Apoyaron al gobierno de Alfonsín. Fueron opositores al menemismo. Participaron del breve gobierno de la Alianza y, varios de ellos, acompañaron a los gobiernos kirchneristas. ¿Y ahora? ¿Qué harán los progresistas en las elecciones? El investigador Marcelo Leiras analiza al progresismo argentino: un movimiento más influyente sobre quienes discuten política que sobre quienes votan. Un recorrido por una identidad que se declama mucho y se define poco.



Hay un buen argumento progresista para votar por Daniel Scioli: el otro candidato presidencial con posibilidades de ganar, Mauricio Macri, no es progresista. Hay otro buen argumento progresista para no votar por Daniel Scioli: él tampoco lo es.

 

En 1902 Lenin publicó un libro que impulsó la fundación de un partido que cambió la historia de un siglo. Lo tituló ¿Qué hacer? pero, en realidad, respondía a otra pregunta: ¿qué somos? La opción entre candidatos conservadores hace resonar las preguntas de Lenin e invita a repetir su gesto: para determinar qué deberían hacer los progresistas hay que entender qué son.

 

El esfuerzo que se precisa para decidir qué hacer ahora siembra dudas sobre la prudencia de lo hecho hasta hace poco. Si Cristina Fernández optó por un candidato presidencial conservador, ¿los progresistas que acompañaron a los gobiernos del Frente para la Victoria acertaron? Si las diferencias entre los candidatos conservadores son realmente significativas, ¿los progresistas que no votaron al FPV pero votarían a Scioli para detener a Macri no llegan tarde? Resolver estos dilemas también invita a revisar el genoma progresista. Para hacerlo, analizo algunos rasgos que, en mi opinión, distinguen a la historia, la identidad y las opciones políticas de quienes adhieren al progresismo en Argentina.

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El progresismo es una identidad política nueva. Antes de los años 80 del siglo pasado, su presencia en los vocabularios y las culturas políticas locales fue débil. No podría componer la genealogía completa, pero en las décadas previas hubo radicales, peronistas, conservadores, socialistas, comunistas, trotskistas, maoístas, anarquistas, liberales, democristianos, fascistas, nazis, anti-imperialistas, indigenistas, reformistas, revolucionarios, nacionalistas, ultramontanos, cursillistas y desarrollistas. Podríamos usar la palabra “progresista” para referirnos a algunos de ellos. Sin embargo, ninguno la hubiera usado para referirse a sí mismo y la distinción entre quiénes son progresistas y quiénes no les hubiera resultado, a todos, poco importante.

 

En mi opinión, las posiciones más parecidas a las que hoy llamamos progresistas son las del movimiento reformista universitario, las del Partido Socialista y las defensas de la educación laica de fines de los 50. Pero tampoco en esos casos el término progresista ocupó un lugar importante en el vocabulario. Desde mediados de los 80, en cambio, el progresismo y los progresistas fueron personajes frecuentes de la política argentina. Formaron parte de los apoyos al gobierno de Alfonsín, integraron la oposición política y cultural al menemismo, participaron del interregno corto de la Alianza y, algunos de ellos, acompañaron las presidencias del Frente para la Victoria.

 

El progresismo es una identidad política exótica, no se lleva bien con las tradiciones partidarias locales. Es difícil e improductivo proponer una definición exhaustiva, pero cualquier definición aceptable debería incluir referencias a las libertades individuales, el pluralismo y el respeto a la ley. Esta cepa liberal es constitutiva de la identidad progresista.

 

Los grandes movimientos populares argentinos fueron movimientos de ruptura, desafíos de los órdenes previamente vigentes y, por tanto, tuvieron una relación conflictiva con las libertades individuales y el pluralismo y un apego intermitente a la ley. Esta tendencia fue mucho más fuerte en el peronismo que en el radicalismo pero, tengo la impresión, el compromiso liberal de los radicales se fortaleció luego de la aparición del peronismo y por oposición a él. Durante la etapa fundacional del radicalismo fue más débil.

 

Los movimientos populares tuvieron una relación ambigua con la libertad, el pluralismo y la ley pero las reacciones a los movimientos populares tuvieron con ellos una relación directamente antagónica. La restricción de la libertad, la limitación del pluralismo y la violación del orden constitucional fueron a veces efectos colaterales y otras veces objetivos centrales de las restauraciones conservadoras, de los partidos que participaron de ellas y de las fuerzas armadas en su rol de actor político. En suma, las experiencias y las organizaciones políticas locales, en el sentido de organizaciones constituidas para competir y ejercer el poder desde el Estado, han sido ámbitos poco propicios para el desarrollo de identidades y proyectos liberales y, por tanto, para el progresismo. La ausencia de un grupo de organizaciones que los reciba de modo hospitalario permite entender las dificultades que los progresistas enfrentan para vincularse con la política partidaria, la actividad proselitista y el ejercicio del gobierno.

 

El progresismo no es un proyecto original ni un programa elaborado para alcanzar un propósito. Es resultado de la confluencia, y representa la revancha, de quienes participaron de intentos fallidos para alcanzar otros objetivos, formulados de acuerdo con otras ideas y defendidos con otros lenguajes. Su consolidación como identidad política relevante en Argentina coincidió con el fin de la Guerra Fría y con los fracasos de la experiencia soviética y de los experimentos tercermundistas. Entre estos últimos se encuentran los de los movimientos insurreccionales latinoamericanos, incluyendo, por supuesto, a las guerrillas urbanas argentinas. La reflexión sobre la violencia política, una nueva evaluación de la democracia como sistema de gobierno, la exploración de las posibilidades de la cultura de los derechos y la confianza en la capacidad transformadora de las instituciones son frutos del examen de la experiencia insurreccional y alimentaron los pasajes más fértiles del pensamiento progresista.

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El progresismo es una identidad compleja: combina la adhesión a distintos principios. Por un lado, el compromiso con la libertad individual, el pluralismo y el respeto a la ley. Por otro, el afán por producir una distribución equitativa de la riqueza y los ingresos. Es también una identidad híbrida y de contornos difusos. El filósofo norteamericano John Rawls (cuya obra me parece una de las fuentes más fértiles del ideario progresista) propuso que una forma específicamente política de liberalismo, en contraste con una forma puramente filosófica, solo puede resultar de la intersección entre conjuntos de gente que concibe al mundo, la vida social y las obligaciones éticas de modos bastante distintos. Puede haber liberales kantianos, liberales comunitaristas, liberales católicos, liberales nitzcheanos, liberales nacionalistas, liberales cosmopolitas. Desde el punto de vista político, no importa cómo lleguen a convencerse de que la libertad y la equidad son prioritarias. Lo importante es que estén convencidos. La imagen es adecuada: el progresismo es un foco al que se puede mirar desde perspectivas muy variadas. Cualquier definición muy estricta que se proponga, además de incompleta, sería muy poco fiel a la naturaleza plural del fenómeno.

 

Reconocer la complejidad y la hibridez del progresismo no es irrelevante; es fundamental para entender la multiplicidad y la ambivalencia de los apoyos políticos que se brindan y los compromisos políticos que se adoptaron en su nombre en Argentina. Es fácil identificar la posición progresista frente a gobiernos que adoptan políticas con consecuencias regresivas en la distribución de la riqueza o los ingresos. Los progresistas se oponen a esos gobiernos. Pero hay distintas formas de justificar esa oposición. Si se reconocen esas variantes se advierte que el camino por el que se llega a una convicción progresista tiene consecuencias políticas.

 

En algunas variantes de progresismo, el compromiso liberal es instrumental. Desde este punto de vista, el respeto a la libertad y a la ley no son valores en sí mismos sino que se justifican porque ofrecen condiciones favorables para alcanzar la equidad. Por ejemplo, porque cuando rigen plenamente los derechos de asociación y de participación, los trabajadores pueden organizarse para reclamar salarios más altos. La convicción normativa se sostiene en la creencia en una correlación: la libertad vale porque lleva a la equidad.

 

Si la libertad vale porque queda de camino a la equidad, se puede admitir que se la ponga en riesgo cuando los gobiernos adopten medidas que distribuyen la riqueza o los ingresos más equitativamente. Lo complicado para quienes adhieren a esta variante de progresismo se plantea cuando la historia demuestra que la correlación entre libertad y equidad es imperfecta, que con la democracia no siempre se come, se cura y se educa; que se puede comer, curar y educar restringiendo la democracia. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con el régimen chavista en Venezuela.

 

Hay gente que piensa de este modo y se reconoce como progresista. Por lo que he dicho, cuestionar las credenciales progresistas es difícil y poco productivo. Sin embargo, en mi opinión, esta variante de progresismo es inconsistente y débil. Es un progresismo condicional y temporario: el compromiso liberal se acentúa sólo frente a gobiernos que adoptan políticas que a uno no le gustan. En la oposición todos somos institucionalistas. Pero con un liberalismo instrumental, la distinción cultural del progresismo se pierde.

 

 

 

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En una segunda variante, el compromiso liberal y el compromiso con la equidad van a la par y son independientes. Desde este punto de vista, no importa si la libertad produce equidad, el compromiso con ambas se mantiene más allá de cómo se combinen en la práctica. El desafío consiste, precisamente, en combinarlas. En esta segunda variante se reconoce más claramente el procedimiento conceptual y retórico típico del progresismo: la conjunción. Libertad y equidad, pluralismo y consenso, competencia política y obediencia a la ley, conflicto y orden. Sin conjunciones, la especificidad y la productividad cultural del progresismo se diluyen.

 

La chancha y los veinte: la especificidad cultural es también la debilidad política del progresismo. Como la correlación empírica es incompleta, en la vida a veces hay que elegir. Pero, contra lo que muchas veces le reprochan sus críticos, lo que distingue al progresismo no es la renuncia a elegir sino el compromiso con una combinación probable pero difícil de sostener. Es fácil descartar el progresismo en nombre de un pragmatismo silvestre: si te gusta el durazno, bancate la pelusa. Este pragmatismo es conservador.

 

Como identidad nueva, exótica, compleja e híbrida, el progresismo es, también, minoritario. Su influencia entre quienes discuten y piensan acerca de la política es mucho mayor que su presencia entre quienes votan. Su eficacia es más interpretativa que productiva. Es más un recurso de los comentaristas que de los jugadores o de los directores técnicos. Pero los argumentos de los comentaristas pesan sobre los que seguimos el fútbol. Por el mismo motivo, los de los progresistas influyen sobre quienes estamos atentos a la política.

 


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