El tembladeral económico no debe poner en riesgo las buenas costumbres cristianas: las clases medias y altas deben sostener las propinas y las changas o todo empeorará. Más que una excentricidad, la propuesta de Elisa Carrió se inscribe en una tradición que deslinda al Estado de sus obligaciones como garante de derechos. La caridad individual y el virtuosismo doméstico como combustible para encender el motor económico.



El círculo virtuoso comienza por una propina y una changa porque de la billetera y del hogar nace una nueva economía moral que nos devolverá la esperanza. Más que un desatino de la diputada Elisa Carrió, el “propinachanguerismo” tal vez sea el costado bizarro de la manera en que el gobierno de Cambiemos piensa el origen de los problemas y la forma de resolverlos.

 

Carrió planteó en un estudio de televisión la siguiente idea, que luego repitió en el Congreso de la Nación: ante la crisis, los sectores medios y medios altos (que también se estaban ajustando) no debían dejar de dar propinas y “changas” a personas necesitadas para no cortar con un “círculo virtuoso” que incluye a más de dos millones de personas porque fue justamente esa ruptura la que generó la crisis de 2001.

 

El virtuosismo de lo doméstico se traslada a la esfera de lo público: si se es bueno administrando la economía familiar, hogareña, eso eficientiza los recursos del Estado. La discusión –todavía vigente- sobre las tarifas de los servicios públicos permite ver cómo opera esta idea: la solución a la crisis energética pasa porque se modere el uso de ese recurso en el ámbito doméstico. También puede verse en el repetido discurso sobre la inflación que trata al Estado como un hogar que por largo tiempo no ha sabido ajustar sus gastos a su nivel de ingresos. Y la misma lógica puede pensarse para la práctica bondadosa y caritativa de dar propina y ofrecer “changas” como base desde la cual propiciar el bienestar público y morigerar la crisis. 

 

Desde las recomendaciones razonables de apagar el televisor cuando no se lo mira, pasando por conminaciones del Presidente en cadena nacional para ahorrar la energía o del ex ministro de Energía, Juan José Aranguren, cuando pedía que la gente apagara los calefactores mientras no estuvieran en su casa, lo que estaba por detrás eran pedidos que buscan hacer eficiente lo público desde lo privado, desde el hogar hacia el Estado.

 

El gobierno de Cambiemos busca instalar la idea de que el cambio comienza en los hogares y en las personas. Eludiendo la mediación entre la “gente” y la política, las personas no son conducidas por nadie sino que pueden resolver los problemas (de eficiencia, de solidaridad y de desigualdad social) no ya desde la inscripción en algún proyecto político o a través de la participación ciudadana, sino desde sus prácticas más cotidianas, individuales y hogareñas.

 

 

 

En esa “microeconomía política” de la vida cotidiana está la búsqueda de la construcción –o consolidación- de un electorado al que se le habla desde lo personal y lo privado, un electorado que se piensa aislado, sin vocación por conectarlo con relaciones y procesos sociales más amplios.

 

“Dando ganamos todos” sería una máxima para la acción que en momentos de crisis podría verse amenazada y, de desaparecer, llevar al país a una crisis como la del 2001. En su pedido Carrió insta a los sectores medios y medios altos (los únicos que se reconocen como sujetos a los que es posible interpelar) para que no dejen de tener memoria de la última gran crisis, momento en el cual se rompió aquella “cadena virtuosa”. Según esa mirada, el país no colapsó por la profunda crisis socio económica y política que atravesaba, sino porque la clase media y media alta habían dejado de ayudar a los necesitados de changas de ese momento. Pero sin querer, Carrió acaba acusando a esos sectores de haber colaborado con la caída del gobierno de Fernando De la Rúa, privando a los pobres y desempleados de las propinas y changas necesarias para su sobrevivencia.

 

Se busca ahora, gracias al compromiso de esos sectores para dar changas y no limitar las propinas, eludir un empeoramiento de la situación social y contribuir a que los dos o tres millones de personas, según calcula la diputada, que viven de las changas y propinas no terminen participando del caldo de cultivo de una crisis social que afecte a esos propios sectores.

 

La convocatoria es un llamado a una acción de autodefensa y pasa por no dejar de ayudar a los más necesitados con un “excedente de clase”. Actuar políticamente es, según la diputada, colaborar generosa y activamente con el efecto derrame pregonado por distintos funcionarios del gobierno moderando el efecto agudo de la crisis. Desde ese lugar, los vueltos, propinas y changas se convertirán en el combustible necesario para activar el consumo y encender el motor económico.  Algo similar a lo que irónicamente se planteó en este tuit:

 

 

 

En este caso, la máxima a la que convoca Carrió combina una posición de clase con ciertos elementos tradicionales de la doctrina cristiana, conjugando la salvación del cuerpo social y político –la remanida República- con la del alma individual. El tembladeral económico no debe poner en riesgo las buenas costumbres cristianas: es preciso tender la mano ofreciendo generosas propinas, compartiendo la ropa que ya no se usa (tal vez con la empleada doméstica), no demorar las refacciones del hogar multiplicando las changas para quienes las necesitan.  De semejante generosidad, de tal compromiso cristiano, parece depender la salida de la crisis que transita el país.

 

Aunque habla de solidaridad, Carrió les pide a esos sectores que sean caritativos al estilo de las sociedades de beneficencia que fueron creadas en distintas partes del mundo como instituciones para atender las condiciones de vida de los más pobres. De esta manera la caridad opera como una forma de dar respuesta privada y particular pero no pública de un problema social, deslindando al Estado de sus funciones esenciales pero sobre todo en sus obligaciones como garante de derechos. Quienes reciban la ayuda no tienen derechos ni son iguales: son necesitados.

 

Finalmente, las propinas y las changas constituyen intercambios que se dan producto de vínculos con cierto nivel de confianza aunque en clave asimétrica y paternalista entre sectores medios y altos y sectores populares. Con este llamado a la toma de conciencia de un sector social de la sociedad, Carrió parece decir: no dejen al jardinero, a la empleada, a la manicura, al peón, al mozo, en fin, a todo el universo de proveedores de servicios de la clase media tirados, abandonados, afuera del círculo, excluidos y fuera del sistema. Pero lo interesante es que no es a todos/as a los que hay que incluir en las changas y las propinas, sino aquellos con quienes se interactúa y se tiene confianza. No se deja sin dinero, sin agua ni comida a quienes sabemos que son fieles, trabajan bien y lo necesitan. Se ayuda a quien se conoce, hizo las cosas bien en su trabajo y quien –sobre todo- está debajo en la escala social.

 

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Lo humano, lo caritativo y lo afectivo se solapan bajo un mandato que tiene como fuente básica el conocimiento personal y cercano del necesitado/pobre y una mirada de clase que no deja de reconocer y marcar cuáles son los contornos de esas fronteras sociales y simbólicas que deben ser mantenidas.

 

Ofrecer las sobras, dar propinas, generar posibilidades de trabajo informal de baja calidad y remuneración: todas conductas altruistas que al inscribirse en una lógica de la eficiencia privada e individual tienen consecuencias políticas. Y esas consecuencias políticas son las que nos sacarán de la crisis, y por qué no, las que harán que, de una vez por todas, llegue la demorada la lluvia de inversiones. 


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