El cruce entre tres de los candidatos a jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en el canal TN presentó continuidades con los clásicos debates que organiza la televisión pero también rupturas: ya no se puede pensar que la política, ni siquiera en el estudio de televisión mismo, se hace sin tribunas ni público. La presencia de los cuadros partidarios que acompañaron a los candidatos es otra prueba de la reterritorialización de la política argentina en los últimos quince años.



La primera imagen de quienes aspiran a gobernar la Ciudad de Buenos Aires marcó lo que sería el debate. Mientras los conductores de A dos voces presentaban el programa, Martín Lousteau, Horacio Rodríguez Larreta y Mariano Recalde esperaron, parados, en medio del estudio. El primero, de camisa y pulóver, sonreía con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en la cámara. Los otros dos, de saco abierto, también sonreían pero no sabían qué hacer con sus manos, para dónde mirar, ni cuánto tiempo más los tendrían allí parados.

 

Antes de comenzar con el debate, Marcelo Bonelli y Edgardo Alfano mostraron la tribuna, en la que había un centenar de personas. Allí estaban: los cuadros políticos más importantes del PRO –Mauricio Macri, Gabriela Michetti, María Eugenia Vidal-, varios de los más importantes de ECO –los precandidatos presidenciales Ernesto Sanz y Elisa Carrió-, y los candidatos más importantes del Frente para la Victoria en la Ciudad de Buenos Aires –Carlos Tomada, Andrés Larroque, Jorge Taiana-.

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Esa presencia ponía de manifiesto dos cuestiones. Una, la importancia que las distintas fuerzas políticas le dieron a ese fenómeno mediático. Es decir, cómo un programa de televisión se transformó en un acto político de trascendencia en el que parecía que había mucho en juego. Dos, que, a diferencia de lo que pasó en debates anteriores, ya no se puede pensar que la política, ni siquiera en el estudio de televisión mismo, se hace sin tribunas ni público. Es decir, la escenificación de esa presencia demuestra la reterritorialización de la política que se dio en la Argentina en los últimos quince años y la crisis de una política jugada solo en los medios de comunicación.

 

En los noventa, como dice Maristella Svampa, la población se desmovilizó y las plazas se vaciaron. En esos tiempos, hubo un traslado de la ciudadanía de la plaza a su casa, de la movilización al otro lado de la pantalla. Por entonces, se consideró, como decía el sociólogo Oscar Landi, que pasar por la televisión era una de las formas más efectivas de actuar políticamente. De ahí que se consagrara dentro de los distintos espacios políticos a aquellos que “dan bien en cámara”, que logran manejar el lenguaje de los medios. El 2001 marcó ciertas rupturas con ese modelo y la política volvió a jugarse también en las calles.

 

Sin norma que los obligue, en la Argentina debaten los que creen que no tienen mucho que perder y los que piensan que tienen mucho por ganar. Algunos politólogos y periodistas critican a quienes no participan porque se presumen victoriosos. Desde ahí, dicen que los votantes deberían castigarlos, como si un debate televisado valiera más que una gestión, una trayectoria o un programa de gobierno.

 

En el debate de “A dos voces”, entonces, los tres candidatos no estuvieron igual de cómodos. Ni el representante del PRO ni el del Frente para la Victoria se mostraron duchos en el manejo televisivo. Ambos, de diferentes maneras, son parte de un partido que los colocó ahí por el lugar que ocupan dentro de sus espacios políticos. Así, Recalde se mostró titubeante cuando tenía que hablar directo a cámara y Rodríguez Larreta respondió poco, o dijo que era una cuestión de apreciaciones, cada vez que alguno de sus contendientes criticaba la gestión de la Ciudad. Sin embargo, tanto uno como otro, estuvo confiado en que los votantes saben qué es lo que sus espacios políticos hicieron. No se presentaron como algo nuevo ni consideraron esa aparición ante cámara un hecho definitorio.

 

El caso de Lousteau fue diferente. Pareció cómodo: manejó los tiempos, propuso los debates, se focalizó en distinguirse de la gestión del PRO y del Frente para la Victoria. Si Recalde insistió sobre “el proyecto nacional a la ciudad” y Rodríguez Larreta dijo, al menos nueve veces, “tengo otra propuesta”, Lousteau planteó que para cada problema hay una solución. Y solo una. Así, desde la racionalidad técnica del discurso económico –en la que se siente a gusto- recurrió de manera constante a los datos y a las estadísticas para proponer una “administración” más eficiente en temas de transporte, seguridad y educación, entre otros. La estética de su discurso, similar al de una charla TED, lo mostró efectivo y bien plantado en un terreno que, por otra parte, es el que mayor legitimidad le da. Es decir, su carrera política le debe más a sus apariciones mediáticas que a su trabajo territorial, de gestión o partidario.

 

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Si Recalde y Rodríguez Larreta se focalizaron en los logros de las gestiones de las que forman parte, Lousteau tuvo a su favor la hibridez de su carrera política. Ministro de Economía del kirchnerismo durante la Resolución 125, candidato de un espacio que sostiene a nivel nacional la candidatura de Mauricio Macri, Lousteau logró mostrarse como una opción que no carga con el peso de una gestión. Al mismo tiempo, se propone como un nombre al que los electores pueden tomar de maneras distintas porque sus contenidos estarían menos definidos por un proyecto político con experiencia.

 

Así, más allá de chicanas cruzadas entre unos y otros, el intercambio de ideas entre los tres candidatos fue una excepción dentro del panorama mediático argentino actual. Su posibilidad mostró cómo en los últimos cuatro años, salvo por casos puntuales, las discusiones entre proyectos políticos diferentes, y sin descalificaciones rápidas y efectistas, abandonaron las pantallas. En algunos casos, reemplazadas por medios cada vez más partidizados. En otros, a partir de escenas que juegan a espectacularizar la política bajo el ritmo frenético de la falta de atención característica de esta época.

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Entonces, la gran pregunta es si aún hoy pasar por la televisión, al menos en Argentina, es una de las formas más efectivas de actuar políticamente. De movida, el debate de los candidatos en sí mismo fue mucho menos visto que lo que serán vistos los recortes e interpretaciones del debate mismo. Por un lado, en los medios tradicionales que, de 2008 a esta parte, han definido de manera cada vez más explícita sus afinidades políticas. Por el otro, en los medios digitales y en las redes sociales donde, en general, los usuarios intercambian con aquellos con los que acuerdan más ideológicamente.

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Desde que existen los medios masivos de comunicación, las ciencias sociales se preocuparon por investigar cuánto influyen las campañas en los resultados electorales. Los estudios históricos siempre mostraron que poco. Sin embargo, ese peso débil se comprobó en países con fuerzas políticas establecidas y sólidas y en las últimas dos décadas ganó espacio la idea de la “campaña permanente”.

 

En la Argentina post-2001, con la explosión y crisis de los partidos, para algunos candidatos las campañas pesan más y, en ellas, el debate puede cambiar de forma radical el panorama. La interacción que ahí se da siempre se presta para lo inesperado. Y varios ponen sus fichas porque esas escenas nunca llegan a ser del todo controladas. Es decir, ningún libreto puede prever la forma en que se darán las discusiones entre tres iguales. En todo caso, si bien Lousteau fue el que más cómodo se movió, ninguno de los candidatos dio un gran paso en falso que le asegure una caída. No hubo ningún hecho sobresaliente que vaya a quedar en la historia.

 

Sin partidos políticos fuertes y sin identidades políticas sólidas, las campañas sirven para instalar candidatos. En la década de los noventa, dice Gabriel Vommaro, hubo un cambio en el discurso político y en la manera de nombrar a la ciudadanía. Si antes los políticos profesionales hablaban de “el pueblo”, por entonces pasaron a hablar de “la gente”. Los dos son construcciones históricas y no hay uno más verdadero que otro. Sin embargo, quien se refiere a “la gente” y no a “el pueblo” piensa antes en individuos que en grupos, en personas alejadas de los partidos y desconfiadas antes que en militantes y en sectores medios urbanos antes que en los trabajadores del conurbano. De esa lógica surgió una alianza entre encuestadores, periodistas y políticos que desde el estudio de televisión definían “lo que quiere la gente”, un sujeto indeciso al que todo el tiempo había que medir para saber sus preferencias.

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Entonces, ¿hasta qué punto ese es aún el panorama en la Argentina? Con eso rompió, primero, la crisis de 2001. Segundo, los líderes del kirchnerismo. Desde 2003, no aceptaron ir a los estudios de televisión y propusieron que, en todo caso, “lo que quiere la gente” se definiría desde el gobierno y con la ciudadanía movilizada y que esos actos políticos, a su vez, serían transmitidos por los medios. Esto no implicó, por supuesto, desentenderse de estrategias para influir, de manera más o menos directa, sobre las escenas comunicacionales a través de los periodistas y de los dueños de los medios.

 

Si lo llevamos a la disputa porteña actual, se puede decir que a nivel nacional hay una fuerte identidad kirchnerista –y antikirchnerista- y a nivel distrital hay una fuerte identidad ligada al PRO. En esa línea, Rodríguez Larreta y Recalde confiaron en resaltar en el debate las gestiones de sus espacios políticos como plataforma. El caso de Lousteau, por el contrario, responde a una lógica partidaria poco identificable. Representa una alianza que lleva entre los presidenciables a Stolbizer, Carrió y Sanz y se enfrentan al PRO. Y, al mismo tiempo, Carrió y Sanz son aliados de PRO a nivel nacional, que se enfrentan, a su vez, a Stolbizer.

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Como aquel que va primero en las encuestas, el que tenía más para perder en el debate era Rodríguez Larreta: el ganador de las elecciones primarias. Por lo tanto, también era el que contaba con mayor poder relativo para definir las condiciones del intercambio entre los tres candidatos.

 

Eso permitió que el debate fuera en “A dos voces”, de Todo Noticias. La señal de cable del Grupo Clarín fue el escenario de los debates desde la primera elección a Jefe de Gobierno en 1996. Solo en 2011 no se dio. Por entonces, el Frente para la Victoria, que llevaba a Daniel Filmus como candidato, propuso un debate organizado por universidades y transmitido por televisión abierta, y Mauricio Macri dijo que era en TN o nada. Y fue nada. La decisión se dio a tono con lo que había hecho el kirchnerismo desde 2010, cuando decidió abandonar las escenas del Grupo Clarín y dejó de asistir a sus medios. Por entonces, la visión sobre los medios había cambiado en el debate público –y en el kirchnerismo-: eran escenarios de las disputas políticas, pero también actores centrales de ellas.

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En esta ocasión, el Frente para la Victoria, que espera un cambio rotundo respecto del resultado de las primarias, fue a TN. No obstante, advirtió que jugaba “de visitante” y ni bien comenzó el debate Recalde dijo que hubiera preferido hacerlo en otro lugar, pero que fue el único que propusieron sus contendientes. Es decir, esta vez el kirchnerismo aceptó el lugar de TN en la agenda política porteña.

 

Si algo se puede decir del debate en la Argentina de los últimos años, es que la mayoría de los espectadores está advertida de que las escenas mediáticas no son neutrales. Así, el debate iluminó solo una parte del escenario político-mediático y ocultó muchas otras. Por ejemplo, planteó, desde su imagen, que allí se definía la jefatura de Gobierno y omitió que faltaban dos candidatos: Luis Zamora, de Autodeterminación y Libertad, y Myriam Bregman, del Frente de Izquierda. Al mismo tiempo, mostró que “académicos” fueron para dar prestigio al debate, aunque solo había dos: el rector de la Universidad de Buenos Aires y el de la Universidad Católica. A ambos los colocaron en el piso del estudio y los jerarquizaron por encima de los políticos de las tribunas, como un sello de calidad, aunque no les pidieron que opinen.

 

Antes del debate, hubo una negociación entre los candidatos acerca de los temas a tratar. Este acuerdo se hizo entre miembros de las tres fuerzas y productores del programa. Durante la salida al aire, los conductores se mostraron imparciales, participaron poco y cumplieron con las reglas pautadas de antemano. Las escenas del debate parecían las de una Argentina anterior a 2008. Por un lado, porque Clarín y el gobierno aún no se habían peleado públicamente. Por el otro, porque ante un panorama mediático cada vez más complejo a partir de la proliferación de los medios digitales, otra vez fue la televisión la organizadora y el centro de un acto político clave.


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