Un grupo de ex combatientes de Malvinas denunció a militares por torturar soldados durante la guerra. Pidieron que fueran sentenciados por crímenes de lesa humanidad. Hace unos días, la Corte Suprema rechazó el pedido en un fallo de sólo nueve líneas. El cronista y ex combatiente Roberto Herrscher analiza las implicancias de esa decisión, el estatus de los conscriptos y dice que esos delitos no deberían prescribir.



*Fotos pertenecientes al libro de María Laura Guembe y Federico Lorenz, Cruces. Idas y vueltas de Malvinas,  Buenos Aires, Edhasa, 2007.

 

Sí, soy un ex combatiente de la guerra de las Malvinas. Pero no, no es esa la razón por la que estoy indignado.

 

La Corte Suprema de nuestro país le da la espalda al grito de justicia de los veteranos de La Plata. Y en este pedido de justicia por las torturas cometidas contra soldados por sus jefes en Malvinas, aun los que no habían nacido en 1982 deberían sentir como propia la causa de esos chicos de los pozos de zorro en los montes alrededor de Puerto Argentino que, cuando llegaron las tropas británicas, ya estaban quebrados.

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El caso que presentan, décadas después de la guerra, los integrantes de la más consecuente e independiente asociación de veteranos, el CECIM de La Plata, debe hacernos reflexionar sobre muchas cosas: es un caso que nos apela y nos pinta como sociedad.

 

Primero, los hechos. En abril de 1982, unos 10.000 soldados de las tres armas fuimos enviados a las Malvinas en una operación pésimamente preparada, en la que no teníamos ninguna chance contra un ejército del Primer Mundo.

 

Los británicos venían ejercitándose contra las inclemencias del frío en campos de entrenamiento en el norte de Noruega, y de pelear en sus guerras coloniales en los cinco continentes. Venían armados y vestidos para ganar la guerra.

 

Nosotros dábamos pena. En su excelente documental sobre Los héroes de Miramar, el cineasta Laureano Clavero da voz a hombres todavía aturdidos y avergonzados por haber ido a pelear sin tener la más mínima idea de qué hacer en combate. Uno de sus testimonios dice que muchos de sus compañeros jamás pisaron el cuartel: como eran clase 63, una o dos semanas después de entrar a “la colimba”, fueron enviados a Malvinas.

 

Los testimonios de sobrevivientes de la guerra, desde el pionero Los chicos de la guerra de Daniel Kon hasta Iluminados por el fuego de Edgardo Esteban abundan en historias de este tipo. Salvo honrosas excepciones, nuestros jefes trataban a su tropa como carne de cañón.

 

Yo nunca había tenido en mis manos un FAL. Cuando me dieron uno en Malvinas, me dijeron que no podía gastar munición en prácticas. Si hubiera tenido que enfrentar a un enemigo, lo hubiera hecho con un fusil con el que no había disparado nunca. Pero ni siquiera hubiera llegado a eso: mi FAL se encasquetó con el agua de mar y no funcionaba. Nunca nos enseñaron a cuidarlo para que pudiera salvarnos la vida.

 

Cuando doy conferencias y charlas sobre Malvinas, pongo un ejemplo que, creo, sirve para explicar ese combate tan desigual: en el monte Longdon, en plena noche, los marines británicos venían con anteojos de visión nocturna, con fusiles con miras infrarrojas. Los chicos de Corrientes y de Salta, además de la falta de preparación, además del hambre y el agotamiento por pasarse tres meses en un pozo inundado, no veían un carajo.

 

Era como pelear con una venda en los ojos. Así nos mandaron a Malvinas.

 

Pero la causa que la Corte Suprema despacha en nueve líneas no es sobre la terrible falta de preparación, de medios o de buena dirección de la guerra. Es otra cosa: son torturas, tratos humillantes y degradantes.

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Por eso el CECIM pedía que un grupo de oficiales y suboficiales fueran sentenciados por crímenes de lesa humanidad. Los oficiales y suboficiales acusados no se defendieron diciendo que las acusaciones no son ciertas. Dijeron, en cambio, que el delito había prescrito. 

 

Los abogados del CECIM respondieron que no podían prescribir porque eran hechos de lesa humanidad, en la misma categoría y con la misma gravedad de las violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura.

 

Eso es lo que se jugaba en este juicio: si lo que se hizo con los conscriptos en Malvinas podía ser considerado como los crímenes de lesa humanidad de la dictadura.

Y otro elemento a tener en cuenta es a qué jurisdicción corresponden los hechos. Los desaparecidos, torturados y asesinados eran civiles. Aunque el crimen lo cometieran militares, esas acciones no entraban en el terreno de la jurisdicción militar. ¿Pero qué es un conscripto? ¿Es un civil obligado a pasar unos meses de uniforme, o es un militar como los de carrera?

 

Por eso, lo que también se discute aquí es qué éramos, qué queríamos y aceptábamos ser los colimbas que fuimos a Malvinas. Por esto también me parece que este caso habla de mucho más que de si unos viejos militares deben ir o no presos por la forma en que trataron a su tropa en las islas.

 

En su presentación ante la Corte, el procurador Luis Santiago González Warcalde defiende la posición de que son crímenes de lesa humanidad, y por lo tanto no deben prescribir.

“Las conductas imputadas en este proceso, a su vez, caen sin inconveniente en el concepto de tortura”, dice González Warcalde en su escrito a la Corte.

 

 

 

“Para limitarse solo al caso más frecuente: atar de pies y manos a un muchacho debilitado por el hambre y el frío, sujetando sus ataduras a estacas clavadas en el piso, dejarlo así acostado sobre el fango helado durante horas, inmovilizado y sin ninguna protección contra el clima inhóspito del Atlántico Sur, hasta que estuviera al borde de la muerte por enfriamiento, para así, con el pretexto de castigarlo, intimidar a él y al resto de la tropa es en sí una forma de maltrato incuestionablemente cruel, brutalmente inhumano e intencionadamente degradante; una de las formas de maltrato, en fin, para las que reservamos el término ‘tortura’”.

 

 

De estos hechos estamos hablando. Estas son las cosas que pasaban en Argentina durante la dictadura, y estas son las conductas que desde la época del Martín Fierro sucedían en el ejército, una institución poderosa, cerrada, impune.

 

Lo conté en mi libro Los viajes del Penélope y lo repito: yo tuve la suerte de que me tocaran unos oficiales y suboficiales de la Marina que me trataron con humanidad, con respeto. Como muchos otros, cuento entre mis riquezas no materiales (las únicas que tengo) la amistad y el cariño de los compañeros que tuve en esa pequeña goleta de madera, el

Penélope, donde viví lo más duro y dramático de la guerra.  

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Pero caer en manos de una institución a la que nuestro país otorga la defensa de la soberanía y el uso de las armas no puede ser una lotería. Todos los soldados de las tres armas en Malvinas debían haber sido tratados como fui tratado yo. Y no fue así.

 

En 2006, cuando fui a La Plata a conmemorar con los compañeros del CECIM el 25 aniversario de la guerra, me contaban ya que estaban pensando en presentar esta denuncia. Tenían dudas, sobre todo por si la ciudadanía entendería su lucha, su agravio. Ellos estaban denunciando a algunos oficiales que habían mostrado ante el enemigo una conducta deshonrosa pero también a otros que habían luchado con coraje, poniéndose a sí mismos en peligro. Algunos de los que cometieron torturas contra sus conscriptos después murieron en combate. ¿Se puede acusar a un héroe de la patria?

 

Sí, por supuesto. Nada justifica conductas como las que describe González Warcalde, como las que sufrieron y presenciaron muchos de los colimbas a quienes sus jefes obligaron a callar. No se defiende un país desde el desprecio por la vida, por la humanidad y la dignidad de sus habitantes. El hecho de que en una circunstancia bélica se usen civiles en una guerra no significa que estos hayan perdido sus derechos fundamentales.

 


 

Es terrible lo que denuncian los del regimiento de La Plata, y lo que callan muchos otros, porque siguen viviendo con el miedo a la autoridad en el cuerpo. El estaqueo, como ejemplo y como símbolo de las torturas en Malvinas, no solo afectaba a cada joven que lo sufría.

 

No solo daba la lección cruel de que había que soportar cualquier cosa que mandara el jefe, que es la peor lección para un país que quiere construir una democracia. También iba en contra del esfuerzo de guerra: ¿cómo podían pelear contra el enemigo los soldados que habían pasado por semejante calvario a manos de sus jefes?

 

Pasaron treinta y tres años de estos hechos. Los chicos del CECIM, como yo mismo, tenemos todos más de 50 años. Vivimos más del doble de lo que teníamos de vida cuando nos mandaron a Malvinas. Y todavía nos duele, todavía nos subleva y todavía no encontramos respuesta para estos crímenes.

 

¿Por qué? Tal vez Malvinas siempre fue lo que se vio en el momento de la transición a la democracia: el último, el peor, el más significativo crimen de una dictadura atroz. Nosotros vimos cómo trataban a su propia tropa. Después nos enteramos de cómo habían tratado a sus enemigos de la guerrilla, a sus adversarios políticos, a los jóvenes combatientes o idealistas que cayeron en sus manos en los campos de concentración. Pero todo estaba en esos desolados montes malvineros: ¿cómo iban a tratar a sus enemigos si así trataban a su propia tropa?

 

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Era lógico que un ejército en busca de una guerra por una causa nacional para redimirse y salir de su crisis política y económica, llegara a esto: a repetir con sus propios soldados las torturas que infringía en sus víctimas en la guerra sucia.

 

El alegato que el gran ensayista León Rozitchner publicó en pleno combate, Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia, denunciaba la mentira de que los militares habían abrazado la causa nacional. Pero Rozitchner fue demasiado suave incluso en su denuncia. ¿Guerra limpia? Ahora sabemos que tampoco Malvinas fue una guerra limpia.

Y ahora viene el mazazo de la lacónica patada que la Corte Suprema da al pedido de justicia de unos ex combatientes que quieren que el Estado, en democracia, les diga que lo que sufrieron no era parte del sufrimiento común de una guerra, ni siquiera de lo que un soldado está obligado a sufrir en una guerra. Que lo que algunos jefes hicieron con algunos de sus subordinados es una canallada, un crimen cuyas consecuencias todavía sufren sus víctimas, y que por lo tanto no debe prescribir.

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Ahora sabemos mucho más sobre qué pasó en Malvinas. Ahora tenemos más razones para considerarla una vergüenza nacional, porque la enorme mayoría de los ciudadanos (con la valiente protesta de unos poquísimos luchadores por los derechos humanos, como las Madres de Plaza de Mayo, y unos pocos intelectuales, como Rozitcher) aplaudieron a la misma Junta asesina el día que tomaron las islas.

 

¿Quién se preocupó realmente por nosotros, los chicos de la guerra, además de nuestras familias heroicas?

 

La guerra no terminó. Para los veteranos las guerras nunca terminan.

 

¿Quiénes somos los que estuvimos en Malvinas? ¿Qué nos merecíamos allá y qué nos merecemos hoy? ¿Por qué se suicidaron en estos años casi tantos veteranos como los 649 que murieron durante la guerra? ¿Por qué el 58 por ciento de los ex soldados sufre de depresión y que tres de cada 10 reconoce haber tenido pensamientos suicidas, como indicó en 2012 un estudio oficial? ¿Por qué Malvinas sigue siendo una herida abierta en este país?

 

Treinta y tres años de preguntas sin respuesta. Hoy nuestros hijos tienen la edad que teníamos nosotros cuando fuimos a la guerra. Por ellos, por todos los jóvenes argentinos que ojalá nunca conozcan lo que era ser joven en la dictadura, es que tenemos que seguir peleando, preguntado, exigiendo como los compañeros del CECIM La Plata.

 

El dolor nunca prescribe.


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