En la captura del Chapo y la entrevista de Sean Penn están las claves para redibujar el mapa del desangradero mexicano. “El día que yo no esté, esto no va a mermar”, le dijo Guzmán al actor y ratificó así la idea de que la narcomáquina puede prescindir de los grandes capos. La narrativa gubernamental construyó la imagen del poder total de los señores de la droga: la paradoja es que entonces no hay capturas que alcancen.



De nuevo el Chapo acapara las discusiones, las noticias, los memes, los chistes en la prensa y en las redes; motivo de conversación en la familia, en la fila del banco, con el vecino con el que te encuentras en el parque. Pero esta vez, viene acompañado, lo escoltan en su reaparición la actriz mexicana, Kate del Castillo y, el actor, guionista y activista Sean Penn. No es asunto menor.

 

Me abstuve de la opinión inmediata, de la elaboración de hipótesis o juicios a bote pronto sobre los tres asuntos que considero más relevantes en este nuevo episodio de la “guerra contra el narco”: la recaptura en sí misma; la poco afortunada afirmación tras la detención del Capo que hiciera el presidente Peña Nieto en su cuenta de Twitter (“Misión Cumplida”, dijo) y, especialmente, en la polémica “entrevista” de Penn a Guzmán Loera, por lo que dice sin decir.

 

Preferí esperar a leer una y otra vez, con calma, deteniéndome en cada párrafo del texto publicado por Penn en exclusiva para la revista Rolling Stone. Tengo la impresión de que la discusión que satura las redes no ha tomado muy en cuenta el cuerpo del texto, centrándose en el –pobre- video de dos minutos con respuestas entrecortadas, lacónicas y predecibles del legendario Chapo. En el artículo de Penn hay claves muy importantes para redibujar el mapa de este desangradero en que se ha convertido México.

 

 

Voy a tocar la recaptura y la respuesta del gobierno mexicano, para centrarme en el encuentro Chapo-Penn-Castillo.

 

La recaptura

 

En un país roto por la violencia, la corrupción, con severos problemas económicos y el riesgo de una crisis de proporciones mayúsculas por el desplome de los precios del petróleo y el peso mexicano, la recaptura del Chapo no cambia nada en lo formal ni en lo sustancial. Materia de prensa y alarde (cínico) internacional, el acontecimiento se inscribe en los intentos impacientes de la administración de Peña Nieto por aligerar los costos ya muy elevados de los fallos en su gestión.

 

De un lado está la humillación que supuso la fuga del Chapo de una cárcel de máxima seguridad, es cierto; el gobierno mexicano no quedó nada bien con su socio en los tratados de libre comercio y tampoco con la ciudadanía que ratificó con esta fuga la debilidad y corrupción de las instituciones. Pero de otro lado están la estadística cotidiana del horror, los muertos, los desaparecidos, la violencia bárbara, los cuerpos rotos que “aparecen” cotidianamente en las calles, campos, desiertos, montañas del país. Está también el cinismo del propio Peña Nieto y sus lugartenientes frente a la evidencia de enriquecimiento ilícito por decir lo menos. Está el peso debilitado y el control de las transnacionales sobre el territorio nacional, por nombrar algunas aristas en el ríspido paisaje mexicano.

 

La detención del Chapo llega en un buen momento o en uno pésimo, según se vea. Bueno en el sentido de que al menos es creíble que los trabajos de inteligencia y procuración de justicia pueden operar algunas veces. En este sentido la información sobre el marcaje a Kate del Castillo desde que estableciera lo primeros contactos con El Chapo, más las fotografías de su llegada a Guadalajara para trasladarse por tierra a Nayarit y de ahí en avioneta a algún punto de la sierra en el triángulo dorado, indican que es posible, aún, una cierta eficacia.

 

Pésimo, porque con el dólar pisándole los talones al peso, la recaptura se liga –casi de inmediato- con una especie de cortina de humo e intentos desesperados por devolver un mínimo de institucionalidad a la burla en la que se han convertido las instituciones y el gobierno mexicano.

 

La espectacularización de esta recaptura por parte de las autoridades (ayudadas sin querer por la no-entrevista de Sean Penn) no contribuye a generar la confianza ni la credibilidad en una gestión que ha optado por guardar silencio –a diferencia de la anterior administración de Felipe Calderón-, sobre la violencia y sus costos más dramáticos: los muertos, los desaparecidos que suman miles y miles. Si la recaptura pudiera inscribirse en una estrategia integral, perceptible para los ciudadanos, si pudiera leerse en el contexto de un presidente sensible e interesado al menos en las tragedias diarias que se viven en las ciudades, en las rancherías, en los pueblos, donde los señores del crimen han construido imperios paralelos al poder del estado, otra cosa sería y no una acción –que aunque urgente y necesaria- que no deja de ser efectista.

 

Un Joaquín Archivaldo Guzmán Loera con camiseta sucia, recargado en el asiento de un auto, sin esposas, pensativo y posteriormente posando en una cama de motel a un lado del poster de una mujer casi desnuda, no es precisamente el mensaje inequívoco del poder del estado actuando frente “al más buscado”. Dos imágenes claves, dos imágenes fallidas, aparentemente filtradas, que desentonan con el dramatismo puesto en las declaraciones oficiales y en la pésima lectura de los “hechos” de la Procuradora Arely Gómez, sucesora del muy cuestionado Procurador de la “verdad histórica”, Murillo Karam, en el caso no resuelto de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en Guerrero.

 

A propósito del extraordinario libro de Sergio González Rodríguez. “Huesos en el Desierto”, Monsiváis escribía: “Una sociedad inmovilizada ante la matanza, que no reconoce como suyas a las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, es también en definitiva la gran víctima propiciatoria. Concentrar la energía judicial, política, social, ética de la nación y sus instituciones en el esclarecimiento de este fenómeno es asunto de justicia y de reconstrucción social. Uno de los grandes apoyos de la violencia es la protesta ocasional, rutinaria, que no espera consecuencias”.

 

Esta frase de Monsiváis, resume con acidez la fallida estrategia de la comunicación gubernamental en torno a la captura. Un capo al que es casi imposible (laberintos jurídicos) atribuirle las víctimas cotidianas de esta guerra, nos es mostrado sin consecuencias, librado al libre juego de las apuestas de su próxima fuga. Protestamos por esto y, me atrevo a decir con Monsiváis, que no esperamos consecuencias.

 

La cárcel ya lo alberga, se discute su extradición, lo fundamental sigue intacto. El poder de una narcomáquina, que como ya dije en este espacio hace varios meses “ya no necesita Chapos” y que ahora ratifica el mismísimo Señor Guzmán en su pobre video de dos minutos: el día en que yo no esté, esto no va a mermar de ninguna forma.

 

El Armagedón de Peña Nieto

 

En 1998 aparecía la película norteamericana Armagedón dirigida por Michael Bay y producida por Jerry Bruckheimer, la típica cinta del llamado cine catástrofe o apocalíptico que tan bien se nos da consumir desde hace años. La película narra al más puro estilo épico-nacionalista el triunfo de una tripulación de astronautas-perforadores, encabezado por Bruce Willis, sobre un perverso meteorito que amenaza con destruir la tierra. Cuando todo está a punto de fallar, Harry (Willis) logra detonar, partir, destruir al asteroide (no sin que antes de que un enorme fragmento caiga sobre París y la destruya), y dice: ¡Ganamos Gracy! (dirigiéndose a su hija Liv Tyler). Fade out y gran celebración en la tierra.

 

El Presidente Peña Nieto, informaba en su cuenta de Twitter: Misión cumplida: Lo tenemos. Quiero informar a los mexicanos que Joaquín Guzmán Loera ha sido detenido. Con 83.232 retweets y 62.874 me gusta, el mensaje se convirtió inmediatamente en motivo de chistes y de bromas. Cito dos, pero la o el lector interesado (y paciente) puede ir a la fuente original y constatar el “relajo” que se armó:

 

 

Usuario 1: ERES UN HEROE MI REY, SIEMPRE PROTEGIENDO A TU GENTE YA DE UNA VEZ PONTE UN S EN EL PECHO. TE AMAMOS TLATOANI EXCELENTÍSIMO (sic a las mayúsculas. En México el Tlatoani es un gobernante, un líder y gran orador, expresión usada por las culturas mexicas y nahuas).

 

Usuario 2: jajajajajajajaja. Tuitazoooooo!

 

Y, poco después del “tuitazo”, en lo que parece ser una oficina de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el Secretario de Gobierno, Miguel Angel Osorio Chong, leía frente a un público no del todo determinado, flanqueado por la Procuradora el tuit del Presidente, aplausos a profusión. Y no se hizo esperar, los cibernautas encontraron en Armagedón, la película, la mejor parodia al anuncio así del Presidente.

 

Al video, le siguió una larga oleada de contra réplicas y mejoras, pero lo importante es que revela, junto con lo que se ha dado en llamar “tren del mame”, algo difícil de traducir pero que significa algo así como la detonación de memes, chistes, bromas, gifs, videos, que se siguen después de un acontecimiento con el único objetivo de hacer de la noticia, hecho o información un tema de diversión e ironía, un tren al que se suben gustosos y creativos, muchos usuarios de redes.

 

Quizás lo relevante aquí es lo que dicen estos chistes, estos artefactos culturales propios del Siglo XXI y la era digital: la distancia abismal entre lo que Peña Nieto y su gabinete interpretaron como claves comunicativas de la aprensión del Chapo y, lo que lee o interpretan las y los ciudadanos, usuarios o no de las redes sociales.

 

Si el Armagedón se interpreta como el fin del mundo o el fin del tiempo en la Biblia, en los tiempos modernos su utilización ha sido recurrente en la gestión política del miedo. Varios editoriales y columnas de opinión han enfatizado en estos días la “fascinación” de las y los mexicanos con respecto al Chapo, a la seducción que ejerce el personaje poderoso –que Penn no pudo resistir-, pero considero que esta no es la clave interpretativa más adecuada para entender la “risa”, esa que nos duele hasta lo más profundo porque sabemos lo que implican personajes como el Chapo. Hay una clave importante que merece análisis de fondo y discusión colectiva: la construcción del narco como eje de los problemas nacionales; fue la narrativa gubernamental la que detonó la imaginería sobre el poder total de los señores de la droga, ayudados en la tarea por las grandes empresas informativas y comunicativas. Fueron los gobiernos de Fox, Calderón y Peña Nieto los que elevaron al “most wanted” a rango de Armagedón. Lo demás se fue armando, construyendo como las piezas de un tetris interminable. Si el narco es ubicuo y todo poderoso, nada es lo que nosotros, mortales enfrentados al fin de los tiempos, podemos hacer. El balón inflado de la imbatibilidad de estos personajes termina por estallar en la cara de la autoridad, la gestión del miedo termina por hacer aparecer como ridículo la presunción del gabinete presidencial.

 

El Chapo no se hizo solo, como diríamos en México “solito”. En la construcción de su personaje han intervenido muchos, principalmente las autoridades. Los infinitos túneles del Chapo representan la larga construcción de un pasadizo en el que se ha optado por otorgar a la rendición la única manera posible de atisbar el horror. No hay una misión cumplida porque esa desborda con mucho el acotado margen que permite la detención de un delincuente que, legendario o no, ha contribuido al desmembramiento de este país.

 

Esto no es una entrevista

 

En la serie “La traición de las imágenes”, el artista René Magritte produjo lo que sería una obra canónica para el arte contemporáneo: el dibujo de una pipa y la leyenda “esto no es una pipa”. Tuvo razón Magritte el dibujo era la representación de una pipa, no una pipa. Pasa lo mismo con la promocionada, vilipendiada o exaltada presunta entrevista de Sean Penn al Chapo. No es una entrevista es el intento de representación de una entrevista; pero es indudablemente un golpe mediático que ha puesto muchos e importantes temas sobre la mesa.

 

“Este no es el Chapo”, quizás debería haber titulado el artículo la prestigiosa pero resbaladiza Rolling Stone. Primera cuestión: si éste es el Chapo qué terrible decepción o qué inquietante que alguien tan corto en elaboración sea un millonario de Forbes, el más buscado o el Armagedón de Peña Nieto. Triste o preocupante que un lance de esta naturaleza en la que el narcotraficante se jugaba su libertad lo dejara tan mal parado frente a la opinión pública y la horda de fans que lo respetan y lo exaltan.

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¿Es “execrable” el encuentro, los arreglos, el texto de Sean Penn? ¿Su condición de no-periodista lo descalifica y lo inhabilita para la espeluznante tarea de reunirse con quien es el responsable de muertes, torturas, luchas feroces por el territorio nacional convertido en esos juegos de poder en una plaza? Confieso que Penn me simpatiza, quizás no él, si no dos de los roles o personajes a los que ha dado vida. “Milk”, un político, activista de los derechos sexuales dirigida por Gus Van Sant (2008) y “Sam” (2001) en la que interpreta a un hombre con discapacidad mental y la relación que establece con su hija. Descubrí en estos días que sus coqueteos con el periodismo, además de su trabajo como guionista, han sido constantes y frecuentes. El texto de la no-entrevista con el Chapo deja mucho que desear, pero ese no es el tema que quisiera abordar aquí.

 

Hay tres asuntos en el encuentro Penn-Castillo-Guzmán que me parecen profundamente relevantes: la primera persona usada en el relato de la entrevista fallida, los atisbos de angustia, fácilmente resueltos, y su lectura –pobre- del contexto sociopolítico en el que se movía. A estas alturas, con la información ampliamente circulada por El Universal, acompañada de fotos de la preparación de la reunión, los nervios de Penn y de Castillo deben estar bastante alterados. En los distintos grupos y espacios que sigo –por mi trabajo- de presuntos carteles, ya se habla de una venganza contra la actriz y el entrevistador.

 

Vamos por partes. El texto de Penn abunda en la autoreferencia, un problema del periodismo o de las ciencias sociales que no logran resolver la tensión entre atestiguar, asistir, estar ahí con la tentación de la primera persona. Vuelvo una y otra vez sobre el artículo y pese a los datos de contexto que aportan sus reflexiones, Penn no logra escaparse del “yo fui a ese encuentro”. ¿Podría un o una periodista “de oficio” escapar de esa tentación?. Scherer no lo logró en su encuentro –buscado por el propio Mayo Zambada- y él, sin lugar a dudas fue y es el decano del buen periodismo. Vuelvo sobre el texto de Scherer y la polémica fotografía que acompañó el reportaje de Proceso y sigo sin encontrar la respuesta inequívoca. Cuál es la falla de Penn, cuáles sus errores de aproximación y puesta en página. No tengo certeza, pero encuentro que su problema principal es no haberse preparado para este encuentro real, que no hacía parte de los muchos guiones que debe revisar con regularidad; otro problema –qué lastima- es su dificultad para entablar un relación crítica con el informante; pero ¿lo podemos culpar? Cuando narra el respeto que el capo muestra frente a Castillo y el cambio en la dinámica cuando ella se retira, se erizan los pelos. A este actor-activista que ha rodado personajes bravucones y machos, le sorprende la “suavidad” de los lugartenientes frente a la actriz. Se ratifica: la narco cultura reserva un lugar distinto para las mujeres del círculo. Pero tanto afán en el relato de sus compañeros de armas y en sus reflexiones, no hacen si no ratificar que Penn fue a este encuentro a hacer una película.

 

Volví una y otra vez sobre su aparente convencimiento de que el Chapo es el “otro” presidente de México. Tal vez delirante, pero no desestimable. Una intuición pobremente documentada, ratificada en la “viñeta” que narra la reacción de algunos miembros del ejército al reconocer, en el trayecto, al hijo del capo. Afirmación difícil de sostener en un país que ha hecho de la paralegalidad su principal activo. Los Chapos no necesitan ser presidentes, tan solo necesitan controlar a los poderes locales. Penn, bien intencionado, creo yo, no logra captar los pliegues de una cultura política que se alimenta de la relación miedo-poder-dinero-pobreza.

 

Crucificar a Penn y a la empresaria-actriz Kate del Castillo, célebre por sus interpretaciones de la Reina del Sur y en Dueños del Paraíso, no contribuye a entender lo que marca más decididamente el espacio social que el narco, potenciado desde la cúpulas, revestido de una aurea de bondad y belleza, logra construir en el imaginario: no importa la muerte si pisamos la alfombra roja; no importan los cuerpos que nombramos cada día, si hay un anuncio oficial que obtura el calendario de las pérdidas brutales que vamos caminando día con día.

 

Tantas precauciones, tanto miedo, tantos, y aparentemente genuinos, remordimientos o angustias, no han valido la pena, Sean. El Chapo pese a ser una marca registrada está ya lejos de ser el Armagedón mexicano, es algo que ni Peña Nieto, ni su gabinete, ni Penn, ni la empresaria Kate del Castillo, lograron entender. Los muertos están en otra parte y las y los desaparecidos nos exigen cotidianamente. Eso es lo que importa.

 


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