Al sacar el cuerno del closet y ponérselo en la cabeza como una corona, Yanina Latorre reinventa a la señora moderna. Lúcida, insumisa y despectiva con su esposo al mismo tiempo que reina del neo matrimonio y el conservadurismo sexual. Yanina es una sobreviviente del apocalipsis: en los últimos 25 años los matrimonios se redujeron un 50% en Buenos Aires. Desde un feminismo que abraza el goce, Luciana Peker analiza los viejos nuevos mandatos que se construyen en los discursos alrededor del “caso Latorre".



Le lleva las medias a la cama, le corta las uñas de los pies y le pide los turnos de los médicos. Las medias no es lo único que lleva. También lleva el apellido de su esposo. Yanina Latorre hace de esposa a la antigua. Su identidad está conjugada con la de su marido Diego Latorre. Pero ella reinventa –en el reality show de tele y redes sociales- la pose de Señora moderna: mediática, lúcida, insumisa, despectiva para llamar boludo a su marido y sacarlo del altar patriarcal del Santo Padre. Pero conservadora para llamarse a sí misma señora y reinventarse cornuda como un accesorio más para su don de buena esposa.

 

En la Europa medieval los señores feudales violaban a las mujeres durante su luna de miel y ponían en la puerta un cuerno de alce. La violación como forma de tributo y desprecio entre varones sigue vigente. La palabra cornudo/a también. Las mujeres como principales víctimas de la violencia sexual mucho más. Yanina Latorre apostó a sacar el cuerno del closet y calzárselo en la cabeza como una corona. Ella hace de la categoría de cornuda, en vez de una vergüenza, un orgullo. No aguanta, elige. No se humilla, retiene. No necesita sexo. Lo minimiza. Ella no tiene la puntita. Tiene el combo entero. La puntita es el sexo. El completo es la familia. La obra ya la vimos, pero sigue en cartel, o es un retorno permanente, se llama “No seré feliz, pero tengo marido”.

 

En la novela española “Velvet”, ambientada en los años cincuenta, el adinerado Don Francisco acosa a una costurera –Luisa- que no puede denunciarlo en su trabajo porque nadie la defendería y opta por escracharlo con su esposa, Doña Cayetana. Pero, para su sorpresa, ella defiende a Francisco y reprocha a Luisa:  “¿Tanto te cuesta darle placer a cambio de sus favores?”.

 

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La esposa en la casa y la puta en la cama era una fórmula clara de la división sexual de todos los trabajos. El gran salto, a partir de la revolución sexual, es que las esposas también pueden gozar. Pero la posibilidad se volvió mandato. Las esposas no pueden, deben hacer gozar. Y si el marido va con otra es su culpa.

 

“¿Cómo estaban en la cama?”, le preguntó Ángel De Brito a Yanina Latorre en su primera aparición televisiva. Ella se negó a contestar al aire con el affaire de la puntita (en alusión a chats sexuales donde se nombró el goce trasero para sorpresa pública de un mundo macho que simula dar la espalda al goce de cuerpo entero), pisando los talones de un punto G de incontinencia homofóbica contra un varón que había pedido una fantasía que no implicaba solo dominación, sino también exploración. Pero en la revista Gente Yanina aclaró: “Teníamos buena cama”.

 

Yanina es, por sobre todo, una mujer inteligente. Pero no siempre la inteligencia es sinónimo de liberación. Ella cumple con los mandatos más conservadores sobre las mujeres: ser esposas serviciales y llevar el apellido del marido. Y, después de la infidelidad hecha pública de su marido con Natacha Jaitt, reconstruye el desliz con una astucia impecable. “A los hombres el sexo les da poder, les aumenta la autoestima. No les gusta sentir que su mujer sea la última con la que se van a acostar, necesitan saber que van a poder estar con otras y, cuando se les da la oportunidad, la aprovechan. Como si quisieran seguir vigentes en el mercado”, le dijo a Juliana Ferrini, en Para Ti. Yanina no es (solo) una señora de su casa, sino que sale a trabajar, esquiva el rumor de que el affaire de su marido sea una vendetta por todas las personas de las que ella habla como columnista mediática, hace autocrítica de su lugar de esposa–madre (pero cree que ese cuidado sacrificial es el que la amerita a pedir, reprochar o sobrevivir como señora), toma como una de sus obligaciones descoserla en la cama y, a la vez, permite que su esposo pueda tomar el elixir sexual de la vigencia masculina afuera para no tenerlo frustrado o vencido puertas adentro. Yanina es ama y señora del nuevo conservadurismo sexual. Muerto el matrimonio, viva la Reina del Neo Matrimonio. Señora de Latorre. Pero, por sobre todo, su propia invención  Señora Y.

 

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Ella se asienta sobre las ruinas de una institución devastada: el matrimonio. Dice que, al menos, por ahora, la crisis no quita a su marido de su cama, ni de su casa. Y que no se tiran por la ventana 23 años de matrimonio para que Ana Rosenfeld –la abogada mediática que pelea cuotas alimentarias VIP con colmillos de encarnizada- saque la mayor tajada. Yanina es una sobreviviente del apocalipsis: Entre 1990 y 2015 los matrimonios se redujeron el 49 por ciento en la Ciudad de Buenos Aires. Y ya hay un divorcio cada dos nuevos matrimonios, según datos de la socióloga Victoria Mazzeo. “Mientras que los varones tienden a volver a unirse o a casarse, las mujeres, en las uniones que han tenido hijos/as son las que, generalmente, se quedan con la tenencia. Esto condiciona su modo de relacionarse eróticamente con otros y de formar nuevas parejas”, escribe la socióloga Mariana Palumbo. Yanina lo sabe: los tuyos, los míos y los nuestros también es un nudo en extinción o en excepción de familias ensambladas que ya no encajan. Una MILF (madre sexy) puede ser atractiva por un rato en el me toca-no me toca, pero, en general, no toca la lotería del amor y prefiere ocupar la tapa de las revistas con su escapada a solas con su marido a Punta. La Punta de Yanina es la reinvención del estatus de casada.

 

“El sexo está sobrevaluado”, dice Yanina en Para Ti. Un compañero de trabajo también me lo dijo hace dos años. Moví la cabeza y asumí que no. No queda bien ser enfática. Parece una forma de ostentación de un sexo bien valuado que, en realidad, es efímero como las vacaciones o un feriado clavado al mar. La ostentación sincera es decir que está sobrevaluado. Solo las o los emparejados lo dicen. Quienes pueden levantarse y acostarse teniendo sexo y no lo tienen o lo tienen como una salvajada rutinaria, como cuando clavás Nutella en la alacena y se lo ponés a las tostadas, sin preservarla –siquiera- para un postre especial. El sexo está sobrevaluado para las que desean más dormir que jadear o mirar el celular o la copa balcánica o “La Jaula de la Moda” más que esperar en cuatro para correrse el rimel. El sexo está sobrevaluado para quienes tienen la misma satisfacción cuando acaban que cuando PagoMisCuentas les dice OK al monotributo. Los que contestan un “arreglamos” tan vago como arreglar el mundo a un polvo que implica viajar en colectivo, charlar y enviar emoticones para no decir nada después de un sexo sin festejo.

 

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Hace un tiempo Yanina Latorre se enfrentó a Julia Mengolini. Julia tiene un pasado amoroso a la vista y un presente de señora casada que es lo más parecido a un amor compañero que se pueda encontrar post ‘70: con su marido, Federico Vásquez, fundaron el único medio de comunicación –la radio online Futurock- nacida post macrismo con la financiación central de los y las oyentes. Su casamiento fue chiquito, en un club de barrio, con sanguchitos y su marido tocando el bandoneón y sus compañerxs de radio terminando la noche en el mismo bar que le gusta a Julia. Yanina y Julia quedaron enfrentadas públicamente porque Yanina ninguneó a Julia por su outfit floral de casamiento. Un enfrentamiento de la pizza con champagne y el vinito con bondiola. Pero, también, una grieta entre el amor ser, el amor parecer y el exceso de ser para parecer.

 

Necesito una flor, cantaba Lucía Galán. Julia nunca lo dijo. Le pidió a su mamá el ramo para su casamiento y su mamá, llegada de Bariloche aún de oficio paisajista, no consiguió en una ciudad de visitante. Julia se casó en un CGP de San Cristobal. En el lugar del sí quiero agarró un ramito de violetas del cantero y se armó un  tocado silvestre –en Europa le dirían low cost-. Yanina Latorre la imputó en Twitter: “Parece que a Mengolini no le alcanzo para el ramo…. #fotomarginal”, y delataba la raíz del ramo. Los puntos suspensivos se le fueron a cuatro y lo de la foto marginal es una gracia habitual de Yanina bastardeando a gente pobre por usos y costumbres sin charme. Su blanco favorita son minas gorditas con minishort en un aeropuerto, con campera y calzas animal print en alguna saladix o en desabillé en el chino. El grito de “¡Qué nivel!” a veces pasa por bizarro. Pero la palabra clasista encaja justito en la idea de no tener clase de Yanina. Y en su clase de mujer encaja la bien casada.

 

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“Bien vestida y con marido”, dice el tweet fijado (5 de diciembre del 2016) de Yanina. Tiene la foto de portada de ella y Diego, en un evento simil casamiento, con photoshop, los dos mirando al horizonte (una foto que favorece el antiarrugas). Una imagen impoluta, como señor y señora X/Y arriba de la torta que se corta pero no se come, ni se deshace, por más dedos que pasen por el barro y por más que se desayunen galletas con arroz y él le reproche que no cocine y ella cuente que lo cuida tanto que hasta le corta las uñas de los pies y dan ganas de escupir el propio desayuno de tanto detalle de un matrimonio jardín de infantes.

 

Pase lo que pase, estar casada es mucho más que estar con alguien. Es, como dicen los formularios, un estado civil. No estar acompañada, estar enamorada, tener sexo, vivir de a dos o cualquier otra forma de denominar el amor. El casamiento no es con el otro, es frente a los otros/as y con una misma. No es solo lo que se tiene, sino de dónde se sale. “Hoy cumplo 48 años. Tengo el mejor marido del mundo, los hijos que siempre soñé y soy plenamente feliz!”, se autoincriminó el 24 de marzo.  Ahora, después de revelado el affaire sexual de su marido con Natacha Jaitt, Yanina ya no dice que tiene el mejor marido del mundo, sino que es un boludo, pero que una familia no se rompe y que no cree en la fidelidad. Le reprocha que no la cuidó y que sus amigos debieron aconsejarle que se metiera con otra pero que justo con esa, con esa no. Ser macho es saber dónde ponerla. Y él no supo.

 

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Natacha Jaitt es como una némesis exagerada de sí misma. Sexo explícito y dinero también. ¿Y? Y también. El sobre maquillaje del goce decadente. Una enemiga declarada de la patria Gaturra, tanto que el mismo Nik salió a atacarla. La patria Gaturra es la moral conservadora de La Nación pero con los likes hot para una lavada de cara con un poco de polvo. Nik y Natacha enfrentados son la exacerbación de un ring en donde los hombres creen que el deseo pasa por portarse bien y lucir bien (nunca fue ni será así). Natacha devela que Agatha no es una gata buena, sumisa y original. “Le hicieron un doping a Natacha Jaitt en Intrusos y dio un dato sorprenderte: había un 1 por ciento de pis”, tuiteó Nik el 3 de julio. Y prosiguió –porque en este país psi el inconsciente ya no tiene que ir a diván  para develarse desde que existe Twitter-: “La pregunta es: Qué hacía Latorre con este extraterrestre?????”. Yanina no necesita decir que Natacha es una chiruza para ningunearla porque Natacha pone chiquita la palabra chiruza y hace de la palabra puta una entonación sin cavilaciones. “Sentime LADRON PLAGIADOR SERIAL DE GARFIELD, QUINO, MAFALDA Y DEMÁS. QUIEN SO? Querés la puntita pasiva fea e incogible? CHORRA y SIN HUMOR”, le contestó Natacha a Nik. Yanina no la nombra. El espadeo de lenguas karatecas no regala sexo oral, se lo cobra.

 

Yanina entrona a la mujer moderna que ve el conejo hirviendo en su cocina, apaga el fuego, muestra fotos con drinks y hasta impone una bebida (el aperitivo Aperol), ningunea al muchacho que se creía que la tenía más larga y sigue con su juego.  La dignidad que le cuestionan si regala (por seguir con el infiel) no se pone en juego por otra, sino por no dejar de ser una señora que resuelve los problemas puertas adentro de su casa y con un hombre adentro de sus puertas. Adentro tooodo, afuera nada. Una cosa es ser cuerneada y otra cosa es ser dejada. Yanina supone una escala de valores en donde caerse del Himalaya de la familia perfecta no la devuelve al llano de la indecencia de no ser acompañada. Si alguna la crítica en su propia salsa tuitera ella le dedica “Hacete dar”. O sea, dice que el sexo está sobreestimado, pero exacerba la idea que una mujer bien cogida es una mujer calmada. Una señora de su clase ahora ya no solo mantiene el anillo, sino su cama. Que no se diga que no le dan. Su juego no es el matrimonio, pero sí estar casada. Antes los trapitos sucios se lavaban en casa. Ahora se lavan a la vista de todos y con aparición en Showmatch. Pero la dignidad femenina supone, siempre, una mirada que no la deje marginada. Y una mujer sin marido es, para el Universo Yanina, una mujer marginal.

 

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No es lo que da el matrimonio, sino todos los imaginarios de los que salva. En la pareja el reproche es presencia. Lo que me hiciste/lo que no me hiciste es una forma de presencia. La señora nunca está sola. El gran fantasma de las mujeres modernas. No seré feliz, pero tengo alguien a quien reprochárselo. Tiene razón Yanina en que la soledad no siempre es fácil, no siempre es placentera y no siempre es negocio. Nadie puede juzgar sus decisiones y deseos. Ni negar su ambición, fortaleza e inteligencia para defender sus conquistas. El trono de Ama y Señora de la defensa del matrimonio heterosexual (X/Y) es, sobre todo, de la Señora Y.


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