En la localidad santafesina de Oliveros existe un programa en donde diez personas que han pasado hasta 30 años de encierro en una Colonia Psiquiátrica viven una rutina de casas, barrio, familia. La fotógrafa Isis Milanese los visitó durante dos años. El resultado es un ensayo donde muestra el sentido profundo de lo cotidiano en la vida de los que pasaron por una internación prolongada.



En tres casas de la localidad de Oliveros, en la provincia de Santa Fe, viven personas que han estado internadas por más de treinta años en la Colonia Psiquiátrica Doctor A.I. Freyre. Siguen siendo pacientes psiquiátricos, pero que han vuelto a vivir en una casa, en un pueblo, en un barrio después de décadas de encierro. Son parte de un programa que intenta sustituir al manicomio. 

 

La fotógrafa Isis Milanese los visitó durante dos años. Un día desayunaba en una casa, almorzaba en la otra y visitaba la tercera. Cada semana alternaba el orden de su rutina. Los pequeños gestos que registró, las mínimas acciones cotidianas los iban constituyendo como alguien singular.

 

Pertenecer a un barrio, tener una casa, convivir con otros, conformar una familia o un núcleo de pertenencia, tener un lugar donde invitar o recibir a la familia o los amigos, festejar cumpleaños, mirar novelas, hacer asados, tener mascotas, despertar cuando uno lo desea, bañarse, cocinar, hacer las compras, lavar la ropa, leer. Tener desde una cama propia, ropa, plantas, objetos afectivos personales..

 

La fotógrafa Isis Milanese los visitó semanalmente y documentó en imágenes lo que hacían en sus vidas, y a través de ello se fue conformando un relato. Una memoria. Cada semana les entregaba a cada uno fotos de la visita anterior. Se mostraban muy interesados en verlas, y en tenerlas. Para ella era fundamental que las tuvieran, que fueran imágenes propias. Allí se miraban y se reconocían. Se veían más gordos, o despeinados, o con una ropa que no les gustaba o haciendo cosas. Las imágenes eran como un testimonio de su existencia. Eran una realidad objetiva que hablaba de ellos, de cada uno. Decían: “este soy yo”, “mira como salí”, “que cara de enojada que tengo”.

 

Verse allí, en las fotos, les devolvía algo propio. Un lugar. Muchas veces las fotografías que les entregaba a cada uno, y que iban guardando en su álbum, servían de disparador para relatar cosas de otro tiempo estados de ánimo. 

Una vez, Zulema -una de las mujeres- me mostró una fotografía que Milanese le había sacado, donde ella estaba parada en el patio de la casa, y vió con asombro que había recortado la foto papel a la altura de su estómago, cuando le preguntó la razón, le contó que una tarde le dolía mucho la panza: “Como me dolía la panza, recorté en la foto donde me dolía el cuerpo…”.

 

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