El oficialismo y la oposición venezolanos armaron su último ring en medio de una crisis económica. La decisión y contramarcha del Tribunal Superior de Justicia de asumir las competencias del Parlamento, de mayoría opositora, mostró como trasfondo a una población indiferente, subraya el doctor en Ciencias Sociales Esteban De Gori. Con la anulación de parte de la resolución que causó la última crisis, todo vuelve al orden trabado y asediado.



I.

El chavismo nació cuando Hugo Chávez fue restituido a la presidencia. Cuando el paro petrolero y el intento de golpe –en 2002- no prosperaron. Un sector de las fuerzas armadas y una ciudadanía movilizada pugnaron por su vuelta. Chávez se presentó ante las cámaras con la Constitución en mano y la asociación “Chávez, Pueblo, Democracia y Ejército” se transformó en una fórmula discursiva e imaginaria que organizaría la dinámica política y las estrategias de conservación. Una mayoría te lleva a la presidencia con sus votos; otra mayoría en la calle (apoyada por el Ejército) te devuelve al palacio y quince años después, como decía un militante del PSUV, esa misma “puede joderte la vida y sacarte el real (dinero)”. 2002 es ese “punto cero del chavismo” en que se elaboró una liturgia y una narración –que sería acompañada por importantes evidencias empíricas- que hizo de éste un gobierno bajo asedio (empresarial, político, internacional, etc.). Esta condición comenzó a integrar el vocabulario del oficialismo, de la oposición y, finalmente, de toda la cultura democrática.

 

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La distribución de riqueza, acompañada por la bonanza petrolera y una elite opositora que se fragmentaba entre el golpismo y la opción electoral, permitieron el ascenso de la mayoría chavista a la Asamblea Nacional. “Pese a los coñazos (golpes) ganamos elecciones”, decían algunos los dirigentes del PSUV. La muerte de Chávez y la crisis económica –originada por el desplome del precio del petróleo- fueron metabolizando una oposición más decidida a representar nuevas demandas y malos humores. La oposición ahora se presentaba con la Constitución en la mano, “armaba un partido” –como deseaba el chavismo- y ganaba una elección.

 

II.

En 2015, la Mesa de la Unidad Democrática logró la mayoría en la Asamblea Nacional y el chavismo –que solo había sido derrotado por una ínfima cantidad de votos en el referéndum de 2007- debió trabajar con otra hipótesis. Un conjunto de rutinas y pronósticos se desplomaron. El Google maps se reseteó solo. Ahora todos estaban “dentro” de la institucionalidad. Pero Chávez ya no estaba; el “pueblo” ya no acompañaba mayoritariamente y la Constitución introducía pluralidades y limitantes no imaginadas en manos de otros. “Estamos en el peor de los mundos”, sugirió una funcionaria mientras juraban los asambleístas.

 

Oficialismo y oposición quedaron frente a frente. El conflicto comenzó con la supuesta ilegalidad de tres asambleístas electos del Estado de Amazonas. Parlamentarios, que dotaban de mayoría calificada al Parlamento y que podían vetar o posibilitar un conjunto de leyes orgánicas que necesitaba Maduro para superar la crisis económica. La decisión de juramentarlos como asambleístas fue considerada como “desacato” por el chavismo e hizo una presentación frente al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). Así comenzó una dinámica –a veces, mediada por la tensión y otras por el diálogo coyuntural- en la que decidieron demostrarse que el otro no podría lograr su cometido. Que ambos estarían rodeados por una última ilegitimidad.

 

 

 

 

 

III.

Armaron un ring en el medio de la crisis económica. Se enfrentaron como fuerzas que buscaban doblegarse, más que como representaciones políticas que bregaban por resolver demandas y aspiraciones. Corporativizaron los poderes del Estado y fueron desgastando la vida pública y la división de poderes. El “terreno” se fue preparando. El Ejecutivo buscó evitar y desconocer a la Asamblea y ésta castigar (presionar y destituir) al presidente. A su vez, el oficialismo fue extendiendo la suspensión de las elecciones para gobernadores lo que suscitó mayores suspicacias. Sumado al retiro compulsivo de los billetes de 100 bolívares que fragilizó la gestión económica (Diciembre, 2016), como la reciente escasez de petróleo (Marzo, 2017) en un país de grandes reservas.

 

Pese a los intentos de mediación vaticana y de varios expresidentes, estos dos conglomerados se fueron “encerrando en su propia disputa” ante una ciudadanía cada vez más descontenta e indiferente. “Un descontento”, como indicó una socióloga venezolana, “que no suma la oposición. Que es del chavismo con el gobierno.” “Muchos chavistas empiezan a creer que no hay opciones fuera de éste, pero que la solución tampoco provendría del chavismo oficial”.  Pese a la hiperideologización discursiva, el desencanto comienza a ganar la sociedad venezolana y al sistema político. Y solo, dentro del chavismo, parecen imaginarse opciones u alternativas al propio oficialismo y a las propuestas opositoras.

 

 

 

 

IV.

El TSJ a través de su Sentencia 156 asumió las competencias parlamentarias para resolver el “desacato” de la Asamblea. Un alto funcionario del oficialismo dijo: “Estamos metidos en sendo peo (tremendo lío)”. El oficialismo cruzó el Rubicón constitucional. Dinamitó el diálogo. Creyó que la imposición de esa sentencia posibilitaría la aprobación de leyes orientadas a obtener préstamos y reformas económicas necesarias para aliviar la situación. La economía política, a veces, puede llevarse puesto todo. Esta medida judicial provocó asombro y rechazo en sus propias filas. La Fiscal General de la Nación –Luisa Ortega- indicó que se estaba ante una ruptura del orden constitucional. La sensación de que se había cruzado una línea y que el costo sería grandísimo, inclusive para el propio Presidente, permaneció durante horas. El daño estaba hecho. Maduro –aprovechando la posición de la Fiscal- intentó colocar “por arriba” y busco dirimir entre dos posiciones del oficialismo. Todo ello, en un contexto de amenaza de la OEA de aplicar la Carta Democrática y frente a una izquierda regional que miraba con recelo la negación de una representación parlamentaria. Esta vez, el propio campo político del chavismo comenzó a crujir públicamente. La rapidez fue central. Maduro “aconsejó” la vuelta atrás al TSJ. Así desando un acto arbitrario que podría aislarlo de propios y ajenos. Evitó el pronunciamiento de las Fuerzas Armadas, “tiró líneas” con algunos países de UNASUR y volvió a reconocer que el diálogo es la única vía. En la calle, poco y nada. Una amiga se sacaba selfies con sus hijas en un parque caraqueño y escribía: “un día de golpe”, ironizando sobre los sucesos y dando cuenta de la poca movilización que todo había suscitado.

 

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La oposición, pese a la vuelta atrás, apuesta a capitalizar el error chavista. Creen tener “oro en polvo” entre manos y no van a soltarlo. Por ahora, poca movilización y activación desmedida en redes sociales. Venezuela parece que ha retornado al orden. Con un oficialismo, de manera inédita, fragilizado por sus actores internos y con una costosa vuelta a las fronteras del Rubicón. Todos vuelven al orden trabado y asediado. Todos vuelven al orden precario, así Venezuela se queda.


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