“Nos dejaron este regalo patético”, dijo por micrófono Patricia Walsh a la gente que marchaba con ella el viernes pasado, en Villa Luro. Estaban frente a la casa donde el Batallón 601 intentó llevarse a su hermana Vicki, en septiembre de 1976. Al costado de la vereda encontraron una caja llena de platos de pared con logos de ese escuadrón militar. La periodista Patricia Serrano, que estaba ahí, cuenta cuál fue la primera reacción, qué lugar ocupa el miedo y cuál es el mensaje de los familiares de desaparecidos después de recibir ese mensaje. Y qué harán para que los platos también se conviertan en memoria.



Patricia Walsh cruza la calle. El tren Sarmiento atraviesa con destellos celestes y blancos la noche del barrio porteño de Villa Luro. Todavía no son las ocho pero el cielo ya está oscuro en la ciudad y hay un aire a otoño acercándose. Las luces rebotan contra el empedrado, las veredas se ven vacías, autos casi no pasan. Estamos en la calle Corro esquina Yerbal. Y esperamos la marcha que llegará hasta este lugar exacto para homenajear a los caídos del llamado Combate de la Calle Corro. Aquí Vicki Walsh se pegó un tiro frente a 211 hombres que iban a matarla. Aquí sucedió lo que Rodolfo Walsh escribió en su Carta a mis amigos. Aquí estamos Patricia y yo solas, y esperamos.

 

-Mirá, una pila de libros. ¿Por qué la gente tira libros? Vamos a ver qué hay.

 

Patricia me dice esto mientras levanta el primero de una pila que tendrá más de 10 libros de tapa dura, gruesos, viejos. Están en el piso, al lado de un montículo de basura variopinta. Enseguida encuentra algo que le gusta: uno de recetas. Ahora es mi turno y me agacho para inspeccionar casi segura de que no voy a encontrar nada que quiera o necesite. Detrás nuestro un mural en la pared recuerda “Ustedes no nos matan” y apenas unos metros a mi derecha están las cerámicas que señalan los lugares de los detenidos/desaparecidos de Argentina. Y pintados en la vereda los pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo.

 

Historia del Banco Ciudad. No me interesa. Gran Enciclopedia del Diario Clarín. No me interesa. Gran Atlas Universal. Tomo I, Tomo II, Tomo III. No me interesa. Voy dejando todo esto que no me interesa en otra pila hasta que llego a una caja muy limpia, muy cuidada. No pesa casi nada y la abro. Adentro hay un plato de cerámica que enseguida me hace pensar en cocinas de abuelas con platos decorativos colgados en la pared. Pero estos tienen una pantera o tal vez un puma dorado, delineado con color azul. “Batallón de Inteligencia 601″, leo, “Con audacia y con valor”, leo. Y se lo muestro a Patricia.

 

-¿Qué es ésto? Dámelo.

-No sé, estaba adentro de esta caja.

-No puede ser. Pará pará pará. No toques más nada, puede haber algo, puede explotar algo.

-Pero ¿qué es?

-Salgamos de acá. Dejá todo. Vamos, vamos.

* * *

El Batallón de Inteligencia 601 fue una organización secreta del Ejército que actuó durante la última dictadura cívico militar. Su misión era la “lucha contrasubversiva” y no sólo en Argentina. Participó en el Plan Cóndor, se infiltró en guerrillas y organizaciones de derechos humanos, coordinó desapariciones, asesinatos, secuestros, entrenó a milicias latinoamericanas. Fue disuelto recién en 1985. Sus archivos secretos en Argentina fueron desclasificados recién en 2010. Y apenas en 2016, Estados Unidos desclasificó los suyos vinculados con la dictadura argentina y se conocieron detalles de los planes de este organismo de inteligencia.

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El Batallón 601 fue responsable de la Masacre de la Calle Corro.

 

Para muchos el Batallón 601 aún existe, con otros nombres.

* * *

Patricia y yo ahora estamos en la esquina de Corro y Yerbal, y volvemos a esperar. Esta vez esperamos que llegue algún compañero, compañera, alguien que vea lo que nosotras vemos y confirme lo que tememos. Esto no es una casualidad, dice. Esto no puede ser una casualidad, reafirma. Esto tiene que ser una casualidad, pienso, porque de repente tengo miedo.

 

Un recuerdo del grupo de inteligencia más temible de la dictadura no es algo que se guarde en cualquier casa. ¿Puede ser azar? Puede ser. Pero sería una casualidad puesta en la vereda pocas horas antes de la marcha que recordará crímenes de lesa humanidad todavía impunes y, sobre todo, crímenes que recién este año tal vez comiencen a juzgarse: Patricia Walsh se presentó como querellante para que se investigue la muerte de María Victoria Walsh y de sus cuatro compañeros montoneros en el marco del genocidio de estado. Por primera vez.

 

Por fin llegan unas personas a la esquina. Les contamos. Dos hombres y una mujer. Entonces, más seguros, juntos, vamos a revisar qué hay en la caja de cartón que está al lado de los libros y qué son las otras cosas que no vimos después de hallar el plato conmemorativo del Batallón 601. Se acerca Gloria Pagés, militante, integrante del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH), hermana de dos desaparecidos. Pone un poco de orden. Dice: “Estos papeles son circulares internas del PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas). Los conozco bien”. “Este es un mensaje intimidatorio”, repiten muchos. “No nos van a callar”, “No tenemos miedo”, siguen.

* * *

La columna de la marcha está doblando la esquina. Ahora todo empieza a pasar muy rápido. El escenario es un camión que funciona también de equipo de sonido. Las banderas y la gente se acomodan en la calle. Patricia Walsh sube, toma el micrófono y cuenta:

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Hace un rato estamos en esta esquina que tiene tanta significación para todos nosotros y nosotras. Llegué temprano. Venía con una amiga periodista y quería mostrarle con más tranquilidad la casa donde murió mi hermana Vicki Walsh. Y encontramos esto. Hay gente que todavía piensa que le podemos tener miedo. Hay gente que piensa que nos pueden amenazar, que nos pueden hostigar, y se ve que no nos conocen tanto porque llevamos muchos pero muchos años de lucha.

 

La voz de Patricia Walsh suena fuerte y firme. Las personas de la marcha comienzan a mirarse entre ellas, a levantar más alto los celulares porque algo acaba de pasar y nadie sabe bien qué es, qué gravedad tiene o si la tiene.

 

Esto muestra que alguien se preocupa porque estemos haciendo este acto. Nos dejaron este patético regalo.

 

Patricia levanta el plato y lo muestra. Se oyen abucheos. Ya es plena noche en Villa Luro y la marcha que parecía dormir en el recuerdo de los crímenes que dolerán por siempre ahora ruge como un león a punto de atacar, o de ser atacado.

 

-Les decimos no tenemos miedo. Les decimos hemos logrado aportar pruebas de lo ocurrido en esta casa. Somos querellantes en esta causa que se va a elevar a juicio por crímenes de lesa humanidad. Vamos a juzgar con nombre y apellido a 12 jefes que están con vida. Vamos a hacer todo lo que podamos para que rindan cuentas por este genocidio. Vamos a seguir luchando por memoria, por verdad y por justicia. Vamos a presentar las listas de los 211 que participaron en este operativo, muchos de ellos obligados porque eran soldados conscriptos, soldados que cuentan lo que pasó aquel día y lo que pasó con el Batallón 601, que por entonces ocupó el edificio alto que está acá enfrente, vigilando los movimientos de la casa.

 

Los pisos más altos del edificio de enfrente tienen vista privilegiada a la casa de Corro 105. La multitud se da vuelta y lo mira. En septiembre de 1976 era el esqueleto de lo que es ahora. Y allí se realizó la inteligencia para el ataque del amanecer del 29 de septiembre.

 

Aplausos y cantos. La marcha sigue hacia el centro clandestino de detención Olimpo, uno de los peores centros de tortura de la dictadura de Videla, por el que pasaron 700 detenidos y sólo sobrevivieron 50.

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Patricia Walsh baja del escenario y se lleva el plato. Gloria Pagés, los papeles para analizarlos. Hablan sobre la importancia de este hallazgo. ¿Hacer una denuncia o no hacerla? Mientras caminamos un señor desde un balcón grita si no tenemos actividad mejor que marchar. Yo no sé si ese plato es un mensaje. Pero sé que no, no hay nada más importante que marchar, justo ahora, cuando todavía nadie juzgó ni reconstruyó lo que pasó en esta casa.

* * *

Cinco nombres. Cinco crímenes. Ismael “Turco” Salame. Alberto “Tito” Molinas Benuzzi. Carlos “Tucu” Coronel. José Bertrán. Vicki Walsh. Esos son los nombres de los militantes montoneros caídos en la mañana del 29 tras una lucha -¿podemos llamarla lucha?- de 5 contra 200. Pero también, y tal vez increíblemente, hubieron sobrevivientes. La hija de Vicki Walsh, que tenía un año y tres meses, fue secuestrada y sería entregada días después a su familia paterna. La familia que alquilaba esa casa también fue secuestrada y llevada al centro clandestino Campo de Mayo. Demasiada agua turbia bajo del puente. Y un recuerdo que llega cuando los familiares de los muertos comienzan a pedir que se investiguen y sean condenados por crímenes de lesa humanidad los jefes del operativo. La querella está encabezada por Patricia Walsh, con el patrocinio de Myriam Bregman, abogada del CeProDH y legisladora porteña por el PTS/FIT.

 

El acto termina. De a poco los militantes y las organizaciones de derechos humanos se alejan, Patricia y Gloria siguen juntas hasta avenida Rivadavia. Están lejos de casa pero cerca de lugares demasiado dolorosos. Gloria perdió a su hermano en El Olimpo. Patricia perdió a su hermana en la calle Corro. Y esta noche el horror volvió en forma de orgullo militar plasmado en un plato.

 

No sé si tienen miedo.

 

¿Se hicieron las fuertes delante de sus compañeros? ¿Qué sentirán ahora, cuando ya no hay banderas ni cantos ni pibes grafiteando: “El miedo puede volver”?

 

No. No existe el miedo, me dicen mientras subimos a un taxi para ir por Rivadavia hasta la estación de subte San Pedrito y volver a cada una a su casa.

 

“La política de darle más impunidad a los genocidas, que se expresa en los intentos de liberarlos o darles domiciliarias que se sabe que no cumplen, envalentonan a sectores que aunque sean marginales siguen ligados a las fuerzas que actuaron durante la dictadura. Por eso buscan mostrarse, decirnos a través de estos mensajes que están. Quieren generarnos temor. No lo harán”, me explica Gloria. “Todo lo que conseguimos estos años fue el resultado de la enorme lucha colectiva de un pueblo que no está dispuesto ni a olvidar ni a reconciliarse ni  a perdonar los crímenes de lesa humanidad. No nos detuvo el miedo antes, no nos detendrá ahora”.

 

Los recuerdos militares serán entregados a los organizadores de la Marcha Orletti-Olimpo para que los cuelguen en los mismos sitios donde hicieron del mundo un infierno. Y donde ahora nosotros hacemos de ese infierno una lucha. Y de esa lucha, justicia.


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