Las transformaciones en los dos años de Francisco van más allá de la Iglesia y el Estado: para entender las razones de su eficacia social, hay que mirar por fuera de los espacios institucionales. En este ensayo, el Doctor en Antropología Social Nicolás Viotti analiza cómo el “efecto Francisco" funcionó como un revelador de formas de pensar católico-céntricas fuertemente arraigadas en la cultura argentina y dice que “los gestos” del Papa también dialogan con un modo de vida autónomo que puede apropiarse de su lenguaje a través de las redes sociales y los medios masivos. Un adelanto de "Visiones del Papa Francisco desde las Ciencias Sociales", compilado por Alejandro Frigerio y Juan Mauricio Renold y publicado por Editora UNR.



Argentina, lugar de origen del “Papa del fin del mundo”, se sumó a la las expectativas transnacionales sobre Francisco, pero lo hizo de un modo singular. Su imagen inunda los kioscos de revistas, calles, avenidas y, recientemente, un Museo se ha dedicado a su figura. Estudios de opinión pública consideran al Papa una de las personas con mayor legitimidad entre los argentinos y la edición local de la Revista Rolling Stone, sumándose a una tendencia global, lo puso en su portada con la leyenda: “el argentino del que habla el mundo”. En las charlas cotidianas de almaceneros, taxistas, políticos, periodistas, publicistas y, aun, entre los expertos en ciencias sociales, el nuevo Papa de la iglesia católica funcionó como un agujero negro-simbólico que puso de manifiesto simpatías y rechazos.

 

Estas notas sobre el año de Francisco sirven como excusa, una que admito altamente ritualizada y con fuertes consecuencias públicas, para poner de manifiesto una cosa: que algunos de los modos de circulación y de recepción de la imagen del Papa pueden decirnos algo sobre la sociedad argentina, sobre todo sobre sus cambios capilares, que no dicen las miradas institucionales dedicadas a “la Religión y la Política”. Y que, a su vez, son justamente esos cambios en la sociedad argentina los que permitirían entender, en parte, la eficacia social de la figura del nuevo Papa.

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Esta cuestión abre también una pregunta que merecería un análisis más cuidadoso y que excede lo que podamos decir en este espacio, pero que tiene que ver con una de las formas de procesamiento locales de la elección de Jorge Bergoglio en los saberes expertos (el periodismo especializado y las ciencias sociales), que tanto dicen sobre una particular configuración cultural argentina en donde el saber autorizado para intervenir sobre la religión es, sobre todo aunque no el único, el de la lógica instituida, las iglesias y la “gran política”.

 

Hay dos pistas que me parece pueden dar una idea sobre los diferentes modos de recepción de la imagen del nuevo Papa que revelan continuidades y discontinuidades en la cultura argentina. En primer lugar, las miradas expertas que en su mayoría muestran continuidades con una lógica católico-céntrica de pensar lo religioso como sinónimo de lo instituido. En segundo lugar, el procesamiento de la “buena nueva” en una lógica instituyente, una corriente cultural innovadora centrada en modos de vida flexibles, críticos de la jerarquía y centrados en la autonomía, muchas veces sacralizada, como valor social.

 

Y digo esto con la vocación de que la mirada centrada en la reflexividad epistemológica sobre las intervenciones expertas resulta tan necesaria como la extensión del análisis por fuera de la lógica instituida de lo religioso. Con la convicción de que no solo son prismas para entender de otra manera un mismo problema, sino una forma diferente de construir problemas que sofistican las explicaciones porque rompen con más sentidos comunes.

 

Francisco y las intervenciones expertas

 

La primera pista es que el “efecto Francisco” funcionó como un revelador de formas de pensar católico-céntricas fuertemente arraigadas en la cultura argentina. La centralidad del catolicismo mostró también la continuidad epistemológica de lo religioso como sinónimo de la institución eclesial. Una mirada que, heredera de la cultura católica, naturaliza la religión y la política en la lógica institucional de la Iglesia y el Estado. Ese efecto epistemológico es la base de sustentación de un efecto político local, que puso rápidamente en continuidad la lógica institucional de la elección del nuevo papa con la “gran política” local. Las disputas sobre las credenciales ideológicas conservadoras o progresistas de Bergoglio, sus vínculos con el terrorismo de Estado o la solidaridad social, hasta los comentarios más radicales que fueron desde que “el Papa va a ayudar a la Argentina” hasta que “quiere anexarla al Vaticano” circularon en los medios masivos y la vida cotidiana. Como ha señalado Pablo Semán “todos parecieron jugar como si el colegio cardenalicio hubiese resuelto elegir al Presidente de la República Argentina y no al obispo de Roma” (2013, p. 8).

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Sería interesante indagar con cuidado el ámbito de las intervenciones públicas de una zona legítima de las ciencias sociales locales y los llamados formadores de opinión, su autonomía con respecto al campo religioso, las tradiciones intelectuales que lo conforman y la jerarquización de temas, formas de construir problemas y abordajes. Analistas, políticos, publicistas y periodistas especializados movilizaron interpretaciones en sintonía con la lógica instituida. Los debates sobre las bondades o defectos del Papa y los cambios en la Iglesia, muchas veces leídos desde una lógica progresista y secular como modelo deseable, fueron la grilla sobre la cual giraron la mayoría de las intervenciones expertas.

 

Habría que preguntarse aun, por las condiciones de recepción de esas intervenciones, que legitimaron y consideraron más “efectivas” a las lógicas institucionales que a lo que Alejandro Frigerio (2014) describió recientemente como la “dimensión cultural del efecto Francisco”. Un hecho que mostraría la centralidad de ese católico-centrismo naturalizado tanto en los saberes expertos y en los formadores de opinión, como en la vida cotidiana de una zona de la cultura argentina que vive ese tipo de intervenciones como “reales”. En ese sentido la frase habitual, oída a pasar, que señala al Papa como el “presidente de la institución más poderosa del mundo” o sintetiza la novedad como una “negociación de facciones políticas del Vaticano” empatiza con esas miradas expertas y ve confirmada su percepción de que: “en el fondo, todo es político”.

 

Francisco y la vida cotidiana: entre la jerarquía y la autonomía

 

Pero no todo es “político” en el sentido habitual dado al término. Creo que es necesario descentrar esa imagen de lo “político” para entender la política de otra manera que sea reflexiva con relación al católico-centrismo. Por eso propongo que este año de Francisco pude leerse también en sus modos de recepción cultural, o sea en su multiplicidad. Como señaló Alejandro Frigerio (2014): “cualquier análisis sobre el discurso social de su persona revela que no hay un solo Francisco, sino muchos, dependiendo de cómo se transmite e interpreta lo que él dice y de lo que sus oyentes quieran escuchar y de que parte de su imagen se quieran apropiar”.

Esta premisa nos lleva a una segunda pista, que tiene que ver con un particular espacio de receptividad de Francisco: el modo de vida autónomo. O sea, esa economía moral centrada en una subjetividad individual y el emprendedorismo personal que valora el discurso anti-jerárquico y la libre elección consiente también de diferentes formas de alteridad: social, sexual, ecológica y, en ciertos casos, incluso espiritual.

 

El modo de vida autónomo, vinculado con la transformación cultural de la década de 1960 en las sociedades euro-norteamericanas, adquiere una forma de localización tardía en Argentina. Además, digamos que no todo ese modo de vida autónomo supone un proceso de sacralización de la vida cotidiana como el que manifiestan los lenguajes de la espiritualidad más contemporáneos. En cierta forma, el modo de vida autónomo radicaliza una tendencia cultural más amplia en las sociedades occidentales que consigue legitimarse cada vez más en la vida cotidiana y en espacios como la educación, el trabajo, la salud y la política, redefiniendo las concepciones más clásicas del individuo en versiones, al mismo tiempo, más intimistas y relacionales.

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Es en ese proceso amplio donde se inserta, por ejemplo, la espiritualidad estilo Nueva Era como una corriente que redefine los límites entre lo sagrado y lo secular. Como analiza María Julia Carozzi (1999) en uno de los estudios que mejor mapearon esa emergencia en Argentina, desde la década de 1980 se consolida una corriente cultural autonomista centrada en la vida cotidiana que es heredera de movimientos feministas, ecologistas y de la nueva espiritualidad. Se consolida así un circuito alternativo que en las últimas dos décadas no ha parado de crecer y masificarse, en sintonía con un cambio cultural más general que promueve una vida flexible, adaptada y confortable.

 

Si bien América Latina como un todo, y Argentina como un caso singular, son actualmente el eje de un catolicismo que desplazó su epicentro europeo a uno latinoamericano, el nuevo mapa no deja de presentar ambigüedades. El nuevo bastión católico debe ser permanentemente negociado con diferentes y complejos procesos de secularización, protestantización y espiritualización alternativa, dependiendo la zona de la sociedad en donde pongamos el foco.

 

Hay allí un movimiento contemporáneo en la sociedad argentina de larga duración, presente en la cultura legitimada de sus sectores medios urbanos y también mucho más allá de ellos, que se articula, siguiendo estilos propios, con un fenómeno transnacional más extenso. El alcance de este modo de vida autónomo llega diferencialmente a la sociedad argentina, pero se percibe con cierta centralidad en zonas de fuerte legitimidad social. Por eso insisto en que si queremos preguntarnos por las razones de la eficacia social de Francisco, entre muchas otras, habría que mirar en ese espacio de recepción particular. Ello nos lleva a una hipótesis que emerge de la crónica de este año de Francisco: ese cambio cultural (y en cierta medida también religioso) resulta determinante tanto de los “gestos” del Papa como de una importante corriente cultural contemporánea que puede apropiarse positivamente de los mismos con la ayuda de los medios masivos y las nuevas tecnologías.

 

Los “gestos” del Papa en relación a la pobreza: “quiero una iglesia humilde”, la sexualidad: “no soy quien para juzgar”, la autoridad: “quiero una iglesia que salga a la calle”, la espiritualidad: “la iglesia no es una ONG” o el ecumenismo: “queremos un diálogo con nuestros hermanos del Islam”, aun siendo tímidos y más allá de las acusaciones que los consideran “pura retórica” (como si la retórica no fuese performativa), muestran un movimiento innegable que cambia el panorama de una institución donde la palabra del Papa es una de las herramientas más centrales (aunque no la única) de un sistema normativo centrado, nunca deberíamos olvidarlo, en la jerarquía.

 

Me parece que los “gestos” del Papa dan cuenta de un diálogo con un modo de vida autónomo que se establece como un lenguaje legítimo. Quien vea allí solo progresismo va a perder de vista que ese lenguaje permea transversalmente ideologías políticas diversas y que incluso el lenguaje autónomo es tan polisémico como Francisco y puede justificar tanto espacios de emancipación como posiciones neo-conservadoras. No deberíamos olvidar que los “gestos” se dan también en un horizonte cultural donde la jerarquía ha ordenado por siglos una estructura reticente al individualismo y que Francisco no deja de representar una cultura conservadora en relación a las subjetividades autónomas que las sociedades, con más o menos intensidad, viven como un triunfo de la vida moderna.

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Sin embargo, esa tensión no debe hacernos perder los matices. Creo que la experiencia de un año del Papa fue sociablemente eficaz porque hubo algún tipo de sincronía entre lenguajes. Francisco supo capitalizar un modo de vida emergente e interpelar su economía moral. Logró dialogar con lenguajes cada vez más legítimos que toleran la diversidad religiosa, evitan la descalificación de la homosexualidad, promueven la vuelta a lo “simple”, insisten en un capitalismo a escala humana y en la espiritualidad frente a las organizaciones sin sentido trascendente.

 

Si esa eficacia social de la imagen de Francisco se debe a una sincronía con un modo de vida emergente y encuentra allí una lectura favorable, el lugar de los medios masivos y las nuevas tecnologías no es menor. Publicistas, periodistas y los llamados formadores de opinión cumplen un rol fundamental en esa lectura autonomista de Francisco: priorizan una lectura singular que se difunde ampliada e instantáneamente, de la mano de dispositivos tecnológicos de enorme alcance transnacional. Ese aspecto podría llevarnos a profundizar e indagar en los modos en que los expertos en comunicación, también ellos sensibles al modo de vida autónomo de un mundo de clases medias al que al fin y al cabo pertenecen, colaboran en la construcción de un Papa sensible, humilde y mundano.

 

Simple is beautiful

 

A contracorriente de muchos de los ámbitos que se hicieron eco del Papa, donde el “efecto Francisco” fue leído desde la lógica instituida, pareciera como si el propio Francisco hubiese leído a la sociedad desde la lógica de lo instituyente, con un prisma des-institucionalizado y sensible a los cambios en la vida cotidiana. Los alcances de ese movimiento, sin embargo, no creo que deban leerse como el gesto de un Papa progresista, aggiornado a la vida contemporánea (aunque tampoco descartar sus sutiles transformaciones). En todo caso pueden leerse como un proceso complejo de negociación y re-significación permanente entre el dispositivo jerárquico del catolicismo romano tradicional y nuevas corrientes católicas posconciliares que son tan herederas de la doctrina social como del espiritualismo contemporáneo. Todo ese torrente se condensa en el Papa Francisco, quien innova solo en función de un telón de fondo conservador del que es también parte. Innovaciones que son vistas con buenos ojos por un estilo de vida autónomo, que percibe allí un lenguaje ambiguo pero afín y que, sobre todo, se hace eco en unos medios masivos que leen esa ambigüedad en clave autonomizada.

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En contra de la imagen de la reactualización del “mito la nación católica”, la reverberancia social de la elección de Francisco en Argentina, sobre todo en zonas legítimas de la cultura, le debe mucho más a procesos de secularización que a un renovado integrismo. Pero esa secularización, sin embargo, es más compleja que la que supone la individualización de la vida solamente. Nos obliga a repensar modos de autonomía que no abandonan la dimensión espiritual o que, en muchos casos, la fomentan. Tal vez el “efecto Francisco”, en el fondo, muestre también una corriente transnacional y emergente en la cultura argentina adaptada a los lenguajes de la “simpleza” y lo “espiritual” que dialoga bien con modos de vida autónomos más antiguos y también más desencantados. Que remiten a la cultura emprendedora, psicologizada e intimista presente en los sectores medios argentinos, y sin duda mucho más allá de ellos, consolidada en la experiencia social sedimentada del pasado inmediato.

 

“Simple is beautiful” reza un eslogan publicitario que, aparentemente, nada tiene que ver con el nuevo Papa. Quien pueda leer allí una lógica cultural común y quien sepa leer esas lecciones de “éxito” de forma creativa, va a manipular una máquina de producción de símbolos y de deseo altamente eficaz para construir legitimidad a gran escala. Pero para ello, todavía, es necesario abandonar algunas certezas sobre donde termina lo religioso y donde empieza la cultura.

 

Bibliografía

 

Carozzi, María, Julia. 1999. La autonomía como religión: la nueva era. Alteridades, 9 (18): 19-38.

Frigerio, Alejandro. 2014. Francisco, el nuevo héroe cultural de los argentinos. La Nación (Suplemento Enfoques), Buenos Aires, Domingo 9 de Marzo. 

Semán, Pablo. 2013. El conservadurismo activo de Francisco. Le Monde Diplomatique, Buenos Aires, Abril.

 

 

Mas información sobre el libro en la Red de Estudios de la Diversidad Religiosa en Argentina.

 

 


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