Jorge Mario Bergoglio es la opción de una Iglesia Católica que se percibe amenazada. Al elegir al argentino como nuevo papa, el Vaticano envió un mensaje duro, difícil de tragar, pero aderezado de “diferencia”: férreo opositor al matrimonio igualitario, denunciado por supuestos vínculos con la última dictadura; aunque latinoamericano y jesuita. La antropóloga mexicana Rossana Reguillo estuvo en Roma hace pocas semanas, escuchó a Ratzinger, a los cardenales, percibió las tensiones internas. De regreso a México, se encontró con la renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco. Más anfibia que nunca, Reguillo analiza a la institución que eligió a un líder complejo, que no está ni a la izquierda del Vaticano ni a la derecha de quienes lo aclaman.



—Qué hace aquí —le dice un policía al borracho que obsesivamente camina y busca alrededor de un farol.

 

—Pues, mire oficial —contesta el borracho con lengua pastosa—perdí las llaves de mi casa y las estoy buscando aquí.

 

—¿Las perdió por aquí? —pregunta ya más relajado el policía.

 

—No. Para serle franco las perdí por allá, como a dos calles, pero allá está oscuro y no veo.

 

Utilicé este chiste para ilustrar o iluminar lo que juzgo como una extrema dificultad de la Iglesia, para ubicar dónde perdieron las llaves. ¿El argentino Jorge Bergoglio será capaz de buscar allá, en lo oscuro? ¿O reproducirá el ritual de confortarse frente a las respuestas que se producen en esa zona de comodidad que implica asumir e interpretar el acontecer a la luz del discurso de los ya conversos, de lo ya conquistado? La paradoja es que no hay institución en el mundo que cuente con mejores recursos para el diagnóstico (lo pude ver en el Vaticano). No hay institución con mayor presencia e influencia global. No hay institución que se perciba a sí misma tan amenazada por fuerzas reales e inventadas y, al final, termine por decantarse por un Papa incómodo que pese a sus contradicciones jesuíticas, habita un personaje que remueve los cimientos de las memorias latinoamericanas.

 

La disciplina, por lo que logré aprehender, debe haber sido feroz. El riesgo del cisma europeo marcó, creo, la decisión. Más allá de Francisco (que no suena a santo sino a emperador), el panorama se abre a una gran interrogante: ¿quiso la Iglesia cambiar? ¿Responder a los graves problemas que atraviesa la sociedad contemporánea? O, pese a toda evidencia, Bergoglio es una respuesta titubeante, incierta, incómoda, a los necesarios ajustes de cuentas que el Siglo XX hereda a nuestros tiempos. Ni derecha ni izquierda, los mensajes que se acumulan apuntan en la dirección de una iglesia que se atrinchera abajo del farol del borracho que ha extraviado sus llaves. El territorio oscuro es demasiado amenazante.

 

No soy experta en el tema religioso, no ha sido mi campo. Escribo esto más bien desde una antropología de lo contemporáneo, interesada en el análisis de los fenómenos y los procesos que sacuden el paisaje de la contemporaneidad. Haber estado en el Vaticano hace un mes, absorta ante la pompa de cardenales y guardias suizos, me produce más escozor hoy, cuando sé que eligieron a un argentino, jesuita, señalado por el periodismo de ese país como colaborador de la sangrienta dictadura de Videla. Me sorprendo al buscar información y detectar que han bajado los sitios, que alguien está haciendo caer de la web su pasado.

 

Pero eso es ahora. En aquel momento, cuando vi entrar al ex papa, a Ratzinger, a la sala de audiencias privadas, era imposible pensar esto. De Ratzinger me sorprendió lo disminuido de su cuerpo, como si sostuviera en sus frágiles hombros un peso invisible. Cuando se dirigió a los miembros e invitados del Consejo Pontificio de la Cultura, su voz se asemejaba más a un murmullo que al sonido de trueno de la palabra papal. La imagen que yo había construido de Ratzinger, a partir de las noticias y de sus intervenciones públicas, tenía muy poco que ver con aquel anciano de pelo blanco, sonrisa tímida y toscos zapatos rojos, que esa mañana del 7 de febrero de 2013 atendió a su dicasterio de cultura, en su casa, a un costado de la Basílica de San Pedro.

 

Esa mañana frente al Cardenal Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, el italiano Jeanfranco Ravasi, 22 cardenales, 11 obispos, varios sacerdotes y algunos invitados, entre ellos, yo,  Benedicto XVI habló sobre sus preocupaciones en torno a los jóvenes en el mundo. Las dificultades para encontrar trabajo, la soledad, un conjunto de procesos económicos, sociales y espirituales que provocarían la pérdida de la esperanza y frenarían su energía y vitalidad, su capacidad de anticipar el futuro.  Esa mañana un Pontífice cansado, de semblante triste,  compartió sus reflexiones con ese pequeño grupo, que después de esta audiencia comenzaría los trabajos de la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura 2013, en sus instalaciones de la Vía de la Conciliación, con mi conferencia “Los jóvenes en la encrucijada contemporánea”.

 

Me informaron que pasaría a saludar al Papa y pregunté, frente al estricto protocolo, si podría entregarle una copia de mi libro. Sí, me dijeron. Me vestí de riguroso negro: había consultado el protocolo para estar frente al Papa y aprendí que el blanco nos está vedado a las mujeres y no era cosa de violentar el espacio, sino de la oportunidad para colocar un discurso crítico. De nada valió: poco antes de mi turno para el saludo personal, se me vino encima el ritual, la historia, el protocolo, el escenario, la magnificencia de un espacio en que el poder se percibe y se respira. Me acerqué, lo saludé, le di mi libro y le dije: “Nunca como hoy ha sido tan fundamental el papel de la Iglesia Católica en favor de los jóvenes marginales y desposeídos del mundo”. Ratzinger sonrió. Fue todo.

 

Tres días después Benedicto XVI anunciaba al mundo su decisión de renunciar a su ejercicio como Papa. Sorpresa. Ese día me preparaba para viajar a París y la actividad en mi muro de Facebook y mi  Twitter adquirieron dimensiones virales: “Doctora, ¿pues qué le dijo a Benedicto?”.

 

 

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A mediados de 2012, recibí una invitación del Vaticano (que aún hoy me sorprende y mantiene con preguntas que no logro resolver) para participar en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura (CPC), como experta en el tema de jóvenes. La carta invitación decía: “La conferencia será el punto de partida del debate y de las aportaciones de todos los que forman el Dicasterio, por lo que le solicitamos que la conferencia incluya algunos cuestionamientos o planteamientos que favorezcan la discusión”. Acepté después de muchas dudas: mi posición escéptica y crítica frente a la iglesia institucional cedió frente a lo que valoré como una oportunidad única (irrepetible) para plantear lo que considero son los temas de fondo y los graves problemas que enfrentan hoy millones de jóvenes en el mundo. Tenía la posibilidad de hablar en el epicentro de uno de los poderes que define el rumbo de la historia. El reto no era menor y me preparé lo mejor que pude. Todo fue insuficiente. Mirar ese poder de frente es una experiencia límite.

 

Del 5 al 11 de febrero de este año estuve en Roma, hablando, escuchando, discutiendo con cardenales de distintas partes del mundo, sobre los jóvenes, su situación, sus dolores, sus sueños, esperanzas, miedos y la enorme dificultad para millones de encontrar condiciones dignas de acceso. En esta intensa convivencia (que incluía el hospedaje en una casa sacerdotal, cercana a San Pedro), pude ejercitar –precariamente- el músculo etnográfico. No es este el espacio para hacer la crónica de mis observaciones; sin embargo, es esta mirada “desde dentro”, la que orienta mis reflexiones anfibias sobre lo que significan hoy, la renuncia de un Papa y la elección de Jorge Mario Bergoglio, argentino, jesuita, al frente de una iglesia en crisis.

 

Poder en escenas

 

Al igual que otras instituciones, la Iglesia Católica no es monolítica y hay iglesias dentro de la Iglesia; sin embargo, pese a la importancia de los matices y el necesario reconocimiento de las diferencias y conflictos al interior de la llamada Iglesia Universal y, especialmente al analizar la atmósfera y los rituales vaticanos, es posible inferir el peso que tiene en la idea de la continuidad o supervivencia institucional, la escenificación del poder como un elemento articulador: las sillas, las ropas, los anillos, los sellos, la misa, los cantos, los silencios, el lenguaje, los escenarios, las escalas que más allá de lo majestuoso, sirven para construir o fortalecer el imaginario de algo más allá de lo humano que nos rodea. Dramatización extrema del poder que, de la misa a la mesa de discusión, atraviesa las prácticas y las interacciones.

 

Cuando observo el protocolo para entrar a la casa del Papa y miro los rostros jóvenes de los guardias que efectivamente son suizos y el modo en que saludan a los sacerdotes, como si se tratara de jefes militares, mi cuerpo se prepara involuntariamente, se minimiza, se encoge frente a ese despliegue de lenguajes cifrados que son, no obstante, eficaces. Los cardenales están reunidos en una sala de espera, conversando, casuales y relajados, pero atendiendo agendas que no es posible imaginar. Viajo de cuatro en cuatro en un pequeño elevador custodiado por un sacerdote. En una de las puertas de ese edificio laberíntico que es el Vaticano, me sorprendo a mí misma mirando como si fuera otra a un sacerdote de riguroso negro que habla por celular en un idioma indescifrable. Parece ser italiano con acento polaco o al revés y no sé por qué recuerdo al padre Lankester Merrin, el exorcista, interpretado por el genial Max Von Sydow.  Un escalofrío me recorre la espalda. Poco importa si no soy creyente: ahí todo confabula para atenuar el raciocinio y exacerbar las emociones. Poder total.

 

Toda forma de socialidad, de relación, de cualquier mínima interacción -lo percibí desde el momento de mi llegada al aeropuerto-, están regidas por la jerarquía. Pregunto algunas cosas y aprendo que no es lo mismo estar situado a la izquierda o a la derecha del Papa o de un cardenal; a la izquierda va el de mayor jerarquía, me dicen. Es algo que tiene que ver con Pedro y con Pablo, los apóstoles, la roca y la visión. Pero más allá de mi precaria interpretación del símbolo, entendí que lo de fondo es un sistema que opera estructural y simbólicamente como una maquinaria de producción de poder y diferencias. Por ejemplo, hay algo en el modo en que los personajes de rango menor se dirigen a los cardenales, que hacen pensar en la infantilización de los sujetos. ¿Toda jerarquía debe infantilizar a su otro para poder perpetuarse? Esta pregunta no me ha abandonado desde mi viaje de regreso a la normalidad laica. No tengo respuestas, solo construyo hipótesis interpretativas que hoy adquieren una nueva significación a la luz de la elección del nuevo Papa.

 

 

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Lo que se abre paso, tras esta intensa experiencia, es que la puesta en escena de este poder que marca, delimita, establece y fija posiciones y construye verdades como rocas, quizás explique en alguna medida, no lo sé, el porqué de la arrogancia e intolerancia de muchos hombres en el poder eclesiástico. O quizás, constituye una pieza básica, mínima, imperceptible en el rompecabezas que nos plantea la decisión de llevar a Bergoglio a la silla papal, después de la crisis que implicó la decisión de Ratzinger. ¿Quién o quiénes son el otro de la Iglesia? ¿Por qué América Latina? ¿Por qué un jesuita? ¿Por qué? ¿Qué anuncia esta elección? ¿El endurecimiento de las posiciones de la Iglesia frente al cambio social? ¿La opción pragmática para evitar el cisma europeo: si no es italiano no es papable? Lo que a estas alturas queda medianamente claro es que en la renuncia de Benedicto se esconden claves fundamentales para entender la crisis contemporánea de la Iglesia y que en el decantamiento del Cónclave hay un mensaje que debemos descifrar. No es que Dios sea argentino, como han jugado muchos y muchas en las redes, es que Bergoglio constituye una postura que los poderes eclesiásticos consideraron –pese a los riesgos- clave para enfrentar los problemas de la Iglesia. Mirando a Ratzinger de frente entendí que no era una persona, sino un símbolo, no era un teólogo competente, un académico, un investigador, sino el emblema humano de un mensaje. ¿Qué mensaje se encarna en el cuerpo de Bergoglio?
 
Clausura y expulsión de lo femenino

 

Entre mis muchas obsesiones a lo largo de mi breve pero intensa experiencia vaticana, la dimensión y pregunta por lo femenino jugó un papel fundamental. No fue solo mi experiencia de minoría absoluta sino algo mucho más complejo, que luego adquirió significado cuando hablé por primera vez del viaje al Vaticano en un seminario en la universidad. Una colega me dijo: “no es que lo femenino esté expulsado, sino que las mujeres juegan un rol subordinado y funcional a este orden estrictamente masculino” (entrecomillo de memoria, quizás falto a la literalidad del comentario). Pero cuando escuché a esta colega, pude balbucear, precariamente, una idea. Las mujeres existen en el Vaticano. Pero el orden que rige ha extirpado lo femenino: un orden falocéntrico organiza la socialidad, los rituales, la vida cotidiana. Lo femenino es clausurado. El mundo a disputar es un mundo masculino, que elimina –sin conflicto- toda diferencia de género. Las pocas mujeres que participaron en la Asamblea del CPC hablaron poco. Y más allá de esto (que no es un asunto de representación), auto asumían una posición de escucha, lo que no se traduce necesariamente en subordinación pero marcaba su condición de exterioridad. Es decir, las mujeres en, alrededor, con, para, por la vida eclesiástica están fuera, contenidas, ausentes no sólo de los mandos, sino de la posibilidad de tocar la configuración y el horizonte de una iglesia que debe enfrentar los retos del Siglo XXI.

 

Quizás, no lo sé, son preguntas que elaboro y en las que me empeño. Esta expulsión de lo femenino, este mundo obcecadamente masculino, falocéntrico, ayuda a comprender las dificultades de la jerarquía vaticana para enfrentar los temas de pederastia. Sin ser parte de esa enorme comunidad que deposita sus esperanzas en el habitante del Vaticano, pensé que tal vez el Cardenal Christoph Schönborn, a quien tuve la oportunidad de conocer y escuchar, hubiera podido ser el nuevo Papa. No sólo se abrió al espinoso tema de la pederastia sino que con sus acciones mostró que otra iglesia era posible. He dicho en varios foros que si alguien me preguntara diría que su rostro es sinónimo de bondad y su palabra, sinónimo de inteligencia. No fue posible: el humo blanco marcó y signó el destino inmediato de la Iglesia. Más allá de sus obsesiones con los temas del matrimonio gay, su sospechoso pasado colaboracionista con la dictadura argentina, sus salidas tan jesuitas como complejas en torno al trabajo esclavo y su combate –interesante- frente al crimen organizado y las drogas en Buenos Aires, me pregunto si Francisco está en condiciones de asumir la pregunta, no por las mujeres -un tema casi fácil- sino por lo femenino expulsado de la Iglesia jerárquica. Preguntas fundamentales para una contemporaneidad sacudida por las crisis recurrentes, el miedo al futuro y las cuentas pendientes del modelo de desarrollo que a efectos prácticos ha sido avalado por la Iglesia.
 
Dónde están las llaves

 

No fue nada cómodo entregar un discurso crítico pero respetuoso en la Asamblea del CPC; pensé mucho lo que tenía qué decir. Detecté que hubo tres cosas incómodas para los cardenales: la crítica a lo que llamé la “zona de confort” de la Iglesia, que aludía a lo ya intuido y a lo experimentado en mi visita. La “costumbre” o la comodidad del relato a mano que mira solo en la dirección de lo ya conquistado: bandas musicales que habían hecho un giro del “bad punk” a la “very important and nice christian music”; el voluntariado juvenil que no por generoso, plantea la pregunta por los muchos, millones de otros jóvenes que están en otras cosas y en franca oposición a la iglesia. No pude dejar de sorprenderme, pese a lo bien elaborado del diagnóstico, que hubiera convocado –para escuchar- a los ya convencidos.

 

Hubo silencio y luego murmullos incómodos cuando me referí a los mercados de la esperanza. Preocupados al extremo, pese a sus extraordinarios diagnósticos, por la “pérdida de la fe”, los valores, fue complejo el momento en el que dije que uno de los rostros más visibles de la crisis actual es el de la sobre oferta de esperanzas, accesibles y aprehensibles para miles de jóvenes que han hecho un pacto con el presente posible frente a un futuro inasible. No les gustó el relato de la Santa Muerte y su culto creciente. Les incomodó la idea de que la respuesta, en el sentido de una acción necesaria por parte de la Iglesia, no pasaba por la evangelización y la fe, sino por una respuesta política. Es Bergoglio, Francisco, la respuesta política que la sociedad del siglo XXI espera de esa institución.

 

Bergoglio arriba a la cima de un poder que se mantiene y se explica por el aceitamiento cotidiano de la jerarquía, por su capacidad de perpetuar un orden masculino, por su poder de invisibilizar todo aquello que atenta contra un orden supremo, natural, incuestionable. El mundo se mueve. Su ser jesuita es más que una interrogante, una respuesta. Con Ratzinger finaliza una época. Bergoglio está obligado a responder a varios desafíos y a sanar una herida. Sus desafíos como nuevo Pontífice pasan por recuperar un liderazgo perdido en la sociedad. Será una tarea difícil, si se consideran sus opiniones cardenalicias frente a la homosexualidad y el matrimonio gay; o su ambigua –por decir lo menos- relación con la última dictadura argentina; o su tensa relación con los poderes políticos actuales de la Argentina; o los previsibles enfrentamientos a su pasado actual y antiguo que marcan su perfil, pese a un ejercicio pastoral que ha intentado lidiar con los problemas contemporáneos.

 

Bergoglio, creo, no es más un jesuita argentino signado por la complejidad, sino el eje, el epicentro de una Iglesia en crisis, desafiada por el pasado, el presente y, especialmente, por un futuro que más que incierto, es demandante. Satán es una respuesta pobre a lo que la sociedad contemporánea exige. Ni a la izquierda de la iglesia, ni a la derecha de la sociedad. El asunto es complejo y la escala de los aliados y los enemigos cambia.
Sin ser experta en estos temas, creo que el mensaje que logramos descifrar es que la Iglesia en crisis opta por un mensaje duro, difícil de tragar, pero aderezado de “diferencia”: el nuevo Papa, el líder, es jesuita, es argentino, latinoamericano, es la representación de lo otro europeo, lo demás parece no importar, por ahora.

 

POSDATA:  Hoy, al final de una larga jornada de trabajo, regreso a mi casa y encuentro en el correo (casi destruido por mis dos maravillosas perras), un sobre que me llega del Consejo Pontificio de la Cultura, con la evidencia fotográfica de mi encuentro con Benedicto XVI. La evidencia me persigue. Pensar antes y después del Vaticano.


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