El DT de Estados Unidos, el alemán Jürgen Klinsmann, dijo que no esperaba que su equipo ganara el mundial: así se hizo conocido en el norte. Aunque la mayoría ignora las reglas básicas del juego, los estadounidenses estaban convencidos de que iban a ganar la copa y se decepcionaron con la vuelta en octavos. Dos profesores latinoamericanos de la Universidad de Texas cuentan cómo se vive este deporte amateur donde pocos entienden que, a veces, es legítimo festejar un empate.



La primera vez que llevé a mi hijo al club de “soccer” River City Rangers, me impresionó ver a un niño, un año menor que él, jugando con destreza, pateando con precisión y dominando el balón. A diferencia de casi todos los demás chicos que integraban el equipo, el niño no sólo sabía de fútbol, sino que además era muy bueno. Pensé que tenía que ser latino, y cuando supe su apellido, González, creí entender todo. Pero me equivoqué.

 

El padre de Isaac es un hombre joven, con un cuerpo atlético, fuerte y alto. En el primer partido que jugaron nuestros hijos -hace ya cuatro años- nos pusimos a hablar y me contó que trabajaba como profesor de educación física en una escuela pública en el sur de la ciudad; que nació en el valle, que es como se le dice la zona del sur de Texas, por eso su apellido. Cuando su hijo convirtió un gol en ese primer partido, se acercó con timidez y me preguntó si para que contara como gol la pelota tenía que entrar hasta el fondo y tocar la red. ¡El padre de Isaac no tenía idea de las reglas del “soccer”! (Hasta hoy discutimos las características del offside). Había jugado fútbol americano en la universidad, pero puso a Issac a jugar al soccer porque quería que la tradición de aquel deporte terminara en su generación. Como él, muchos padres que llevan a sus hijos a los “Rangers” y a los muchos clubes de soccer en Austin y en varias otras ciudades del país, tienen el corazón en el fútbol americano, pero prefieren que sus hijos practiquen soccer porque es un deporte menos agresivo, menos peligroso.

 

La cultura del soccer es difusa, o mejor dicho, no es fácil hablar de una cultura del soccer en los Estados Unidos de manera definitiva o general.(Supongo que en Jackson Heights o Astoriase vive algo muy distinto a lo que yo vivo en Austin). De seguro los partidos importantes del equipo nacional no causan lo que produce el Super Bowl, que es como se conoce a la final de fútbol americano. Tampoco atraen la atención de una final de la NBA.

 

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Según me contaba el padre de Isaac, para que el soccer se arraigue en la cultura americana, se necesita voluntad de los sponsors. Eso implica que el juego tiene que tener más espacio para comerciales. Por la naturaleza del deporte, eso no es posible. El fútbol americano está hecho para la transmisión por televisión, el juego se detiene para que los árbitros midan las yardas recorridas, y los entrenadores piden recesos para cambiar las estrategias de ataque. Esos lapsos se usan en la televisión para pasar las propagandas de los auspiciantes y, en la cancha, son momentos en los que salen las cheer-leaders a presentar su coreografía. El deporte está unido a la cultura del espectáculo. Sucede algo parecido en el básquetbol.

 

Los estadounidenses estaban convencidos de que podían ganar el Mundial

 

Eso no quiere decir que la participación de los Estados Unidos en el mundial haya pasado desapercibida. Budweiser hizo una excelente campaña para promoverlo; varias familias americanas con las que comparto la pasión por el deporte, fueron a Brasil como sus vacaciones de verano. Además, en una cultura nacionalista y competitiva como ésta, no posible que el equipo nacional pase desapercibido.

 

Hace tres años, la federación nacional de soccer decidió contratar al entrenador alemán Jurgen Klinsmann para hacerse cargo de la selección. Es el primer extranjero que dirige a la escuadra desde el Mundial 94, cuando el todo terreno Bora Milutinovic se hizo cargo del US team para que no pasara demasiada vergüenza en su propio mundial. La decisión entre un entrenador local y un extranjero no es menor. Los seleccionados americanos habían sido dirigidos por entrenadores locales que conocían el soccer local y los límites del talento que podían encontrar entre sus jugadores. Mal que mal, los equipos nacionales siempre supieron a lo que jugaban: cortos de talento creativo, sus clave serán el orden, el contraataque, y temple para luchar hasta el final. Con poco, lograron bastante. En la Copa Confederaciones de 2009, eliminaron a España en semifinales y pusieron en problemas a Brasil, que tuvo que remontar un 0-2 para ganar ese torneo. En Sudáfrica llegaron a octavos de final en una agónica victoria contra Argelia, con gol de Landon Donovan en tiempo de descuento. La camiseta de Donovan se hizo la más popular entre los niños futboleros, después de la de Messi, claro.

 

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La llegada de Klinsmann tuvo como objetivo cambiar la mentalidad y la forma de jugar del equipo. El entrenador fue elegido porque conocía la cultura americana (su esposa es de California) y tenía las herramientas para ese cambio. Según la prensa el gran reto de Klinsmann era luchar contra la falta de ambición de los jugadores, porque a diferencia de cualquier latinoamericano, ir a las grandes ligas europeas no les quita el sueño. Klinsmann les propuso un juego más propositivo que reactivo, aunque no pudieron plasmarlo en el mundial.

 

Entre mundial y mundial no mucha gente presta atención al soccer en Estados Unidos (de hecho la MLS es posiblemente la única liga que se sigue jugando durante el mundial, como si no hubiese suficiente soccer). Por eso muchos sólo se enteraron de la existencia de Klinsmann cuando dijo públicamente que no esperaba que su equipo ganara el mundial. En un país con una relación más normal con este deporte, las palabras de Klinsmann no hubieran sorprendido a nadie. Se sabe que en los mundiales no hay grandes sorpresas (y si las hay, esos equipos llegan con suerte a semifinales), y que nunca ganan los equipos chicos. Pero las declaraciones de Klinsmann, aunque razonables, contrariaban el espíritu nacional. El New York Times publicó una encuesta en diecinueve países en la que se preguntaba “¿Quién cree que ganará este mundial?” En dieciséis países la respuesta más frecuente fue Brasil; en España fue España; los argentinos dijeron Argentina y los americanos dijeron que su equipo ganaría el mundial. Estados Unidos fue el único país en el que la relación entre las probabilidades reales y las predicciones de la encuesta era delirante. Pero era consistente con el canto que nació en las ligas de la academia naval y que se convirtió este año en himno del equipo que compitió en Brasil: “I believe that we will win” (Creemos que vamos ganar). Por eso indignó tanto el comentario de Klinsmann. Algunos de los ofendidos, acostumbrados a ver las olimpíadas por TV, pedían que el US team regresara a casa con una medalla de oro. Incluso el ex jugador y hoy comentarista de ESPN, Alexi Lalas, criticó la predicción de Klinsmann, pese a que fue de los pocos que les dijo en la cara a los integrantes del equipo que volverían a casa sin pasar a octavos de final. El realismo del entrenador mostraba una actitud muy ajena a la mentalidad americana. Hollywood está lleno de ejemplos en el que el equipo débil, el “underdog”, termina ganando un campeonato.

 

Los estadounidenses no entienden porqué puede festejarse un empate

 

Como en cada mundial desde 1994, en la prensa proliferan artículos sobre si el soccer finalmente llegará a convertirse en un deporte masivo. Se dice que esta vez sí se dará ese salto. Los números muestran entusiasmo. Los partidos con Portugal, Alemania y Bélgica batieron récords de audiencia, aunque hubo que esforzarse en explicarle al público por qué tras perder con Alemania, los jugadores festejaban.

 

Para medir la popularidad del deporte en este país, no sólo es importante el tamaño de la audiencia, sino la cantidad de “parties” organizadas alrededor del juego. En la tradición del Super Bowl, en el que cada año se baten récords de ventas de alitas de pollo, el éxito de un deporte es proporcional al banquete que se consume alrededor de la pantalla.

 

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Todavía muchos puristas ven el “soccer” más como un juego entretenido para niños que como un deporte de alta competencia (es algo parecido a la sensación que tiene la fanática del “soccer” ante el béisbol). Pero como con todo deporte, la discusión pasa también por asuntos políticos e idiosincráticos. Ann Coulter, controvertida periodista de ultraderecha, publicó una nota escandalosa en la que equiparaba el crecimiento del soccer con la decadencia nacional. Aunque su estrategia profesional radica en lanzar bombas mediáticas que dan visibilidad a su website, algo de lo que dice refleja las discusiones actuales sobre la migración. Para Coulter el soccer contamina el mito de la nación blanca heredera del Mayflower. La periodista asegura que ningún americano cuyos bisabuelos nacieron en este país estaban mirando el mundial.

 

Pero no sólo son los conservadores quienes discuten la moral del deporte. Hay algo del soccer que para muchos todavía resulta muy antiamericano. Keith Olberman, periodista pro-demócrata, también pidió que dejen de intentar “enchufarle” a Estados Unidos un deporte que no le es propio. Se quejó de los empates y de las veces que se ha anunciado al soccer como el futuro deporte dominante (al menos desde la llegada de Pelé al Cosmos). El mundial que para muchos es una gran fiesta, para Olbermann es un sinsentido: “si quisiera tres años y once meses hablando de algo que sólo lleva un mes, ¡volvería a cubrir elecciones presidenciales!”, ironizó el periodista.

 

Para algunos profesionales de la comunicación, el soccer es poco más que un deporte con el que los hipsters de las ciudades cool pasan por cosmopolitas, comentando en los cafés los resultados de la Premier League inglesa. Antes del enfrentamiento de octavos con Bélgica, El New York Post se entusiasmó con el equipo de Klinsmann, y tituló: “Go kick some ass” (rómpanles el culo, sería la traducción más apropiada). Cuando se quedaron afuera, el título fue “Igual es un deporte estúpido”. El decaimiento moral y el malestar con el empate parecen muestras de la impaciencia que genera no ganar.

 

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Perder, o no ganar, eso es lo que resulta difícil de aprender. Los seguidores del soccer, en cambio, lo hicieron con sentido del humor. Aprovecharon la estelar participación del guardameta Tim Howard en el partido contra Bélgica, en el que atajó dieciséis disparos, y sacaron memes pidiendo a la Casa Blanca que se cambie el nombre del aeropuerto nacional de Washington D.C., de Ronald Reagan a Tim Howard. Otro meme, conocido como “Tim Howard Border Crisis” (Tim Howard Crisis de Frontera), sugería que el arquero se parara en la frontera a detener la inmigración ilegal con la eficacia que detuvo los intentos de los belgas en Salvador, Bahia.

 

Para la generación de Isaac –que es la de mis hijos– la frontera del soccer no existe. Tampoco para los padres que los acompañan todos los fines de semana a los juegos en esos pueblos áridos de calor recalcitrante en el medio de Texas, o de New Jersey, de Illinois y de California. Para cuando comience el próximo mundial, ellos podrían jugar en campeonatos sub-17, y los jovencitos que hoy tienen 14 y 15 podrán estar entre los escogidos para el siguiente mundial. Cuando Estados Unidos empiece a ganar, el soccer no será considerado un deporte de degeneración moral, sino motivo de consumo exagerado de comida; tampoco será un deporte “enchufado”, sino una competencia que genera un goce local; los gringos aprenderán que un empate a veces es la forma digna de no perder y que incluso, a veces, se lo puede festejar como una victoria. Budweiser estará lista para hacer negocio en Moscú.


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