Una joven denunció a un integrante de la banda Pez. El grupo publicó un comunicado que generó repudio y reabrió el debate sobre los escraches en las redes. ¿Alcanza con el punitivismo? ¿Habrá más víctimas? ¿Tenemos que desconfiar de todos? ¿O es hora de que los varones renuncien a sus privilegios? En esta nota Julieta Greco recorre su historia como fan de la banda y las contradicciones entre la conciencia de género y la admiración a los ídolos.



Un lamento recorre los grupos de whatsapp en los que estoy junto con amigxs que también siguen a Pez: No vamos a poder ir a ver a ninguna banda más.

 

El viernes a la noche recibí un mensaje en un grupo que comparto con tres amigxs, con un link que decía: “Baterista de Pez, abusador! violento! #YaNoNosCallamosMás”. Mi primera reacción fue no abrirlo. Era muy fácil imaginar qué había detrás de esa oración. No es la primera vez que leo denuncias por abuso en el rock. La diferencia es que esta vez le tocó a Pez, la banda que sigo desde hace 12 años, la banda que vi crecer, la banda que amo.

 

Conocí a Pez por mi primer novio, cuando tenía 17 años. Apareció de la mano de un primer amor pero lo supo trascender. Pez me gustó primero por su música, una mezcla arbitraria entre rock, jazz y canción libertaria, me gustó por el arte de sus  tapas, por los volantes que anunciaban nuevos shows. Después por las descargas gratuitas de sus discos, por el lema PAZ, AMOR, LIBERTAD Y RESPETO, por crear su propio sello discográfico, por la artesanía de su quehacer, por la toma de posición política cuando el neoliberalismo llegó al gobierno, por los recitales que pedían la aparición de Santiago Maldonado, por el cambio de la palabra PUTA por YUTA en sus canciones. Hace unos años, en una nota que escribí sobre la banda, citaba a Ariel Minimal diciendo que en Pez nadie juega el juego del rockanroll, ni ellos arriba del escenario, ni el público abajo. Por eso me gustaba Pez: por su música, pero más aún porque volvían acto lo que profesaban en canción.

 

El link que no me animaba a abrir era del blog “Ya no nos callamos más”, un espacio que denuncia y visibiliza las violencias patriarcales sistemáticas y opresoras. Allí una joven cuenta de manera anónima que fue abusada por el baterista de la banda después de un recital durante una gira que Pez hizo por la Patagonia en 2017.

En los grupos que unen a sus seguidores y en su propia página de Facebook algunas personas pidieron explicaciones, preguntaron. Otras trascendieron el acto de interrogar y tomaron partido, creyeron el testimonio. Muchas reacciones se tiñeron de dolor y decepción. Otras se apoyaron en posicionamientos feministas, en la comprensión del patriarcado para asegurar una cosa: hay que creerle a la piba. Y de ese lado y con mucho dolor estoy parada escribiendo esta nota.

 

Algunos pidieron pruebas, precisiones de horarios y lugares. Un nombre y un apellido: “¡Acusaciones como estas con nombre y apellido lacras!”, “¿Las mujeres no pueden inventar una situación de abuso?”.

 

La primer respuesta de la banda fue cancelar el siguiente show en Burzaco. En un escueto mensaje acusaron recibo de la denuncia, desconocieron los hechos y suspendieron el recital. Gusto a poco para una gran cantidad de personas que seguíamos esperando más palabras. Dos días después de la denuncia, llegó el comunicado de la banda en el que desmintieron nuevamente los hechos diciendo que no hubo relación sexual de ningún tipo aclarando: “ni consentida ni no consentida”. Yo me pregunto: ¿Puede haber una relación sexual no consentida? ¿No es a eso a lo que llamamos violación? El comunicado continúa con frases como “Defendemos las luchas de las mujeres” y “Sabemos que la relación entre músicos y seguidores, muy especialmente seguidoras, supone una base desigual que en muchos casos puede reproducir patrones patriarcales”. La banda intentó dar cuenta de que son sensibles a la complejidad del tema y se comprometieron a revisar cómo se construyen esos vínculos entre Pez y sus seguidoras/es.

 

El posteo tuvo más de 1500 comentarios y casi 500 compartidos. La mayoría repudiaba el comunicado. Un primer escaneo hace pensar que hoy en día la voz de una denunciante, la sola palabra de quien se llama a sí misma víctima posee una legitimidad que no tenía hace poco tiempo atrás. Pero es probable también que haya algo del pacto entre los seguidores de Pez y la banda, algo que los propios Pez supieron construir con su público: una legitimidad basada en la coherencia y no en un fanatismo ciego. Hay consignas que sintetizan lo que podríamos pensar como una nueva política del creer: los hashtags #YoTeCreoHermana, #YaNoNosCallamos aparecen como la contracara de la mirada legalista, que pide pruebas, testigos, algo difícil de proveer para casos de abuso donde el único testigo posiblemente sea el mismo abusador. Una buena parte de las violencias no deja tampoco marcas en los cuerpos.

 

Las denuncias plantean el interrogante de a quién creerle y en esa pregunta se dirime la valorización de la voz de las mujeres. En el marco de un sistema donde se sabe que somos silenciadas e invisibilizadas, creerle a la mujer por convicción feminista es una apuesta de quienes queremos despatriarcalizar los vínculos, sabiendo incluso que en el lado b de esa apuesta existe la posibilidad de que quien esté siendo acusado sea en realidad  inocente. Aún ante la duda, la posibilidad de estar deslegitimando la voz de cualquiera que hubiese pasado por abusos, resulta aberrante. Pero que este posicionamiento político se imponga aún cuando los denunciados son personas idealizadas, a veces cercanas, incluso personas queridas, es un logro del movimiento feminista reciente. ¿Estamos ante un corrimiento de los modos de idealizar a los artistas? El éxito del hashtag #KillYourIdols parece indicarnos que sí.

 

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En el caso de Pez, algunos de los repudios retomaron la voz de la banda, citando sus canciones: nos definen las acciones, lo demás es bla bla, ni las letras de canciones, ni la forma de pensar. Otros les recordaron eso de que no querían tener nada que ver con su idea de rock. Nada más doloroso que matar al ídolo con su propia obra. Los grupos de facebook de seguidores se reorganizaron: uno se cerró y otro se abrió para creer y duelar. Despedirse no sólo de la banda, sino también de lo que significaba en sus vidas, de los sentidos que se les otorgaba. Hay quienes admitieron que hubieran sentido alivio si la situación se resolvía con la exclusión de la banda del principal implicado en la denuncia. Y otros vieron caer una ilusión: “yo creía que ellos eran la excepción”. Yo también lo creía. Tal vez ese sea el error: en el sistema patriarcal no hay excepción.

 

Cuando pensamos a la violencia de género como parte de la cultura, cuando se habla de la existencia de una cultura de la violación, se afirma que los que violan, los que abusan no son monstruos ni enfermos, son eso que el feminismo nombra como “hijos sanos del patriarcado”. De este modo las violaciones son normalizadas y aceptadas al punto de no ser identificadas como tales por los varones. Virginie Despentes explica en Teoría King Kong que los hombres nunca identifican su accionar sexual como una violación. Hacen lo que las mujeres hicimos durante años, “llamarlo de otra forma”. La imagen de lo repudiable queda en las violaciones de película, en un callejón, estereotipadas, con un psicópata como victimario. Se dice también que los actos más cruentos, los más aberrantes, esos sobre los que hay consenso social de su inaceptabilidad no son más que la punta del iceberg de un montón de otras violencias cotidianas (a veces imperceptibles) que son reproducidas por todos los varones. En el aporte más citado para pensar a las violencias de género, Rita Segato propone que el violador es un disciplinador, un moralizador, que se ocupa de aleccionar a una mujer que se salió de su lugar esperado. Las violaciones son crímenes de poder. Así, reafirma algo imprescindible: no tenemos que preguntarnos qué hacer con el violador, debemos pensar cómo modificar la sociedad.

 

La frase “si tocan a una, tocan a todas” no significa solamente que sentiremos una empatía sorora con cualquier mujer víctima de violencia. Que no sean monstruos, significa que son nuestros compañeros, nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestros ídolos. Significa que podemos genuinamente estar queriéndolos, admirándolos, yendo a verlos tocar en un recital, y la brecha que se abre al visibilizar algo que se ha naturalizado durante años pero que ahora se vuelve intolerable, genera en nosotras, las que nos quedamos de este lado, un dolor difícil de narrar. Genera en mí a la hora de escribir esta nota, una profunda contradicción ¿Me dejó de gustar Pez? ¿Ya no voy a verlos más? ¿Tengo que escribir esto? ¿Los puedo lastimar? ¿Habrá más víctimas? ¿Estoy simplificando el caso?


Es lógico que cualquier persona que haya sido violentada espere que el responsable directo “pague” las consecuencias, pero cuando pensamos desde la cultura de la violación, desde el feminismo, no alcanza sólo con el punitivismo, el descargo, la denuncia en las redes, el señalamiento. Es necesario estar disconformes tanto con el pacto machista de quienes encubren la violencia, como con aquellos que se regodean en culpar a otros machos como única estrategia para sentirse a salvo de la barbarie. Es necesario empezar a significar sus propias acciones cotidianas como violentas y repensar su propio aporte a la base del “iceberg de la violencia”. En una nota reciente, Ileana Arduino se pregunta si la forma del escrache en las redes es una forma de empoderar a las víctimas, si hemos construido las herramientas necesarias para hacer frente a ese modo de denuncia y, sobre todo, si no nos ubica en el lugar del linchamiento que, desde las mismas posiciones progresistas que incitan a las víctimas a hablar, hemos repudiado. ¿Son estas las vías a través de las cuales vamos a despatriarcalizar nuestros vínculos, nuestros afectos, nuestras idolatrías?

 

En el camino de desarmar los mecanismos naturalizados durante tanto tiempo no se salva casi nadie. No es sólo el rock. Hace semanas que en una cuenta de instagram llamada “el detrás de escena” comenzaron a visibilizarse abusos en las artes escénicas. Profesores que amparados en supuestos juegos teatrales orientados a desinhibir, sexualizan de más, incomodan, violentan y acosan. Directores que montan falsos castings como pantalla para abusar de mujeres con intenciones de iniciar un recorrido en la danza o el teatro.

 

Todos los hechos de violencia merecen su repudio. Pero ¿alcanza? Llega un mensaje al grupo de whatsapp en el que recibí el enlace que llevaba a la denuncia. El único varón del grupo cuenta las repercusiones entre sus contactos: algunos amigos que lamentan tatuajes, otros que “no caen”. Surgen debates: ¿Podemos separar al arte de sus creadores? Un pibe dice que lo shockeante no es sólo desandar la idolatría, cuestionar la admiración. Lo que lo afecta es interpelarse, repensar de qué forma se relaciona con las mujeres, recordar situaciones del pasado y hacerse preguntas. Tal vez ese sea el camino. No son monstruos, ni enfermos, son varones. Los hijos sanos del patriarcado, ¿querrán renunciar a su herencia?

 


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