dirigencia más “pesada” vuelve predecible su comportamiento en el nuevo escenario político, las expectativas se abren en torno a esta nueva camada que vino a sacudir la dinámica interna de muchos gremios. Se calcula que existen en el país setenta y cinco mil laburantes con responsabilidades sindicales, la mayoría de ellos encuadrados en instituciones con bases jóvenes pero dirigentes viejos que hace tiempo perdieron, como lo admitió el propio Schmid en un reciente plenario de la Federación Nacional de Aceiteros, “el sentido de la trascendencia y sólo buscan permanecer” en el poder.

 

Durante ese mismo encuentro, el histórico dirigente de Dragado y Balizamiento (devaluado desde su incorporación al triunvirato) cerró una de sus intervenciones citando la vieja frase de Castelli: “si ves al futuro, decile que no venga”. Se refería al giro derechista en el país y la región pero quizás sin saberlo aludía también a algún otro final de época.

 

Fotos: DyN


¿Te gustó la nota?

Suscribite al boletín de Anfibia

AUTORES

LECTURAS RELACIONADAS