¿Por qué asumimos que las tareas del hogar pertenecen a la mujer?¿por qué planchar y barrer pueden "vulnerar la masculinidad"? La asimetría en la distribución del trabajo doméstico es una de las mayores fuentes de desigualdad entre varones y mujeres y trasciende la brecha salarial, escribe la economista Mercedes D'Alessandro. Las argentinas se ocupan del 76% de esas tareas, cuyo valor solo aparece cuando son tercerizadas en manos de otras mujeres, muchas de ellas trabajadoras informales. ¿Acaso las más ricas o profesionales oprimen a las más pobres y sin educación? Adelanto de “Economía feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour)", de Sudamericana.

He tratado todo lo que se supone que una mujer debe hacer…

Puedo hacerlo todo y me gusta, pero no te deja nada sobre

lo que pensar —ningún sentimiento acerca de quién eres—.

Nunca tuve ninguna ambición profesional. Todo lo que quería

era casarme y tener cuatro hijos. Amo a los chicos y a Bob y a mi hogar.

No hay ningún problema al que pueda ponerle nombre. Pero estoy

desesperada. Empiezo a sentir que no tengo personalidad.

Soy una servidora de comida, pongo pantalones y hago la cama,

alguien que puede ser llamada cuando quieren algo. Pero ¿quién soy?

Betty Friedan, La mística de la feminidad

 

Era sábado a la tarde y mi amigo Iván escribió simpática e irónicamente en su Twitter: “Plancho una camisa escuchando Cat Power porque estoy muy seguro de mi masculinidad”. Lo reproduje en mi propia cuenta con el agregado: “Acá un compañero engañado por los estereotipos. ¿Planchar es de mujer o acaso escuchar Cat Power? ¿Es malo no ser masculino?”. Enseguida empezó una catarata de anécdotas personales y reflexiones. En ese simple comentario de Iván se condensa mucho de lo que trata este capítulo: ¿por qué asumimos que las tareas del hogar pertenecen a la mujer?, o ¿por qué planchar y barrer pueden vulnerar la masculinidad? Y también, ya que estamos, ¿de qué se trata la masculinidad mainstream?

 

A lo largo de todo el planeta, el tiempo que destinan mujeres y varones a las labores domésticas está muy desbalanceado: ellos dedican más tiempo a los trabajos pagos mientras que ellas son quienes hacen el trabajo no pago del hogar como limpiar, cocinar, hacer las compras, ocuparse de los niños y ancianos. Aunque estas labores domésticas son imprescindibles e ineludibles para que la sociedad funcione, suelen ser menos valoradas social y económicamente que el trabajo pago. Vale pensar qué respondería uno mismo a la pregunta ¿cuánto tiempo trabaja usted por día? En general, no se contabilizan dentro de las horas de trabajo el tiempo que dedicamos a ir al supermercado o pasar un trapito por los muebles. Ese trabajo doméstico cae en una especie de limbo tanto para la teoría económica y las estadísticas como para nuestras propias ideas de qué es y qué no es el trabajo. Sin embargo, su valor económico aparece (y golpea los bolsillos) cuando estas tareas son tercerizadas, sea en centros de cuidados (guarderías, jardines maternales, geriátricos, colonias de vacaciones) o en un servicio particular (empleadas domésticas, cocineras, enfermeras, niñeras o delivery de empanadas).

 

Ahí podemos ver claramente que al tiempo consumido en esas tareas se le puede poner un precio, y que el liberarse de ellas implica también la posibilidad de disponer de esas horas para trabajar fuera de casa o disfrutar del ocio. La asimetría en la distribución del trabajo doméstico es una de las mayores fuentes de la desigualdad entre varones y mujeres, es algo que trasciende la brecha salarial. Al ser las mujeres quienes más tiempo dedican a estas tareas no pagas disponen de menos tiempo para estudiar, formarse, trabajar fuera del hogar; o tienen que aceptar trabajos más flexibles (en general precarizados y peor pagos) y terminan enfrentando una  doble jornada laboral: trabajan dentro y fuera de la casa. El fenómeno se repite virtualmente en todos los países y es muy poco visible porque, en mayor o menor medida, todos asumimos que estas tareas son de mujer y que se realizan por amor. La situación penaliza también a los hombres, imponiéndoles la necesidad de conseguir mejores empleos y salarios para ser el sustento y proveedor de la familia y les quita —en muchos casos— la posibilidad de participar y disfrutar de la crianza de los hijos. 

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Mujeres al borde del tiempo: el reloj económico. En la Argentina, la participación de las mujeres en el mercado de trabajo creció muchísimo desde mitad de siglo pasado hasta hoy. Lo que no se movió al mismo ritmo fue la participación de los varones en las tareas del hogar. Las Cenicientas actuales esperan a su príncipe azul no solo limpiando los pisos sino también trabajando en un comercio, en la escuela, el laboratorio o la oficina. Ya no tienen como máximo objetivo ser el ama de casa perfecta, ahora tienen (además) que ser exitosas profesionales y buenas trabajadoras. Al mismo tiempo, los hombres de hoy son mucho más comprometidos con las tareas del hogar; cocinan, cambian pañales, limpian, y hacen cosas que en generaciones anteriores incluso eran impensables como poner o sacar la mesa. Muchas mujeres pueden decir orgullosas “mi marido/mis hijos me ayudan en casa”, aunque a veces no se dan cuenta de que esa frase reproduce la idea de que es una tarea que le toca a ella y que es afortunada porque el/los varones del hogar colaboren.

 

Aun con esa ayuda amorosa que fue creciendo en las últimas décadas gracias a cambios culturales, la brecha de la participación en el trabajo doméstico sigue siendo alta y las  mujeres siguen encabezando la lista. En el ranking de “fanáticas de la limpieza” de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) se encuentran en primer lugar las mujeres turcas con 377 minutos al día promedio, seguidas de las mexicanas con 373. Entre los varones, los que menos aportan al cuidado del hogar son los hombres coreanos con solo 45 minutos trapito en mano.

 

Los países más igualitarios en la distribución de las labores del hogar son los nórdicos (Noruega, Suecia, Dinamarca, Islandia y Finlandia). Y no fue magia, en ellos hace décadas que la sociedad se dio cuenta de que necesitaba ajustar ciertas clavijas. Desde los setenta se vienen desarrollando políticas orientadas a cerrar brechas de género y concientizar a los varones de lo importante que es su aporte en estas tareas cotidianas.

 

En 1975, una marcha movilizó a más de 25 mil mujeres por las calles de Reikiavik, casi un 10 por ciento de la población de Islandia. Se trataba de una manifestación a modo de “día libre de las mujeres” y una huelga en la que participó el 90 por ciento de las mujeres islandesas: ninguna de ellas hizo tareas domésticas ese día. A los hombres les tocó estar a cargo de la casa, los niños y todas las tareas asignadas tradicionalmente a las chicas. Como resultado de este paro se cerraron bancos, escuelas y negocios. Un año después, el Parlamento aprobó una ley de pago igualitario. “Lo que ocurrió ese día fue el primer paso para la emancipación de las mujeres en Islandia. Paralizó el país por completo y abrió los ojos de muchos hombres”, dijo Vigdís Finnbogadóttir, quien luego fue la presidenta de los islandeses por más de una década. Como diría Lisa Simpson, la pequeña feminista que nos acompaña en la televisión desde hace más de quince años, estas muchachas seguían la consigna “voy a planchar tus sábanas cuando planches las desigualdades en nuestras leyes laborales”.

 

Si sumamos el trabajo pago y el no pago, a nivel global, la OCDE estima que las mujeres trabajan 2,6 horas diarias más que los hombres en promedio. En la Argentina, según la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo realizada en 2013, una mujer ocupada full time dedica más tiempo al trabajo doméstico (5,5 horas) que un hombre desempleado (4,1 horas). En términos generales, ellas hacen el 76 por ciento de estas tareas. Además, “casi nueve de cada diez mujeres (88,9 por ciento) participan en el trabajo no remunerado en la Argentina. En cambio, el 57,9 por ciento de los varones usa parte de su tiempo en cuidar a los hijos o hacer funcionar el hogar. Eso implica que cuatro de cada diez varones no cocinan, ni limpian, ni lavan la ropa, ni hacen compras en ningún momento del día. Y, entre los que sí lo hacen, tienen tres horas de descuento en relación con el tiempo que depositan las mujeres en la vida cotidiana” ilustra Luciana Peker, periodista especializada en género.

 

Las estadísticas disponibles muestran que estas cifras desbalanceadas se repiten a lo largo de todo el mundo. La OCDE tiene una base de datos para algunos países en donde se pueden ver las diversas actividades en que reparten el día varones y mujeres entre trabajos pagos, tareas del hogar, cuidado de niños, deportes, dormir o ver televisión. De ellos se deriva que en prácticamente todas estas economías, los hombres son capaces de disfrutar valiosos minutos de tiempo libre, mientras que las mujeres pasan más tiempo enfrascadas en la rutina del hogar. En todo el planeta ellas realizan más trabajo no pago que los hombres (y también, los hombres más trabajo pago que las mujeres).

 

Ellos dicen que es amor, nosotras

decimos que es trabajo no pago

 

En 1963, Betty Friedan publicó La mística de la feminidad, un libro revolucionario para la época que muchos señalan como disparador de gran parte de las discusiones que se dieron en el marco de la segunda ola feminista en los Estados Unidos. En su libro, Friedan plantea que a las mujeres estadounidenses de clase media las aqueja un mal que ninguna puede nombrar, no encuentran las palabras para designarlo. La mayoría de ellas tiene todo lo que soñó: un marido, hijos, una casa linda con jardín y un buen pasar; sin embargo, algo las angustia “y no es la falta de sexo”. El ama de casa desesperada irrumpe en el paisaje de la época con una pregunta existencial: ¿quién soy? La mujer aparecía definida en términos de su relación con otro, como esposa, madre, ama de casa y la resolución de sus conflictos parecía tener que darse en el seno del hogar.

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Muchas de estas amas de casa desesperadas habían dejado los estudios para dedicarse al hogar pero una vez en ese refugio se sentían insatisfechas; su único premio era su propia feminidad. Al mismo tiempo, esta feminidad tenía características muy particulares: atrapar un buen hombre, alimentar niños, comprar un lavavajillas, hacer una torta, vestirse bella y actuar seductora para sostener el fuego de la pasión en la pareja.

En la vereda opuesta, dice Friedan irónicamente, están las neuróticas, feas, sin gracia e infelices mujeres que quieren ser poetas, físicas o presidentas, “una verdadera mujer no quiere ni carrera, ni una gran educación, ni derechos políticos —la independencia y las oportunidades por las que luchaban las feministas pasadas de moda—”. La segunda ola feminista levantaba, entre otras, las banderas de los derechos reproductivos, compartir el cuidado de los niños y las tareas del hogar; sus oponentes decían que todas estas eran cuestiones privadas que debían resolverse en sus propias familias; es por esto que se impuso el lema “lo personal es político”. Una de las principales rupturas que provocó esta oleada fue la de la idealización del rol de ama de casa; se encaminó más bien a encontrar un sentido, ese quién soy, por fuera del hogar. Para estas mujeres, se trataba de recuperarse como individuo, como un ser humano independiente.La educación y el trabajo en condiciones de igualdad serían los próximos desafíos.

 

Si en esos tiempos se esperaba que las mujeres se quedaran en sus casas y las que trabajaban afuera eran estigmatizadas (incluso se decía que las que iban a la universidad solo lo hacían para buscar maridos), hoy se puede decir que, en muchos casos, es al revés. Las mujeres, no solo en los Estados Unidos, se alejaron de este ideal de ama de casa, unas por motivación propia, otras por necesidad. Pero como sea, ayer y hoy su trabajo siempre ha sido ignorado. Nuestras abuelas pasaban largas horas lavando (a mano) la ropa de toda la familia; si bien hoy contamos con la ayuda del lavarropas y los electrodomésticos, planchar, limpiar, preparar la comida, llevar a los niños a la escuela o acompañar a la abuela al médico, forman parte de una rutina completa que se repite cotidianamente. Todas esas tareas eran y son percibidas por la familia, por la sociedad y por la contabilidad nacional como actos de entrega y de amor.

 

La imagen de la mujer circunscripta a su casa le sirve en los setenta a Silvia Federici, filósofa y activista marxista, para plantear la necesidad de la lucha de las mujeres por el salario para el trabajo hogareño. El salario, en la sociedad en que vivimos, significa ser parte de un contrato social y es a través de nuestro trabajo asalariado que accedemos a consumir aquello que necesitamos: comida, ropa, transporte, libros o ir al cine. Uno trabaja no tanto porque le gusta sino porque es una condición en la que vivimos. La cuestión con el trabajo doméstico es que, además de ser no pago, se le impuso como una obligación a la mujer y se fue transformando en un atributo de la personalidad femenina: ser una buena ama de casa se convirtió en algún momento en algo deseable o característico de las chicas.

 

Según Federici, las mujeres no deciden espontáneamente ser amas de casa sino que hay un entrenamiento diario que las prepara para este rol convenciéndolas de que tener hijos y un esposo es lo mejor a lo que pueden aspirar. Pero no es algo del pasado solamente, muchas décadas después aún se imparte una cultura que refuerza estos roles. Las muñecas, la cocinita, el juego del té, la escoba con palita rosas, el maquillaje y las pulseras para armar son el combo perfecto para criar princesas encantadoras, las madres y esposas devotas del mañana. Esa historia no resulta tan lejana en una cultura de películas hollywoodenses con mujeres que dejan todo por el amor a un hombre. O incluso en la variante de los culebrones latinos en donde la mucama es la que va a convertirse en la esposa después de cuidar durante años de su amado patrón en silencio, logrando además su ascenso social. Medios llenos de publicidades de excelentes productos de limpieza que cuidan con esencias de aloe y lavanda las manos que han de acariciar a los seres queridos después de limpiar el sarro del inodoro. El ama de casa es la heroína y protagonista de los cuentos infantiles, la Cenicienta noble, altruista y romántica que entrena toda la vida para ese momento en que se entregará y amará —con el mejor limpiador antibacterial— a los suyos. Aún hay una gran parte de los sistemas de comunicación anclados en estos estereotipos.

 

El modelo clásico de pareja heterosexual funciona de este modo como un acuerdo tácito y reproductivo: ella cocina, limpia, tiene hijos, buen sexo, y cuida de él. Él es el proveedor que sale todos los días a la calle a ganar el pan y el cash para pagar las cuentas. Con eso también paga el derecho a ser bien atendido al llegar al hogar. Federici, sin pelos en la lengua, dirá que “la esposa ama de casa está al servicio de su esposo psicológica, emocional y sexualmente, cuida a los niños, limpia sus medias y levanta su ego”. Eso que llaman amor es trabajo no pago.

 

Disfrazar el trabajo no pago como un acto de amor esconde que estas tareas son trabajo propiamente dicho y, de este modo, se realiza una actividad indispensable para el funcionamiento de toda la sociedad de manera gratuita (en un mundo en que el consumo de todas las cosas tiene un precio). De ahí el planteo de esta activista de un salario para el ama de casa como forma de, en principio, visibilizar este trabajo y darle el valor económico que se merece (mi propio recuerdo se refiere a decir o pensar en otras épocas “mi abuela no trabaja, es ama de casa” como si ser ama de casa no fuera un trabajo en sí mismo).

 

A lo largo de la historia de las luchas feministas (y de las políticas públicas de género), se han ensayado diferentes alternativas para valorar económicamente estos trabajos. Salarios y jubilaciones para el ama de casa —que equiparan el trabajo hogareño con el que se realiza fuera del hogar—, cobertura  universal o lugares públicos de cuidados para niños y mayores, o personas con discapacidad, entre otras. Hay muchos elementos que la teoría económica y las estadísticas públicas no ven y no se integran en sus modelos, indicadores y políticas.

 

Aunque las encuestas que miden el uso del tiempo son bastante complicadas de realizar y difíciles de comparar entre regiones geográficas y culturas por la diversidad de datos que podemos encontrar plasmados en ellas, nutren de información muy valiosa a la hora de pensar soluciones y alternativas. En la Argentina, recién en 2013 se realizó una encuesta sobre el uso del tiempo por lo que no hay disponible una serie histórica de estos valores. No se puede comparar la situación actual con lo que pasaba hace diez o cuarenta años atrás por falta de información. La generación de datos aporta a cerrar las brechas porque nos permite tener un mapa y diagnóstico de la cuestión.

 

Por ejemplo, un estudio realizado sobre Sudáfrica, Tanzania, Corea, India, Nicaragua y Argentina estima que si se le asignara un valor monetario a este trabajo doméstico que realizan las mujeres, representaría entre el 10 y el 39 por ciento del PBI de estos países. Así también, la reducción de las cargas de limpieza, compras y cuidados sobre las mujeres mejoraría su productividad fuera del hogar.

 

La fórmula según la cual la esposa-ama de casa sacrificaba su carrera e independencia por la familia está cada vez más en el pasado. Sin embargo, la ausencia de políticas de Estado que brinden soluciones a las necesidades de la familia tradicional y todas sus distintas configuraciones (madres solteras, padres separados, hogares monoparentales) presiona a las mujeres trabajadoras (más que a los varones) para poder hacer todo a la vez. A pesar de que la mayoría de las mujeres no se dedica a ser ama de casa full time, en los hechos sigue cargando con esas labores, que se le suman al trabajo fuera del hogar.

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Detrás de toda gran mujer, hay otra gran mujer. “Respetando la democracia, alta señora de la cantidad, abren el cortejo las mujeres del personal de servicio… Pasad, estiradas españolas de bustos de madera, pulcras francesas de buen sueldo y poca tarea, largas inglesas de ojos fríos, contadas criollas de brillantes zapatos y largos domingos, robustas italianas de buena cocina, menudas japonesas decorativas… Pasad con vuestras armas al hombro: escobas, plumeros, cepillos, sapolios, jabones, linos, llaves, etc. Sumáis un ejército de 79.781 mujeres y estáis gracias al número, en mayoría absoluta, sumando casi los cuatro quintos del personal doméstico total.” Alfonsina Storni

 

Las nuevas generaciones dejaron atrás muchos mandatos tradicionales; no obstante, la atención del hogar y de los hijos aún cae bajo la órbita de lo privado y, más específicamente, de las mujeres. Cuando ellas se incorporan en el mercado laboral empieza a ser más evidente el costo que significa para un hogar tener que trabajar fuera y dentro de él. Aparece así la necesidad de servicios de cuidado que no siempre están a disposición, al menos no gratuitamente. Corina Rodríguez Enríquez, referente de la economía feminista, plantea que una de las dimensiones más importantes de esta distribución de las tareas domésticas es la que se llama en la jerga el diamante del cuidado, ya que participan los hogares, el mercado, el Estado y las organizaciones comunitarias. En los hogares las tareas se distribuyen entre los miembros de la familia, el mercado provee de soluciones como niñeras o geriátricos, el Estado tiene la posibilidad de establecer licencias familiares u ofrecer jardines maternales públicos, las organizaciones comunitarias pueden contribuir con comedores o espacios para practicar deportes. Hay muchas opciones y, por supuesto, todas tienen asociado un costo.

 

La mayor parte de las responsabilidades del cuidado están a cargo de los hogares y se asume que las otras puntas del diamante colaboran o facilitan el equilibrio entre trabajar en casa y en el mercado. Cuando no hay guarderías, jardines maternales o geriátricos disponibles de modo gratuito (o accesible), las familias —sobre todo las de menor poder adquisitivo— tienen que enfrentar estas tareas por sí mismas, lo que les resta tiempo para estudiar, formarse, tener empleos pagos, o para disfrutar de ver algún culebrón en la tele. No les queda otra que recortar toda actividad extra y apelar a la ayuda de hermanas mayores, tías. Las familias de altos ingresos, en cambio, tienen más posibilidades de contratar una niñera o una mucama y, de tal modo, liberar tiempo para ir a la facultad o al cine. La mujer profesional de clase media no bien puede, acude a estas hadas madrinas pagas que cocinan, limpian, lavan, planchan, cuidan a los niños y ancianos, son choferes y hasta se hacen cargo de las mascotas.

 

Según la OIT, más del 80 por ciento de todos los trabajadores domésticos del mundo son mujeres. A su vez, 1 de cada 7 mujeres ocupadas en Latinoamérica trabaja en ese sector en donde las tasas de informalidad rondan también el 80 por ciento, con salarios bajísimos, jornadas extensas y sin acceso a la seguridad social. En la Argentina solo el 3 por ciento de los trabajadores del rubro son varones y el trabajo doméstico es la principal ocupación de las mujeres asalariadas en el país (cerca del 20 por ciento). Las hadas madrinas que ayudan en las casas de mayores ingresos, lejos de tener alitas y varita mágica, son mujeres pobres, muchas de ellas con varios hijos y la mayoría sin siquiera haber terminado la secundaria (las estadísticas muestran que solo el 2 por ciento de ellas completó una carrera terciaria o la universidad). De hecho, según un informe de Carina Lupica sobre maternidad y mercado laboral, casi el 40 por ciento de las madres pobres es empleada doméstica. Se trata de mujeres que necesitan trabajar pero no tienen calificaciones para acceder a otro tipo de empleo.

 

También, muchas chicas jóvenes que ven en esto una posibilidad de escapar de la pobreza de los suyos, aunque terminan en un cuarto de servicio de una familia acomodada que, en la mayoría de los casos, ni siquiera les paga derechos básicos como aguinaldo, vacaciones o días de enfermedad. En la Argentina, un cuarto del total de los trabajadores informales son empleadas domésticas (aun cuando se aprobó una ley para regularizarlas, la gran mayoría sigue en negro).

 

En algunos países, en los que las políticas de género y las discusiones feministas están más avanzadas, aparecen dudas en torno a esta situación que arrastramos hace siglos: ¿es que acaso las más ricas o profesionales oprimen a las más pobres y sin educación? En esta carrera loca hacia el éxito para algunas, aparece una masa de muchachas que limpian sus casas y cuidan a sus hijos. Además, como pocas veces (o nunca) hay un varón como niñero o fregando pisos y platos, se perpetúa la idea de que los cuidados (del hogar, niños y mayores) son cosa de mujer. Bowman y Cole (2009), de la Universidad de Chicago, plantean que la salida de este laberinto no pasa por condenar la contratación de mujeres para trabajos domésticos sino más bien por empezar a reconocer y valorar estas tareas, profesionalizarlas, a fin de mejorar la forma en que todos las percibimos y también la calidad con la que se realizan. Pero la valoración en nuestra sociedad está puesta en el salario; por tanto, si queremos que la labor de las empleadas domésticas o niñeras tenga mejores condiciones, necesita tener salarios más altos. Y aquí radica el problema para las mujeres profesionales de clase media: en países con grandes desigualdades sociales es más fácil encontrar mujeres pobres y con poca educación dispuestas a trabajar en una casa por poco dinero. Revalorizar el trabajo doméstico implica volverlo más caro. A las familias de medianos ingresos les viene bien pagar sueldos bajos, ¡de otro modo no podrían acceder a ellas!, ¡y sin ellas no podrían salir a trabajar!

 

Por otra parte, según el Director Regional (América Latina y el Caribe) de la OIT José Manuel Salazar, hay también “una situación de discriminación compleja, con arraigos históricos en nuestras sociedades en regímenes de servidumbre y con actitudes que contribuyen a hacer invisible el trabajo de las mujeres, muchas de ellas indígenas, afrodescendientes y migrantes”.

 

En muchos casos estas trabajadoras son explotadas física, mental y sexualmente. A nivel mundial, Latinoamérica tiene 37 por ciento de los trabajadores domésticos del mundo, ubicándose en el segundo lugar después de Asia. “Este trabajo, insuficientemente regulado y mal pagado, sigue siendo el principal proveedor de cuidados, a falta de políticas públicas  universales en la mayoría de países de la región”, explica María José Chamorro, especialista de género de la OIT.

 

Por todo esto, porque como decían las feministas de la segunda ola, “lo personal es político”, es que el Estado tiene un rol tan importante en la provisión de sistemas de cuidados. Bien implementado, podría colaborar en que no se potencie el mecanismo de desigualdad entre mujeres ricas que utilizan servicios que proveen mujeres pobres. La profesionalización de los cuidadores también mejora la calidad del empleo de estos trabajadores que de otra forma son bastante castigados económicamente. Otro paso necesario es el de desnaturalizar que estas tareas son algo “de mujer”.


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