Las encuestas no midieron que los norteamericanos e inmigrantes que durante décadas se autoexcluyeron de los procesos políticos se tomaron en serio el carácter antisistema de esta elección y fueron a votar. Por Trump. Y los otrora votantes activos, desencantados por las realidades partidarias, se quedaron en sus casas. El candidato que despertaba más entusiasmo en sus potenciales votantes supo traducir esa intensidad política en cantidad de votos. Por eso, entre otras razones, ganó Trump.



Ilustración: Oli Goldsmith

 

El martes 8 de noviembre, el New York Times, Politico.com, CNN y otros medios de comunicación coincidían sobre todo en una cosa: que “only a miracle could help Donald Trump win the elections” (que a Donald Trump solo un milagro podía ayudarlo a ganar las elecciones). Esperemos que los millones de votantes evangelistas que lo apoyaron no hayan interpretado literalmente ese consenso del estáblishment mediático: de ser así, correríamos el grave riesgo de que la revancha teológico-política ante el multiculturalismo secular termine siendo más grave de lo que tememos.

 

Los que nos proponemos analizar el impacto en la vida política y social de los Estados Unidos y el mundo de la principal consecuencia de este intensísimo año político debemos tener en claro una cosa: la victoria de Trump en las elecciones presidenciales no fue un milagro, fue el resultado de múltiples acciones, omisiones, tendencias, desigualdades (e igualdades) estructurales sedimentadas y reactivaciones coyunturales y discursivas de esas mismas desigualdades e igualdades.

 

Las encuestas, y las agregaciones de las múltiples encuestas, predecían una victoria de Hillary Clinton de entre 3 y 5 puntos porcentuales sobre Donald Trump. Dado que las elecciones presidenciales en los Estados Unidos son indirectas (como lo eran en Argentina antes de la reforma constitucional de 1994), esa ventaja en el potencial voto popular se reflejaba también en un Colegio Electoral proyectado que no parecía ofrecer a Trump ninguna combinación articulable que le permitiese alcanzar los 270 electores necesarios para llegar a la presidencia. De todos modos, cualquiera que fuese capaz de detenerse a pensar por unos minutos, de poner entre paréntesis las certezas del sentido común de encuestadores, periodistas y analistas políticos, podía sospechar que en esta elección las mediciones de las encuestas tradicionales, basadas en muestras construidas alrededor del concepto de “likely voters” (votantes usuales) no estaban registrando el carácter intensamente político de este año electoral.

 

¿Qué quiero decir con carácter intensamente político? Que quizás la rutina, la inercia de elecciones anteriores, el nivel usual de compromiso o desinterés por el proceso político podía haber mutado en forma considerable. En un año en el que cerca de la mitad de los votantes en las primarias partidarias había expresado el rechazo más intenso de que se tenga memoria de los respectivos establishments partidarios, esta metodología podía estar perdiendo algo de vista.

 

Los encuestadores, y los expertos en agregación de encuestas, son gente bastante inteligente. Es por esa razón que, quiero suponer, algo habrán hecho para tener en cuenta este posible punto ciego de las muestras construidas a partir del universo de votantes usuales. Lo que hayan hecho, de todos modos, no alcanzó a medir en forma correcta quiénes iban a ser las personas que iban a terminar votando.

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Para decirlo más directo: lo que las encuestas no midieron fue el número de ciudadanos que, alienados del sistema político durante años y quizás décadas, se tomaron en serio el carácter anti-sistema de este año electoral, y de uno de los candidatos de los partidos mayoritarios, y votaron en números muchos mayores de los predecibles.

 

Lo que las encuestas tampoco midieron, probablemente, fue el grado de alienación que votantes usuales sufrieron durante este año electoral, y ante la oferta electoral que se les presentaba, y por lo tanto decidieron quedarse en sus casas (o ir a trabajar) el día de las elecciones o terminaron votando por terceros partidos.

 

Más breve: 1) votantes otrora alienados y auto-excluidos del proceso político se involucraron y votaron, y 2) votantes otrora activos y auto-incluidos en el proceso político se vieron alienados por las nuevas realidades partidarias y terminaron no votando. ¿El resultado? Ya lo conocemos.

 

Pero no solo los encuestadores fueron incapaces de reconocer la configuración de un nuevo tipo de electorado. Durante el último año tomó notoriedad un informe producido por el Comité Nacional del Partido Republicano posterior a las elecciones de 2012. Ya en esas elecciones, tanto como en las anteriores, los candidatos republicanos se habían peleado por ver quién era más xenófobo y quién deportaría más rápido a los inmigrantes indocumentados. El candidato ganador de la primaria de aquel entonces, Mitt Romney, había incluso sugerido que su estrategia no era deportar a los inmigrantes en trenes o aviones sino hacerles la vida tan imposible que ellos mismos se terminarían “auto-deportando”. Dado esta hostilidad explícita del partido para con los hispanos, el informe, titulado muy gráficamente “Autopsia”, sugería que de no moderar el discurso anti-inmigrante el simple peso del crecimiento demográfico iba a terminar haciendo al partido inviable en el mediano y largo plazo. Pero ya lo dijo Keynes: en el largo plazo estamos todos muertos.

 

Lo que la interpretación de las tendencias electorales basadas en modelos demográficos no toma en cuenta es ese pequeño asunto llamado “política”. La política tiene tiempos distintos a los de la demografía, en especial en un país en el que entre un 40 y un 50 por ciento de los ciudadanos usualmente opta por no votar. O muchas veces no vota por las dificultades estructurales que se les presentan para hacerlo. Es decir, muchos no votan no por desidia o desinterés sino porque la vida es complicada, y para muchas y muchos lo es bastante más que para otros.

 

En los Estados Unidos se vota un martes laborable, en horario de trabajo, y hay que haberse tomado el tiempo de registrarse con anterioridad para poder sufragar. Dadas estas circunstancias, es muy fácil que calidad mute en cantidad; es decir, que la intensidad de las preferencias políticas del momento se traduzca rápidamente en cantidad de votos. ¿Saben mis lectores cuál de los dos candidatos de estas elecciones despertaba más entusiasmo en sus potenciales votantes? No era difícil, ni mucho menos lo es ahora, verificar la respuesta. Si la demografía ofrece la “certeza” de un incremento de potenciales votantes en, digamos, 5% en un par de décadas, la política te ofrece la “posibilidad” de un incremento equivalente en meses o semanas.  Y, en política, posibilidad mata certeza.

 

No solo los encuestadores y las elites partidarias fueron incapaces de reconocer lo que estaba en juego en las elecciones presidenciales de este año. ¿Por qué fue que la mayor parte de los académicos, periodistas reconocidos e intelectuales de los Estados Unidos sintieron que su única tarea en este año electoral era parar a Trump? ¿Cómo fue que no se dieron cuenta de que, a veces, hay que tener más de una cosa en mente? ¿Será posible que estos académicos, periodistas e intelectuales no fueran los mismos que habían leído, enseñado y escrito innumerables veces acerca de regímenes caídos en desgracia como consecuencia de sus elites siendo percibidas, por un número creciente de sus ciudadanos, como exclusiva y crudamente interesadas en la acumulación y preservación de privilegios políticos y económicos? ¿No eran acaso estos mismos académicos, periodistas e intelectuales los que nos ofrecieron, por décadas, la imagen de remotos países en los que políticos corruptos y oligarquías rapaces creaban las condiciones para lo que podría muy bien ser definido—para usar una frase del gusto de los neoconservadores norteamericanos—como “cambio de régimen”? ¿Será que estamos ante un problema de percepción inevitable? ¿Será que es imposible percibir desde adentro lo que sin embargo estamos acostumbrados a observar con tanta claridad desde afuera?


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