La racionalidad, la calma, el compañerismo, la escucha, la garra que expresó la Selección se impusieron tanto dentro como fuera de la cancha. Lejos de la soberbia como de la autoflagelación, predominó en el equipo una humildad combatiente, pocas veces vista. Alejandro Grimson, doctor en Antropología y autor de “Mitomanías argentinas”, afirma que con Mascherano y Sabella en la conducción, la Argentina terminó el mundial dejando un fuerte mensaje político cultural.



Fotos: MAFIA

 

Si de fútbol se trata, si de fiesta popular se trata, con buenos motivos solemos tenerle pánico a la intromisión de la política, porque la celebración podría interrumpirse o dañarse. Propongo que nos permitamos el movimiento contrario: permitamos que, aunque el Mundial haya culminado, el fútbol interrumpa por un momento a la política. Hay una lección político-cultural en el desempeño del seleccionado argentino. Hay un mensaje en sus palabras y en sus actos. Y leerlo pausadamente es crucial para todos nosotros.

 

No es cierto que sea lo único valioso sea el primer puesto. En ninguna actividad es lo mismo ser segundo, cuarto, décimo o estar completamente fuera. El desempeño extraordinario de la selección tiene mucho motivos y entre ellos ciertas ideas clave. La selección huyó de la soberbia tanto como de la autoflagelación. Predominó en el equipo una humildad combatiente.

 

¿Cómo? Recordemos que antes de que comenzara el Mundial, todos creíamos que la selección tendría una delantera imparable y una defensa débil, que haría y le harían muchos goles, que dominaría la falta de equilibrio, como si todos los partidos se parecieran más o menos al que jugamos con Nigeria. Al lado de estos temores estaban los anti-sabellistas históricos y los profesionales que facturan hablando pestes, sea de la selección, sea del país.

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Veíamos una selección escindida como el país: ¿somos los mejores, como los “cuatro fantásticos”, o somos los peores como la supuesta defensa-colador? Esas dictomías recibieron un mentíts, porque la selección escuchó críticas, supo corregir, fue mejorando, disputando abiertamente contra el discurso de los profetas del odio. ¿Quiénes eran estos profetas? Para quien sepa leer rostros, resulta evidente cuándo las dificultades se disfrutan, los errores se celebran como pruebas de incapacidad y los logros generan sonrisas forzadas. Ahora que el Mundial finalizó puede ser el turno de los psicólogos: ¿es posible que el odio político derive en obsesión anti-argentina y esta en un sufrimiento ante los logros y un disfrute perverso de las dificultades? He leído a innumerables críticos, opositores y oficialistas opinando como personas comunes y corrientes; también he visto el odio.

 

El balance más crucial es el mensaje de Sabella, Mascherano, Di María, Messi, Romero y todos los 23. Ellos mostraron algo contundente y hablaron de manera prístina. ¿A qué arquero que ataja dos de cuatro penales se le ocurre declarar que se trató de “suerte”?

 

Volvamos un momento a la primera ronda. A la Argentina, se decía, le había tocado un grupo facilísimo, los rivales no existían. Ahora bien, en el planeta tierra hay unos 180 países y sólo 32 llegan al Mundial. ¿Cómo podría suceder que clasifique alguien que no exista? Sólo la persistencia del imaginario clásico habilita la creencia de que “el otro no existe”, el otro no juega, el otro es irrelevante, todo depende de nosotros. No hay otro que merezca comparación, salvo las Potencias. 

 

El primer mentís fue en aquellos tres partidos. Ya nadie recuerda que con el gol en contra en Bosnia ni bien comenzado el partido, todos creímos que ellos deberían atacar y que se abrirían los espacios para los cuatro fantásticos. Se anunciaba una goleada que no llegó. Fue un primer tiempo defectuoso, con la calma del uno a cero. Hasta que llegaron los cambios del técnico y Argentina mejoró mucho en el segundo tiempo. Pero como sucede en el fútbol eso no se reflejó en el resultado. Más difícil de olvidar, pero lo trabajoso siempre es olvidable en Mitolandia, fue la efectividad de la defensa iraní, un equipo inexistente que le empató a Nigeria, que estuvo entre los 16 mejores. Tampoco encontré memoriosos de la chance que tuvo Nigeria de empatar tres a tres. Zabaleta lo evitó tan milimétricamente como Mascherano hizo con el disparo de Robben en la semifinal.

 

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Clasificados, alguien tituló: “la llave está servida”. Soberbia calamitosa que, por lucidez, el equipo jamás compró. No tenía por qué hacerlo, ya que tampoco había comprado la incesante producción denigratoria sobre una selección que había clasificado primera en las eliminatorias sudamericanas, con rivales como Chile, Colombia, Uruguay y Ecuador.

 

Pero ese equipo que imaginamos tan escindido como al país no fue tal y se convirtió en un equipo de matices. Messi, tantas veces denostado, fue crucial con cada gol de la primera ronda, pero no tuvo la misma efectividad en los tres partidos de la segunda. Todos quedamos aguardando que Aladino regresara en un partido u otro, y en la final estuvo cerca. El Pipa, al que le costó mucho entrar en clima, se convirtió en clave en cuartos y en semi. Di María, que peleó y se lució, no siempre logró lo que se proponía. Sólo los agoreros siempre logran lo que se proponen, aunque nunca la emoción que me produce el juego de Ángel. El Kun estuvo lejos de sus posibilidades. La vapuleada defensa se lució varias veces, tanto en Rojo, en Garay, en Zabaleta, como en la capacidad del técnico de rediseñarla.

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Con un Mascherano que muchos decían que ya no era el de antes, pero sin el cual la selección no sería lo que es ahora, y con volantes trabajando en toda la cancha, la selección se equilibró, fue un equipo corto, que significa espacialmente unido, cercano, que busca evitar el azar del pelotazo dividido para apelar a la construcción colectiva, al entramado del pase por abajo, al dominio de la pelota, pero sobre todo de la situación. Al revés que contra Nigeria y al revés que la psicología del periodista gritador, no fue un equipo desequilibrado. Ni entre los once, ni en la estrategia, ni en la táctica, ni en el modo en que se concibió a sí mismo.

 

Le dijeron a Pachorra que sabía jugar al ajedrez, un deporte exento de que alguien se desgarre el ano y de la tensión de millones cuyas emociones varían al compás de pequeños aciertos y desaciertos, de arbitrajes justos e injustos. En el ajedrez, querido, no hay equipo.

 

El Mundial se dio de modo exquisito, tanto en el sentido castellano como en el sentido portugués donde significa “raro”, como un ataque sistemático a las simplificaciones. La ausencia total de mérito de haber clasificado contra tres rivales inexistentes entraba en contradicción con el regreso temprano a su casa de España, Inglaterra e Italia. La increíble respuesta, pero no por inverosímil menos escuchada, es que ya esos equipos no eran lo que antaño porque habían pasado a la categoría o bien de Irán o incluso de los no clasificados. ¿Qué hacer entonces con Costa Rica, que estaba allí y seguía peleando? Pensarlo como mera casualidad, como carambola, aunque fuera evidente que la explicación tenía que ver con su propio juego, con su volumen de juego que sorprendió hasta los penales donde podría haberse convertido en rival de la Argentina. También había que olvidar el desempeño de Chile, que por un travesaño no había sacado a otra potencia del Mundial o la impactante Colombia donde el sello de Pekerman se veía con mucha facilidad.

 

Siendo yo un mitómano más dedicado a escribir contra mis propias mitomanías y por lo tanto con una sensibilidad laboral para percibirlas, al menos en mis interlocutores, viví el Mundial como un despliegue incesante de las tensiones argentinas que, a mi juicio, producen lecturas extrañas. Nadie podría carecer de emociones y de las pasiones gigantescas ante lo que estamos viviendo. La pregunta que me hacía y me hago es por qué esas emociones conducen tantas veces a creer en la inexistencia del otro, en la fragilidad patética de nuestro equipo o en la imbatibilidad contundente de esos mismos jugadores. 

 

20 de los 23 jugadores debieron entrar a la cancha para defender a la selección y para ganar. Dos arqueros y el querido Augusto no tuvieron la chance. Si escuchamos a los protagonistas es evidente que es tan importante lo que sucede adentro como afuera de la cancha. Y que la unión del grupo, incluso de los que no entraron, resultó decisiva. La racionalidad, la calma, el compañerismo, la escucha, la garra que expresan Sabella y Mascherano se impusieron armoniosamente tanto dentro como fuera de la cancha. Es evidente que ese fue el clima de Cidade do Galo. Ninguna internita.

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Muchos consideraron ridículas las palabras de Di María diciendo que habían jugado bien contra Irán, o las de Mascherano en alusión a un partido “brillante” cuando ese término había quienes lo reservaban para algún siete a uno que nos tuviera del lado del siete, o cuestionaron a Sabella cuando defendía el juego. Todo eso se olvida. Las palabras se las lleva el viento. No somos Funes el Memorioso, pero tendemos bastante a su contrario. 

 

Habría que registrarlo esas voces y esas interpretaciones, eso quiero proponer aquí. Esa es mi moción en esta asamblea. Recordar, reflexionar críticamente, entender cómo lo hemos vivido. Y contrastarlo con el modo en que los 23 y el equipo técnico lo vivió. Porque si hubo una división hay que buscarla por allí. Ellos siempre confiaron en sus fuerzas, pero jamás las sobrevaloraron. Sabían que no eran todopoderosos, pero que jamás iban a aflojar. Escucharon objeciones, convirtieron en constructivas críticas mal intencionadas, supieron cambiar, no se aferraron a ningún esquema preestablecido, ni los cuatro fantásticos ni uno u otro jugador. Sólo se aferraron a la pelea por la pelota, sufriendo muchas más faltas de las que hicieron, pocas veces obteniendo las amarillas correspondientes contra el otro equipo. Digo esto último porque los arbitrajes no sólo son malos cuando uno pierde y la Argentina logró ganar algunos partidos a pesar de ciertas injusticias, destructivas del “fair play”. Pero tampoco nos quedaremos en eso, porque es mucho lo que hay que pensar sobre lo sucedido.

 

De a poco, en estas semanas, día a día, todo el país fue apoyando con creciente fervor a la selección. Nos sedujo por habilidades y capacidades que no eran las anunciadas. 40 millones hemos estado con los 23. Comprendamos por qué. Escuchemos a ellos explicar por qué llegaron tan lejos. Miremos cómo son aquellos que apoyamos. Que la fiesta sea plena, enorme, inolvidable. Que nos deje una lección para cuando las lágrimas se hayan secado, para cuando el Mundial se aleje inexorablemente hacia el pasado, para cuando estemos inmersos otra vez el los desafíos de la vida de todos los días. Para cuando debamos volver a pensar en el país y en su futuro. Hay un mensaje político-cultural en la botella. 


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