En 1901, la primera egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Elvira López, se convirtió también en la primera teórica feminista argentina, al defender su tesis doctoral. En el prólogo a la edición de "El movimiento feminista" (Ediciones Biblioteca Nacional), Verónica Gago cuenta que el problema que plantea la precursora es cómo conquistar independencia moral y económica, algo que Virginia Woolf propondrá a fines de los años 20.



1.

 

Una posibilidad es leer las resistencias que provoca desde sus orígenes el feminismo y que Elvira López detecta y registra en esta tesis precursora de 1901 como programa político de anticipación. Como si la “utopía ridícula” de cierto feminismo que ella evoca de manera irónica –al mismo tiempo que se propone desmentir–, pudiese leerse hoy, punto por punto, en términos disutópicos.

 

Probemos hacer valer los reparos de López respecto del feminismo radical contra ellos mismos. O directamente leerla a ella en contra de sí misma.

 

Lo que comentamos es el texto de su tesis para doctorarse como filósofa. Sus advertencias, como corresponde, saltan en los primeros renglones, dan el tono de las páginas iniciales. Imaginemos que las prepara con astucia táctica, con mesura argumentativa, para un jurado de varones que la examinará doblemente; por el tema: es la primer tesis sobre feminismo escrita en Argentina y en América del Sur; y por ser una de las primeras mujeres egresadas de la Facultad de Filosofía y Letras de Universidad de Buenos Aires. No es, como suele creerse en el recuento vulgar de las diferencias, que éstas se suman, como si fueran agravantes lineales de una condición de minoría. Más bien, es su composición la que genera una nueva superficie desde la cual pensar.

 

Las precauciones no son vanas: debe pasar por tres mesas examinatorias tras ser desaprobada en el primer intento. Su propósito es despejar malentendidos, del mismo modo en que se intentan desacreditar unos rumores que, aunque absurdos, han ganado fuerza de verdad por su circulación. Por eso la tarea es desmentir que el feminismo “se propusiera nada menos que invertir las leyes naturales o realizar la monstruosa creación de un tercer sexo” (cursivas nuestras). Ante estas palabras, no podemos sino sorprendernos por el efecto que causan leídas en su reverso: ¡casi un siglo de anticipación temática y de vocabulario!

 

Nuestro método de interpretación de los fantasmas que López intenta ahuyentar –para tranquilidad de sus lectores/evaluadores– respecto de lo que el feminismo se proponía entonces, consistirá en una maniobra léxica y temporal: arrastraremos tales amenazas hasta el presente para verificar cómo han devenido práctica subversiva e innovación teórica en el feminismo contemporáneo. Es un modo, también, de valoración a contraluz de la estrategia de moderación con que esta precursora académica argentina afronta un problema central del feminismo: ¿cómo autorizarse a hablar?

 

2.

 

Desde hace varios años las filosofías y militancias feministas se han apropiado de la teratología: la narrativa de lo monstruoso como un saber de lo anómalo del que partir, porque se lo tiene a mano, porque es propio. Como materialidad de una experiencia vivida de la cual destilar premisas teóricas, hacer proyecciones experienciales y vaticinar nuevos modos de vida. Haciendo de las exclusiones padecidas una condición epistemológica privilegiada y aprovechando las deformidades, lo raro (lo queer), para afilar una hermenéutica de la sospecha. Procedimiento estrictamente maquiaveliano: hacer de la debilidad, virtud. Y apostar así a una dramatización libidinal del concepto.

 

En esta perspectiva, la “creación monstruosa de un tercer sexo” –como ya vimos: invocada fantasmáticamente a principios del siglo pasado en esta tesis– es el nombre preciso que ha tomado, décadas después, la fuga de los binarismos simétricos, el hartazgo frente a los pendulares escarceos entre naturaleza y cultura y las grillas de una dialéctica estrecha entre femenino y masculino. Pero, por entonces, la académica argentina insiste en desacreditar un feminismo que anhelara “la transformación de la mujer en un ente anómalo, apartado de los fines para los que ha sido creada”. De nuevo: se trata de conjurar la anomalía. De aseverar que la mujer no subvertirá la comunidad.

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Sin embargo, la anomalía ha prosperado. Como imagen que las perspectivas más radicales del pensamiento de posgénero han discutido –con nombres que van desde lo cyborg hasta lo poshumano– para nombrar ciertas aspiraciones y experiencias, como impulso de creación de otros sexos; sea un tercero, sea uno polimorfo. En todo caso: como un devenir-anómalo del deseo que obliga a redefinir la idea misma de comunidad.

Parte de ese desvío es el que, a la fuerza, ha logrado distinguir políticamente entre sexualidad y reproducción, argumentar que las viviendas son nuestras fábricas, y así desentrañar el patriarcado del salario y la devaluación del trabajo doméstico, promoviendo en el feminismo justamente aquello que López aseguraba, a quienes le temían, que no pretendía: “un ataque al orden social y a la religión”.

 

El programa de derechos que esta tesista asume y defiende –donde el maternalismo como destino juega un papel decisivo– supone un límite político: la desestimación del derecho al voto femenino. Su argumento es que la mujer “… cuando desea lanzarse a la arena ardiente de las luchas políticas y escalar los puestos que las debilidades de su sexo y de su misión maternal le vedarán siempre, nos parece ridícula y nos inspira tanta compasión como aquellos que empleando un lenguaje y modales harto libres, creyendo dar muestras de independencia y de superioridad de espíritu, sin comprender que sólo consiguen convertirse en seres anómalos y repugnantes”. López ya lo advierte claramente: la conversión anómala es corolario de la lucha política.

 

3.

 

Mantengamos la ambigüedad. Leemos, nuevamente entre líneas, al modo de la lectura esotérica (decodificable para unos pocos, hecha de guiños y tácticas): el problema que plantea López es cómo conquistar independencia moral y económica. Lo que de un modo abierto propondrá Virginia Woolf a fines de los años 20. Claro que López, a diferencia de Woolf, lo hace sin cuestionar el matrimonio (“es indudable que la mujer ha nacido para el hogar”), sino a partir de una fenomenología de situaciones que considera extraordinarias, pero a tener en cuenta: las viudas, las pobres, las solteras; en fin, las desafortunadas. Es una cuestión, dice, de justicia distributiva. Para tales fines cita al clásico del liberalismo John Stuart Mill.

 

Mill, en La sujeción de la mujer, proponía que el contrato matrimonial, siguiendo un utilitarismo estricto, tuviese las mismas condiciones que el resto de los contratos comerciales y no que obligara a la esposa como “verdadera sirviente atada a su esposo, no en menor grado tal como la obligación legal señala que los comúnmente denominados esclavos”. López no hace citas tan arriesgadas. Menos aun comenta la influencia feminista de Harriet Taylor (autora de The enfranchisement of women [La emancipación de las mujeres]) en los escritos de Mill. ¿Podemos suponer que la haya leído también a ella? No lo sabemos. Pero seguramente se haya enterado que Mill se casó con Taylor en 1851 y que, en ese mismo acto, firmó una declaración que decía: “[Ella] retiene en todos sus aspectos absolutamente la misma libertad de acción y libertad de disponer de sí misma y de que todo lo que haga o pueda hacer en cualquier momento le pertenece como si el matrimonio no hubiera tenido lugar, y Yo absolutamente declino y repudio toda pretensión de haber adquirido tales derechos sea cuales fueran en virtud de dicho matrimonio”.[1]

 

El planteo de López guarda las formas: es completamente interno tanto a una economía conceptual patriarcal como a una moral familiar. Sin embargo, sus alianzas teóricas son con las filosofías de avanzada de la época: el socialismo y el positivismo. En la confianza en la modernización, común a ambas corrientes, López también encontrará argumentos para plantear la necesidad del feminismo como “resultado fatal de la ley de la evolución y de la crisis económica del siglo”.

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El carácter precursor, nuevamente, lo podemos leer en un doble nivel. O desdoblar en su ambigüedad. Por un lado, es pionero en un sentido de inauguración temática y teórica: introduce el propio término “movimiento feminista” y enuncia una perspectiva específica; y, por otro, es de avanzada en la tarea de nominación y limitación: al ser una de las primeras en hablar en el país de feminismo, su plan es una discriminación interna de sus corrientes y una adecuación a la situación argentina de las propuestas feministas en términos de modernización y progreso.

 

4.

 

Hay un problema de enunciación: ¿quién habla en esta tesis sobre el movimiento feminista? La posición enunciativa de la autora elude la primera persona, justamente una de las conquistas teóricas de las feministas. Sin embargo, podemos volver a la idea de pensar la táctica de la tesista frente al jurado: una de las funciones retóricas de este tipo de textos académicos es deponer la primera persona. Aparece un nosotros de otro tipo. Así podemos entender que López diga, hablando de las feministas: “Ellas son sinceras y merecen nuestra consideración” (cursivas nuestras). ¿La consideración de quién? ¿De la comunidad académica-científica? Seguramente. Es también el lugar que le permite discriminar entre las “fanáticas” y las “sinceras”. Y situarse en un tono que, a la vez que condena a las mujeres que pretenden “parodiar” o “igualarse” a los hombres, justifica su presencia pública como “contrapeso al hombre, harto innovador y revolucionario”. El progreso es la síntesis o “armonía” que permitirá combinar moderación femenina e intrepidez masculina.

 

Con esta perspectiva, la tesis hace un recuento histórico de gran escala: de los pueblos primitivos, egipcios e indostánicos, a los griegos y romanos, para llegar luego a la edad media y moderna. Al estilo de lo que será en 1949 parte del primer tomo de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, Elvira López rastrea el lugar de la mujer en cada cultura, las costumbres maternales, económicas e intelectuales, las representaciones mágicas y religiosas. Tal escala temporal, en ambos textos, tiene una explicación: se pretenden, cada uno a su modo, fundacionales. Y, por tanto, se ven exigidos de una metainterpretación histórica.

 

Sin embargo, López lo hace en línea con un progreso civilizatorio que celebra, por ejemplo, que Europa y el cristianismo penetren la India: “Esperemos que la civilización europea y el cristianismo que empiezan a introducirse en esta tierra de la contemplación y del misterio, puedan redimir a la mujer que privada de todos los derechos suspira en vano por un poco de libertad”. Agreguemos que aquí nuevamente coincide la autora con Stuart Mill, quien argumentaba que el gobierno representativo era la mejor forma de gobierno, pero que tal regla no era aplicable a la India.[2] De nuevo, el “progreso civilizatorio” como norma planetaria de desarrollo.

 

5.

 

Junto a su hermana Ernestina, Elvira fue de la primera promoción en obtener el título de Doctora en Filosofía desde la fundación de la facultad. Un año antes, en 1900, participó en la creación del Consejo Nacional de Mujeres, y más tarde en el comité editorial de la revista de dicha institución. En 1906 ambas hermanas –hijas del pintor Cándido López– se suman al Centro Feminista, dirigido por una amiga de ellas, Elvira Rawson de Dellepiane, y conformado por otros nombres pioneros: Julieta Lanteri, Sara Justo, Alicia Moreau, Petrona Eyle, entre otras. Ellas elaboraron un petitorio sobre derechos para la mujer dirigido a la Cámara de Diputados, que fue presentado en 1911 por Alfredo Palacios y constituyó la base de lo que, quince años después, se aprobó como Ley de Derechos Civiles. En 1902, López, también con Rawson, fundó la Asociación de Mujeres Universitarias. Institución que impulsó en 1910 el Primer Congreso Femenino en Buenos Aires y que tuvo a las hermanas López como activistas.

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En todo este recorrido del feminismo local, la cuestión de la educación (de la pedagogía a la higiene) será fundamental para ser “buenas esposas”, “buenas madres”. Y López lo plantea en este sentido, sentando precedente: “La mujer es naturalmente débil, la instrucción es quien debe darle fuerzas; el ejército de las pecadoras se recluta entre las más ignorantes, pues en uno como en otro sexo, es muy raro que a una superior cultura no vaya unida una moralidad también mayor”. Se trata de un feminismo de mujeres ilustradas, contra la frivolidad (efecto de la pura ociosidad) y la ignorancia. Es la tonalidad argumentativa y afectiva que caracteriza a las primeras feministas argentinas, en su casi totalidad letradas de clase media: confianza en el progreso unida al ideal ilustrado; creencia en la ciencia que fusiona socialismo y positivismo; confirmación del maternalismo como ideología natural de lo femenino.

 

6.

 

La afinidad de las mujeres con las políticas sociales y de cuidado de los otros no se le escapa a López, que analiza las tempranas inclusiones institucionales de las mujeres en Inglaterra como poor laws guardians: encargadas de hospicios, hospitales y sociedades de beneficencia. Lo mismo respecto a su inserción en la administración colonial: “Su espíritu conciliador, el arte innato de persuadir, característico de su sexo, han servido allí [las Indias inglesas: de Birmania al Congo] para secundar la acción conquistadora, y el éxito que Inglaterra ha obtenido lo debe en parte a las mujeres”. La feminización de las funciones que López pone de relieve tiene un marcado funcionalismo pacificador –en términos sociales y coloniales– y consolidan parte de su argumentación hacia un feminismo filantrópico y moralizante.

 

Después de un repaso de la posición de las mujeres en el resto de Europa y la constatación de ciertos arquetipos, la tesis dedica un capítulo entero al feminismo norteamericano, debido a su mayor despliegue: desde su entrenamiento en la oratoria pública –promovida por convenciones y conferencias periódicas– hasta la multiplicación de federaciones. Y nota allí una relación que será luego fundamental para investigar, a lo largo del siglo, teórica y políticamente: la relación entre la vitalidad del movimiento de mujeres y el movimiento anti-esclavista, su capacidad de confluencia militante y de problematización recíproca. Aun si apenas esbozada, esta hipótesis es realmente interesante a la hora de plantear por qué Norteamérica ha sabido estar a la vanguardia de políticas de minorías. Y por qué también lo ha estado en las últimas décadas en la producción de un feminismo de color (negro, chicano, poscolonial).

 

7.

 

¿Y cuál es la situación de la mujer en Argentina? “Aquí el feminismo se manifiesta más que todo en el sentido económico; la mujer que concurre a las universidades y demás establecimientos de educación, lo hace sólo buscando un título con que hacer frente a la miseria y trabaja para labrarse una posición independiente en el ancho campo de actividad que nuestras generosas leyes le ofrecen. Las palabras emancipación y reivindicaciones femeninas, igualdad de sexos ante la legislación, etc., que el feminismo europeo pronuncia a cada paso, no tienen significado para ella.” Optimista, López, respecto de la legislación; y también respecto de la migración europea de varones “que contribuyen a la transformación de la raza” al unirse con las argentinas. Aclara, además, que la raza negra y asiática, así como la indígena, son un porcentaje ínfimo en la nación: “Esto es bueno recordarlo ya que no faltan, aun en Europa, quienes crean que indio y argentino son una misma cosa”. De estas afirmaciones, López concluye entonces “que el tipo de la mujer argentina está aún en formación”. Pero, evidentemente, excluye cualquier posible contaminación de la cultura indígena, negra o asiática. La propuesta feminista es de superación intelectual y económica de las mujeres, en paralelo a un ideal de depuración racial.

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Hacia el final, el contenido se vuelve programático: la tesista recomienda los trabajos para los cuales las condiciones femeninas deben ser tenidas en cuenta. Por las “condiciones naturales de su espíritu, naturalmente metódico, amante del orden, prolijo, por su escrupulosidad en el desempeño de la tarea que se le confía, merece ser utilizada en aquellos puestos que no exigen facultades ni esfuerzos superiores a los que su sexo puede desplegar”. Recomienda que sean bibliotecarias, archivistas y trabajadoras en museos, pero también inspectoras de talleres y fábricas donde trabajan niños y mujeres.

 

López no desliza ninguna simpatía, como ya advertimos, por los derechos políticos de las mujeres. En el caso de nuestro país, aclara: “en cuanto a los [derechos] políticos, la mujer argentina no posee ninguno, y en la época actual eso es lo mejor”. Las razones de esta valoración están teñidas de la ambigüedad con que López se ha movido hasta sus páginas finales: “el sufragio es el término de la evolución feminista que aquí está en sus comienzos; la deficiente instrucción, el espíritu poco liberal y el dominio que la iglesia ejerce sobre nuestras mujeres, son otros tantos inconvenientes que malograrían aquí el triunfo de las sufragistas, cuyas ideas por otra parte, son miradas con recelo por el sexo femenino de este país”.

 

8.

 

¿Qué será la mujer nueva? Se lo pregunta López, retomando la pregunta del feminismo internacional, y se considera una testigo de la mujer de su época como un “tipo en transición”. Ella quiere, en todo caso, que la mujer del porvenir conserve “algo de esas antiguas matronas que veneran nuestros hogares” y algo de las “bienaventuradas” bíblicas alabadas por sus hijos y esposos. Sobre estas imágenes, traza los límites proyectivos e interpretativos del feminismo y asegura: “…el movimiento feminista no pretende apartar a la mujer de sus naturales funciones; cuando habla de emancipación debe entenderse que lo que quiere es sacarla de la ignorancia que la esclaviza, y que si la palabra reivindicación está inscripta en sus banderas, ella no es atentatoria para el hogar ni para la sociedad”. Vemos, espiralado, repetirse el movimiento de todo el texto (por cierto, dedicado a su madre): Elvira López introduce el término feminismo en Argentina y, al mismo tiempo, se propone como una cauta traductora. Le pone límites precisos, ofrece una exégesis tranquilizadora. Y, finalmente, lo confina al mismo tiempo que lo proyecta a una idea iluminista y progresista, confiada en la fuerza civilizatoria de la historia.

 

 

Bibliografía

 

Barrancos, Dora, “Cien años de estudios feministas en la Argentina”, en Revista Mora, N° 8, Buenos Aires, 2002.

 

— “Introducción”, en Primer congreso femenino. Buenos Aires 1910, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, 2008.

 

Masiello, Francine, Entre civilización y barbarie. Mujeres, Nación y Cultura Literaria en la Argentina moderna, Buenos Aires, Beatriz Viterbo, 1997.

 

Nari, Marcela, Políticas de la maternidad y maternalismo político, Buenos Aires, Biblos, 2004.

 

Spadaro, María Cristina, “Elvira López y su tesis El movimiento feminista (1901): educación en las mujeres, camino hacia una sociedad más justa”, en Revista Mora, N° 8, Buenos Aires, 2002.

 

 

[1] Citado en Carole Pateman, El contrato sexual [1988], Barcelona, Anthropos, 1995.

 

[2] Citado en Partha Cheterjee, La nación en tiempo heterogéneo y otros estudios subalternos, Buenos Aires, Siglo XXI-CLACSO, 2008.

 


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