Los sacudones que produjo la marcha del 21F resquebrajan el discurso de la aceitada y calma hegemonía. A partir de las teorías perfomativas de la asamblea de Judith Butler, Flavio Rapisardi hace una lectura de la movilización para volver a discutir términos como “diversidad”, “precarización” y “moyanismo social”.  



Fotografías interior: Leo Patti y Walter Matijasevich

 

La inacabada dialéctica neoliberal “winners-losers” puesta bajo la lupa de movilizaciones como la del 21F, deja lugar a modos y experiencias compartidas de construcción de sentido. Rocanrrol entre maestras y camioneros. Diálogos entre fuerzas que durante el proceso kirchnerista asfaltaron por acción consciente, inconsciente u omisión el desembarco corporativo internacional en el aparato del Estado. Diálogos con sectores de la izquierda poco permeables a atisbos pragmáticos. Los cuerpos reunidos en la calle, como diría Judith Butler, es un ejercicio performativo de derecho a la aparición, es decir, una reivindicación corporeizada de una vida más vivible.

 

Para el liberalismo, la aparición de cuerpos valen 1=1: la metafísica liberal del sujeto político cree otorgar el mismo valor (oportunidades, acceso, satisfacción, participación) sin importar las condiciones de existencia de esos cuerpos. Pero todxs sabemos que desde la apariencia, intensidad de melanina, los géneros, la edad, la clase, entre otras cuestiones, hacen de esa igualdad una quimera. Gilbert Simondon fue contundente: “el individuo es una parcela de un todo actualmente existente”.

 

 

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El estatuto legal puede ser jánico, como sostiene la Teoría Crítica del Derecho, ya que la fuerza de la declaración de la igualdad y de la libertad (la fraternidad debería ser recuperada) abre campos de acción, pero el nuevo dispositivo cultural-comunicacional del neoconservadurismo corporativo mundializado minimiza la cara liberadora a partir de repiqueteantes campañas de desprecio y  precarización de grupos, en situaciones concretas y no eternas, pero efectivas en su cenit como el contemporáneo.

 

Pero es un error utilizar el calificativo “precarizado” de manera singular: existen precarizaciones. Como sostiene Judith Butler, la “precariedad” deber ser “averiguada” ya que no es un mero carácter existencial, sino una producción cultural (y por eso “material”) que reproducen complejas redes institucionales nacionales y supraestatales. Es decir, la “precariedad” es un “condición impuesta políticamente” y activa, relacional que se distribuye de manera diferenciada como modo de agitar el gallinero mientras el patrón de estancia realiza su faena.

 

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Lo que los medios hegemónicos se dedican en estas horas a espetar y desgranar en tonos sentenciosos como “demasiada diversidad”, “grupos disimiles que nunca podrán articular una fuerza común” y falta de homogeneidad por el faltazo (repetido desde los 80) de los  gordos cegetistas, es, a la luz de una teoría de la precariedad no solo una manifestación de los modos de maquinación y reproducción del capitalismo contemporáneo, sino también una situación novedosa en tanto esa “aparición” conjunta de sindicatos, movimientos sociales, sectores religiosos, distintas fuerzas de izquierda, sueltxs, el peronismo en su diversidad y seccionales rebeldes de los “gerentes de obras sociales” no debilita el famoso acto pro Cristina que Moyano supo congregar en el año 2011, sino que, por el contrario crea novedosas condiciones para acción conjunta en un marco novedoso al que llamamos 21F.

 

Lo que estrechamente algunos denominan “moyanismo social” para establecer diferencias entre grupos según sus sueldos y grado de formalidad laboral por rama de producción o servicios respecto a los movimientos sociales y sus articulaciones socioterritoriales, y establecer allí un antagonismo de desprecio sobre el que las derechas mundiales están construyendo nuevos consensos, no tiene el valor de una verdad natural, sino que es una clara estrategia producida y por lo tanto deconstruible.

 

En este sentido Judith Butler sostiene en su ponencia “Cuerpos en alianza”: “Podría pensarse que estas manifestaciones multitudinarias no eran más que una forma de expresar el rechazo colectivo a la precariedad impuesta en términos sociales y económicos. Pero en realidad son mucho más que eso. Lo que vemos cuando los cuerpos se reúnen en la calle, en la plaza o en otros espacios públicos es lo que se podría llamar ejercicio performativo de derecho a la aparición, es decir, una reivindicación corporeizada de una vida más vivible.”

 

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El efecto performativo del “actuar unidos” aún en columnas diferenciadas, marcadas con logos, cordones de seguridad y/u ocupaciones espaciales no es una acción social predecible (como no lo es la “lucha de clases”, vade retro marxistas necons) es algo más que una expresión de un rechazo. Es, volviendo a Butler, “una reivindicación corporeizada de una vida más vivible” que pone  en jaque la “autoresponsabilización neoliberal” que culpabiliza a los que pierden, conformando la reaccionaria concepción de una sociedad meritocrática de winners y losers. La aparición conjunta, el roce de estas diferencias no son por ningún fundamento previo una plataforma de un discurso de abyección  de sectores agremiados  contra migrantes también laburantes y/o desocupados, sino que puede producir su contrario, el paso de una autoresponsabilización articulada en lo que Lauren Berlant en su “teoría de los afectos” caracteriza como sentimiento de descarte, prescindibilidad y desecho, a una noción de “responsabilidad social” tanto en la producción de la precariedad como de las condición de libertad e igualdad.

 

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Las diatribas de la derecha que van del ninguneo a un discurso que pretende construir las causas de la propia aparición conjunta en el maltrecho accionar del Poder Judicial, son el grito de dolor ante los sacudones que produce la emergencia (provisional, contingente y no por eso no importantes) de modos de soberanía popular que resquebrajan el discurso de un pretendida aceitada y calma hegemonía.

 

Jaquear la autosuficiencia de la moral individualista implica reconstruir afectos y modos de circulación de cuerpos, es decir, de resubjetivaciones emancipatorias que deberán  producir un conjunto de procesos que funden la necesaria infraestructura de procesos políticos que se hará en el andar de luchas y derechos defendidos y consagrados. Hubo una emergencia, una aparición colectiva que no borra la idiotez ni la negación.

 

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