Seguridad, Libertad y Justicia fueron consignas ordenadoras de diversos reclamos en los últimos años. En este ensayo, Gisela Catanzaro y Gabriela Seghezzo analizan aquellos nombres entramados en la acción y proponen pensar qué política hacen. En las últimas marchas, dicen, se dio una escena compleja cuya interpretación no puede limitarse a postular meros paralelismos invertidos respecto de otras manifestaciones del pasado.



Contra las presunciones de un liberalismo que en la era de los monopolios informativos traiciona al individuo al dar por descontada la autonomía individual, y al asociarla a la ausencia o limitación de lo colectivo, recordamos que no es obvio que las prácticas políticas puedan prescindir hoy -tal como viene configurada la historia hasta aquí, entre otras cosas por el liberalismo “realmente existente”- del consignismo. El consignismo a veces clausura la palabra para alentar la acción. Pero, precisamente, ese reconocimiento de las condiciones dadas en que hacemos política podría permitirnos medir la distancia que separa a ese modo de hacer política, de la política que queremos construir, sin configurar esta última a la medida de aquella.

 

En este sentido, en la concentración del último domingo durante la apertura de las sesiones legislativas, se dio una escena compleja cuya interpretación no puede limitarse a postular meros paralelismos invertidos respecto de otras manifestaciones del pasado y de sus consignas. En primer lugar, porque allí se pronunció -y se escuchó, luego volveremos sobre esto- un discurso que se detenía en la polivalencia de los términos, ramificados en secuencias no necesariamente convergentes y difíciles de seguir. En ese discurso, por caso, “Justicia” fue “Justicia social” cuando la presidenta habló de las políticas redistributivas realizadas por su gobierno.

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Marcha del 18 F. Foto: Victoria Gesualdi.

Pero la “Justicia social” no se identificó sin más con el “principio del justicialismo” (que sin embargo fue invocado), ni con aquellas políticas de la propia gestión. En una nueva bifurcación, esa “Justicia social” apareció como lo que permanece pendiente y resulta legible en elementos tan dispares como el viejo sueño colectivo de tener una red ferroviaria nacional y pública que brinde dignidad al pueblo en su cotidianeidad más prosaica, y en la exigencia de concreción del juicio por encubrimiento del atentado más terrible realizado contra la sociedad argentina. Así, sin plantearse como una trascendencia inaproximable, la invocación de este nombre particular, “Justicia” exigió, en el discurso de la presidenta, hablar de políticas y poderes tan concretos y heterogéneos como el Poder Judicial nacional y los ejércitos y parlamentos que definen una parte fundamental de la geopolítica mundial, de los desarrollos de la industria nacional y de los “precios cuidados”. Este nombre político complejo y polivalente demandó a su vez un tipo de escucha sumamente activa, distinta del silencio pero también de la enunciación de consignas.

 

 

Antes de continuar con la Plaza del 1º de Marzo, conviene repasar qué sucedió en marchas previas. Seguridad, Libertad y Justicia -con mayúscula- han sido las consignas ordenadoras de los reclamos que surcaron el escenario político nacional varias veces en los últimos años. En las concentraciones Blumberg de 2004, en el cacerolazo del 8 de Noviembre de 2012, y también en la reciente marcha del 18 de Febrero. Seguridad, Libertad y Justicia son nombres de la política.

 

No hay interpretación del presente que pueda prescindir de la pregunta por el tipo de política que hacen estos nombres.

 

Con esa pregunta, las singulares mayúsculas –de la Seguridad, la Libertad y la Justicia- de las que ningún proyecto político puede prescindir, son reconducidas a la minúscula finitud de sentidos que, siendo cruciales, no son eternos, ni autoevidentes, ni mucho menos “independientes” o “apolíticos”. Al contrario, esos nombres, portan, cargan, dependen de toda una historia de sentidos conflictivos sedimentados en ellos. Por otra parte, constituyen apuestas políticas, apuestas por la universalización de cierto lenguaje que es también cierta sensibilidad y cierto entorno de experiencia. Los nombres no vienen solos; ni tampoco “después”, a añadirse a una vivencia preexistente. No hay experiencia del presente absolutamente al margen de un cierto entramado de nombres. Por eso en ellos, y en la precisa relación que en un momento determinado establecen con otras palabras, estridentes o impronunciables, se labran parte de las diferencias políticas más relevantes.

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Militantes se manifiestan en la Plaza de los Dos Congresos el 1M

 

“Seguridad”, nombre-insignia de la “Cruzada Blumberg”, devino eje de multitudinarias manifestaciones que dejaron profundas huellas en la sociabilidad democrática. Ellas contribuyeron a la consolidación de un lazo social anclado en la necesidad de intervención sobre y en la exclusión de unos “otros” definidos como peligrosos. Allí se juega la consolidación de imaginarios, lenguajes y dicciones donde “La Inseguridad” denunciada remite casi sin excepciones a los delitos, y deja afuera otras desprotecciones: sociales, laborales, de género, de tránsito. Fundamentalmente, se asocia a delitos protagonizados por los sectores sociales más desfavorecidos -invisibilizando prácticas ilegales producidas por los grupos económicamente más poderosos y el entramado complejo de ilegalidades en el que participan las propias fuerzas de seguridad.

 

“La Seguridad” individual que se reclama en esas marchas, borra las formas históricas que hacían posible hablar de Seguridad social. “La Seguridad” de las marchas del Padre de la víctima que no reclama “banderas políticas”, disloca la politización del vínculo sanguíneo propio de Abuelas, Madres e Hijos. Se trata de una interpelación política moralizante: las velas blancas, la presencia de una multitud que se pretende prístina y la imagen de una víctima impoluta en el centro de la escena funcionan como el reaseguro moral frente al sucio barro de la política. En nombre de “La Seguridad”, se legitiman mecanismos punitivos sobre aquellos considerados causa del peligro, ante una ciudadanía atemorizada.

 

“La Libertad” reclamada en el cacerolazo del 8 de Noviembre de 2012, por su parte, se alza contra “El Poder”. En las representaciones de los manifestantes “El Poder” siempre aparece como exterior y ajeno a la inmaculada esfera propia de una interioridad que se imagina independiente de Él. Ese poder siempre amenaza, viola. Es el eterno agente del mal combatido por las virginales fuerzas del bien. Así, aunque la marcha del “8N” fue convocada contra las restricciones a la “libertad cambiaria” impuestas por el gobierno, el verdadero contenido temido y movilizante de El poder era más que económico. Era, y sigue siendo para muchos, la supuesta fuerza de sus “detentadores” para producir una vulneración generalizada de la intimidad de sus víctimas. El poder contra el cual se alza La libertad decide “autoritariamente” el lugar del veraneo y los consumos cotidianos de cada quien. Consumos que, en una crisis de pánico político, alguien imaginó definidos por la misma CFK a través del programa Precios cuidados. La fantasía de un control omnipresente y omnipotente, y la ominosa imagen de que uno es violado por El poder, son las que dotan de su energía al reclamo por La libertad contra una fuerza tan todopoderosa como para tomar decisiones sobre las facetas más íntimas de la vida.

Antes que su contrafigura, la casta blancura de las marchas por La Seguridad es también el tono de este reclamo de Libertad que proyecta en el otro la concentración de El poder y el control absoluto de la propia existencia inmaculada. La idea ilustrada de autonomía hacía énfasis en la producción de libertad como una tarea en proceso, que involucra la transformación de sí mismo (hay que devenir libre y se deviene tal cosa transformándose). En cambio, la Seguridad y La libertad, remiten a una positividad preexistente que ya es todo lo que tiene que ser y que –sobre todo- es inmaculadamente, sin contradicción ni impureza.

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Marcha del 18 F. Foto: Foto Victoria Gesualdi

Con “La Justicia”, “consigna” del “18F”, esa positividad alcanza un nuevo nivel. Nos perdemos algo si la tratamos exclusivamente como un reclamo que señalaría hacia un tiempo promisorio no presente aún.  Si aquí “marchó la Justicia” ello fue posible porque en esta configuración “Justicia” es ya existente.  Es, ella misma, algo ya disponible que podría darse “normalmente” si su proceder no fuera obstaculizado y corrompido -otra vez desde afuera- por El poder.

 

Esta Justicia es algo dado, como mínimo, en alguna esfera de la realidad a la que sería deseable otorgarle mayor crédito e importancia en tanto moralmente superior a otras. Esta “Justicia” que “marcha por la calle” coincide plenamente con el sujeto convocante que es una suerte de abanderado moral: reducto de pureza al que -otra vez, en la misma saga de La Seguridad y La libertad- el Mal le viene de afuera para corromper lo que de otro modo –sin obstrucciones, intervenciones, sin política- sería su presente de plenitud. Y, precisamente, esa plenitud de una Justicia ya presente es la que distingue a este acontecimiento de otros reclamos de justicia realizados cuando ésta no tenía garantizado su derecho a existir. Por ejemplo, en las manifestaciones contra las obediencias debidas, los puntos finales y los indultos. O en coyunturas donde, a diferencia de la actual, asistíamos a una coincidencia entre poderes económicos, judiciales y gubernamentales, como en el caso María Soledad. 

 

Una vez más: si en toda política que evite agotarse en deportivo pragmatismo o experta administración hay un querer pronunciar, en un presente determinado, lo válido para todos los tiempos –haciendo pasar un particular por universal, como se diría en cierta prosa teórico-política- la característica saliente del “18F” como acontecimiento político es la absolutización de lo “evidente”, de lo que ya es. Una positivización descarriada, ya presente en su nombre, que en la misma secuencia del 11S, 11M, 8N, 13S, 18A, reduce el lenguaje a su mínima expresión: la fórmula. Es un gesto que pretende universalizar un sentido particular de “Justicia” negando lo que tiene de político y de no universal. A eso apunta el sintagma “Partido Judicial” -que hizo suyo la Presidenta-, y que incomoda porque desenmascara la operación ideológica que está en juego, al frenar la sinécdoque infinita y poner en evidencia el particular oculto en la pretensión de universalidad.

 

Miedo y pureza resultan los vectores estratégicos que soportan esta hilación sin solución de continuidad entre conjugaciones -a su vez particulares- de La Seguridad, La Libertad y La Justicia. Se trata de palabras portadoras de afectividad. Pero no de cualquier afectividad, sino un tipo en cuyo centro se ubica el miedo a la contaminación, un miedo que reclama y exige orden y armonía.

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Movilización del 1 M

 

A contramano de ese reclamo y esa exigencia, una política democrática de los nombres requeriría producir nuevas conjugaciones, así como una fuerza afectiva otra. Pero, por ello mismo  ¿no requeriría también el despliegue de cierta disposición para atender a las disonancias productivas que pudieran emerger entre los nombres de la política que nos parecen relevantes? (Disonancias a las que García Linera una vez se refirió como “tensiones creativas de la revolución”) ¿Se podría sostener acaso que en las respuestas provistas para garantizar la autonomía individual -que sin lugar a dudas es imprescindible defender- se resuelve también, inmediatamente, el problema de la justicia social? ¿Podemos creer que los derechos de género que impulsamos resultan decodificables sin ninguna traducción en la gramática de los derechos laborales por los que bregamos? ¿Deberíamos considerar a una tal necesidad de traducción ineludiblemente como un déficit? ¿O podríamos asociarla a la potencia propia de una apuesta democrática que supone la composición de elementos no homogéneos; la composición de una constelación no libre de tensiones, incompatibilidades, desajustes, disonancias que es preciso mantener entre los nombres del propio lenguaje?

 

No disponemos de palabras honorables, opuestas a otras congénitamente “bajas”. Tampoco concebimos la crítica como una policía de los nombres; ni a la política como agotándose en ellos. En tanto reflexión sobre las prácticas sociales y sus potenciales políticos, sin embargo, nuestra interpretación del presente se ve obligada a pensar los nombres entramados en la acción; a pensar la política que ellos hacen; a pensar el tipo de sociabilidad que cuaja y se desea en estos nombres así configurados. Pero eso implica distintos niveles intervinculados que exceden el campo de una semántica política. Esto es: esa política de los nombres no se juega sólo en la elección de ciertas palabras en detrimento de otras. Tampoco se agota en la significación con que cada término es evocado. La política de los nombres se juega también, sustantivamente, en el tipo de articulaciones propuestas -soportadas, asumidas-  entre los nombres pertenecientes a un mismo lenguaje político.

 

Si las palabras hacen política es por algo más que lo que significan, es también por el modo en que se componen con otras palabras del mismo lenguaje. Porque en esas composiciones -armónicas a priori, o abiertas a tensiones producidas por la historia; reductibles a un denominador común o dispuestas a las eventuales contradicciones de intereses, énfasis y sentidos- se propone un cierto modo de relacionarse con la complejidad del mundo del que se forma parte y se anuncian modos deseables de habitarlo. Una política de las palabras democrática, emancipatoria, es más compleja que la elección de los “buenos” nombres. Su suerte depende, entre otras cosas, de cierta disposición para soportar e incluso cuidar o auspiciar posibles fricciones, tensiones y encastres imperfectos entre los nombres de la política. Disposición contra la cual atenta tanto el –tal vez ineludible- momento consignista-militante del discurso, como el silencio, reivindicado explícita o implícitamente en las marchas Blumberg, el 8N y el 18F, pero emergente también cuando una fecunda y activa militancia asocia su fidelidad a las políticas del actual gobierno a la paciente espera de la decisión adoptada por sus líderes.

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Y aquí retomamos una última clave que nos parece fundamental destacar de la Plaza del 1 de marzo.

 

Si la concentración del último domingo en el Congreso es difícil de analizar al modo de una confrontación entre los nombres invocados en ella y los que tuvieron el protagonismo en las marchas Blumberg, el 8N y el 18F, esto no se debe únicamente a las características del discurso pronunciado, sino también a lo que pasó en la plaza. Fue una plaza sonoramente extraña –como sugirió en un bello artículo de estos días Horacio González. Una plaza sin silencio, con pocos bombos y prácticamente sin consignas. Habrá que pensar por algún tiempo la sonoridad extraña de esa plaza sin idealizarla y sin ver tampoco en ella –para bien o para mal- una marcha más de “El Kirchnerismo”. Porque sin suponer que ella materializa en sí misma otra política de los nombres, y sin suponer garantizado tampoco el devenir político ideológico de lo allí acontecido, en esa plaza pareció al menos ponerse entre paréntesis el neoconductismo del action-reaction dominante en la escena pública, desde los “Urgente” y “Último momento” de los zócalos televisivos, a las alarmas proféticas de distintos exponentes del arco político. A contramano de la palabra que se cree autosuficiente, que imagina poder decirlo todo y decirlo todo ya, en una única fórmula, los agujeros en el consignismo que se escucharon en esta plaza podrían estar anunciando algo más que desorientación o complacencia con lo hecho. Podrían ser el anuncio incipiente de una mayor necesidad de comprensión, por parte de los movilizados, de los complejos entrelazamientos en que se deciden nuestros destinos. Una necesidad de comprensión colectiva y callejera, comprensión que se da con otros en el espacio público y no viene dada ni se identifica con el puro consumo individual de información. Una comprensión que, en su sustraerse a la temporalidad inmediatista de la reacción ante el peligro, no es meramente intelectual, sino que podría revelarse propiciatoria de una afectividad otra.


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