En una época inédita de visibilidad social y de mercado de la mujer, hay quienes ven en las “it girls” una oportunidad para profundizar las reivindicaciones de género. Otros señalan los riesgos de diluir la fuerza política de la lucha, al aceptar dar la batalla en el lugar “equivocado”. La especialista Silvia Elizalde propone una tercera vía, analiza el fenómeno y señala las diferencias entre la manera en que los medios tratan a las chicas de sectores populares y a las “chicas de tapa” de clase alta.



En la actualidad, las mujeres, y las jóvenes en particular, gozan de una batería de derechos y oportunidades inéditas en comparación con unas pocas décadas atrás. En los años ‘70 la incorporación masiva de las mujeres al mercado de trabajo y la consolidación de su exitosa participación en la educación secundaria y universitaria fueron señaladas como los principales indicadores de su mayor visibilidad pública y del impacto más amplio de ciertas conquistas feministas en el campo social. Desde mediados de los ’90, su prominencia pública ha ido en aumento, de la mano de nuevas condiciones.  Por ejemplo, la creciente interpelación a las adolescentes y chicas como foco central de la industria del entretenimiento, la moda, la belleza y los extendidos mercados del erotismo y el placer sexual ha sido interpretada por algunos/as como el surgimiento de nuevas formas de feminidad entre las jóvenes. Sobre todo, entre las de sectores medios, invocadas como recurso tópico predilecto, y construidas como consumidoras prioritarias de las propuestas mediáticas y publicitarias. Así, instalan la diversión, el sexo y el cuerpo joven y bello como motivos de un clima de época que ensalza lo juvenil femenino desde el particular prisma del hedonismo individualista y el mandato asertivo del “hazte a tí mismo/a”.  De hecho, las hoy llamadas “it girls” coinciden, justamente, con figuras provenientes de esos espacios: jóvenes modelos, actrices, hijas de famosos o chicas de elite, convertidas en referentes del pulso de la moda. Ellas dan soporte a una representación de la feminidad coincidente con una imagen superficial pero efectiva, de chicas irresistibles, desinhibidas, de notable sex appeal, que se entretienen comprando ropa o calzado de moda y yendo a fiestas. En la escena local, los ejemplos de “it girls” abundan, si bien cambian a la velocidad de la luz, y de las necesidades del mercado. Hace dos años, las más requeridas podían ser Calu Rivero o las hermanas Candelaria y Micaela Tinelli, como antes lo fue Sofía Torrente, hija de Araceli González. Hoy las chicas top pasan por nombres como Sofía Sánchez Barrenechea –“Chufy” en Instagram-, que “triunfa” en Nueva York como ícono de la moda, marido megaempresario y alcurnia de doble apellido mediante, o Minerva Casero, hija de Alfredo, que apenas sube una foto a Instagram o escribe unas líneas en Twitter le llueven elogios de sus más de 150.000 seguidores.

 

 

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Una foto publicada por Lelé (@candelariatinelli) el

 

Para otros/as, en cambio, esta mayor intervención de las jóvenes en la escena social más amplia está lejos de poder pensarse como síntoma de un promisorio nuevo orden de género basado en la equidad. Más bien, sostienen, profundiza la naturalización del patriarcado, como trama cultural que subyuga a las mujeres al restringir su reconocimiento a formas cada vez más sofisticadas de inclusión en espacios y roles ilusoriamente aventajados, pues en verdad mantienen un estatus social y simbólico inferior, o dependiente, de los ocupados por los varones. Para este último enfoque, las chicas son, en efecto, el principal foco de un exposición voyerista, que confirma de modo impactante el lugar que ocupa el régimen de la mirada en la cultura contemporánea y su capacidad para moldear una cartografía material y simbólica de la corporalidad, la belleza, y las aptitudes femeninas “deseables” o “preferentes”. Estos serían, entonces, los requisitos para el logro de una juventud en clave de género que “merezca” visibilidad público-mediática. Una visibilidad –indica esta perspectiva– que la mayoría de las veces solo tiene los contornos de una visualidad des-subjetivante y des-ciudadanizante, al recortar reductivamente lo juvenil femenino a una imagen de mujer-maniquí, diseccionada en partes o devenida muñeca viviente por múltiples cirugías plásticas. La belleza se convierte no sólo en un meta sino –nos promete el mercado- en una posibilidad “accesible” para todas aquellas que tengan la “voluntad” de beneficiarse, con tesón y dinero, de esta dimensión inéditamente “democratizadora” de la belleza, hipostasiada, eso sí, en una idéntica versión para todas.

 

Como se advierte, los contrastes entre unas lecturas y otras dividen los pareceres respecto de cuánto y de qué formas el legado del feminismo interpela hoy a las jóvenes a continuar o acentuar las luchas por la demanda de derechos, en un momento en el que gozan de márgenes de libertad y autodeterminación mucho más extensos que los de sus propias madres. Y esto en cuanto a una variedad de asuntos asociados a la vida sexual, los mandatos de género y las actuaciones del deseo. En simultáneo, son nombradas y exhibidas, como nunca antes, en tanto epítome de éxito y lozanía, y fetichizadas como ubicuo objeto de deseo masculino. De este modo se instalan opiniones divergentes entre quienes ven en esta histórica visibilidad social y de mercado una oportunidad para intentar profundizar las reivindicaciones de género y avanzar por otras, en una clave “post feminista”, o de “tercera (o cuarta) ola”, y quienes prenden alertas sobre los riesgos de diluir la fuerza política de aquellos pioneros reclamos de las mujeres, al aceptar dar la batalla en el lugar “equivocado”.

 

 

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Una foto publicada por Calu Rivero Actriz (@lacalurivero) el

 

Nuestra indagaciones locales sobre mujeres jóvenes nos acercan más a una tercera posición, quizás intermedia entre las anteriores. Nuestra hipótesis sugiere que hoy muchas chicas exploran puntos de continuidad con las generaciones anteriores de mujeres con maneras propias, novedosas y específicas que merecen ser estudiadas en detalle. Pero que –prima facie– no implican que estén rechazando de plano al feminismo o considerándolo perimido o innecesario en la coyuntura actual que habitan, si no recreándolo de manera ingeniosa en el marco de sus realidades particulares. Aún cuando lo hagan con poca o nula conciencia histórica y/o política explícita al respecto.

 

Cuestión de género, cuestión de clase

 

En el fuego cruzado de estas discusiones, la diferencia de clase opera nítidamente como un parte-aguas. Pues no es lo mismo, qué duda cabe, ser una chica de clase media inserta en algunas de las instituciones clásicas de la sociabilidad juvenil (familia, escuela, mercado de trabajo) que, a su vez, participa de la industria cultural como consumidora y/o productora de estilos, objetos y sentidos en línea con, o a contrapelo de, los discursos sociales y mediáticos a ella dirigidos, que ser una adolescente o una joven de sectores populares. Es sabido que, de cara a estas últimas, el mercado diseña nichos diferenciales de consumo “acordes” con su (magra) capacidad adquisitiva. Los medios las presuponen con frecuencia –reforzando el extendido sentido común al respecto– como sexual y moralmente “ligeras”, y varias políticas públicas intentan incluirlas a cambio de pedirles que se reconozcan casi exclusivamente en la condición potencial o real de “madres precoces”. Lo sugestivo es que, en el primer caso, las chicas son percibidas como potencialmente decisoras de sus vidas, empoderadas para elegir caminos alternativos a la domesticidad y en apariencia sexualmente liberadas de las prescripciones morales que impone el patriarcado. En el segundo caso, cuando exhiben la marca de una pertenencia popular, son abrumadoramente vistas como jóvenes vulnerables o “en riesgo”: a quedar embarazadas, a contraer enfermedades de transmisión sexual, a consumir drogas, a ejercer la prostitución callejera, etc. De hecho, en la gramática de los medios de comunicación, asentados como están en esa pulsión escópica que parece no dejar nada afuera, “ni lo horroroso ni lo íntimo, ni lo siniestro ni lo perverso” (Arfuch, 2009:21), las más pobres son taxativamente ubicadas del lado de la vulnerabilidad –entendida formalmente como desposesión de derechos–, o del de su dudosa moral sexual. Y entonces son nombradas y tratadas como “nenas” que han sido violadas a los 14 años, “jovencitas” raptadas o abusadas, “menores” de la calle, cuando no llanamente aludidas como, o sospechadas de, “putas” o “putitas”, según las circunstancias. Ahora bien, más allá del esquematismo con que aparece enunciado el contrapunto entre ambas representaciones según se trate de chicas de sectores populares o medios, es evidente que las dos proponen modelos de feminidad en los que la clase social, en lazo con el género y la edad, opera habilitando una distribución desigual de recursos y oportunidades. Y, en simultáneo, postulan poderosas ficciones antitéticas sobre la “deseabilidad” o “indeseabilidad” de unas y otras. En cualquier caso, cada una de estas representaciones constituye en sí misma un tropo del exceso asociado a las jóvenes, independientemente de su ubicación en la estratificación social, que funciona como un sistema anticipado de advertencias. Es decir, como un temprano signo de alarma ante ese “plus” que rebasa los contornos de lo que una sociedad considera, en cada momento, como lo “correcto”, lo “normal” o lo “esperable” para una joven.

 

 

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Una foto publicada por Kendall Jenner (@kendalljenner) el

 

De manera previsible, en esas definiciones tácitas del “exceso”, la sexualidad de las chicas aparece como el principal criterio de su definición, ya sea en términos del atractivo físico, la disponibilidad sexual y/o sus capacidades sociales y morales para la reproducción. Por supuesto que con muy distintas consecuencias según los grupos. De hecho, cuando estos atributos se asocian a las imágenes mediáticamente consagradas de la feminidad juvenil “glamorosa”, es claro que la sexualidad de las jóvenes no comporta “riesgos” significativos. Porque, con antelación, se la ha formateado y domesticado lo suficiente como para imprimir sobre ella la huella de lo socialmente previsible. Incluso cuando se trate de algún “desborde”, porque lejos de impugnar al orden de género imperante, éste sirve para confirmar la normalidad deseable y, de este modo, mantener inalterada la estructura de desigualdad de género. Es el caso, por ejemplo, de la sexualidad asociada a las “chicas de tapa” y a las jóvenes de la farándula. Es decir, a integrantes de elencos de la televisión o de grupos de música del momento, modelos, bailarinas de programas masivos, “botineras”, novias de famosos, cuyo desempeño sexual conocemos –o creemos conocer– a partir del milimétrico relato que los formatos periodísticos y la industria del entretenimiento construyen de sus vidas eróticas –reales o ficcionales, poco importa– en tanto chicas “atrevidas”, “desafiantes” o explícitamente “gozadoras”. Pero que, a poco de andar, se revela más bien como la “cuota” de desvío admitida que no pasa de ser un gesto impostado de su simulación, lo cual refuerza aún más los férreos contornos de lo que hegemónicamente se espera, y se explota, de la sexualidad femenina en el marco heteronormativo del patriarcado. Sin desmedro, por supuesto, de los otros posibles e incontrolables efectos que algunas de estas irreverencias puedan disparar en las adolescentes y jóvenes lectoras, en términos de nuevos imaginarios de transgresión. Ahora bien, por fuera de estas feminidades de diseño, así entendidas por su condición ideológico-mercantil prefabricada, el conjunto de las jóvenes comunes vive y experimenta muy distintos márgenes de autorrepresentación y de agencia pública respecto de sus actuaciones sexogenéricas. De hecho, los intentos institucionales y de la cultura masiva por regular ciertas prácticas y experiencias asociadas con algunos desempeños de sus sexualidades alcanzan un punto máximo de expresión en la ideología del llamado “pánico sexual”. Con este concepto el análisis feminista ha procurado explicitar y denunciar el respaldo tácito –cuando no, la celebración– que numerosos discursos institucionales y mediáticos hacen cotidianamente del sexismo y de la heterosexualidad obligatoria como pilares organizadores de la ideología androcéntrica y patriarcal del sistema capitalista contemporáneo. Pensando en las jóvenes, el “pánico sexual” nombra, fundamentalmente, los constantes intentos de monitoreo y de evaluación moral que reciben las chicas comunes en función de ciertas prácticas, acciones o disposiciones que despliegan y que son leídas como “transgresiones” a las expectativas de feminidad que le son impuestas. Todo lo cual vuelve a poner de manifiesto las ansiedades sociales que despierta el nuevo status cultural de las chicas. Y el miedo de las instituciones, los padres y los adultos en general a que queden fuera de control. Por su parte, en el reverso de este temor por el “rebalse” de su sexualidad, se apunta su contrario: a que sean víctimas de abusos, violaciones y redes de trata, justamente por su condición sexual y de género en vínculo con su “corta” edad. Lamentablemente, una ominosa empiria refuerza estos miedos. Desde María Soledad Morales, en 1990, señala el inicio de una preocupación social específica al respecto y la tematización de estos delitos en términos de género y la larga lista de casos resonantes de chicas desaparecidas, violadas y asesinadas con saña, signos de tortura y violencia alimenta las estadísticas de la explotación sexual y las muertes juveniles por femicidio en nuestro país. Delitos todos ellos que –como es sabido– atraviesan todas las clases sociales y sobre los cuales los medios de comunicación suelen construir una casuística del terror –en vez de una trama de inteligibilidad–, que exacerba el morbo sobre las víctimas, condena o absuelve apriorísticamente a los posibles victimarios desde su propio ágora y recrea una espiral de rostros, poses y biografías de chicas asesinadas, desaparecidas o violentadas que reniega casi por completo del contexto, de la historia y de la política. Se produce, en su lugar, un relato encadenado sobre la amenaza que se cierne sobre todas las jóvenes. Y para reforzar constantemente la intranquilizadora insinuación de que la concreción de dichas amenazas quedará impune.

 

 

Cuántas Minervas, la pucha! @complotrock @panchomonti

Una foto publicada por Minerva Casero (@minerva.casero) el

 

De manera más general, el reconocimiento del nuevo lugar que detentan hoy las jóvenes en el orden social y de género se vincula con un conjunto complejo de transformaciones culturales, económicas, políticas y normativas más extensas, previas y en curso. En la actualidad les habilita a muchas de ellas –pero de ninguna manera a todas–, a vivir más libremente su sexualidad, aflojar los lazos de su confinamiento a la esfera doméstica como destino ineluctable, ampliar sus márgenes de autonomía económica, dilatar y diferenciar sus definiciones sobre pareja e hijos, e incluso, expandir sus oportunidades y circunstancias de maternidad gracias a las nuevas tecnologías reproductivas. De hecho, varias de las leyes promulgadas en la última década en el país van en este sentido, y aportan al corrimiento de antiguos umbrales hacia la ampliación de los derechos comprendidos en una idea de ciudadanía sexual y de género que alcanza a los/as más jóvenes. Se destacan al respecto las normativas promulgadas en materia de salud sexual y reproductiva (2002), parto respetado (2007), prevención y sanción de la trata de personas (2008 y 2012), violencia hacia las mujeres (2009), matrimonio igualitario (2010) e identidad de género (2011). Con la excepción, cabe aclarar, de la recursivamente demorada ley que despenalice la interrupción voluntaria del embarazo y evite, de este modo, la reiteración de decenas de muertes de mujeres jóvenes por año por complicaciones de abortos realizados en condiciones precarias o inseguras.

 

El presente es, sin dudas, un tiempo de chicas. Tanto porque ellas han finalmente “aparecido” en la escena pública como protagonistas de imágenes, símbolos y narrativas culturalmente pregnantes, como porque su mayor visibilidad reclama con urgencia un análisis cuidadoso de la relación entre esta creciente centralidad y las condiciones más amplias en las que la distinción de género se articula desigualmente con los clivajes de la clase, la edad, la etnia y la generación, en sus vidas concretas.

 

En este contexto, el interés de relevar sus propias voces, así como de registrar las maneras en que son habladas por otros se enmarca, pues, en una interrogación más amplia sobre los modos y condiciones de construcción de un virtual nuevo orden de género entre los y las jóvenes, en el que las chicas tendrían un inédito protagonismo no sólo como sus principales impulsoras sino como sus potenciales o efectivas beneficiarias. Esta indagación implica, asimismo, preguntarse cómo y en qué medida los logros y derivas actuales del feminismo, la ampliación de derechos propiciada por diversas leyes en la última década y la existencia de un clima de época favorable al despliegue de libertades eróticas, reproductivas y de derechos humanos de las mujeres han contribuido a la creación o recreación de dicho orden de género. En simultáneo, importa también explorar de qué maneras las jóvenes han retomado, potenciado e intervenido estas condiciones a su favor y cuáles permanecen pendientes de materialización en sus vidas, como posibles insumos ante las persistentes afrentas del patriarcado. Muchos de los relatos y respuestas ofrecidas por las chicas que he entrevistado en los últimos años dan pistas certeras de que nuevos modos de ser mujer joven se están configurando en sus contextos y relaciones cotidianas como parte de sus recursos subjetivos e identitarios. Pero también, como modos posibles –acotados, contingentes, pero concretos– de contestación a las distintas regulaciones, prescripciones y formas de control de las que son objeto. La densidad de este entramado pone de manifiesto la importancia de repreguntarnos constantemente qué, dónde y cómo estamos leyendo a las jóvenes, así como a las transformaciones que protagonizan y marcarán tendencia en estas materias.

 

 

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Una foto publicada por Olivia Palermo (@oliviapalermo) el

 

Ahora bien, mientras sigamos pensando a la condición juvenil como lugar de paso o de relevo, como instancia de experimentación y reformulación constante, pero a las diferencias de género y sexualidad como “rasgos” fijos, sedimentados o heredados, de la identidad de un sujeto, es claro que las desigualdades a las que dan lugar las jerarquías y opresiones sexo-genéricas y las ideologías que las sostienen –el sexismo, la violencia de género, la misoginia, la homofobia, etc.– seguirán alimentando una falsa tensión entre movilidad (juvenil) y fijación (sexo-genérica). Tensión que, así planteada, seguirá siendo resuelta –a su favor– por los discursos y las prácticas del poder, y poco (y a veces nada) gestionada, impugnada o intervenida públicamente por las propias chicas. Incluso, o sobre todo, en un momento social y cultural en el que ocupan el centro de todas las miradas.

 

* Reproducción abreviada y editada de la Introducción al libro de la misma autora, titulado Tiempo de chicas. Identidad, cultura y poder (Buenos Aires, Grupo Editor Universitario, 2015).


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