La oposición republicana comparó la marcha del 18F con el Cabildo Abierto. Sectores del oficialismo la remitieron a la Procesión de Corpus Christi de junio de 1955. Desde el momento en que comenzó a circular la noticia del destino del fiscal, el sentido de su muerte quedó atrapado dentro del juego de las simetrías políticas argentinas. En este ensayo, Horacio Tarcus, director del CeDInCI de la UNSAM, inscribe el caso Nisman en una cinchada previsible entre nacionalistas remixados y liberales recargados.



I

 

En el país de las representaciones imaginarias. En todas las naciones del mundo los actores políticos se conciben a sí mismos y conciben a sus contemporáneos como si representaran ciertos roles históricos, como si los roles que se habían presentado espontáneamente en un momento histórico tuvieran una segunda oportunidad y fuese posible re-presentarlos. Sin embargo, el juego de los viejos roles históricos, de los líderes que se llaman con el nombre de los antiguos y que se visten con el ropaje de los muertos, parece ser una obsesión argentina del último medio siglo. El camporismo era un llamado al retorno del viejo peronismo, el alfonsinismo emergía del Proceso como la revancha del yrigoyenismo y el Partido Intransigente invocaba en los 80 el regreso del Tercer Movimiento Histórico. El Menem del ’89 lucía como el Chacho Peñaloza poco antes de entregarse a la Venus de las pieles, De la Rúa erraba como un Torcuato de Alvear en elegante sport y hoy Ricardito se prueba los trajes dos talles más grandes que dejó su padre.

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Si en el 73 el peronismo volvió como camporismo, en el 2003 el camporismo volvía como kirchnerismo. Argentina parece ser el único país del continente que vive atrapado en ese mundo de espectros y representaciones imaginarias que Marx puso de relieve en el más deslumbrante de sus ensayos políticos. Sólo el peronismo sobrevive (y cómo!), de entre todos los ismos políticos latinoamericanos de comienzos o mediados del siglo pasado. En Brasil ya nadie sabe qué fue el varguismo ni en Chile el ibañismo. En el vecino Uruguay el battlismo es un lejano recuerdo, por no hablar del fallido intento mexicano de resucitar el cardenismo. Entre nosotros, en cambio, sigue más vigente que nunca aquella boutade del General: en la Argentina hay conservadores, hay liberales, hay radicales, hay socialistas, pero peronistas somos todos.

 

II

 

Speculum. La crisis política del año 2008 marcó el punto de inflexión en el itinerario del kirchnerismo. Un hecho anodino, una modificación en el sistema de retenciones agropecuarias decidido por un ministro que pasaba a la oposición sin solución de continuidad, se transformaba de pronto en acontecimiento. Un paro agropecuario aglutinaba en torno suyo a todo el arco de la oposición, sumaba antiguos aliados del kirchnerismo, conquistaba el apoyo de los grandes medios e incluso ganaba las rutas y las calles. Las movilizaciones, los escraches, los piquetes, las asambleas y los paros por tiempo indeterminado, esas formas de lucha popular de los años 2001 y 2002 que habían conducido inesperadamente a Kirchner al poder, eran ahora eficazmente apropiadas por todos aquellos sectores sociales que las habían padecido en carne propia seis o siete años antes.

 

Como imantados en torno de la contraposición “gobierno-campo”, inmediatamente se polarizaron la política, la prensa, el poder legislativo, el poder judicial, el sindicalismo, el movimiento de derechos humanos, el mundo de la cultura. El campo político, el campo periodístico, el campo intelectual se abrían de pronto en dos como las aguas del Mar Rojo del mito bíblico. Los fantasmas del pasado, que oprimen como una pesadilla el cerebro de los argentinos, volvieron bajo la forma de nombres que parecían olvidados como la Unión Democrática, mientras que el gobierno de Cristina se ponía bajo la advocación de Evita, cuya iconografía había estado ausente durante el gobierno de Néstor.

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La polarización del campo político no admitía ya medias tintas. El Partido Socialista de Binner, que hasta entonces moderaba las voces más agudas de la oposición y acompañaba ciertas iniciativas del oficialismo, pasaba al bando del antikirchnerismo. Nuevo Encuentro, que prometía una centroizquierda independiente, se convertía en cuestión de horas en un apéndice del oficialismo.

 

Clarín, el sempiterno diario oficialista que había sostenido durante años al duhaldismo y luego al kirchnerismo, pasaba ahora a convertirse en su archienemigo. El gobierno y el Grupo Clarín se declaraban la guerra y pasaban a denunciar mutuamente el origen espurio de sus respectivas fortunas y el carácter oportunista de sus correspondientes posicionamientos políticos. Y en esta danza macabra de las representaciones imaginarias, la mayor exponente de la lucha por la aparición con vida de los desaparecidos adoptaba un hijo de la mafia financiera de la dictadura, frente a ella: una señora de la mafia financiera de la dictadura adoptaba a dos hijos de desaparecidos.

El campo periodístico se dividía entre el Grupo Szpolski y el Grupo Clarín, CN23 contra TN, la repetición ad nauseam de 6-7-8 frente al show bussines de Lanata, la TV pública versus Canal 13, Víctor Hugo o Nelson, bajada de línea contra medicalización de la política.

 

También el campo intelectual se alineaba inmediatamente en un bando y otro. El Club Político contendía con Carta Abierta y en este juego de las representaciones especulares unos hablaban de constitución y otros de destitución, unos clamaban Libertad y otros Justicia Social, el imperio del derecho se medía con la fuerza de los hechos, la virtus republicana contendía con el relato épico. En este despliegue de las simetrías, una versión plebeya de Victoria y una reedición meliflua de John William Cooke jugaban el juego de polemizar sin polemizar. De modo semejante a lo que sucedía con el campo periodístico, el campo intelectual se empobrecía conforme se convertía en una cinchada entre nacionalistas remixados y liberales recargados. Los intelectuales dejaban de expresarse en los lenguajes de la cultura para esgrimir las estrategias argumentativas de los abogados de parte. Embanderados: unos en una retórica barroca de la Nación y otros en una retórica templada de la Libertad, cada bando pasaba a elaborar las racionalizaciones útiles para la tropa propia dentro de los carriles de lo absolutamente previsible. Nunca la trahison des clercs había llegado tan lejos.

 

Y cuando algunas voces aisladas pugnaron por salir del binarismo de los dos coros establecidos, los directores de orquesta se encargaron, batuta en mano, de penalizar sus disonancias. Así, las notas de Santiago O’Donnell censuradas en Página/12 develaban los límites del periodismo oficialista, del mismo modo que la salida de Beatriz Sarlo de La Nación después de su ensayo sobre Gabriela Michetti vino a recordarle que las clases sociales siguen constituyendo una porfiada realidad incluso en la vida posmoderna.

 

 

III

 

Un héroe de nuestro tiempo. Un fiscal de la nación regresa intempestivamente de sus vacaciones en el exterior. En pleno verano, y en medio de la feria judicial, hace un anuncio tan extemporáneo como espectacular: la presidenta, su canciller, un joven militante-funcionario, un antiguo militante disfuncional y un lumpen-nacionalista han constituido una extravagante asociación ilícita para, a través de una sencilla red de diplomacia paralela, ofrecerle a Irán impunidad a cambio de petróleo.

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Este imaginativo homenaje a la obra de Roberto Arlt ganó de inmediato las tapas de los diarios de la Argentina y del mundo, invadió los canales de noticias y saturó las redes sociales. La oposición debió salir de las rutinas de su campaña estival para abrazarse a la denuncia como a un bálsamo para sus penurias.

 

El fiscal que durante una década había sido el protegée del kirchnerismo pasaba, a través de un giro copernicano, a convertirse en el ariete de la oposición. Pero el hombre que había generado tan alto grado de expectación a escala mundial, aquel que debía pronunciar la palabra más esperada en una situación de audibilidad ideal, aquel que debía decirlo todo, ese hombre no tenía nada para decir. El mismo lunes 19 de enero, el fiscal que iba a ser recibido por la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados de la Nación, aparecía muerto en el baño de su casa con un disparo en la sien.

 

El fiscal no dejó un sobre para Ariel Lijo con la leyenda “Señor Juez”, pero envió un mensaje a sus amigos donde decía, textualmente: “Esto que voy a hacer ahora igual iba a ocurrir. Ya estaba decidido. Hace tiempo que me vengo preparando para esto, pero no lo imaginaba tan pronto. Sería largo de explicar ahora. Como ustedes ya saben, las cosas suceden y punto. Así es la vida. Lo demás es alegórico”. Y le advirtió a su hija mayor: “Preparate para lo peor”. Su madre procedió con significativa naturalidad y resolución cuando encontró el cuerpo de su hijo tendido en el piso del baño de la Torre Le Parc. Sin mayor hesitación, llamó a Swiss Medical con la presunción, acaso la convicción, de que su hijo estaba muerto.

 

Todos sabemos que la Esfinge se suicidó apenas Edipo descifró su enigma. También sabemos que para ciertas culturas orientales, el suicidio es una forma digna de salir de situaciones humillantes o dolorosas. Pero para nuestra cultura, es un acto impensable, insoportable, casi innombrable. De modo que no importa lo que haya dicho el fiscal preparando su retirada de esta vida, ni el hecho de que hubiera pedido con urgencia un arma a un colaborador horas antes de su muerte, ni sus huellas en el revólver, ni la rigidez de su dedo índice. Aunque se descubriera un video registrando el momento mismo del disparo fatal, ni esa ni ninguna otra prueba material podría aventar la sospecha del asesinato instantáneamente instalada en toda la sociedad (o el suicidio inducido, que es una forma del asesinato).

 

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La sospecha no es una creación ex nihilo de los medios (“¿Un suicidio el día antes de hacer su presentación en el Congreso? ¡Vamos!”, disparó Lanata el mismo lunes por la mañana), la sospecha social es previa y responde a la imposibilidad humana de encontrar un sentido al suicidio, lo que sería un modo de aceptarlo. Y no hay sentido por el simple hecho de que el suicida se lo lleva consigo.

 

Ahora bien, ese vacío de sentido, impensable e insoportable para la sociedad, ofrecía una inmejorable ocasión para ser colmado. Desde el momento mismo en que comenzó a circular la noticia del destino del fiscal, el sentido de su muerte quedaba atrapado dentro del juego de las simetrías políticas argentinas. Las primeras noticias venían ya cargadas de interpretaciones y sobreinterpretaciones. Periodistas, intelectuales, juristas, peritos, ministros, estadistas, cerrajeros, personal de seguridad, presuntos testigos, todos aportaban sus testimonios y entretejían sus hipótesis que añadían argumentos y conjeturas a un campo u otro de la confrontación.

 

En un principio, para la presidenta se trató de un suicidio, y detrás de su presunción fueron durante cuarenta y ocho horas todos los medios oficialistas. Mientras tanto, la prensa opositora apostaba todas sus tapas a la hipótesis del asesinato, de modo que las sospechas recayeran sobre el gobierno. Pero he aquí que la presidenta volvió a opinar reorientando el sentido hacia el asesinato, y todas las sospechas recaían ahora en Stiuso, lo que obligaba a un nuevo giro a los medios oficialistas. Todos, finalmente todos, dirigieron sus miradas hacia la Secretaría de Inteligencia y al agente desplazado.

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Protestas durante el conflicto por la resolución 125 en 2008. Foto: Eduardo Carrera

 

 

Dos operaciones retóricas se ponían en juego en perfecta simetría: el relato oficialista convertía en autor intelectual del asesinato al socio de anteayer, al mismo tiempo que el relato opositor hacía del magistrado kirchnerista de ayer, el virtuoso Fiscal de la República de hoy. Pero fue sobre todo la alquimia opositora la que se mostró exitosa transfigurando a un hombre del poder en un héroe que enfrentó al poder, convirtiendo a un sumiso en un valiente, haciendo de una máscara sin rostro el rostro de una República en peligro. La marcha del 18F vino a probarlo, y una vez más la oposición ganó no sólo las calles sino la misma Plaza de Mayo al gobierno de la épica popular. La oposición republicana comparó la convocatoria con el Cabildo abierto congregado bajo la lluvia un 25 de Mayo de 1810, y coincidiendo con las mascaradas del carnaval, Patricia Bullrich y Laura Alonso se vestían de French y Berutti, y hasta el mismísimo Macri se probaba el disfraz de jacobino. El gobierno, desconcertado en el presente, buscaba un alivio en las comparaciones con el pasado, y remitía el 18F a la Procesión de Corpus Christi de junio de 1955. El pasado como legitimación para los que ganan, como consuelo para los que pierden.

 

El debate intelectual replicaba la polaridad con la misma pobreza interpretativa. Para Kovadloff el caso Nisman era un producto del “entramado siniestro que vincula a los servicios de inteligencia con el Gobierno”. Para Giardinelli, de un poder antidemocrático que escapó al control gubernamental y se volvió contra él. Santiago versus Mempo: ante el anuncio del apocalipsis republicano, un tranquilizador “hay vida después de Nisman”. Desvelo liberal contra populismo campechano. El grave pensador frente al perfecto cuentista. Nisman somos todos, Nisman no era nadie.

 

Cada una de estas figuras intelectuales fija una imagen, pero ninguna es capaz de ponerlas en movimiento, de pensar que Nisman es todos justamente porque no era nadie, que su muerte se cargó de sentido porque su suicidio carece de sentido. Marx había mostrado en El XVIII Brumario de Luis Bonaparte el proceso por el cual alguien que no era nadie, que no era jefe o siquiera miembro de un partido, que estaba fuera del sistema político mismo, que no era el representante de una clase social, un personaje en suma de escasa envergadura, podía alzarse hasta la cúspide de la sociedad, merced a las proyecciones imaginarias que sobre él hacían los más diversos sectores sociales. No se trata de lo que un personaje ha sido o es, sino de lo que una sociedad, en un momento dado, necesita que sea, y hace de él. De modo semejante, gobierno y oposición lograron, cada uno a su modo, el uno a través de la denostación y la otra a través de la glorificación, convertir al fiscal que durante once años no hizo avanzar un ápice la investigación sobre el mayor atentado político de la historia argentina, en un epítome de la Verdad y la Justicia.


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