En su discurso ante la Asamblea Legislativa, Macri hizo un relato refundacional de la Argentina. Del gobierno que se fue no hay nada para rescatar. Como sugerían algunos funcionarios, la invención de una catástrofe es necesaria para legitimar las medidas de ajuste. Si fuera aceptada por la mayoría de la sociedad podría haber un cambio: se cedería ante demandas de derechos y equidad y se “ganaría” un optimismo resignado.



Fotos: Federico Cosso y Prensa Casa Rosada

 

Dio a luz el relato macrista. Sucedió el 1 de marzo en el discurso presidencial ante la Asamblea Legislativa. Por cierto, en los años previos uno encontrará distintos esbozos de narrativas del PRO: aquel que ponía énfasis en la eficiencia de la gestión; otro cuyo acento era la corrupción; otro más explícitamente noventista que detestaba las estatizaciones y el papel activo del Estado. Después de las PASO de 2015 se produjo un giro con la promesa de preservar la AUH, no privatizar Aerolíneas Argentinas, ni modificar YPF. Eso y más sucedió en el pasado. Pero al ocupar la primera magistratura se han planteado desafíos que generaron esta nueva narrativa.

 

Se trata de un relato refundacional de la Argentina. Afirma que no hay nada para rescatar del pasado. El presente es un corte abrupto, una nueva era. La historia que narra es cortita.

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1) Todos los gobiernos tienen relato

 

Antes de entrar en algunos rasgos del nuevo relato, conviene realizar algunas consideraciones. ¿Qué es un relato? ¿Hay gobiernos sin relato? Se acusó innumerables veces al kirchnerismo de tener una narrativa acerca del pasado, el presente, el futuro, con momentos dramáticos, con encrucijadas, con logros. Pero la verdad sea dicha: no existen los gobiernos sin relato. ¿Alfonsín tenía un relato? Por supuesto que lo tenía y estaba directamente relacionado con la recuperación de la democracia y la tensión con las corporaciones. Menem adoptó el relato neoliberal que venían pregonando Neustadt y Grondona. La dictadura tuvo un relato tan potente que se describió a sí misma como el “Proceso de Reorganización Nacional”. En 1973 Perón tenía un relato que llamaba a la unidad de los argentinos. Y en parte esos primeros años setenta pueden entenderse como una lucha entre distintas narrativas peronistas.

 

O sea, no es objetable en sí que un gobierno tenga relato. En cambio, sí es opinable y criticable qué se relata, se incluye y excluye, qué se legitima y condena. Si alguna vez el macrismo soñó en gobernar sin relato, esa ilusión le duró menos que los cien famosos días de la “luna de miel”.

 

2) El parto

 

El parto del relato fue difícil. El debate interno en el macrismo se dio entre la necesidad de hablar del pasado y concentrarse en los proyectos y el futuro. Hubo tensiones acerca de cuánto aludir a la trillada “pesada herencia”. Se reiteraba una queja entre funcionarios e intelectuales macristas, a veces off the record, a veces en documentos publicados. Supuestamente la sociedad no percibiría la gravedad de la situación actual, como la hiperinflación de 1989 o la crisis de 2001-2002. El punto es que ciertos cambios, “racionalizaciones” y ajustes resultan políticamente viables cuando la sociedad percibe una catástrofe. Por el contrario, cuando la sociedad percibe que existe una cierta normalidad, los argumentos en favor del ajuste se debilitan. Por eso, si la catástrofe no existía, había que inventarla. Y para hacerlo una condición sine qua non era jamás mencionar las verdaderas catástrofes de la hiperinflación de 1989 o la crisis de 2001.

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La sociedad, sin embargo, no define sus percepciones por un único factor. Influyen los medios, los discursos políticos, pero también la experiencia real del poder adquisitivo. También la experiencia real de la inflación. Al contrario de lo que piensan estos funcionarios macristas, se podría afirmar que la sociedad percibe bastante adecuadamente la situación actual. La sociedad sí percibe que había y hay problemas económicos. Que la inflación existía, aunque se incrementó, y tiene preguntas sobre la viabilidad de sostener el déficit fiscal y sobre el costo de cerrar el frente financiero externo. Esa percepción matizada puede apoyar cambios moderados. Nada tiene que ver con situaciones como la del 89 o 2001.

 

Aquellas corrientes del gobierno actual que presionaron para que el Presidente emita un alarido, “diga la verdad”, hable de la catástrofe que encontró, lo hicieron por dos razones. Quieren más medidas de ajuste y quieren más legitimidad para las medidas de ajuste que comienzan a impactar en estos días: la boleta de luz, otros aumentos, los nuevos trabajadores y jubilados que pagarán ganancias, los miles de despidos.

 

El problema que tienen también es doble. El alarido presidencial puede provocar dos cosas. Sin duda, una mayor polarización política, porque hay un porcentaje relevante de argentinos que sólo verá en él una serie de tergiversaciones. Pero quizá sea leído incluso por sectores más amplios como lo que es: una excusa para autojustificar sus propias medidas. Especialmente, el incumplimiento de una promesa muy reiterada por Macri: “cada días estaremos un poco mejor”. En esa tendencia optimista de futuro, que le permitió alcanzar el 51%, no había lugar para la frase creada por uno de los ministros de Economía de Arturo Frondizi: “hay que pasar el invierno”.

 

El relato ha nacido, irá cobrando forma y cambiando sus rasgos cuando crezca.

 

Quienes insistían en que dedicara buena parte al pasado argumentaban que era indispensable decirle “la verdad” a la sociedad. ¿A qué se referían con decir “la verdad”? No se refieren a comparar el peso de la deuda sobre el PBI, ni la tasa de desempleo, ni el salario real, al inicio y al final del ciclo kirchnerista. Para ellos, preocuparse por datos técnicos de ese tipo es pura propaganda K. Llaman “la verdad” a algo muy distinto: su parcial e interesada lectura de la situación económica como catastrófica.

 

3) Macri inventó una catástrofe que no hubo

 

Triunfó una visión muy sesgada e inverosímil acerca del pasado. Que el 10 de diciembre de 2015 había problemas económicos reales es algo evidente. Se desperdició la posibilidad de abrir un debate acerca de un balance con matices y con diferencias. Porque también es evidente que esos problemas no configuraban ninguna crisis disgregadora como las que vivió la Argentina en el pasado.

 

¿Por qué inventar una catástrofe? Porque un amplio sector de la sociedad que tiene expectativas en el actual gobierno pide que se cumpla la promesa electoral de Macri: no hay soluciones mágicas, pero cada día estaremos mejor. El gobierno empieza a asumir que esa promesa es incumplible. Para ellos la sociedad debe “tomar conciencia” del desastre económico y, por lo tanto, aceptar un ajuste de tarifas y del presupuesto social sin hacer reclamos sobre paritarias y derechos sociales.

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Como la sociedad no percibe ese “desastre”, los docentes logran aumentos en torno al 35% o 40% y, por lo tanto, otros gremios pueden seguir el ejemplo. Si la sociedad continúa en esa tesitura, las cuentas podrían no cerrar. Es muy cierto, sin embargo, que las cuentas podrían no cerrar, pero se requiere una mirada muy sesgada para echarle la culpa a los reclamos sindicales y sociales. Solamente la devaluación del peso, que ya supera el 60%, fue un beneficio extraordinario para los exportadores. Además, las retenciones agropecuarias y mineras fueron abolidas, y reducidas para la soja. Esto implicó un enorme sacrificio fiscal. A esto hay que agregar que si el Congreso Nacional acepta el acuerdo con los fondos buitre, aumentará la deuda externa y el impacto de los pagos de deuda en el presupuesto nacional, que hace décadas no eran tan bajos como en la actualidad en relación al PBI. Se convalidaron aumentos en la tasa de interés y se otorgaron subsidios a petroleras por la baja del precio del crudo. La reducción de impuestos a los autos de alta gama no augura un duro invierno para sus compradores.

 

Varios funcionarios del gobierno ya habían aludido a la “pesada herencia”. Emergencia energética, emergencia de seguridad, los conceptos del ministro de Hacienda sobre la “basura” y la “grasa militante”. Pero otros, en línea con Durán Barba, no traían malas noticias. El asesor ecuatoriano saca cuentas y llega a una conclusión sencilla: Macri no podía ganar las elecciones solo con el voto antiK. Obtuvo sin duda muchos votos de indecisos, que prefirieron esa opción, por la razón que fuera, pero sin enormes pasiones ni convicciones enardecidas.

 

El hecho es que si hubo luna de miel, ya llegó a su fin. El analista Eduardo Fidanza ha escrito en La Nación que si los votantes de Macri tenían en diciembre pasado una cierta “euforia”, hoy la opinión pública está dominada por un “optimismo realista”. Eufóricos ya quedan muy pocos y la mayoría de quienes apoyan al Presidente ven en la inflación y en el temor a perder el empleo un problema. La pregunta, dice Fidanza, es si ese optimismo ahora moderado se mantendrá y ese sector de la sociedad seguirá junto al gobierno. O si, por el contrario, lo abandonará. Esa es la gran encrucijada.

 

4) Una felicidad no sustentable

 

Por eso, la imagen de felicidad devino insustentable. Ese optimismo habilita más reclamos sociales. Para acallarlos hace falta describir a la Argentina como si acabara de ser bombardeada y destruida en una guerra. Habrá que ver cuántos podrán rodearse de globos de colores en medio de las ruinas y la devastación que acaban de inventar.

 

Si Macri se sintiera más sólido y confiara más en su propio plan económico, seguramente no apelaría a la tardía invención de una catástrofe. En cambio, si la situación fuera más delicada, incluso por la dudosa llegada de los prometidos capitales, es probable que termine apelando a una enorme polarización, para hacer frente a todos los reclamos de los más diversos peronismos. En esos casos, el oficialismo apelaría a la lealtad patriótica para escindir a los indecisos entre quienes se sumen al apoyo incondicional y quienes apresuren una retirada. El nuevo relato apuntala el proyecto económico.

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En cualquier caso, esa es la paradoja del macrismo: sólo puede existir por el furioso antikirchnerismo, pero esa misma furia es la que limita su amplitud, su discurso y su proyección.

Si alguna vez Macri soñó realmente con que su gobierno uniría a los argentinos, como dijo el 10 de diciembre y repitió el 1 de marzo, ante la Asamblea Legislativa renunció a ese objetivo. Ni el 54% que votó a Cristina Kirchner en 2011 ni el 48,6% que votó a Daniel Scioli aceptarán la descripción propuesta. Pero los problemas de gestión impulsan a renunciar a uno de esos objetivos en pro de su sustentabilidad política. Sólo inventando la pesada herencia, en palabras de Carlos Pagni, “puede justificar los aspectos más antipáticos del reordenamiento”.

 

Incluso cabe preguntarse hasta qué punto muchos aliados del gobierno que fueron oficialistas hasta 2013 podrán comprar o flirtear con este relato de los 12 años de kirchnerismo.

 

5) Ausencias notables

 

Es muy positivo chequear un discurso presidencial. Pero también hay que considerar aquello que no dijo el orador. El relato macrista es el reverso del relato kirchnerista. Una de sus peculiaridades es que se trata de un relato breve en el tiempo. Cortito. Todo habría estado muy mal en los últimos diez años. De ahí, tres ausencias notables, tres cosas que no existieron en la Argentina: nunca hubo crisis en 2001-2002, tampoco existió la década del noventa y sólo de una manera difusa alguna vez gobernó Alfonsín.

 

De allí que el 24 de marzo haya aparecido por la ventana en el relato macrista: a través de la llegada de Hollande y su comitiva. El 24 de marzo sería como el Bicentenario, un telón de fondo. No sería una de las causas que explica parte de los problemas de la Argentina. En cambio, para vastos sectores de la Argentina el “Nunca más” no se refiere sólo a un gobierno dictatorial. Se refiere al terrorismo de Estado y a un plan económico para destruir el país.

 

6) Ningún relato le puede ganar a la experiencia social

 

El gobierno intenta remontar las encuestas y ganar tiempo. Pero si la tendencia de estos meses no se revierte en caída del poder adquisitivo, una parte de sus bases sociales pueden comenzar a erosionarse. Es cierto que todo depende del éxito o fracaso de su plan económico, más que de cualquier relato. Pero se trata de un círculo. Si el relato macrista es aceptado por la mayoría de la sociedad podría haber un cambio devaluado: se cede ante demandas de derechos y equidad, y se “gana” un optimismo resignado.


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