No hay ámbito que no quede exento de la violencia de género. Un estudio realizado en la UNSAM, y elaborado por Mariana Palumbo y Vanesa Vázquez Laba, da cuenta de la complejidad del fenómeno. Los resultados cuestionan la premisa de que existe un único modelo de víctima mujer y de victimario varón, y muestran cómo la violencia simbólica, sustentada en la hegemonía masculina, es una práctica extendida en los distintos agentes y ámbitos de la sociedad.



Las interacciones en el mundo universitario exceden lo estrictamente académico. La universidad es un ámbito donde sus estudiantes se vuelven compañerxs de cursada, se hacen amigxs, enemigxs, se enamoran y, muchas veces, también dan sus primeros pasos como profesionales. La generación de esos vínculos y las interacciones en general está atravesada por componentes heteronormativos y atributos de la masculinidad hegemónica (Connell, 1995; Massey, 1994). Esto da lugar a que, quienes no se adecuan a determinados atributos  esperables como “masculinos” o “femeninos” vivencien situaciones de discriminación, hostigamiento y violencia por género u orientación sexual.

 

En una investigación sobre representaciones sociales y experiencias de la violencia de género en los estudiantes de grado y pre grado de la Universidad Nacional de San Martín surge que, en muchas situaciones, las formas que adquieren los vínculos intra claustro e inter claustro se tornan violentos para las estudiantes que se autoperciben como mujeres, en mayor medida, pero también, en algunas situaciones para los varones cis y personas trans.

 

Pantallazo sobre la violencia de género

 

El estudio arroja un dato sumamente revelador, el 50% de los/as estudiantes encuestados de la UNSAM dijeron haber escuchado comentarios sexistas o discriminatorios sobre características, conductas o capacidades a causa de género u orientación sexual y el 11% dijo haber sido descalificado o desvalorizados en primera persona, por estas mismas causas.

Lo que se interpreta de estos datos es que existe en la Universidad un clima social en el cual la “violencia simbólica” forma parte de la cotidianidad del estudiantado.

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Su reiteración se debe a que la misma es naturalizada, en tanto se la percibe dentro de los cánones de la “normalidad”. Es común que en las aulas las burlas, las descalificaciones, los ejemplos y/o chistes misóginos formen parte de la clase. No obstante, si bien son modalidades más sutiles no significa que no sean menos efectivas sobre los sujetos que las vivencian. La descalificación, la desvalorización y subestimación, por ejemplo, hacen mella en las trayectorias universitarias de las/los más vulnerables impactando en la asistencia, en la participación en clase y a veces en la repitencia de una materia.

 

Pues bien, ¿cuáles son las situaciones de violencia por género más frecuentes y quiénes la perpetran?

 

De perpetradorxs y perpetradxs

 

Para los debates actuales en torno a la violencia contra las mujeres/de género es necesario identificar no sólo las formas de violencias sino también desagregarlas en prácticas y conductas cruzadas por el género y los claustros. En este sentido, observamos que las situaciones recurrentes de violencia simbólica que experimentaron los/as estudiantes fueron perpetradas por personas que ocupan distintas posiciones académicas y administrativas dentro de la institución, a saber, estudiantes, docentes y no docentes. No obstante, es necesario marcar las diferencias que se generan en los vínculos que se entablan cuando son estudiantes, cuando es con un docente o no docente.

 

Las situaciones de violencia simbólica devenidas de comentarios sexistas o discriminatorios en relación con características, conductas o capacidades por ser mujer, varón o trans, han sido vivenciadas por el 50% de lxs estudiantes encuestadxs de la UNSAM. De este grupo, un poco más de la mitad fue discriminado por un par, es decir, por otro estudiante (54%), en otros casos por docentes (6%) y también por los no docentes (2%).  Asimismo, aparecen casos en los cuales las personas encuestadas dicen que sufrieron violencia por parte de distintos actores: por estudiantes y docentes (26%), por estudiantes, docentes y no docentes (4%) y por estudiantes y no docentes (8%).

 

En cuanto al género de quien cometió comentarios sexistas o discriminatorios por género, orientación sexual o identidad de género, los varones son los mayores perpetradores en un 42% y las mujeres quienes más la sufren, en un 56%. También, una persona trans encuestada recibió comentarios sexistas y discriminatorios a causa de su identidad de género por parte de un varón. No obstante, los varones experimentaron este tipo de violencia en una alta proporción, aunque más baja que las mujeres, en un 42%. La misma fue ejercida en un 20% por parte de otros varones y en un 22% tanto por parte de otros varones como de mujeres.

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La encuesta también reveló que el 61% de lxs entrevistadxs sufrió burlas, gritos, desvalorizaciones o bromas por parte de otrxs estudiantes; un porcentaje relevante, un 17%,  por parte de los no docentes; y el 6% por parte de los docentes. Otros dicen que fue sufrida por parte tanto de estudiantes y docentes en un 10%, por estudiantes, docentes y no docentes 6%.  Aunque estas situaciones son mayormente perpetradas entre pares es importante recalcar que el impacto es diferencial según quién la ejerza. Aparece que las situaciones de violencia simbólica de docentes varones hacia sus estudiantes son acalladas por miedo a una represalia en la cursada, el qué dirán del resto de sus pares sobre la persona que se atreve a denunciar, la tendencia que poseen los claustros docentes a respaldar a sus colegas y porque es muchas veces naturalizada y minimizada por el resto de los estudiantes.

 

En relación con el género de los actores, el 78% de las mujeres sufrió gritos, burlas y descalificaciones; un 61% fue perpetrado por parte de varones, un 11% tanto por varones como por mujeres y sólo un 6% por parte de otras mujeres. Asimismo, los varones experimentaron violencia simbólica por gritos, burlas y descalificaciones en un 22% de los casos. La misma fue ejercida por parte de otros varones en un 6% y tanto por varones como por mujeres en un 16%. Esto nos permite problematizar que si bien la literatura sobre la temática ha marcado que el abuso de poder en las universidades es más frecuente por parte de los varones (Valls, Flecha, Melgar, 2008; Aguilar, Alonso, Roldan, 2009), en la encuesta también se destaca que hay mujeres en una posición de poder perpetrando violencia simbólica sobre otras personas. Este dato nos obliga a formular otras preguntas de investigación para comprender con mayor profundidad por qué y en qué situaciones las mujeres ejercen este tipo de violencias. Por ejemplo, ante la pregunta “¿Te han dado mayor cantidad de tareas o mayores exigencias a causa de género, orientación sexual y/o identidad de género?”, se vislumbra a las mujeres como las mayores perpetradoras de violencia simbólica. Si bien esta situación también es poco frecuente, respondieron afirmativamente sólo un 2% de las personas encuestadas, es llamativo que las docentes mujeres son quienes más perpetran este tipo de práctica (en un 67% de los casos sobre mujeres y varones de forma equitativa). Este dato nos permite visualizar que cuando las mujeres están en posiciones jerárquicas-como es la del docente frente a sus estudiantes dentro del espacio aula- ejercen violencia fundada en representaciones de género y sexualidad tal como lo hacen en otros casos los varones.

 

Otra situación de violencia simbólica que aparece es que el 14% de las personas encuestadas respondió que le han realizado comentarios “subidos de tono” u obscenos, silbidos, gestos en el aula, pasillo u otros espacios de la Universidad. Esto fue ejercido contra mujeres en un 83% de los casos en casi todos los casos por parte de varones: en un 29% por parte de estudiantes varones, en un 4% por docentes varones, en un 17% por no docentes varones, en un 17% por parte estudiantes y no docentes varones, en un 4% por parte de mujeres estudiantes y en un 12% por parte de mujeres y varones estudiantes.

 

Los varones experimentaron este tipo de situaciones en un 17% de los casos, en un 9 % por parte de estudiantes varones y en 8% por parte de estudiantes mujeres.  

 

En relación con las violencias físicas y sexuales cara a cara no se registra ningún caso, dentro del ámbito universitario, que haya implicado penetración. Pero sobre aquellas sin penetración, a saber, besar o tocar a una compañera sin su consentimiento, aparecen ejercidas, en un 4% de los casos, sólo por estudiantes. Estas situaciones fueron perpetrada en un 72% de los casos por varones contra mujeres y en un 14% por parte de una mujer contra un varón y un 14% aparece ejercida tanto por varones como mujeres. Es decir, nuevamente, si bien las mujeres son las que menos perpetran violencia y los varones son los mayores perpetradores, aparecen las mujeres ejerciendo violencia.

 

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Si bien hasta aquí no se observa a los docentes y no docentes como quienes ejercen principalmente prácticas violentas contra el estudiantado, acosan, al igual que los estudiantes, a estudiantes mujeres a través de redes sociales y medios digitales. Ante la pregunta “¿Por parte de quién has recibido llamadas telefónicas, mensajes de texto, correos electrónicos o mensajes o comentarios a través de redes sociales referidos a tu vida íntima?”, las estudiantes mujeres respondieron que 33% fue por parte de un estudiante varón y 13% por un docente varón y 20% por un no docente. No obstante, aparecen unos pocos casos donde los varones dicen haber vivenciado este tipo de práctica por parte de estudiantes mujeres (20%). Consideramos que estas formas, aunque mediatizadas por la tecnología, tienen efectos sobre el desarrollo académico y autoestima de sus estudiantes.

 

Para finalizar, en relación con si te han citado en un aula, oficina, laboratorio u otro sitio de la Universidad, innecesariamente, para hacerte proposiciones inadecuadas y/o de tipo sexual se observa que es una práctica poco frecuente, sólo en un 2% de los casos. Aunque no es una proporción importante y son nuevamente los estudiantes los mayores perpetradores, aparece, en uno de los casos, una mujer proponiendo y un varón padeciendo.

 

Las cifras presentadas en este artículo nos enfrentan con la complejidad del fenómeno de la violencia de género. Cuestionan la premisa de que existe una única víctima mujer y un victimario varón, y muestran cómo la violencia simbólica, sustentada en la hegemonía masculina y el poder heterosexista, es una práctica extendida en los distintos agentes y ámbitos de la sociedad.

 

Ante esta multiplicidad consideramos que los enfoques que ponen su eje de análisis e intervención en el punitivismo y la victimización, que son los prevalecientes no sólo desde esferas gubernamentales sino también desde distintos sectores del feminismo, no son efectivos para desarticular, lo máximo que sea posible, la violencia basada en el género y la sexualidad. Consideramos que sólo desde propuestas educativas de largo plazo, con contenidos feministas y recursos materiales concretos se podrá abonar en pos de un cambio cultural que cuestione los modelos prevalecientes (y opresivos) de masculinidad hegemónica.


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