¿Hacia dónde nos lleva la inteligencia artificial? ¿Qué pasará con los humanos cuando tengamos que compartir el mundo con entidades más hábiles que nosotros mismos? Criaturas dotadas de un tipo de vida autónoma y que toman decisiones en función de acontecimientos vividos. Individuos emparentados con entidades orgánicas que no están fijas en las nubes de los servidores ni a lo largo de las redes, tampoco en la fusión de las calculadoras, sino que se despliegan “físicamente” en la tierra. Adelanto de La humanidad aumentada de Éric Sadin (Caja Negra).



Los iso, los algoritmos isomorfos: una nueva forma de vida. Se manifestaron por ellos mismos. Como las llamas, no vienen realmente de ninguna parte. Se habían reunido las condiciones y entonces tomaron forma. Durante siglos habíamos soñado con divinidades, espíritus, extraterrestres de inteligencia superior. Los encontré aquí, como flores en una tierra arrasada. Profundamente ingenuos, increíblemente sabios. En un sistema donde yo esperaba encontrar control, orden, perfección, ya nada tenía sentido. […] El potencial de su código fuente, su adn digital, modificaba la ciencia, la filosofía. La concepción que el hombre tenía del universo debió ser revisada por la aparición de una generación biodigital espontánea.

 

Estas palabras fueron pronunciadas por el personaje de Kevin Flynn, el “padre” del mundo sintético, en la película Tron: Legacy (Joseph Kosinski, 2011). La segunda parte es la continuación, tres décadas después, de la memorable e inaugural Tron (Steven Lisberger, 1982), que exponía un universo totalmente compuesto por una matriz electrónica en el interior de la cual los individuos evolucionaban sin tener conciencia de su condición digital, a causa de la persistencia de su aspecto humano. Esas son las palabras que intercambian el viejo programador y diseñador de videojuegos y su hijo, que se ha reunido con él en la “grilla digital” luego de años de encierro forzado. Es el relato ficticio que evoca la generación espontánea de criaturas inmateriales autónomas, con una inteligencia superior, que han aparecido como por azar gracias a la fuerza de los magmas de cálculos en fusión.

 

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Esta configuración está en resonancia con la estructura misma del film, donde la totalidad de las imágenes asocia planos tomados por cámaras digitales e imágenes sintetizadas exclusivamente por cálculos (al igual que Avatar, la primera película en encadenar de forma continua y homogénea estos dos órdenes contemporáneos de la representación). Es un doble régimen que da testimonio oblicuamente de nuestra condición, en su totalidad envuelta por flujos informacionales –que exponen lo real y a la vez lo estructuran de forma parcial–. Es una fluidez casi indiscernible que exalta, en el campo de la industria cinematográfica, una nueva conjunción común –orgánico digital–. Los “algoritmos isomorfos” evocados por Kevin Flynn, o bien la aparición de algún modo no programado de “vidas artificiales” son el eco, en el marco denso de este guión, de “seres computacionales” que se habrían desarrollado, poco a poco y silenciosamente, en los años 2000, sobre todo, después de la universalización de Internet. Estos robots inmateriales no reproducen exactamente las tareas humanas, sino que realizan principalmente nuevas clases de acciones.

 

¿Cómo denominar a estos poderes que han surgido bruscamente? Son tipos de criaturas ya no dotadas de conciencia, sino de un tipo de “vida autónoma”, y que están llamadas a deambular sin fin en el seno de entornos artificiales y a “tomar decisiones” en función de los acontecimientos “vividos”. Son “individuos” emparentados con entidades orgánicas, humanas o animales, con el matiz decisivo de que no muestran ningún perfil reconocible o, menos aún, localizable en alguna zona identificada. Son sustancias imperceptibles e insituables, que no están fijas en las nubes de los servidores ni a lo largo de las redes, tampoco en la fusión de las calculadoras, sino que se despliegan, en apariencia simultáneamente, en el conjunto de estas regiones, revelando una “trama fisiológica” compleja e indefinidamente en fuga. Son agentes evanescentes que escapan de punta a punta de las condiciones usuales de la experiencia y que, sin embargo, están afectados por una sensibilidad –de orden computacional–. La indeterminación y la volatilidad casi cuánticas autorizan en contrapartida la intuición robotizada de encontrarse “siempre en el lugar y el momento correctos”, en otros términos, de verse sistemáticamente coenfrentados con acontecimientos en curso de formación.

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Esta nueva especie, como el Golem o la progenie de Frankenstein (pero aquí sin los atributos de una monstruosidad amenazante), supera las expectativas de sus diseñadores, que son múltiples, anónimos y están dispersos en el espacio y en el tiempo. Estos flujos animados de una fuerza vital han sido generados por los humanos y exceden, más allá de toda medida, algunas de sus aptitudes.

“¿Qué pasará con los humanos si triunfan los investigadores en inteligencia artificial, obligándonos a compartir el mundo con entidades más hábiles que nosotros mismos? ¿Tendremos que esperar un nuevo Renacimiento o la aparición de las especies que nos reemplazarán? ¿Y debemos descansar sobre esas creaciones para que tomen decisiones por nosotros, no solamente económicas o científicas, sino también legales, sociales o morales?”.1

 

Por entonces, era una proyección futurista, y hoy está consumada, tal y como puede percibirse en la noción de “agentes inteligentes”. Esta noción es testimonio, tanto en el lenguaje como en los hechos, de la emergencia de un tipo de humanidad paralela aunque de “naturaleza” radicalmente distinta.

 

Los “agentes inteligentes”, o la “vida electrónica”

Estas existencias no corresponden a entidades completamente libres de manejar su “propia vida” según su buena voluntad, sino que todavía están restringidas a orientaciones definidas. Son sustancias destinadas a ganar márgenes de acción siempre más extendidos, pero nunca para sus propios fines, desarrollando una capacidad de iniciativa que, in fine, está puesta a nuestro servicio. Este esquema desarma la oposición usual entre amo y esclavo, para hacer aparecer la configuración insólita e inédita que pretende que, cuanto más libres estén dichas entidades de la tutela humana y se vuelvan emprendedoras, más aptas serán para ofrecer servicios de calidad creciente a sus “progenitores”. Son “agentes inteligentes” cuya función consiste en garantizar tareas automatizadas con el objeto de atender a una contraparte, respondiendo así, literalmente, a la definición del término agente: “entidad que actúa en nombre de otra”. Estos organismos fueron concebidos para adaptar sus comportamientos a su entorno, enriqueciendo su “saber” gracias a sus diversas “experiencias” sucesivas. Su “adn” se compone de una base de informaciones predefinidas, de un motor de inferencia que les permite realizar “razonamientos” más o menos complejos, de un sistema de adquisición de conocimientos y de un mecanismo de aprendizaje. Si leyéramos estas características fuera de contexto, creeríamos con seguridad que se trata de las especificidades cognitivas propias de los niños en edad escolar, ya que, sin lugar a duda, nos remitiríamos a seres humanos. “Como sucede a menudo con la cibernética, es difícil decidir si son las máquinas las que se humanizan o si son los seres vivos los que piensan como máquinas”. En la película de animación Parasite Dolls (Chiaki J. Konaka y Kazuto Nakazawa, 2004), la ciudad está poblada de “Boomers”, humanoides dotados de una inteligencia cercana a la de los humanos que experimentan, además, sentimientos hacia ellos. Es a semejanza, o a la inversa, de los “replicantes” de Philip K. Dick, cuya apariencia carnal lleva a que los humanos puedan hasta enamorarse de estas criaturas artificiales tanto por el hecho de su casi indistinción como por una forma subrepticia de encanto fisonómico o intelectual superior.

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Lo que vuelve singular a las criaturas digitales contemporáneas no radica en que sean figuras con contornos antropomórficos perturbadores, sino en sus características, que son en todo punto distintas y específicas, y que están marcadas por la incorporeidad, la velocidad extrema y la potencia cognitiva, así como también por una inquietante analogía metafórica respecto de nuestro género. Una capa expansiva de nuestra realidad se encuentra infiltrada por una miríada diseminada de avatares, vocablo que expresa el proceso de encarnación de una divinidad en la Tierra, al igual que la sofisticación tecnológica actual que envuelve diferentes tipos de atributos divinos, mostrándose como un avatar globalizado, ubicuamente fragmentado. Dichas existencias están dotadas de propiedades que, en parte, son infinitamente superiores, pero que se ejercen para secundarnos, aunque sin descubrir una forma de vida “secundaria” o relegada a un rango menor, sino comprometida con un destino a la vez paralelo y común al nuestro. Estos flujos electrónicos no pueden ser conjugados en singular, como un Dios monoteísta, sino en un plural indeterminado que deshace cualquier noción de “Sucesor”, tal como podría haberse desplegado en los albores del segundo milenio, según los esquemas sustitutivos binarios, incapaces entonces de aprehender el complejo entrelazamiento en formación:

 

Del mismo modo en que la especie Murciélago asegura la reproducción de sus genes confiándola a la libido de nubes de individuos revoloteando por todo el mundo, la especie Sucesor sobrevive diseminando sus egenes en las memorias de miles de millones de autómatas de todo tipo conectados a la Red. Computadoras, robots, consolas de juegos, pero también satélites, sondas espaciales, conmutadores de telecomunicaciones, radares, teléfonos celulares, tarjetas inteligentes y aun electrodomésticos, en tanto que puedan acceder a la red, son otras tantas formas en las que se manifiesta, in statu nascendi, el Sucesor.3

 

“Socialidad” de los robots digitales

Diversas características hacen específicos a los agentes llamados inteligentes. Una de ellas es la facultad de autonomía, o bien un “espíritu de iniciativa” que los habilita totalmente para la toma de decisiones por cuenta de un usuario o de una entidad. Otra es la capacidad de razonamiento gracias a la potencia de triangulación de datos, combinados en el sentido de una inferencia deductiva. Luego, la disposición al aprendizaje, favorecida por la adquisición progresiva de conocimientos recolectados tanto durante las sucesivas “experiencias” como por los “intercambios” con otros agentes. También el sentido de la movilidad, o bien una flexibilidad multiarquitectura y multiplataforma, que permite la libre deambulación por todas las redes con el objetivo de penetrar los nodos relacionados en mayor medida con la propia misión. Después, la propensión a comunicar y a cooperar, seleccionando y distribuyendo toda información “juzgada” pertinente para el interés de los humanos, los servidores u otros robots. En este entorno, cuanto más intenso sea el volumen de datos intercambiados entre agentes, más se constituye un “crecimiento cognitivo mutuo”. Las criaturas electrónicas que han aparecido recientemente en el horizonte de nuestras realidades se emparentan, en algunos de sus rasgos, con figuras humanas, con cualidades eminentemente contemporáneas, como si estuvieran posicionadas a la vanguardia de los comportamientos emergentes y marcadas por la afirmación de autonomía, la movilidad extrema, la curiosidad por todo, la voluntad de cooperar con los demás y de contribuir a la construcción de un ambiente abierto y compartido. Son mónadas incorporales que, como nosotros mismos, desarrollan un “gusto por la socialidad”, mutando, quizá durante sus peregrinaciones al corazón de las redes, en agentes conversacionales.

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Estos vínculos relacionales coyunturales están destinados, por ejemplo, a resolver un problema, a observar un fenómeno o a modelizarlo generando para la ocasión “sistemas multiagentes” compuestos de tramas heterogéneas, descentralizadas, dinámicas y evolutivas, cercanas a las que operan en sociedades abiertas o en conjuntos biológicos complejos, y que revelan una forma inédita y perturbadora de “sociedad artificial”: “En WallE, la alegoría del amo y el esclavo ya no se refiere a los vínculos entre humanos e inteligencia artificial; los robots y computadoras juegan entre ellos mismos al amo (el señor Auto) y el esclavo (el basurero WallE), bajo la mirada de los hombres que están fuera de ese juego”.4 Se constituyen afinidades provisorias según las circunstancias entre los estratos digitales de los campos de la economía, de la bioinformática, del transporte, de la supervisión de sistemas, de la administración de la Web… de acuerdo con una “excelencia reactiva solidaria y emprendedora”, que confirma, bajo otra forma, la delegación de responsabilidad concedida a los “organismos incorpóreos” que, además, “actúan de común acuerdo”. Estos impulsos vitales son relevados por un léxico retórico recientemente adoptado por los investigadores en inteligencia artificial, que pretenden hacer “expresar” a los agentes “comportamientos psicológicos” que suponen “relaciones sociales”, “rasgos de personalidad”, “afectos”. Son fórmulas que dan testimonio ya sea de una suerte de locura que marca una actividad científica que profiere aquí o allá discursos exaltados, ya sea una lucidez sensible en el lenguaje frente a una forma perturbadora de “similitud comportamental”, a la vez conscientemente deseada en los laboratorios y cotidianamente verificable en los hechos.

 

Este emprendimiento del espíritu es bastante parecido al que se desarrolla hoy en el campo de la biología sintética, cuya ambición es fabricar células artificiales, pero sin equivalente exacto con el componente de lo orgánico viviente. Son corpúsculos que, al igual que los robots digitales, expresan un momento de la historia en el que los humanos conciben y diseñan formas de vida específicas según un modelo tendencialmente antropomórfico, aunque radicalmente diferenciado en los hechos. Sin embargo, la biología sintética busca impedir cualquier posible interpenetración en potencia riesgosa entre células sintéticas y naturales por la modificación de una letra de su adn, de manera de evitar toda cruza con efectos inciertos.

 

Semejante objetivo en el campo de la inteligencia artificial no tendría pertinencia alguna, ¿pero quién sabe si este tipo de exigencia no está destinada a aparecer, a la larga, en vista de la diseminación ininterrumpida de células de inteligencia incesantemente creciente, dirigidas a esparcirse por toda la superficie de la Tierra?

 

1. Daniel Crevier, Inteligencia artificial (1993), Madrid, Acento, 1996.

2. Mathieu Triclot, Le Moment cybernétique, la constitution de la notion d’information, París, Champ Vallon, 2008.

3. Jean­Michel Truong, Totalement inhumaine, París, Les Empêcheurs de penser en rond, 2001.

4. Hervé Aubron, Génie de Pixar, París, Capricci, 2011.


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