Los submarinistas perdidos en el mar ya no dependen de la Argentina, sino de la tecnología de otros países. Trece gobiernos enviaron recursos militares y de empresas privadas. ¿Qué se juega en la búsqueda del Ara San Juan, además de la vida de 44 tripulantes? El Atlántico subantártico, donde no hay democracia ni sociedad ni mercado, es de los pocos lugares despoblados del mundo que sólo pueden ser dominados por los Estados-Nación con capacidad tecnológica. Como la que tienen Estados Unidos, Rusia o el Reindo Unido.



Dos escenografías imponentes y una menor nos deja la crisis del ARA San Juan. La primera, que nos oprime el pecho, es la vulnerabilidad humana. Están las vidas de 44 personas en juego, con todo lo que implica sufrir encierro en el fondo del mar. La segunda, es la geopolítica. Las potencias militares acudieron al rescate de los 44 argentinos perdidos en el mar, con sus mejores herramientas.  Los submarinistas ya no dependen de nosotros, sino de la tecnología de los otros. Hay también una tercera escena, algo mezquina y ya no tan imponente, que es la del intento de algunos de pararse sobre la angustia para impulsar un debate apresurado sobre el presupuesto militar argentino. Antes aún de saber qué ocurrió en el mar, echando culpas al espejo de lo que nunca hizo nadie. Nos concentraremos en el segundo punto: ¿qué significa rescatar a nuestros compatriotas perdidos en el Atlántico Sur?

 

En principio, significa que el estado argentino no está solo, ni aislado. Otros trece estados respondieron, al pedido enviado desde aquí, con recursos militares y de empresas privadas. Comencemos por aquello que provino de la región. De acuerdo a la información publicada, desde Brasil se sumaron un avión de patrulla P3 Orión y un CASA 295, y también medios navales: la fragata Rademaker (F49), el rompehielos y buque oceanográfico “Alte. Maximiano” (H41), el buque NSS “Felinto Perry” (K11) y dos embarcaciones de exploración de la empresa Petrobras. El estado chileno también envió un avión CASA 295 (Persuader Arch) y un KC-135, “con tres pallets y con sonoboyas, para la detección de buques submarinos”, además del buque oceanográfico AGS-61 “Cabo de Hornos” y un buque de la empresa ENAP Sipetrol. Hay más: tanto Colombia como Ecuador enviaron sus respectivos aviones de patrulla CASA CN-235, mientras que Uruguay aportó su avión Beechcraft B200, y Perú un Fokker 60, equipado con radar de búsqueda de superficie.

 

Pero lo más importante provino de las potencias extrarregionales. La NASA, agencia espacial estadounidense, aportó un avión P3-Orion dotado de un sistema magnético de detección que opera volando muy cerca de la superficie del mar; este avión se encontraba en Ushuaia, como parte de un convenio entre su agencia propietaria y el Instituto Antártico Argentino. También, se sumó un avión P8 Poseidon de la marina estadounidense, equipado con sensores y sistema de detección. Y la Cámara de Rescate Submarino, transportada por varios aviones. También se trasladaron los recursos humanos y el instrumental del Escuadrón de Rescate de Submarinos de la marina de este país; este último trabaja coordinadamente con diferentes embarcaciones, incluida el buque Skandi, de bandera noruega pero perteneciente a la empresa petrolera Patagonia Total. Hay que destacar también la presencia de los “fierros” británicos en el operativo: dos importantes aviones -un Lockheed C-130 Hercules y un Airbus 330 Voyager con equipos de detección submarina-, más un buque de patrulla HSM P257 “Clyde” y el HMS “Protector” A173, que se especializan en barridos con “sonar pasivo”. Igualmente, se puso a disposición el equipo de rescates bajo el agua de la Royal Navy.

 

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Para completarla, participa también la Federación Rusa. Tras la conversación que mantuvieron Macri y Putin el 22 de noviembre, Vladimir mandó lo suyo. Lo que incluyó el envío del avión Antonov 124 “Ruslan”, que trajo en su interior un contingente de soldados-buzos, y el minisubmarino no tripulado Panther Plus. Y el buque oceanográfico Yantar, dotado de helipuertos y madre de minisubmarinos, que fue presentado por la prensa como “el barco espía”. También aportaron recursos humanos, aéreos y navales los estados de Francia, Alemania, Canadá y España.

 

Los vecinos traen su colaboración y su solidaridad, pero los grandes del planeta aportan la tecnología en serio. A esto se lo llama cooperación internacional, pero no es exactamente eso. Cooperar, según el diccionario, es el uso de métodos asociativos y colaborativos para lograr una meta común. Esto último, la meta, está fuera de discusión: todos -autoridades, técnicos militares, ciudadanos-, de todos los 14 países que hoy participan de la búsqueda, queremos encontrar a los 44. Sin embargo, el aporte de los grandes -Estados Unidos y Rusia; también podríamos subir a este podio a Reino Unido- es más que un trabajo colaborativo. Ellos aportan juguetes que nosotros no tenemos, y estamos lejos de tener. Y no nos los van a prestar. Más que a colaborar, vienen a rescatarnos. Y tienen muchas ganas de hacerlo. Afortunadamente.

 

Geopolítica polar

 

Todo indica que el submarino ARA San Juan se perdió en las proximidades de la Antártida. Sí: el Mar Argentino que baña las playas de Chubut forma parte del Círculo Subantártico. La Argentina austral (Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego), la Patagonia austral chilena y las Islas Malvinas son los únicos tres territorios con población permanente (y políticas estatales para promoverla) que se encuentran en esta región circumpolar. El resto es mar e islas deshabitadas.

 

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A los argentinos nos cuesta hacernos la imagen del país antártico. Aún a pesar de que Argentina es uno de los siete estados reclamantes de territorio en la Antártida, y de nuestra evidente vecindad. El almirante Segundo Storni, el fundador del pensamiento geopolítico argentino y una de nuestras pocas cabezas reivindicadas a ambos lados de la grieta, decía en 1910 que la Argentina debía hacer una revolución mental y cultural, y aceptar que es un país marítimo y austral. Semejante mar y los argentinos apenas comemos pescado. Los gauchos no saben nadar. Decía Storni que la Argentina no era de Ushuaia a La Quiaca, con epicentro en Río Cuarto: iba de La Quiaca al Polo Sur, y su punto del medio estaba en Río Gallegos. O Ushuaia. Alfonsín, el último storniano, quiso trasladar la capital a la Patagonia.

 

Esa Antártida, tan próxima pero tan difícil de imaginar, en la que el estado argentino fue explorador pionero, es una de las geopolíticas más remotas de nuestro planeta. Al igual que el Ártico norte, los océanos y el espacio exterior. Son los lugares despoblados de nuestro mundo, que solo pueden ser dominados por el Estado-nación y sus tecnologías. Si Cataluña seguirá siendo española o será independiente, será algo que terminarán definiendo, al final, los catalanes en una urna. Mientras tanto en el Atlántico Subantártico, o en la estratósfera, domina quien cuenta con los fierros. O el conocimiento, que viene a ser lo mismo. Ahí no hay democracia, ni sociedad, ni mercado.

 

La Antártida es el régimen internacional más perfecto del planeta. Tal vez, el único. Fue creado en 1959, cuando la creencia en un mundo organizado por las Naciones Unidas era verosímil. Esa Antártida Global, carente de población nativa, fue imaginada como un área libre de soberanía territorial. Y dejada en manos de los que pueden y los que saben. Sus descubridores fueron los exploradores. Y la única actividad humana que se permite en la Antártida es la investigación científica. Hubo, además, que aprender a sobrevivir allí, donde las temperaturas son las más bajas y donde el sol no sale a diario. Las mejores bases compiten entre sí por sus capacidades.

 

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Pero resulta que algún día, el Tratado Antártico va a caer. Vence en 2041, y la mayoría cree que se volverá a renovar. Pero tal vez no sea así. En algún momento, los intereses de los estados signatarios cambiarán de forma. Y el internacionalismo liberal no estará allí para impedirlo. Global Trends 2035, el estudio prospectivo que realiza periódicamente el Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, sostiene que en los próximos años los polos serán crecientemente intervenidos los estados y las empresas. Al igual que el espacio exterior.

 

Todo esto se ve acompañado por la idea de que la única forma de preservar la Antártida como reservorio de recursos, hielo y globalidad para la humanidad será el buen oficio de quienes puedan. El Tratado Antártico tiene una linda asamblea, pero no tiene rompehielos, ni aviones Antonov, ni todos esos chiches de las potencias militares que hoy patrullan el mar argentino, buscando a nuestros vulnerables 44. Tampoco tiene fierros Greenpeace. Las crisis ambientales y humanitarias son, esencialmente, cosas de las que se ocupan los estados bien pertrechados.

 

No podemos decir que nuestro submarino se perdió porque seamos un país mediano sin grandes capacidades militares. Aunque sí podríamos decir que esa condición nuestra nos impide encontrarlo. Eso es algo que lamentaría Storni, quien hace más de cien años nos imaginaba como una potencia naval. No llegamos, y estamos lejos. No obstante, eso tampoco se logra aumentando en algunos decimales de PBI nuestro presupuesto militar. Nuestro Atlántico Sur apenas imaginado, compuesto de islas, océano y la península antártica, es tan grande como la Argentina continental. No fue la democracia, ni la guerra de Malvinas: el sueño marítimo de Storni nunca se concretó. Los que pueden y los que saben nos tienen que rescatar en nuestra propia casa. De la que deberíamos ser los legítimos ocupantes. La realidad es que no lo somos, porque ni siquiera lo estamos viendo. Ojalá que rusos, norteamericanos o británicos encuentren cuanto antes a nuestros 44. Y que eso nos enfrente, sin mezquindades, a nuestra antigeopolítica austral en toda su dimensión.


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