El filósofo Flavio Rapisardi muestra un Pedro Lemebel que se movía con sutil rebeldía entre Congresos, papers, conferencias y becas internacionales. Y relata una inolvidable noche en Lima, donde realizaron una ceremonia íntima y pública a la vez, tan sacra como blasfema.



Tu nombre me llegó en los 80 y en plural. Pedro y Pancho: “Las yeguas del apocalipsis”. Nosotr*s acá estábamos enfrentándonos a uno de los peores momentos de la democracia: el conservador Antonio Troccoli, que tenía un hijo gay hermoso y bien conocido “en el ambiente” y que luego murió por complicaciones del Sida, nos mandaban todos los fines de semana colectivos a las discotecas donde nos levantaban para llevarnos al Departamento Central de Policía o comisarías cercanas. Allí nos boludeaban, nos hacía hacer el “pianito” y el más cerdo de los yuta llamaba a familias o trabajo para dar cuenta de la “situación” de la detención. La democracia no llegó a tod*s en el mismo momento. O si no, pregúntenle a las trans.

 

Mientras acá nosotr*s nos enfrentábamos a la cana con la consigna “La policía es la continuación del aparato represivo” bajo la mirada medio escéptica de casi todos los organismos de derechos humanos de familiares (viendo los paros y los entramados mirá si nos hubiesen tenido en cuenta), vos allá con la Pancho te le plantabas al fascismo del Pinocho con acciones que nos llenaban de envidia, admiración y espanto: tu danzar una cueca sobre vidrio molido (lo que te valió una internación), tu cabalgar desnuda cual Lady Godiva en campus universitarios para demostrar que la pacatería también tiene títulos y reflexiones, tus gritos desaforados para echar a “la Lucía”, la hija del asesino Augusto, de un muestra de arte.

 

Yo te admiraba tras la montaña ésta que nos une. Y busqué el momento de conocerte. En un viaje a Santiago de Chile que hicimos con Cristian Alarcón a la casa del Pato y la Pili, dos periodistas chilenos encantador*s, me mandé y te llamé por teléfono: te dije que iba a cocinar pizzas caseras y que íbamos a tomar vino. Nunca creí que llegarías. Pero golpeaste la puerta, vestida de rojo, aún me acuerdo y te sentaste con nosotr*s hasta la madrugada, cagándonos de risa. Y antes de irte, con ese gesto que muchos interpretaban como malicia, pero que para mí era un guiño de amor, me dijiste luego de horas de reírte: “Qué aburridas son las locas argentinas”.

 

Desde aquel día nuestra amistad siguió por fono, cartas (¡qué antigüedad!), mails y encuentros en congresos donde era más el tiempo que nos pasábamos juntas riéndonos y tratando de escuchar lo que no sonara a “Butler dice que…”, como si en el uso del nombre se interpelara algo, cuando en realidad lo que se hace es reforzar la autoridad, la carrera de los papers y una supuesta pertenencia transnacional a un tilingaje global.

 

Vos supiste que me hice católica y me llamaste loca, es decir, una redundancia. Fuiste la primera extrafrontera que me escribió cuando el año pasado el bicho casi me lleva puesto. Cada tanto me mandabas una frase o dos, cortitas, bravas, para decirme que seguías allá y yo acá. Cada vez que venías a Buenos Aires, tus acólit*s te hacían una muralla que yo no pensaba trepar, pero vos te tomabas el tiempo para hacerme una llamadita, encontrarnos en un rincón y reírnos, reírnos tanto.

 

Tod*s dicen que hoy a la madrugada te fuiste. Yo pienso que no. Como cristiano creo en la “resurrección”, aunque no de la carne, sino de ese cuerpo que Simone Weil llama el universo. Razonamiento: Si mi cuerpo es el universo, y cuando muero todo se transforma, entonces no estás muerto. Y por otra parte, quien va a hacer morir tu mojada de oreja al PC chileno cuando en la Alameda les leíste tu manifiesto por la diferencia, cuando te decidiste a entrar con l*s cumpas del PC a militar sabiendo los límites que la Concertación tenía.

 

Y para despedirte recuperé una foto. Y con esa foto una crónica que escribiste en The Clinic que me dio escalofrío hasta que la leí porque temí que allí dijeras todo lo que hicimos en esas cuatro noches limeñas que no dormimos gracias a la potencia del azúcar (“Azúcares” dijo Moria Casan en una operación lingüística memorable para defenderse de una acusación) peruano (acá acompaño foto de esos días). Pero sabés que voy a completar esa bella y corta crónica  sin dar nombres; no pude dejar de leer que fuiste tan feliz como yo y la Juan Pablo Shuterland que nos acompañó.

 

Resulta que invitados por la orga de diversidad sexo-genérica histórica de Lima nos convocan a un Congreso, y por una decisión de la organización decidieron que Pedro, Juan Pablo y yo compartiéramos piso, pero no habitaciones ¡Error! Nunca hubo puertas cerradas, y todo el piso fue un loft. Allí nos probamos ropa, le dábamos al pisco y la birra, tomábamos azúcares y circulábamos hasta las habitaciones que solo cerraban puertas cuando algún “otro” necesitaba de intimidad. De ese “hostel gay” del que nos cagamos de risa por sus amaneramientos y dorados, nos íbamos a las charlas, nos escapábamos hasta los bares más rascas donde vos eras capaz de hacerle caída de ojos al más matón de la barra. Y el sumun fue cuando me pediste que fuéramos a la muestra de arte religioso haitiano: una especie de santería cubana, pero más africanizada. Allí, mientras el cuidador se iba a otra parte ¡Vos sacabas azúcar de tus bolsillos y rociabas a los santos porque decías que les iba hacer bien! Como olvidar ese momento tan íntimo, tan público, tan sacro y tan blasfemo. Porque Pedra, vos fuiste y sos eso: una navegante que aunque se ganó becas internacionales, se les cagó de risa en la cara y con su plata compró la casita para su vieja. Para vos la pobreza y tu mariconería no eran marca de identidad, sino fuerza de ola de mar embravecido, como el que baña la costa de tu amado Chile, ese, del cual Pinochet nunca mereció ser parte. Te adoro amiga.


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