En 1902 el poeta y dandy uruguayo Roberto de las Carreras encuentra a su compañera y esposa Berta Bandinelli con otro hombre. Eran años en los que el Estado amparaba al hombre engañado, aún si mataba a los amantes. La reacción del escritor anarquista fue escribir unas entrevistas a sí mismo en las que celebra la libertad sexual y defiende el derecho de la mujer al goce. Un fragmento de “Amor libre: Interviews voluptuosos con Roberto de las Carreras” (Criatura Editora)



Ilustraciones: Carolina Ocampo

 

Con motivo del Waterloo galante de Roberto de las Carreras, que convulsiona a nuestra sociedad, entrevistamos al tempestuoso anarquista en sus elegantes habitaciones del Hotel Pirámides.

 

El parisiense apareció con un chaleco rojo como un incendio, dernier cri del boulevard. Roberto de las Carreras —y esto es tan público como el bégain de su querida— es un refinado, nacido en la tierra de Zapicán por un capricho de la femenina Naturaleza.

 

—Los ingenuos uruguayos —nos dijo con su fina sonrisa— me consideran un marido burgués engañado, un Bovary, y me fusilan a sonrisas por la espalda. (Con aire compasivo.) Se encuentran en un grosero error. Yo no soy un esposo. Si bien es cierto que he pasado por la comedia de la unión burguesa, y que arrojé una firma al Registro Civil, como se arrojan papeles estrujados a un canasto, creí perfilar rigurosamente, con una carta, que publiqué en un periódico anárquico, mi verdadera situación erótica.

 

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El objeto de aquella formalidad fue, simplemente, como lo dije entonces, impedir que el Juez de menores, usando de un derecho atávico, recluyera a mi querida en un convento, por el solo delito de haber amado… Usé de la burguesía contra la burguesía, y aseguré la libertad de una mujer que yo había arrancado al Prejuicio.

 

Fue un acto de política anárquica y de lealtad galante. Estas razones se vieron claras en mi comunicación al público. Proclamé mi fe subversiva. Dije que el matrimonio era un valor nominal como el papel moneda, que ese valor no consiste más que en el hecho de reconocerlo, y que por lo tanto me consideraba yo tan casado como si me hubiera unido en matrimonio por los ritos de alguna de esas tribus salvajes para las cuales el casamiento consiste en que los novios, en un instante dado, dejen caer un cántaro que se despedaza contra el suelo.

 

Escarnecí el Matrimonio, pateándolo con mi artículo de El Trabajo, que aparecía mientras yo me dirigía al Juzgado. Por otra parte, había lucido en los paseos, ante las retinas atónitas de nuestros burgueses, un hijo hecho sin el permiso del Juez.

 

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Mi casamiento, si así puede llamársele, fue toda una alevosía de mofa: resonante carcajada contra el pedantesco catafalco de las instituciones burguesas. ¡Todavía me río!

 

Roberto de las Carreras hizo una pausa en la que hubo risa… y al mismo tiempo como una penumbra…

 

—La sociedad montevideana —continuó—, que no brilla por su inteligencia (sonrió indulgente), comprendió mi actitud al punto de que no solo no se nos recibió en los salones, a mi querida y a mí —pretenderlo hubiera sido hiperbólico—, sino que, en la calle, nuestras matronas, depositarias del fuego sagrado de la moral burguesa, pretendían quitarnos la derecha por un prurito de vindicta.

 

Ahora bien, después de todo esto, ¿cómo es posible considerarme marido? ¡Es una imposición gratuita de los burgueses!

 

—¿Y como amante no se considera usted humillado?

 

Jamais de la vie! Subyugué durante cuatro largos años a una mujer nerviosamente apasionada, un filtro mágico de corrosiva lujuria, una cantárida humana, una berberisca de mis sueños de harem: exotismo viviente en este país en que las mujeres son pacíficas y se destacan por un aire doméstico, por una expresión desesperante de monótona tontería. ¡Ella parece más bien una hija abrasada de los fúlgidos arenales, con sangre de pantera, exacerbados los sentidos por las llamas del Simún!

 

¡Conservar una mujer encendida durante cuatro años es un prodigio que no puede comprenderse entre nosotros!

 

Cierto, no han de enorgullecerse de él los inocentes maridos, para los cuales la luna de miel dura apenas lo que una luna: ¡cuatro semanas!; ¡que confunden con ingenuidad nimbada la fidelidad que sus mujeres guardan a la Opinión Pública o al Deber con una fidelidad de amor por su zafia, palurda y caricaturesca persona!

 

Los burgueses están extraviados. El Amor no es la Virtud. El Amor muere joven. Es una fatalidad de la Naturaleza. El ideal de Amor debe integrarse con un sinnúmero de mujeres. Querer obtenerlo de una mujer única es como pretender crear una ópera con una sola nota del pentagrama o escribir un libro con una sola letra del alfabeto. Dicen los griegos, esos maestros reconocidos en Belleza, en Filosofía, en Arte y en Amor, que pretender ser amado exclusivamente es una locura de mortales. ¡Sería curioso que el Amor, cuyas alas frágiles se han escurrido entre los dedos de los semidioses, de Cátulo, de Musset, de Horacio, de Lord Byron, se encontrara prisionero en los hogares montevideanos junto a la cocina y el retrete!

 

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Roberto, triunfante:

 

—¡Ningún vencedor, llámese César, Napoleón o Alejandro, ha podido jactarse de haber atado a su carro la mujer!

 

—¿Puede saberse por qué razón vivía usted en Buenos Aires separado de su amante?

 

Roberto sonrió.

 

—Mi querida estaba a punto de sucumbir, quemada, en mis brazos. Puse todo lo helado del Río de la Plata entre sus ardores y yo.

 

El parisiense se abandonó en un diván y cruzó la pierna, en la que se marcaba el músculo vigoroso del esgrimista.

 

—No tenía noticias de la «travesura». Los uruguayos, esos espías, cuidadores de las mujeres ajenas, se han vengado de mi desprecio por su policía desinteresada de «voluntarios» no informándome de lo que sucedía… Comprendí por un rayo de sagacidad psicológica. Como un astrólogo en las estrellas, leí en los ojos tenebrosos de la Afrodisíaca el horóscopo inquietante de su anárquica sensualidad. Virtud de ocultista… ¡Si la poseyeran los uruguayos, leerían en el rostro de sus señoras iguales revelaciones!

 

—¿Cree usted que debe atribuirse al Amor el arranque de su querida?

 

—Lo dudo.

 

—¿El nuevo dueño es superior a usted como hombre?

 

Roberto sonrió con la satisfacción que proporciona la seguridad de sí mismo.

 

—Según ella ha confesado con admirable desenvoltura a uno de mis amigos que la interrogó audazmente, su nuevo amante es «regular, ¡no es gran cosa!».

 

En cuanto a mí, recuerdo que después de los transportes, de vuelta de su carrera anhelante por los Campos Elíseos de la sensación, la Voluptuosa me felicitaba en cinco idiomas distintos: ¡Muy bien! Très bien! Molto bene! Very well! Sehr gut!

 

Hay de que estar satisfecho como amante — subrayó Roberto —. Después, acaso el pimiento rojo del cambio, la mostaza candente de la intriga, el condimento vitriolero de lo prohibido…

 

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—¡Flor de charco parisiense! —exclamamos. Roberto continuó con tono dogmático:

—Mi error fue no hacerla casar. Renuncié torpemente a ser el fruto vedado que no sacia nunca. Fui marido para ella. ¡Me arranqué la aureola!

 

(Una pausa.)

 

—Me es imposible sentir celos de ese mozalbete a quien no considero mi rival.

 

Al hallarlo in fraganti con mi Favorita, cedí a un arranque heredero de mis antepasados de las cavernas, y del cual me arrepiento: le di una bofetada… Él se escurrió precipitadamente entre las sábanas, se hizo un ovillo, diciéndome con una voz plañidera, elegíaca: «¡No me pegue que soy un hombre enfermo!».

 

Declara la Favorita que, estupefacta por la debilidad de su amante de ocasión, ¡lo echó con risas a la calle!

 

—¿Siente usted rencor contra «la traviesa»?

 

—Como elegante no puedo perdonarle que se haya acostado con un uruguayo, con un aspirante a «marido»; como Sultán, mi soberanía se resiente y se encrespa ante la imagen de una esclava del harem que se abandona a un siervo en las cuadras; pero, como anarquista, admiro a la rebelada, que, con un valor de impulsiva, hace saltar las cadenas de su sexo y sueña, volviendo femenino el ideal de Nietzsche, con ser «¡una carnívora voluptuosa errando libremente!».

 

¡Es mi discípula! ¡Yo la he libertado! Yo la arrojé en brazos de su capricho. Yo he ejercido sobre ella una doble fascinación. Incorporé a su sangre las máximas anárquicas y eduqué sus sentidos en las exquisiteces sibaríticas del refinamiento: flor cultivada en el invernáculo de mi lujuria… En sus células grises germina mi personalidad. Escribe con mi pluma. Con motivo de nuestro divorcio libertario que ha seguido al in fraganti, me dirige una carta deliciosamente rebelde que destaca con bizarría mi postura de Maestro.


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