Rubén Espinosa era fotoperiodista. Sus colegas y amigos cercanos lo recuerdan como un guerrero de la lente, especializado en movimientos sociales. Tenía miedo, había sido amenazado varias veces: se autoexilió en el Distrito Federal para huir de la muerte. Allí, en la Capital, el lugar que se supone el más seguro de México, donde el narco no llega, lo mataron junto a cuatro mujeres. ¿Por qué impresiona tanto el asesinato de cinco personas en un país que cada día cuenta varios fallecidos? En este ensayo, la antropóloga Rossana Reguillo denuncia la intencionalidad política del caso y piensa la violencia como forma de disciplina hacia los jóvenes que encarnan la mayor oposición al Gobierno mexicano.



Y abrí la boca para que se fuera (mi alma). Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón. Pedro Páramo. Juan Rulfo.

 

Sueño que camino frente a un cerro. Es un paisaje desolado, seco, se escucha el viento. Me detengo y veo 5 relojes tirados. Levanto uno, ninguno tiene manecillas, no marcan nada. El cerro empieza a llorar sangre o así me parece. Despierto llorando. Quiero escribir y no puedo, mis manos están paralizadas frente al teclado, la imposibilidad de la escritura frente al horror, frente a este horror y esta barbarie que llamamos México. Los números nos persiguen: 72 (migrantes asesinados), 28 (cuerpos en una fosa clandestina), más cuerpos en fosas, tantos que hemos perdido la cuenta, aunque nos esforzamos por no olvidar, por nombrar. Las cuentas siguen, 43 estudiantes desaparecidos, cinco personas asesinadas en la Ciudad de México: cuatro mujeres, un hombre. Una imagen: las cámaras de los fotoperiodistas al pie del ataúd de Rubén Espinosa, negras, quietas, apiladas, silenciosas; pienso en los relojes de mi pesadilla, artefactos inertes, mudos.

 

Nombrar: Rubén Espinosa, 31 años, fotoperiodista. Nadia Vera, activista y gestora cultural, 32 años; Yesenia Quiroz, maquillista,  Simone o Nicole, estudiante, 29 o 18 años;  años, Alejandra, empleada doméstica, 40 años. ¿Explicar? Imposible.

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La suma es siniestra, la escena terrible. Las mujeres fueron violadas y torturadas, los cinco fueron rematados con el “tiro de gracia”, calibre 9 milímetros, esos que se supone son de uso exclusivo de las fuerzas armadas. Y una, claro, se pregunta por qué y leo a las mejores plumas de México, a las y los periodistas más valientes y veraces, devastados, sin respuestas, un “por qué” colectivo se atora en la garganta. Pero resulta fundamental no rendirse, no cesar de preguntar, de buscar respuestas, Justicia; hay que hacer visible y audible el problema más grave de México: la impunidad.

 

El multihomicidio en un departamento de la Colonia Narvarte (de la pretendidamente tranquila y ajena a los circuitos de la violencia) de la Ciudad de México se produce en un momento en el que, según la última encuesta del diario Reforma, la gestión del Presidente Peña Nieto es reprobada por el 64% de los mexicanos. Un país enojado y atemorizado, con indicadores muy precisos del tamaño del colapso nacional. Se produce en un momento en que las fuerzas armadas enfrentan duros cuestionamientos por su actuación en al menos dos casos documentados: las ejecuciones extrajudiciales de Tlatlaya, en junio de 2014 y la masacre de al menos 16 civiles en Apatzingán, el pasado 6 de enero de 2015. Todavía está caliente la noticia de que diversas instancias del gobierno federal y varios gobiernos locales compraron equipo y sofware a la empresa italiana Hacking Team, para espiar a sus ciudadanos. La noticia de la saña, la brutalidad con la que fueron asesinados Nadia, Rubén, Alejandra, Yesenia, Nicole o Simone llega como un golpe en seco. Días antes, el Chapo Guzmán, el narcotraficante, escapó por un túnel inverosímil de una prisión de alta seguridad; mientras el Presidente, su esposa, la actriz Angélica Rivera, alias “la Gaviota” y una comitiva de más de 142 funcionarios entre los que se encontraba el Secretario de Gobernación, Osorio Chong, responsable de la seguridad interior del país y otros 9 secretarios de estado, entre ellos el de la Defensa Nacional y la Marina, volaban rumbo a París. Está de sobra señalar, además de lo que costó a los mexicanos este absurdo viaje, lo peligroso de dejar a un país sin sus mandos más importantes. Parece una broma, pero no lo es. Lo relevante aquí, para calibrar la indignación, el asombro y el miedo que generan los asesinatos de la Ciudad de México es que ha transcurrido casi un mes desde la segunda fuga del Chapo y no hay ningún funcionario que haya sido cesado o despedido por lo que a todas luces es producto de la corrupción y, de nuevo, la impunidad.

 

Rubén Espinosa era fotoperiodista. Dicen sus colegas y amigos cercanos, que era un guerrero de la lente, especializado en movimientos sociales. Rubén documentó para Proceso y Cuarto Oscuro, manifestaciones, marchas y movilizaciones en Veracruz, ese estado que gobierna uno de los más oscuros priistas del “nuevo PRI”, Javier Duarte. La organización Artículo 19 publicó en julio pasado un reporte con respecto a la libertad de expresión y las agresiones contra periodistas: “Veracruz continúa como una de las regiones más peligrosas para la prensa en el mundo. En 2014, se registraron tres asesinatos, el de los periodistas  Moisés Sánchez, Armando Saldaña y Juan Mendoza”.

 

A nivel nacional dice Artículo 19, “las agresiones contra periodistas en México en el primer semestre de 2015 aumentaron 39.26% respecto de la cifra registrada en el mismo período de 2014. Rubén tenía miedo, fue amenazado varias veces, la última mientras fotografiaba una marcha; ahí de manera directa, le dijeron: “Sigue sacando fotos y te va a pasar lo mismo que a Regina”. Regina Martínez Pérez, la periodista combativa y discreta, corresponsal de Proceso, fue asesinada en su casa en Xalapa, Veracruz, en 2012. Caso emblemático del grado de descomposición del país.

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Imágenes del Instagram de Rubén Espinosa.

 

Así que Rubén se autoexilió en el DF, para huir de la muerte, para seguir ejerciendo su labor como fotoperiodista; estaba por incorporarse a Cuarto Oscuro. No pudo concretar el proyecto.

 

Nadia Vera, era activista, integrante de #YoSoy132, antropóloga social, gestora cultural. También había salido de Veracruz, ese lugar marcado por la violencia de Estado. Amiga cercana de muchas y muchos activistas cercanos, me ha quedado claro el boquete en el estómago y en el alma que la tortura y ejecución de esta joven ha producido en todas y todos ellos. Pero también quedó claro que la muerte de Nadia nos ha calado hondamente; las fotografías de una Nadia sonriente se han convertido en cientos de Nadias en los perfiles de Facebook y Twitter. Esa “niña de azúcar” como escribió su madre, la poeta Mirta Luz Pérez Robledo, en un poema premonitorio “Balada para una niña citadina”:

 

No te vayas de mí niña de azúcar
A deshacerte entre la piel del llanto
No te vayas de mí pájara libre
Hacia el páramo frío de la ausencia.

 

Y supongo (hay razones para hacerlo) que Nadia también tenía miedo y no era para menos. El 5 de junio de este año, ocho estudiantes de la Universidad Veracruzana, fueron atacados en un domicilio particular por diez hombres armados. A la voz de “ya los cargó la verga, se van a morir”, fueron golpeados con salvajismo, con palos y machetes. El  “incidente”, mandó a siete al hospital, tres de ellos desfigurados para siempre, por los golpes de machete. Las crónicas dicen que a uno de ellos se le desprendió la quijada y a otro más, el pómulo se le salió de la cara. Todo hace suponer que eran policías “disfrazados de civiles” y que el ataque se vincula a una famosa “lista negra” elaborada por el gobierno de Duarte, en la que se enlistan los nombres de aquellas y aquellos activistas o periodistas que resultan “incómodos” para la la administración priista. Se trata de un ataque al más puro estilo paramilitar, ese que busca hacer el mayor daño posible sin matar, con el objetivo de meter miedo, mandar mensajes disciplinantes, desmovilizar. Estos estudiantes, articulados en el Comité Universitario de Lucha, eran compañeros y amigos de Nadia; con ella participaron en diversas manifestaciones, acampadas y protestas. Una por la que fueron reprimidos y encarcelados resultó particularmente similar: en ella mostraron una gran pancarta que decía: “Javier Duarte, te tenemos en la mira. El pueblo no olvida ni perdona”. La propia Nadia había sido golpeada por mujeres policías durante una manifestación: allanaron su casa. Sus amigos dicen que se sentía vigilada y amenazada. Hace alrededor de año y medio, decidió irse a la Ciudad de México. Supuso, al igual que Rubén, que ahí estaría segura.

 

De las otras mujeres asesinadas, aún se sabe poco, pero ya algunas autoridades y sus corifeos de la prensa oficialista ya se aprestan a fabricar “un falso positivo” que llaman con voz engolosinada y escriben con pluma servil, “la colombiana”. Se trata de Nicole o Simone, a quien supuestamente vinculan con los agresores. La nacionalidad de esta joven, se convierte en la coartada para desviar la línea de investigación contra la libertad de expresión y manifestación. Se habló incluso de una fiesta que duró 16 horas, en las que las víctimas bebieron con sus agresores, versión que fue desmentida por los vecinos del edificio.

 

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¿Por qué duelen tanto las muertes de Rubén y Nadia? ¿Por qué impresiona de esa manera el asesinato de cinco personas en un país que cuenta muertos por violencia cada día? Nadia y Rubén encarnan y representan lo que ha sido la lucha en este país durante los últimos 10 años, cuando empezó el “tiempo malo”, como se refiere una madre de Ciudad Juárez, al periodo en que arreció la violencia. Ellos dos se parecen mucho a cada una y uno de los jóvenes con los que he conversado, caminado y marchado durante los últimos tiempos. Nadia y Rubén son todos esos miles y miles de jóvenes mexicanos a los que les fue arrebatado un país y un futuro, son los que cargan ataúdes y llevan flores a los velorios, son los que gritan y denuncian los atropellos y llevan la cuenta de los agravios. Duelen porque sus ojos vieron lo que su responsabilidad ética no les permitió callar. Duelen porque nos da miedo, porque en estos días en que observo con atención los muros de Facebook y el Twitter de mis jóvenes amigos activistas, percibo ese desasosiego que produce el terror a ser la próxima, el próximo. El mensaje fue debidamente entregado, no hay duda. En un artículo ya viejo, llamé a los sicarios a los que operan para el narco y a los que operan para los gobiernos: delivery boys. Me ocupa en ese artículo lo que he venido llamando “Violencia disciplinante”, esa que se ejerce sobre los cuerpos como escarmiento para otros. Los asesinos de estas cinco personas, no son ladrones, no son delincuentes comúnes. La intencionalidad política del caso, no puede ponerse en duda.

 

La ejecución de estas cinco personas impresiona y cala hasta los huesos, no sólo por la brutalidad, sino porque destapa una idea aterradora: no hay lugar en México para estar a salvo. Como los personajes de Rulfo andamos en un “llano en llamas”.


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