Al cumplir cien años de vida, las naciones latinoamericanas buscaron establecer una continuidad entre el pasado y el presente para repensar su capital simbólico y su patrimonio cultural. ¿Qué relaciones emergen entre la identidad cultural y algunas estrategias de hacer patria, como las colecciones en los museos? En este adelanto de “El museo vacío. Patrimonio cultural e identidades colectivas Argentina- Brasil 1880-1945”, Álvaro Fernández Bravo (Eudeba), analiza algunos de los debates, críticas y denuncias que minorías e intelectuales públicos realizaron en torno a la constitución de mitos e imágenes nacionales.



Divisiones centenarias: profanación, consagración y rituales cívicos en las Celebraciones Centenarias Latinoamericanas

 

Los procesos de distribución del capital simbólico durante las celebraciones de los primeros Centenarios de las independencias en las naciones de América Latina (1910-1922) ofrecen una coyuntura oportuna para explorar la formación del patrimonio cultural en la Argentina y el Brasil. La representación de la identidad colectiva apeló a la cultura material como cemento y plataforma de las conmemoraciones cívicas a través de monumentos y monografías que acompañaron las celebraciones y dejaron testimonio de ellas. Los Estados nacionales, ya consolidados y capaces de ejecutar políticas públicas (la Argentina, México y el Brasil en sus respectivos Centenarios, a pesar de la inestabilidad política en el último), consagraron entonces mitos nacionales que fueron materia de críticas y denuncias por parte de minorías e intelectuales públicos. Estas respuestas cuestionaban el significado y el perímetro de la subjetividad colectiva tal como se la proponía. Las divisiones urbanas y la carencia de derechos cívicos de las minorías (mujeres, inmigrantes, indígenas, negros, mestizos, analfabetos, etc.) se volvieron más evidentes, al tiempo que proliferaron representaciones de la nación como una comunidad continua, sólida y homogénea. Estas imágenes, al volverse más tangibles en monumentos, museos, libros y eventos públicos –como simposios y conferencias–, así como en la cultura visual generada en torno a los Centenarios, fueron contestadas y sometidas a réplicas que permiten identificar un desacuerdo manifestado en textos y ensayos de diversa índole.

 

Para elaborar un marco teórico preliminar de los Centenarios, este capítulo propone interrogar el contraste entre las imágenes públicas nacionales en algunos países latinoamericanos y las resistencias a esas mismas imágenes de sectores subalternos representados por escritores y activistas.

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El patrimonio cultural donde los Centenarios quedaron fijados plantea un problema teórico: se trata de duplicaciones que disputan a los acontecimientos conmemorados su propio peso y desvían o redirigen la atención hacia ellos mismos –ficciones monumentales, narraciones de la nación plasmadas en iconografías–, con lo que la cultura material adquirió relevancia y protagonismo como centro del debate público. La re-presentación entraña siempre una forma de división y fragmentación que opera en manos del poder y a la vez se constituye ella misma en acontecimiento y, por lo tanto, en objeto de polémicas donde política y cultura se intersectan. Las contestaciones a las celebraciones centenarias multiplicaron las capas de sentido en un contexto de emergencia de la democracia de masas, donde la prensa y la politización generalizada del espacio público habilitaron el surgimiento de una red discursiva que estudiaré en este capítulo.

 

Separaciones, profanaciones

 

Me interesa ofrecer una lectura de las divisiones culturales producidas por las celebraciones de los Centenarios en América Latina, particularmente en relación con la distribución del capital simbólico y la conceptualización del tiempo histórico implícita en los festejos públicos. La elaboración de una hipótesis sobre la división, como efecto simbólico relevante de un evento asociado con la alianza colectiva y la unidad nacional, puede parecer inadecuada.

 

Sin embargo, mi interés se dirige a la consagración de imágenes patrióticas, una práctica que exige el reacomodamiento del patrimonio cultural y la proclamación de mitos nacionales que fueron parte de un culto cívico. Me propongo leer el significado de los Centenarios en el marco de una religión secular nacional moderna, que asignó en ese momento un determinado valor histórico y conmemorativo a episodios y personajes que fueron canonizados dentro de una doctrina estatal concebida para educar una población cosmopolita, a la que se consideró necesario adoctrinar en el culto del pasado nacional (Chastel: 1986; Riegl: 1987).

 

Lo sagrado, como sostiene Jean-Luc Nancy (2003), significa aquello que está separado, lo que se pone aparte, se remueve y se recorta. Las imágenes nacionales, del mismo modo que las religiosas, están separadas de su contexto, distantes e intocables, pero también son empleadas con un propósito unificador, manipuladas con la intención de reflejar una subjetividad múltiple y contribuir mediante efectos performativos a la construcción de una subjetividad unificada y monolítica, como los monumentos que pretendían conmemorarla. Como sabemos, el sujeto colectivo es una materia compleja, llena de huecos, zonas ciegas y quiebres, a pesar de que su superficie aparezca como continua, espejada e ininterrumpida. Las imágenes ofrecen un terreno apropiado para explorar las tensiones reveladas en una iconografía que continúa siendo relevante cien años más tarde.

 

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Durante el Centenario, la representatividad de esas imágenes comenzó a ser discutida y en los Bicentenarios, particularmente en algunos países latinoamericanos, esa discusión regresó con fuerza, como en el caso de Bolivia pero también en la Argentina y Chile. El presidente boliviano Evo Morales ha denunciado abiertamente la dominación sobre las minorías étnicas en nombre del Estado-nación y ha propuesto un Estado plurinacional, capaz de reemplazar una estructura política percibida como anacrónica y poco democrática. En la Argentina, los reclamos de las comunidades indígenas por la recuperación de cuerpos y esqueletos retenidos en museos ha cuestionado esta estructura de modo análogo (Lazzari: 2003; Fernández Bravo y Cárcamo-Huechante: 2010).

 

Las comunidades mapuche y aimara han expresado su voluntad de hablar por sí mismas y un deseo de evitar ser representadas por un Estado nacional que consideran ajeno a sus intereses. Por lo tanto, voy a explorar estas imágenes en su inscripción sobre la superficie de la cultura nacional, como un proceso de división explícita, antes que como huellas de la unidad colectiva.

 

La segunda división que quiero interrogar es la separación temporal. Al cumplir cien años de vida, las naciones latinoamericanas miraron hacia atrás y hacia delante, y procuraron establecer una línea entre el pasado y el presente para postular una reorganización y una nueva cotización de su capital simbólico.

 

En América Latina, la necesidad de retratar una imagen nacional distintiva y cohesionada abrió un debate sobre el significado de la nacionalidad. La separación del tiempo en siglos resulta en sí misma una forma de marcar una división cronológica entre dos eras. Mi argumento es que las divisiones centenarias crearon nuevas imágenes. Estas imágenes fueron compuestas por fragmentos cercenados, escindidos e integrados en un esfuerzo por sostener la unidad imposible de la comunidad. Fue una actividad que requirió la producción de tradiciones, como numerosos autores han demostrado, pero también la profanación y la reconversión de “materias primas” –como folclor, leyendas y mitologías indígenas recolectadas por investigadores y científicos como Robert Lehmann-Nitsche, Samuel Lafone Quevedo, Juan Bautista Ambrosetti y más tarde Ricardo Rojas, según veremos en el capítulo 6–. Estos materiales fueron procesados y convertidos en algo diferente, divididos y reenmarcados en colecciones de museos y en libros.

 

En el caso de la Argentina, las expediciones para apropiarse de cultura material y reliquias obtenidas en el interior del país y equipar los museos nacionales con ellas estuvieron muy activas durante el Centenario. Tuvo lugar entonces un proceso masivo de (re)producción cultural, reubicación y manufactura del capital simbólico, particularmente en la dimensión iconográfica, la estatuaria y la producción científica. El tiempo ocupó un lugar clave, en la medida en que numerosos objetos que pertenecían a grupos indígenas fueron expuestos como artefactos históricos, reliquias expropiadas de su contexto, y exhibidos en museos mientras los grupos humanos que los empleaban estaban todavía activos. La profanación fue una práctica frecuente entre los arqueólogos, ávidos por recolectar cultura material y patrimonio intangible supuestamente en riesgo de pérdida. La composición de esta imagen ofrece un conjunto de problemas que merecen ser explorados.

 

El contraste entre la imagen y el referente disparó la crítica y los ataques tanto desde posiciones nacionalistas como de minorías y sectores anarquistas, como en el caso del escritor brasileño Afonso Henriques de Lima Barreto. En sus crónicas de las celebraciones del Centenario, Lima Barreto criticó la falsificación y el gasto realizados en Río de Janeiro con el propósito de preparar la ciudad para la exhibición que tuvo lugar en 1923. Esa exhibición produjo gigantescas transformaciones urbanas y desplazamientos de grupos humanos, particularmente de los sectores populares que habitaban el Morro do Castelo, en su momento dinamitado y reemplazado por edificios lujosos en una enorme reforma urbana sin precedentes (Fernández Bravo: 2006). Transformaciones similares ocurrieron en México y Buenos Aires, imitando las reformas de Hausmann en el París del Segundo Imperio, donde los debates en torno a la preservación del patrimonio cultural alcanzaron uno de sus puntos más altos (Choay: 1996; Chastel: 1986).

 

Ni la Argentina ni el Brasil, Chile, México o el Uruguay habían tenido éxito en el proyecto de comunidades los suficientemente inclusivas para proclamar la consumación del modelo nacional que los líderes de la emancipación y los letrados que articularon los modelos republicanos habían postulado. Esto resultaba bastante obvio para los escritores y activistas políticos, que atacaron y denunciaron la imperfección del Estado, el fracaso de la modernización, la falsedad y el filisteísmo de las escenografías montadas en los Centenarios. Mi propósito consiste en estudiar la distancia entre la imagen gubernamental y el referente real, que era el punto central cuestionado por los escritores y cronistas de la época. Las grietas amenazaban la solidez de los monumentos y las imágenes compuestas, a pesar del ánimo oficial por mostrar un retrato sólido y sin fisuras de la nación. Voy a enfocarme en un conjunto de imágenes, postales, fotografías y monumentos para evaluar el modo en que fueron empleados, recortados e inscriptos con el objetivo de construir las representaciones de la nación en la Argentina del Centenario.

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De hecho, el Centenario fue un momento de clara definición de imágenes en la cultura material: monumentos, museos y colecciones de objetos y obras de arte fueron reunidos en pos de crear un espejo de la memoria colectiva. Estas imágenes transformaron las ciudades y capturaron representaciones de la historia nacional. El Monumento al Centenario, también conocido como “Monumento a los Españoles”, en Buenos Aires, considerado una de las esculturas art déco más grandes del mundo, fue concebido para las celebraciones del Centenario en homenaje a la reconciliación entre España y la Argentina. El monumento fue diseñado por tres escultores españoles que murieron sucesivamente antes de completar su trabajo. Aunque sólo fue inaugurado en 1927, la Infanta Isabel de Borbón puso la piedra fundamental de la obra cuando visitó la Argentina para las fiestas de 1910. La imagen 7 muestra, por lo tanto, un monumento que ni siquiera existía durante el Centenario y que no fue terminado hasta 17 años más tarde.

 

La postal, además, permite reconocer la artificialidad de toda imagen, su distancia con respecto al referente y la genuina producción de una presencia que todavía perdura pero que en rigor funciona sobre el eje temporal como una construcción del pasado, al mismo tiempo que el pasado servía para construir una subjetividad en formación (Taussig: 2006, 67). El Centenario dejó marcas perdurables en la ciudad y en la historia nacional. Otras imágenes permiten ver a la nación como una mujer que protege a los pobres y que posa junto a los héroes nacionales.

La postal que se reproduce en la imagen 8 incluye a un número de hombres prominentes: Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta de Gobierno en 1810, rodeado de los presidentes argentinos desde 1862 hasta 1910. Esta imagen, como otras que circularon en el momento –como una estatua de tres caras con los rostros de Las Heras, Mitre y Rivadavia, o una postal de Sarmiento contemplando edificios públicos de la época– permite reconocer el proceso característico de mezcla y combinación de pasado y presente que ocurrió durante el Centenario, una configuración de la contemporaneidad característica de esa articulación temporal.

 

En la Argentina, como en México y el Brasil, “el Centenario intentó combinar identidad con la nación con identidad con el régimen, y asociar la formación del Estado y la cultura cívica con los líderes liberales y sus políticas” –señala Mike Gonzales (2007) en referencia al caso de México en 1910. En este sentido, la división temporal no funcionó correctamente cuando las elites intentaron fundir el régimen político imperante con el pasado histórico.

 

Este esfuerzo fue percibido con escepticismo e indignación por diversos testigos la época. Como muchos investigadores lo han demostrado, el impacto de los activistas anarquistas, socialistas y comunistas a comienzos del siglo XX afectó el clima social en varios países de América, adonde muchos llegaban huyendo de las persecuciones en Europa. Sin embargo, escritores nacionalistas –como Manuel Gálvez, en la Argentina– también criticaron las festividades por su frivolidad y su elogio del cosmopolitismo, que era percibido como una amenaza a la tradición.

 

Estos procesos han sido suficientemente estudiados (Sarlo y Altamirano: 1980; Sorensen: 1998); me gustaría efectuar una aproximación más profunda interrogando las imágenes como un lugar de condensación simbólica y procurando observar la brecha entre las imágenes mismas y lo que los cronistas de la época vieron y escribieron sobre su entorno.

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Las imágenes, por sí mismas, no carecen de interés. Por el contrario, el Centenario continúa siendo entendido en la Argentina como un momento de prosperidad, riqueza, cohesión y unidad. Sin embargo, el hiato entre la imagen y la percepción de los contemporáneos muestra algo que me gustaría explorar: la relación entre la imagen y lo real. Las imágenes se proyectan sobre lo real (lo crean), pero también se distancian y producen, por lo tanto, una tensión. Para estudiar esta división, se exponen en este capítulo documentos como postales, fotografías e imágenes etnográficas de pueblos indígenas para discutir el proceso de recorte e inscripción de esas imágenes en la tradición nacional.

 

Las imágenes fueron criticadas en crónicas y escritos, dado que siempre son algo diferente de lo que representan. “La imagen es una cosa que no es una cosa: se distingue de ella, esencialmente” –señala Nancy (2003, 13, traducción mía). La distancia entre la imagen y su referente fue el blanco principal de las críticas por parte de escritores y testigos como Roberto Payró en el Centenario argentino y Lima Barreto en el del Brasil, entre muchos severos críticos de las celebraciones. Ambos desconfían de las imágenes en una posición de largo aliento que recorre el pensamiento occidental desde Platón a Guy Debord. Payró habla del Centenario y, en referencia al concurso arquitectónico del proyecto, dice: “La celebración del Centenario debe ser más moral que material. […] Basta una solemnidad en que el pueblo tome parte con toda su alma, y cualquier cosa tangible que la conmemore luego perpetuando su memoria: un monumento o una simple inscripción. Hay que comprender que lo ensalzable es el 25 de mayo de 1810, no el 25 de mayo de 1910” (Payró, “Las píldoras del Centenario”: 1909, 18). El argumento contra las festividades resulta similar en toda la región: las imágenes nacionales no reflejan la realidad, atravesada por problemas sociales. Ellas no representan a la comunidad, o representan una imagen falsa, porque en rigor toda imagen está más próxima a lo imaginario que a lo real. La imagen, continúa Nancy, hace presente, muestra en el sentido etimológico de monstrare, que resulta asociado con el monstruo, lo grotesco, algo que se sale de sí mismo y desborda el marco que lo contiene (Nancy: 2003, 47).

 

Las postales muestran la confusión cronológica entre pasado y presente señalada por los escritores: Payró nota que la apropiación de las glorias nacionales pasadas funciona ahora como una consagración ejecutada por los contemporáneos en su propio beneficio, al ubicarse ellos mismos dentro del mismo grupo celebrado. Se trata de un proceso creado para beneficiar a las elites en el poder, al ponerse junto a los padres fundadores de la nación como si fueran contemporáneos.

 

La división temporal del Centenario convocó a una discusión sobre la temporalidad de la nación, subrayando los límites del pasado heroico y los efectos políticos de los mitos cuando éstos proyectan su sombra sobre el presente. Las críticas a los festejos también funcionaron bajo una lógica profana y procuraron, así, derrocar aquellas figuras que no merecían compartir el podio con los héroes nacionales. De este modo se dividía lo puro de lo impuro al mismo tiempo que se contribuía a una consolidación de los auténticos héroes nacionales. La profanación y la sacralización son a menudo procesos simultáneos y paralelos, como se aprecia en este caso (Agamben: 2005, 98).

 

Así puede observarse, a partir de las postales seleccionadas, el intenso debate en torno a las imágenes que tuvo lugar durante el Centenario, al mismo tiempo que se consagraban íconos nacionales en el espacio público. Las imágenes están cargadas de violencia, ya que siempre implican una forma de separación para crear otra cosa. Diversos autores han discutido la relación entre imagen y sacrificio, en la medida en que la imagen implica la producción de una nueva presencia y no sólo la representación de algo previamente existente (Antelo: 2004; Bataille: 2003 [1970]; Caillois: 1942). Volveré sobre este punto al final del capítulo.


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