Referente de los feminismos contemporáneos, la teoría queer y la filosofía política, Judith Butler también es una conocida activista. En su reciente visita a Argentina llenó auditorios con cientos de fans. La investigadora del CONICET en CeDInCI/UNSAM Laura Fernández Cordero participó de una entrevista pública y, en este ensayo, traza un perfil, recorre sus principales libros y analiza sus lecturas y controversias. Aborto, migraciones y literatura.



Fotos de interior: Patricio Murphy

Ilustración de interior: Julieta De Marziani

 

 

Un día Judith Butler leyó la clásica frase de Simone de Beauvoir “no se nace mujer, se llega a serlo”. La leyó otra vez, y dos más. Y nos la devolvió releída: lo importante, dijo, no es tanto la primera parte de la oración, sino la segunda. Luego, aplicó otra poderosa costumbre de su pluma, preguntar. Así, ¿cómo se llega a ser? es un interrogante que modula una obra extensa y con alto compromiso intelectual. De libro en libro, Butler se relee a sí misma y no cesa en su voracidad lectora: Hegel, Freud, Nietzsche, Althusser, Irigaray, Lacan, Wittig, Foucault, Marx, Levinas, Klein, Laplanche, Arendt… cada nombre es convocado para pensar filosófica, política y apasionadamente las vicisitudes de la condición humana. Porque sí, esa cuestión tan cara a la filosofía es el nudo central de su escritura. Sin embargo, hubo quienes por aquí se despistaron y la leyeron bastante más tarde porque, al ver que sus primeros libros hacían foco en el género y la sexualidad creyeron, como es costumbre, que eran temas para feministas y expertas en género. Ahora, y luego de que sus debates con teóricos de la izquierda contemporánea la visibilizara en la masculina arena de los grandes temas políticos, casi todo el mundo sabe de quién estamos hablando.

 

Es complicado describir a alguien que reniega de las etiquetas identitarias. Butler no dice que no existen, no dice que es poco importante hacer pie en ellas, por momentos, para encontrarse o defenderse, ni siquiera dice que sea posible desligarse de la identidad. Sin embargo, se abstiene de hablar como feminista, como lesbiana, como norteamericana, como judía. Aunque todos esos apelativos, le caben, sin dudas. También con malicia y algo de holgazanería la han calificado de “abstrusa”. O se suele acompañar su nombre con adjetivos del tipo “norteamericana” y “posmoderna”, como guiño entre quienes entienden que eso es malo. La han acusado de “antisemita” por su crítica decidida al Estado de Israel, y de “antipatriótica” por su oposición a las políticas imperialistas y bélicas de Estados Unidos.

 

Butler no teme la descalificación, siempre obtiene de ella algo nuevo. Le han dicho “niña difícil” y le hicieron el favor de expulsarla de la escuela para enviarla al tutelaje de un rabino con quien las raíces judías de su familia se encontraron con sus tempranas preguntas filosóficas. De allí su tono europeo, una formación que esquivó el provincianismo norteamericano para abrirse a otras culturas, mucho antes de que se armara con las herramientas más sofisticadas del postestructuralismo francés. Butler gusta de Hegel, estudió en Alemania, lo convirtió en tesis de doctorado (Yale, 1984) y continuó afilando sus disquisiciones sobre el deseo y el reconocimiento al calor de los postulados de Michel Foucault y Jacques Derrida.

 

Aquella pequeña rebelde, nacida en Cleveland en 1956, se enamoró de una mujer y ese deseo la enfrentó pronto al repudio y al odio. Sus libros describen brevemente rasgos de historias personales y familiares que reaparecen convertidas en preguntas. De algún modo, Butler logra ser autobiográfica sin ser autorreferencial. En una cultura dominada por el “yo” y los relatos de sí, ella enlaza lo íntimo a un interrogante filosófico de largo aliento y no duda en dialogar con otras disciplinas como el psicoanálisis, la lingüística y la teoría política para devolvernos un entramado conceptual que nos captura. Porque, he aquí, otro logro: es difícil salir indemne de cada uno de sus libros.

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Judith Butler es profesora de la cátedra Maxine Elliot en el departamento de Literatura Comparada y del programa de Teoría Crítica en la Universidad de California, EEUU. Indiscutible aunque discutida referente de los feminismos contemporáneos, la teoría queer y la filosofía política, no circunscribe su trabajo al ámbito académico, es también activista de las políticas de la sexualidad y el género y los Derechos Humanos. Decidida opositora a la guerra y al papel protagónico que tiene EEUU, ha recibido tantas críticas en su país como numerosas distinciones alrededor del mundo. Pude ver su emoción  al recibir el diploma Honoris Causa que la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) le entregó el viernes, cuando ellaya cerraba un nuevo capítulo del periplo viajero que sostiene hace tiempo. En los últimos años, ha visitado ciudades de Alemania, Francia, España, Costa Rica, Chile y Portugal, entre otras. Estuvo en Argentina en el año 2009, cuando además de presentar un pequeño volumen escrito con GayatriSpivak, en la Feria del Libro de Buenos Aires —Quién le canta al Estado Nación. Lenguaje, política y pertenencia, 2009, Paidós, [2008]— dictó un breve seminario en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) junto a Leticia Sabsay. El domingo pasado cerró una nueva visita, “la semana Butler”, una serie de conferencias, charlas y entrevistas que agotó la agenda de sus fans a quienes arrastró de Caballito a Caseros, pasando por el Centro Cultural Kirchner.

 

Tuve la fortuna de ser convocada, junto a Virginia Cano —activista lesbiana, doctora en filosofía y lúcida compañera— para realizar una entrevista pública que tendría lugar en una pequeña sala del flamante centro cultural. Las organizadoras del evento que la enmarcaba, el Festival de Cine Migrante, celebraron con razón que las autoridades del centro escucharan el clamor popular y cedieran un espacio con 500 localidades que, finalmente, tampoco fueron suficientes. Una fervorosa multitud la recibió como rock star aunque quizás intuyendo que, de cerca, Judith es una persona calma, sensible al entorno, generosa con su trabajo y siempre dispuesta a agradecer lo que ella creía que era trabajo y para nosotras sólo era fiesta. Esa tarde preparamos juntas las preguntas acordadas de antemano. Butler podría haber elegido las más sencillas, las de siempre, las que responde de taquito. Pero no, señaló las que se metían con el aborto, las identidades trans, la violencia sobre las mujeres, cuya expresión vernácula, el Ni una Menos, agregamos con algo de duda.No porque no lo considerásemos fundamental, sino porque lo acostumbrado suele ser que, quienes nos visitan, tomen el púlpito sin preguntar nada del suelo que pisan, salvo que tenga mucho color local. Sin embargo, Butler estaba enterada y se mostraba curiosa. Con el pañuelo verde en una mano y con folletos de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito en la otra, era puro oídos a nuestro relato acerca de las estrategias legislativas, los socorrismos y las peripecias de una lucha local. Estaba especialmente interesada en el cariz económico de la cuestión:

 

“­En Argentina […] La gente con recursos financieros pueden acceder a un aborto y pagar por eso y las mujeres pobres no tienen los recursos para acceder a lugares donde puedan realizarse un aborto y pagar por eso de forma privada. Si nosotrxs mantenemos un aborto de forma ilegal, estamos protegiendo un negocio privado, lo cual, en cierta forma, sería proteger el aspecto lucrativo del aborto. Así se sigue sustentando un tema de clase en donde el rico puede hacer lo que desea y el pobre no. No solamente le quita a la mujer pobre la posibilidad de tener un aborto, también la criminaliza cuando lo hace y justamente tenemos que entender que los movimientos que criminalizan el aborto están criminalizando al pobre. Entonces estamos hablando de inequidad económica”.*

 

Si alguien me pidiera una descripción física diría lo obvio: es pequeña, delgada, masculina y suave. Calza diminutas zapatillas y remata el look oscuro con unas cómicas medias rayadas y una corbata. También diría que gesticula como puntuando y como si dejara frases en el aire para retomarlas después. Pero lo más notable es la mirada, atentísima. En su reciente viaje a Costa Rica, mientras participaba de una entrevista en un programa televisivo del canal universitario,le fue formulada una seria pregunta sobre sus procedimientos metodológicos. Ella escuchó, apretó levemente los labios y, entrecerrando los ojos con gesto de pájaro cazador, explicó: “lo que yo hago es leer”.

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En el marco del festival Cine Migrante, Judith Butler dialogó con Laura Fernández Cordero y Virginia Cano.

 

 

Para leer a Butler

 

Con una temprana militancia nutrida por su experiencia europea, la joven Butler intentaba mantener incontaminados sus estudios de filosofía, tal como le habían recomendado. Sin embargo, aun así, su reputación le impidió acceder a puestos deseables en la escala universitaria y cuando temía perderlo todo, recibió el impulso de algunas feministas que la convencieron de convertir sus desvelos militantes en escritura. Fue así como echó a rodar su encendido GenderTrouble. Feminism and theSubversion of Identity[1990]. Todavía el tema no era mainstream, y de hecho, mucho tuvo que ver ella en ese proceso de espectacularización académica de los feminismos y la teoría queer.

 

El género en disputa (Paidós, 2001) llegó a nuestras manos once años después de su edición norteamericana. Circulaban algunas lecturas previas, animadas en distintos grupos por traducciones caseras o publicadas en revistas como Feminaria y Mora. Una nota aparte merecería la recepción de su obra, dispersa y enlazada a la historia de muchos núcleos e iniciativas locales. El espíritu de aquel libro estaba bien avisado en el título y descripto en el prefacio: Butler quería crear problemas. La niña difícil estaba de vuelta, ahora dispuesta a poner patas arriba todo un régimen ontológico y epistemológico y a advertir que sin cruces disciplinarios y activistas, los estudios de género acabarían domesticados. Profecía similar a la agitada por Joan W. Scott, a quien Butler menciona en la lista de espacios y personas que hicieron posible este libro-bomba.

 

Diez años después, ya célebre, la autora nos dice en un nuevo prólogo que no había previsto la dimensión que adquirió el libro. Lo cierto es que se debía tener paciencia y dedicar bastante trabajo a frases como: “Una cosa adopta la caracterización de ‘ser’, ese gesto ontológico lo moviliza sólo dentro de una estructura de significación que, al igual que lo Simbólico, es en sí preontológica”. Superado el escollo con dedicación sus capítulos deparaban múltiples efectos: crítica al mandato heterosexual del feminismo, desmitificación del sujeto Mujer, resignificación de las “prácticas minoritarias”, desnaturalización radical del sexo, revaloración de las identidades trans, tamiz feminista sobre el postestructuralismo, puesta en jaque al binarismo sexual, renovación conceptual, ajuste de vocabulario, inspiración política, sugerencias metodológicas, etc. Y cuándo no, aportaba relecturas de figuras fundamentales del feminismo, además de los autores canónicos. Con clarísima autoridad el libro instaló una perspectiva, la de la performatividad, que sería retomada y retrabajada por Butler a partir de las críticas. Una mirada que, para decirlo rápidamente, nos permitió desconfiar de los orígenes (esencias, biologías, naturalezas, etc.), atender al proceso y descubrir el potencial disruptivo de la repetición. El género es acto, no cosa. Actuación diaria, performance. A mitad de la semana pasada, en la Universidad Nacional de  Tres de Febrero (UNTREF), Butler nos provocó con una conferencia que repasaba sus aportes iniciales. Con una media sonrisa, bromeaba sobre dos lecturas antagónicas que todavía reciben aquellas primeras formulaciones: por un lado, se afirmó que animaba un voluntarismo extremo gracias al cual podríamos convertirnos en lo que quisiéramos. Por otro, se sostuvo que proponía una subjetividad completamente construida y sin salida. “Le voy a preguntar a Butler qué piensa”, dijo en uno de los tantos momentos en los que, con pequeñas dosis de show, desató las risas del público.

 

No intentaré agotar cada uno de sus libros en esta nota, cuyo objetivo estará satisfecho si anima alguna lectura o revisita de los más destacados. La escritura de Butler está lejos de ser sistemática o de seguir una línea recta, al contrario, se detiene, toma caminos alternativos o se deja llevar por el impulso de los acontecimientos. Se podría hacer un libro que compilara todos sus prólogos en el que se vería cómo recoge siempre lo más duro de las mejores críticas y arremete con ellas el siguiente escrito. Es más, diría a quien no la conoce que comience por los prefacios, basta con que rebusque un poco en la web para encontrarlos a todos. Allí su pluma es casi coloquial, con visos de un precioso sentido del humor, y es posible ver marcas de un genuino interés por aprender de la lectura ajena de sus libros. Ahora que escribo “ajena”, recuerdo que durante la preparación de la entrevista pública Butler detuvo todo para pensar un sinónimo en inglés, una palabra que en un solo vocablo recuperara el sentido completo de “ajenidad”. Nada me sorprendería menos que encontrar una especulación agudísima en algún próximo tomo sobre esa nimiedad del lenguaje y lo peliagudo de la traducción.  

 

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Volvamos. Decía que a Butler le interesa la recepción de sus propuestas y las modulaciones locales; lo ha dicho muchas veces; entrega con gusto su producción al vaivén productivo de la interpretación incorrecta. O, mejor, a la interpretación inesperada. Así, Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo” (Paidós, 2002 [1993]) es la respuesta sesuda y por momentos críptica a quienes no comprendieron su propuesta o señalaban, con razón, un descuido en el abordaje de lo corporal. No lo ha resuelto, por cierto. Otra de sus bromas en la conferencia fue representar físicamente, apenas con unos pocos movimientos, cómo cargaba el peso a través de los años de la pregunta por la exclusiva responsabilidad de “el discurso”, así hipostasiado, en la construcción de los cuerpos. Con muy poco fastidio ella responde esa inquisición una y otra vez, acompañando con una gestualidad acompasada: el cuerpo es producido por el discurso y, al mismo tiempo, lo excede completamente. A esas paradojas vitales nos acostumbra Butler.

 

Ya a la altura de esos dos libros, cuyo requerimiento técnico en lo conceptual resiste las lecturas rápidas —que, de todos modos, se hicieron y se hacen— podíamos comprender la paradójica condición de la identidad: carente de ontología previa a la cultura aunque ineludible para cumplir con la inteligibilidad necesaria en la vida social. Ser y ser, esa es la cuestión. Y esa existencia, para nuestras sociedades, está sexuada en una matriz binaria. Contra esa cualidad binaria, Butler opone la idea de un continuo sexual y de un proceso de naturalización y ontologización de comprobada eficacia, cuya persistencia depende de la insistente repetición corporal de las normas. El título en inglés, Bodies that matter,retiene  dos sentidos que se pierden en castellano: significar e importar. Si, por un lado, lleva a entender la significación en heterodoxos párrafos lacanianos, por otro, el hecho de que un cuerpo realmente importe, activa una productiva lectura política de intensa actualidad y extensa pertinencia, más allá de la clave del género.

 

Pero así como apenas se cansa de repetir que “no todo es discurso”, y advierte que tampoco “todo es cuerpo”, Butler dedica otro libro para pensar un aspecto no siempre frecuentado desde perspectivas transdisciplinares: lo psíquico. Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción (Cátedra, 2001) es la muy poco acertada traducción del título  The Psychic Life of Power. Theories in Subjection [1997]. En sus densos capítulos se convoca a una encumbrada lista de nombres del pensamiento occidental para afrontar un problema insidioso: el apego del sujeto al poder, la ineludible complicidad con la norma. Una manera de pensar la vida psíquica con herramientas del psicoanálisis aunque evitando una mirada psicologicista. Por eso, este libro es, como casi todos, un desafío teórico y metodológico.

 

Aunque quizás más pistas sobre cómo poner a trabajar a Butler en plan metodológico las encontremos en Lenguaje, poder e identidad (Síntesis, 2004) una aproximada traducción del título Excitable Speech. A Politics of thePerformative [1997]. Nunca debemos esperar una aplicación directa, como si de herramientas propiamente dichas se tratara. Al contrario, en cada artículo se proponen verdaderas gimnasias de interpretación y crítica que permiten repensar las consecuencias no siempre deseadas, por ejemplo, de la legislación del discurso del odio y, entre otras sugerencias, ofrece la posibilidad de abordar críticamente el hecho de otorgar al Estado la potestad de regir sobre los discursos y su significación. Otro capítulo interesante de esa compilación es el último, donde se ocupa de discutir con el sociólogo Pierre Bourdieu no tanto sobre la excursión del francés en el mundo de la dominación masculina —que intentó explicarnos casi ignorando la producción feminista histórica de su país— sino las clásicas formulaciones sobre el habitus y sus dificultades para dar cuenta del cambio y la transformación.

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A ese otro gran problema dedica un excelente artículo “La cuestión de la transformación social” en el libro Deshacer el género (Paidós, 2006 [2004]), ideal para quienes insisten en preguntarle por su propuesta política, como si toda teorización por menos sistemática que se propusiese, estuviera obligada a ofrecer, también, un atado de herramientas de pronta intervención directa en la práctica. En esa compilación de artículos brilla “Al lado de uno mismo: en los límites de la autonomía sexual”, un fundamental llamado a no deslumbrarnos con las promesas del individualismo liberal y a considerar las consecuencias éticas y políticas de sabernos vulnerables e interdependientes. Por su parte, “Desdiagnosticar el género” nos posibilita entender por qué en sus conferencias halagó nuestra reciente Ley de Identidad de Género, al menos en su faceta no patologizante del cambio de identidad. Su crítica al supuesto binarismo de dicha ley está teniendo repercusiones en el activismo local y avivando interesantes debates

 

La feroz lectora que es Butler no amedrenta con los mitos clásicos. El grito de Antígona (El Roure, 2001 [2000]), es un bellísimo libro de reflexión sobre el poder y el parentesco. No debemos olvidar que la literatura es también clave para comprender el fenómeno Butler. El ejemplo de Kafka es prueba de un acertadísimo tamiz para encarar el efecto de la ley sobre la subjetividad. Tampoco escapan a su ojo lector películas y fotografías (su Gender Trouble ya recuperaba el título del film Female Trouble de John Waters) y, pese a su calendario imposible de estos últimos días, estuvo viendo alguna que otra propuesta en el intenso Festival Cine Migrante en donde se enmarcó una de sus presentaciones.

 

Esta filosofía del todo terreno reaparece convertida en documentales, conferencias en vivo, reportajes en periódicos y revistas, entrevistas públicas, diálogos con autores y autoras de los países que visita. Aunque eso no la distrae de sus primeros amores y, con una prolífica puntualidad, nos entrega libros de profundo nivel teórico y potencial reflexivo como Dar cuenta de sí mismo,(Amorrortu, 2009 [2005]), con un exquisito “último Foucault”, o  Senses of thesubjetc [2015], todavía sin traducción,donde repasa grandes nombres de la filosofía comprometidos en su propia máquina de pensar.

 

Hay quienes dividen la obra de Butler en un antes y después de Vida Precaria. El poder del duelo y la violencia (Paidós, 2006 [2004]). En general, comienzan a leerla allí, convencidos de que en los libros anteriores se ha dedicado “al género” y que a partir de la conmoción por el atentado a las Torres Gemelas, la autora ha entrado de lleno en los grandes temas de la política global. Nada más desacertado. Las ultimísimas inquietudes de Butler sobre la vulnerabilidad humana, los vidas que merecen duelo y las que no, la interdependencia corporal y los límites de la autonomía estaban presentes en sus primeras disquisiciones como se demostraría rápidamente si aquí tuviéramos el espacio suficiente y contáramos con aún más paciencia de quienes leen para desplegar citas eruditas.

 

Sí es cierto que se han sumado temáticas de politicidad más evidente que la vinculan a un muy interesante diálogo con algunos referentes de las izquierdas, en versión democracia radical. En ese sentido, es reconocida su participación en el diálogo con  Ernesto Laclau y  SlavojZizek titulado Contingencia, Hegemonía, Universalidad: diálogos contemporáneos en la izquierda (FCE, 2003 [2000]). Aunque la mayoría de las preguntas orientan el debate a las  tesis laclausianas, la respuesta de Butler titulada “Universalidades en competencia” sintetiza su entrada de lleno al debate político y es prueba, nuevamente, de su belicosidad lectora con puntazos finos a las barrigas conceptuales de sus dos contrincantes. La primera conferencia que dictó en Filosofía y Letras el pasado lunes fue un sentido homenaje intelectual a Laclau a quien tanto gustaba trenzarse con ella.

 

 

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Vidas que migran, fotos que espantan

 

 

En las tres conferencias, en la entrevista pública, y en una cena; en cada lugar por donde pase, Butler transmite serenidad. La quietud de sus movimientos contrastan con una curiosidad orientada a los detalles más inesperados. Una conexión vital con el mundo que la rodea y con los demás. Tal como predica en sus libros. Quien los tuviera bien leídos podía vaticinar, sin equivocarse, que se le preguntaría por la insoportable y ultra exhibida fotografía del niño sirio muerto. Desde Vida precaria venía cercando el tema de la guerra, las personas refugiadas o sin Estado con una reflexión sobre el poder del duelo y la violencia “justificada” en la que no esquivó temas como Irak, Guantánamo, Israel y el terrorismo. Los problemas que analiza son complejos y las preguntas dolorosamente sencillas: ¿qué vida puede ser pensada como vida, y qué muerte cuenta como muerte? En su país significó una valiente intervención cuando el debate se acallaba en favor de no traicionar a la patria. Riesgo que tampoco eludió en Marcos de Guerra. Las vidas lloradas (Paidós, 2010 [2009]), un aporte fundamental en tiempos audiovisuales. Butler recordó allí, entre otras cosas, la necesidad de revisar los marcos que definen qué y cómo miramos porque, por supuesto, son solidarios de lo que nos es dictado como visible, vivible, importante. Y en ese sentido fue su respuesta a nuestra previsible pregunta por la foto horrorosa del momento:

 

—Tenemos que hacer un análisis de los medios de comunicación sensacionalista y de esta imagen que se quiere mostrar para sensacionalizar el horror. Trinh T. Minh-ha [presente en el público y participante del Festival] nos ha enseñado cómo encuadrar al que encuadra. Tenemos que tener unos medios de comunicación que sean contra mediáticos, que nos ayuden a encuadrar a quien encuadra la información, tenemos que comprometernos a un análisis político que nos permita organizarnos como oposición política.*

 

Ante la foto de Aylan Kurdi, quien a diferencia de otros obtuvo un nombre y un llanto público, Butler nos saca del estupor morboso para pensar, como es previsible, en las condiciones económicas y políticas que están en las causales de esta tragedia anunciada y tristemente repetida. Al mismo tiempo, llama nuestra atención sobre el fenómeno de la mirada y su potencialidad. Pero también, o no sería Butler, nos remite a otra dimensión que viene tallando en su propuesta ética y política: la responsabilidad, entendida como una inherente cualidad de ser con los demás, de responder constitutivamente al dolor, al afecto y al duelo ajeno. No es una actitud pasiva ni individual, si hay algo que rescata en su nada concesiva lectura de Hanna Arendt es la acción, además de la potente intervención de la alemana en la urgencia de sus tiempos.

 

Con la misma urgencia, aunque atendiendo al tiempo lento de la teoría, dice Butler que su próximo libro ya tiene título: Notes Toward a Performative Theory of Assembly, una reflexión  sobre el poder de la reunión y el encuentro público de los cuerpos ¿Estará a tiempo de incluir las notas de este viaje?, ¿qué habrá leído en su paso por la ex Escuela de Mecánica de la Armada, a donde quiso volver sola después de una visita protocolar?, ¿cuánto habrá descifrado de las rondas de las Madres y cuánto se habrá preguntado sobre el luto imposible de un cuerpo desaparecido?, ¿cómo traducirá “assembly”, luego de escuchar algo sobre el “movimiento asambleario”? Ojalá en Buenos Aires Butler haya sucumbido a su pasión y pronto recibamos noticias de su implacable avidez lectora. Y entonces estemos a la altura de la discusión para que, después del subidón amoroso, logremos tomar distancia y ponerla nuevamente en problemas.

 

 

*Transcripciones tomadas del sitio Derrocando a Roca  

 

Su visita a Buenos Aires:

 

Mediateca de Filosofía y Letras 

UNTREF

 

Algunas de sus últimas presentaciones:

 

La resistencia política como acto corporal: Judith Butler”. Entrevista de Edvan Córdova, Canal UCR, Costa Rica. 

Conferencia Magistral “Vulnerabilidad y resistencia revisitadas”, México, 3 de marzo del 2015. 


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