El Messi inventado por sus idólatras y resistido por la masa maradoniana no es menos argentino que Diego. Messi es, a su modo, una bola de estereotipos para forjar a la Patria: triunfa en otro país, demuestra que con esfuerzo todo se puede, es competitivo, casado con novia de la infancia, dos hijos. En la Argentina no hay triunfalismo messista no porque falte messismo, sino porque falta triunfo, escribe Ernesto Semán.



Ilustración portada: Marcela Dato

Ilustración nota: Julieta De Marziani

 

Messi estuvo a un penal de llevarse por delante al tigre de papel más grande de estos tiempos, el de la Argentina maradoniana. Tiró la pelota unos metros más arriba, probablemente porque sí. Y ahí se quedaron mancados los sueños de empezar a dejar atrás la retahíla de México ’86, con su jerga avejentada y sus personeros empastillados. No hay, ni en la audiencia de televisión, la ansiedad previa a cada copa, la calle, las redes y el negocio que une todo esto, el más mínimo indicio de que las formas extrañas de Messi ofrezcan alguna resistencia a la idolatría. Lo que falta es ganar.

 

La defensa de Messi como un antihéroe resistido por el espíritu maradoniano de las masas repite los clichés modernistas de una masa irracional e inculta (aún en el fútbol), el corpus político argentino incapaz de apreciar esta maravilla redentora que ha venido desde afuera a rescatarnos de esta Hibernia atávica y extemporánea en la que no paramos de hundirnos. Fantasea un Messi que el mismo jugador jamás haría propio, un chiquito al que le importa poco una copa y mucho jugar a la pelota. Imagina enfrente suyo a un espíritu maradoniano irredimible, y justifica en su creación las fantasías de una Argentina bárbara y sin remedio. Un “no salimos más” definitivo.

 

Un disparate. El Messi inventado por sus idólatras tardíos y resistido por la fantástica masa maradoniana es un tipo a contramano de la argentinidad. De ahí sus moretones. Un renegado. Es verdad que a Messi lo precede Maradona, su tono delictual, su machismo acosador, la prepotencia de su picardía, el nacionalismo alto, la imperfección moral aceptada entre los que suben y desafían a la autoridad, el despilfarro. Pero lo que nos trae Messi para reemplazarlo de una vez, no es, por opuesto a todo esto, menos telúrico. Messi no es trans, ni judío. No deja de entrenar para encerrarse a leer a Anne Carson. No se desinteresa franciscanamente del mundo material. No es tan raro. Es, a su modo muy propio, una bola de estereotipos no menos central para forjar a la Patria que los que arrastra su némesis imaginaria: el que triunfa afuera del país, el que demuestra que con esfuerzo todo se puede, el que se caga un poco en la Argentina, competitivo, el hombre casado, la novia de la infancia, los dos hijos con los que despliega la paternidad propia de una masculinidad de baja intensidad, apetecible y actual.

 

La gente se muere por un tipo así. ¡Se muere! Da lo que sea por dejar atrás la mística maradoniana del ’86. Se corta un brazo para salir del recuerdo tedioso de ese pasado perfecto. Lo que la masa clama, necesita, exige, es que alguien se haga cargo. Entre otras cosas porque sólo cuando él, México y Villa Fiorito puedan ser recordados como historia, se hará más fácil separar a esa maravilla irrepetible del balbuceo incoherente arrastrado de un set de televisión, la Argentina maradoniana manufacturada, ajena, actual. Como mito fundante, la Argentina maradoniana está más podrido que maduro. Es un reflujo, un recital de los Rolling Stones de esos de los que uno sale excitado porque Mick Jagger aún puede caminar sin bastón, y los fuegos y las pantallitas. El cotillón. Hay que inyectarse los goles del 86 en la retina para aguantar el cuerpo gordo y a la deriva. Nadie está investido en ese Maradona. Maradona no está investido en eso ni un centímetro más allá de los motivos financieros evidentes, hastiado de no tener futuro, de las casas gigantes y desamuebladas por las que deambula, irremontable.

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En la Argentina no hay triunfalismo messista no porque falte messismo, sino porque falta triunfo.

 

Por que faltó un equipo cerca y adelante suyo para salir rápido y recibir despejados (como en dos de los tres goles de la final del ’86). Un número 9 que no desaproveche los generosos 7,32 metros que tiene delante suyo tres veces, tres finales. Hasta un Messi más ajustado como técnico de facto, menos agotado a los 29 años. Y la atención se centra en él no porque sea discutido sino porque es el mejor jugador del mundo. Y se torna en frustración no porque su fenotipo provoque rechazo en la masa sudorosa, sino todo lo contrario, porque la selección en la que todos quieren poner un punto de referencia para dejar de hablar de México 86 no logra ganar una copa. Esa selección es Messi. Nadie llega a la hora del partido desbordado por ver cómo le iba a Funes Mori. ¡Ni Funes Mori!

 

Le damos sentido a la experiencia con el lenguaje existente. Pecho frío, cagón, apátrida, calculador. El lenguaje es de la Argentina maradoniana que emerge de México ’86. No lo van a comparar con el marasmo España ’82 o el melonazo de Alemania ’74 (jugó seis partidos, ganó uno. Contra Haití). El lenguaje no es neutro, es cierto. Cada palabra tiene su peso. Pero el lenguaje tampoco es transparente; su relación con la realidad que construye, menos aún. La relación que los individuos y las masas establecen con las palabras de su cultura es muchas veces retórica, ambigua. La selección pierde y Messi queda sepultado bajo el clamor “Messi Puto”. Pero si un día Messi anuncia que tiene novio y al día siguiente gambetea a seis y lleva una copa del mundo a Buenos Aires, va a ver millones en Ezeiza esperándolo con la bandera del arco iris.

 

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El amparo precario de la liturgia maradoniana con la que se lo sacude a Messi cada vez que la selección pierde una copa es más bien un lenguaje sintomático que evidencia las carencias más que la vitalidad de esos recursos. La maravilla de Messi, en su especificidad, en su belleza democrática, no encaja en nada de lo que expresa esa lengua vieja. Y la principal razón por la que no emerge un idioma distinto para festejarlo es que, por ahora, no hay nada para festejar.


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