El tenis es sinónimo de soledad, escribe Carolina Duek. El triunfo del equipo argentino en la Copa Davis deja en evidencia como el juego individual puede transformase en una victoria colectiva con una figura como la Del Potro. El tandilense desde los Juegos Olímpicos hasta la final en Zagreb parece estar protagonizando una película sobre la superación del cuerpo y, en esa lucha, hace llorar a los argentinos y también a la autora.



Nací un 20 de enero. Cada año, desde que tengo memoria, pido entre mis deseos de cumpleaños “ganar la Copa Davis”. Salud, dinero, amor y el triunfo. Apago las velitas esperanzada: el sorteo de la serie aún no se habrá hecho, todo está por construirse. “Este año puede ser, Argentina tiene un equipazo, cómo no vamos a ganar”. Y no ganamos. Año tras año las expectativas se diluían con peleas de vestuario, con tensiones en la Asociación, con la designación del Capitán, con el dinero, con la sede… Otra vez no la ganamos. No importa, el año que viene apago las velitas y lo pido de nuevo.

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No recuerdo si fue a los cinco o a los seis años que agarré por primera vez una raqueta. Siempre jugué en un club (luego jugaría para ese club) y pasé miles de horas peloteando con quien estuviera dispuesto a soportarme. La cancha era de cemento, tenía yuyos crecidos por todos lados, pero era gratis, a diferencia de las de polvo de ladrillo para las que había que tener carnet, abono y reservas. Estas dos canchas maltrechas estaban abiertas para quien las ocupara primero. Jugábamos con mi hermano (él siempre fue mejor que yo) y discutíamos de formas extrañas: “Si no tenés ganas de jugar me decís”, gritaba mi hermano del otro lado de la red ante errores no forzados de mi lado.

 

El tenis, para los que lo jugamos durante mucho tiempo, es sinónimo de soledad. No hay compañía que modifique esa sensación indescriptible de soledad. Incluso si se juega dobles (de a cuatro). No hay nada que un compañero pueda decir que alivie la responsabilidad individual de quien no llegó a la pelota, de quien colgó el saque en la red o de quien le pegó tan mal que mandó la pelota cuatro canchas más allá. Solo los que jugamos y nos enojamos con nosotros mismos podemos entender (aunque nos dé vergüenza, pudor y lo repudiemos) qué procesos llevan a que uno estalle una raqueta en el piso más o menos acolchado de la cancha.

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“Me equivoqué”, “Soy un/a boludo/a”, “Sorry” son algunas de las expresiones recurrentes que usamos ante un error. También pedimos disculpas si una pelota pega en la faja, pasa la red y se “muere” ahí (como en la escena memorable de la película Match Point de Woody Allen). La responsabilidad siempre es individual. No hay nadie, ni siquiera un entrenador, que amortigüe las (auto)críticas ni que suavice los reproches. Jugar al tenis es pasar mucho tiempo solo, pensando en la pelotita y en la posición del cuerpo, de la mano y la empuñadura y en el movimiento constante en el lugar “para no enfriarnos”.

 

Otra dimensión crucial de los jugadores de tenis (incluso de los más amateurs que puedan imaginar) son los rituales: para sacar, todos tenemos una serie de movimientos que repetimos de manera inflexible. No hay ni un solo texto que avale esta sensación. Y aun así, podemos reconocer estilos de saque en cada jugador, que incluyen golpear con la punta de la raqueta la zapatilla (para sacarle el polvo de ladrillo acumulado), picar la pelotita una cantidad de veces, levantar la raqueta hacia el cielo en un momento determinado… todos estos movimientos forman parte de una orquesta más grande que, de interrumpirse o modificarse, exigen la elevación de una palma al aire, un movimiento de labios que indique unas (siempre falsas) disculpas para inmediatamente reiniciar los pasos rituales.

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El jugador es un sujeto individual cuya calidad se mide cuantitativamente en función de derrotas y victorias. En tenis no hay empate ni tablas como en el ajedrez: hay dos resultados posibles. Cada uno va a ubicar al jugador en un lugar determinado y va a definir si empaca y se va de ese hotel impersonal, pero de lujo, hacia otro destino impersonal en busca de mejores resultados. Lo que el profesionalismo no puede resolver es la soledad. Esa soledad que para los amateurs dura la hora que reservó esa cancha el sábado, es una forma de vida para el jugador profesional. Ante esto, muchos eligieron viajar con la PlayStation por el mundo para, en el mejor de los casos, encontrar un compañero temporal que juegue un partidito de fútbol en el FIFA o en el PES con ellos. Pero no hay partido ni tiempo compartido en un hall de un hotel de lujo que modere la responsabilidad de las derrotas ni la soledad.

 

Una vez por año se sortea el grupo mundial de la Copa Davis. Hace más de cien años que se organiza un campeonato, por países, en el que se disputa la “ensaladera”, esa copa que ubica metonímicamente a un país como el ganador de un torneo que disputa un equipo de cuatro jugadores. La parte por el todo, la clave de la metonimia, le da a “la Davis” (como la llamamos “los del tenis”), una relevancia enorme y dispara preguntas y tensiones: ¿Quién será el capitán? ¿Estará [tal jugador] para la Davis? ¿Lo pondrán en el dobles o dónde?

 

En cada serie se disputan cinco puntos: cuatro de singles y uno de dobles. Quien llegue a los tres puntos, será quien habrá obtenido la victoria. Los partidos son a cinco sets y mantienen la misma dinámica de todo el año. Pero hay una diferencia: cada punto que se suma o que se pierde (la responsabilidad sigue siendo individual, incluso en el desempeño en el dobles), va para el “equipo”. Y es ese equipo el que capitaliza o pierde el punto disputado. Por una vez en el circuito, los puntos se suman en un pozo común y, de acumularse, garantizan nuevos agrupamientos y disputas. Jugar como representantes de un país no es menor para un deportista profesional. Si buscamos en Google declaraciones sobre la diferencia entre “jugar en el circuito” y “jugar la Davis”, vamos a encontrar a cientos de jugadores que hablan de la camiseta, de la hinchada, del sentimiento “distinto” y de la gratificación inolvidable (si es que los resultados acompañan). La diferencia entre todos los años anteriores y el 2016 se llama Juan Martín del Potro.

***

“Delpo” nació en 1988 en Tandil. La “torre de Tandil” mide 1,98 y a los 20 años ya estaba en el top ten del tenis mundial. Lesiones en ambas muñecas lo sacaron del circuito cuatro veces para realizarse operaciones que apuntaban a superarlas de forma definitiva. El 18 de junio de 2015 subió a Twitter una foto del último post operatorio con este mensaje en inglés: “Hola. Acá estoy recuperándome después de la cirugía. Estoy muy agradecido a todos por estar ahí y por sus mensajes”. Dicen en su entorno que los dolores eran insoportables y que ése fue el motivo de que accediera a someterse a las operaciones y a caer cientos de puestos en el ranking de la ATP. En enero de 2016 una inflamación en la muñeca ponía dudas a la posibilidad de un retorno al circuito. Desde el puesto 1045 del ranking, en febrero comenzó lo que sería su último retorno al circuito.

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“Pecho frío”, “individualista” y “no siente la camiseta” fueron algunas críticas que anónimos tenistas amateurs y opinólogos de todas las disciplinas construían en torno a Del Potro. “Es todo psicológico”, decían otros abordando con una falsa profundidad la reiteración de las lesiones. Lo cierto es que, sin un equipo técnico ni asesores, Juan Martín del Potro llegó a los Juegos Olímpicos de Río 2016. No sólo no había expectativas sobre su desempeño sino que, en el sorteo, su suerte pareció sellada: Novak Djokovic, el número 1 del mundo, era su rival en primera ronda. Entre risas y burlas, “Delpo” minimizaba sus posibilidades frente a semejante rival.

 

Desde el sorteo del cuadro de los Juegos Olímpicos hasta la final de la Copa Davis, el año de Del Potro parece un guión de una película. No sólo le ganó a Djokovic en la primera ronda sino que, dejando a Rafael Nadal en el camino, llegó exhausto a la final olímpica. Entre llantos, un desgaste físico inexplicable (luego contaría cómo perdió muchas uñas de los pies debido a la exigencia) y una emoción que no podía contener, “Delpo” ganó la medalla de plata en Río 2016. Subió al podio orgulloso, se abrazó a su medalla y lloró en primer plano frente a una cámara que parecía amarlo: era la síntesis épica de un (casi) ex jugador retornando triunfal a representar a su país en una inesperada final olímpica.

 

Nadie osó criticar nada de su desempeño: los partidos no fueron perfectos pero sí esforzados, demostró (a quien quisiera verlo) que estaba para volver en su mejor nivel pero que el “plus” de su brillante desempeño en ese torneo era estar representando a su país. Nuevamente la metonimia: su desempeño individual no se guardaba en el arcón de sus victorias y derrotas, sino que podía “sumar” a un colectivo; al medallero de Argentina en un juego olímpico.

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Si le hubieran dicho que su año aún tenía mucho para darle (un campeonato en Estocolmo, por ejemplo), él seguro se hubiera reído. Siguiendo los pasos de lo que sería un perfecto guión, el subcampeonato en Río le auguraría grandes satisfacciones: “wild cards” (invitaciones a sumarse a torneos sin tener el ranking necesario), reconocimientos y comentarios de todos los jugadores y entrenadores del circuito. A comienzos de noviembre la ATP le entrega el premio al “regreso del año”. Ese galardón encuentra a “Delpo” en el puesto 38 y a dos semanas de disputar la final de la Copa Davis.

 

La serie había comenzado contra Polonia, que ofrecía resistencia, y Argentina tenía medio equipo de debutantes. Superado el escollo (y también de visitante –como sería en toda la serie), llegó Italia. En esa serie, Juan Martín Del Potro disputó el dobles con Pella y obtuvieron el punto para el equipo. Argentina avanzaba en la copa. La semifinal frente a Gran Bretaña fue épica. Con todo para perder, Argentina se impuso con un punto en singles de “Delpo”, uno de Pella y el cierre glorioso de Mayer. El capitán, Daniel Orsanic, lograba que Argentina llegue por quinta vez en su historia a la final con Croacia, en Zagreb.

El equipo llegó a Croacia y ahora sí, las luces y cámaras buscaban desesperadamente a “Delpo”, la estrella del año. Confiados, pero no exultantes ni triunfalistas (después de la derrota en la final en Mar del Plata contra España -sin Nadal- cualquier precaución antes de una final de la Davis es poca). El viernes “Delpo” ganó su punto frente a Karlovic y Delbonis perdió con Cilic (un top ten). El dobles del sábado imprimió más dramatismo a la serie: Del Potro y Mayer perdieron contra la dupla croata y la serie se escabullía una vez más.

 

El primer partido del domingo, el cuarto de la serie, daba como resultado parcial 0-2. Del Potro no podía frente a Cilic, no entraba en ritmo, el partido se le escapaba y, con él, la final para Argentina. Pero algo pasó en el tercer set: “Delpo” se conectó, revirtió el resultado y obtuvo épicamente el cuarto punto. La serie estaba 2-2 y quedaba un punto por disputarse: Delbonis-Karlovic. A juzgar por los comentarios en redes sociales, los mismos “expertos” que acusaban a Del Potro de “pecho frío” decían que el quinto punto estaba perdido. “¿Quién conoce a Delbonis?”.

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Pues bien, en tres sets corridos y frente a un durísimo sacador (saque y volea son los dos únicos golpes de Karlovic, que carece de destreza para peloteos extensos), Delbonis ganó el quinto punto, que no era para su ranking sino para la consagración: por primera vez en la historia Argentina era campeona de la Copa Davis.

 

El 27 de noviembre de 2016 se me cumplió el cuarto deseo de todos mis cumpleaños. Ví a Argentina salir campeón, lloré sin pausa desde que Delbonis se puso a un game de obtener el partido, pensé en Del Potro, en su familia, en sus médicos y en lo difícil que debe ser entrar y salir del circuito profesional para empezar desde lo más bajo del ranking una y otra vez. Y pensé que “Delpo” se merecía este año, esta copa, esta locura que en nueve meses pasó con su carrera. La medalla plateada en Río no era más que la promesa de que algo más grande le esperaba más adelante.

 

Me acordé de Cañas (mi favorito siempre), me imaginé a Nalbandian, pero también me acordé de Frana, de Coria, de Gaudio y de tantos jugadores que pasaron por el equipo argentino de la Davis. Recordé las veces que me desperté de madrugada para ver una serie en la otra punta del planeta (y las veces que canté “corazón sin fronteras”, el single de una afamada marca de yerba que auspiciaba al conjunto nacional).

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Y lloré. Lloré por la soledad de los jugadores, lloré por la posibilidad de celebrar una victoria en conjunto, lloré porque me sentí parte de la historia aun sabiendo de que yo no había hecho nada que posibilitara la obtención de la ensaladera. Lloré por mí, por la inmensa cantidad de veces que me enojé porque le había pegado mal a la pelota, porque no llegué a resbalar bien en el polvo de ladrillo, por las marcas producto de enojos que siempre tuvieron mis raquetas y por no poder lograr los golpes que imaginaba en sueños.

 

La Copa Davis no es más que un torneo en el que se representa falsamente a un conjunto nacional, organizado por la ITF (siglas en inglés de la Federación Internacional de Tenis), que recauda millones de dólares como ganancia. Si fuera otro deporte seguro que no me conmovería porque podría ver los negocios, las tramas complejas de intereses, las apuestas y demás elementos de los que el tenis no prescinde. Pero que este año Argentina haya logrado la copa, con Del Potro renaciendo cual ave fénix, por un instante me parece que justifica tantos años sin ganar, tantas expectativas frustradas y tantos deseos truncos de cumpleaños. El desafío para 2017 será decidir mi nuevo cuarto deseo. Tengo que ponerme a pensar.


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