Cada año, la celebración del 17 de octubre genera homenajes y críticas por igual. Los dirigentes y militantes peronistas encuentran en este día el momento ideal para recordar a Juan y Eva Perón y manifestar públicamente su lealtad para con sus jefes políticos. Quienes no son peronistas observan, entre asombrados y disgustados, lo que a sus ojos no es sino una confusa mezcla de ritualismo y adulación. A partir de una historia familiar del 17 de octubre del ’45 el antropólogo social Fernando Alberto Balbi, autor del libro "De leales, desleales y traidores", publicado por la Editorial Antropofagia, explora los sentidos asociados a la lealtad y analiza por qué esta noción todavía ocupa un lugar fundamental en ciertas formas de hacer política en nuestros días.



El 17 de octubre se conmemora el día de la lealtad peronista. Como lo sugiere la existencia de esa celebración, la noción de lealtad ocupa un lugar destacado en la vida política de los peronistas, quienes la traen a cuento reiteradamente para hablar de sí mismos y la incluyen como una pieza central de sus explicaciones respecto del origen del peronismo y de lo que significa ser peronista. Sería imposible explicar en unas breves páginas cómo y por qué sucede esto pero vale la pena trazar un panorama general, así sea con trazos gruesos. Una buena forma de comenzar es comparando dos imágenes muy opuestas del 17 de octubre de 1945.

 

Mis padres eran lo que los peronistas llamarían dos auténticos gorilas. Mi mamá, Silvina, era hija de una familia antiperonista y, por razones que nunca pude entender y que ella jamás consiguió explicarme, votaba a los demócratas progresistas. En cuanto a mi papá, Alberto, aunque no se identificaba con ningún otro partido, su antiperonismo era manifiesto y cerril. Generalmente se justificaba afirmando el autoritarismo de los primeros dos gobiernos de Perón, que decía haber experimentado en carne propia en la forma de un “infiltrado” que se había sumado a su grupo de amigos en la Facultad de Ciencias Económicas para vigilarlos. Lo que quiero recordar aquí es una historia que Papá me contó en más de una ocasión, siempre con cierto orgullo.

 

Según decía, el 17 de octubre de 1945 —precisamente el día en que las multitudes obreras del Gran Buenos Aires marcharon hacia el centro de la ciudad para demandar la liberación de Perón— debería haber sido su primer día de trabajo en una oficina pública pero al llegar al centro se encontró con que estaba cerrada. Decidió entonces volver a su casa, en Devoto, pero los trenes no circulaban y tuvo que regresar caminando, siguiendo las vías. Durante mi adolescencia esta anécdota me fascinaba, seguramente porque me daba pie para echarle en cara, riendo, que siempre había andado a contramano de la historia; por otro lado, aunque jamás me detuve a pensarlo demasiado mientras Papá vivió, siempre sospeché que su relato no era del todo verídico, especialmente porque era demasiado lindo para ser cierto. Viéndolo en perspectiva, se me ocurre que con los años su memoria se ocupó de mezclar distintos días para construir una historia que estaba llena de esa ironía que tanto le gustaba y que, de paso, venía a reafirmar que su antiperonismo era una condición innegociable, constitutiva de quien él era. Digo esto porque apenas unos meses antes de morir, cuando ya se notaba que estaba enfermo, me confesó de sopetón —mientras veíamos un partido de fútbol por televisión— que había votado a Perón en las elecciones de febrero del ‘46. Recuerdo haberme quedado estupefacto y creo que le pregunté por qué nunca me lo había contado. “Porque me daba vergüenza”, me dijo, y con el mismo tono confesional me contó que lo habían convencido algunas cosas que dijo Perón durante la campaña electoral, agregando que después había resultado ser un dictador. Así que me parece que, lo supiera él o no, esa imagen suya caminando para las afueras de la ciudad cuando el naciente pueblo peronista venía hacia el centro era una especie de carnet de antiperonista, una forma que tenía Papá de demostrar que nunca había tenido relación alguna —ya fuera real o imaginaria— con Perón.

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La imagen del 17 de octubre del ‘45 que ha quedado grabada en la memoria de los peronistas dice todo lo contrario que la historia relatada por mi papá pero tiene la misma capacidad de congelar un momento y proyectarlo hacia la eternidad. El cuadro de los trabajadores caminando hacia el centro de la ciudad para reclamar la libertad de un hombre que estaba preso por ellos, por defender sus derechos y su dignidad, sirve a la vez como certificado de nacimiento y como modelo ideal de la relación entre el pueblo peronista y Perón. Pero si la pequeña historia de Papá mostraba un total desapego emocional y la inexistencia de vínculo alguno entre él y Perón, los relatos peronistas sobre el 17 de octubre pintan una relación de confianza mutua, intensa, inmutable y profundamente personal entre Perón y los peronistas. Al ser asociada a ese día y a esa relación, la palabra lealtad los explica implícitamente: se supone que Perón estaba preso porque su lealtad hacia los trabajadores (que ya había quedado demostrada en su desempeño como Secretario de Trabajo y Previsión del gobierno militar) había molestado a los enemigos del pueblo, y que, al acudir en su rescate, los trabajadores estaban pagando lealtad con lealtad. Lo que se celebra cada 17 de octubre, entonces, es la mutua lealtad entre Perón y el pueblo. 

 

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Sin embargo, la palabra lealtad no se limita a describir y explicar esa relación fundante del peronismo sino que postula un deber ser para todas las relaciones entre peronistas. La lealtad es vista como una cualidad personal positiva que todo peronista debería tener, como una virtud que se considera como propia de los auténticos peronistas. Y esta virtud, considerada como un cemento capaz de unir a Perón y los trabajadores de una vez y para siempre, es postulada entonces como el fundamento sobre el que deberían asentarse todas las relaciones entre peronistas y como la fuente de su unidad de propósitos, es decir, de su capacidad de tirar todos para el mismo lado, pase lo que pase y cueste lo que cueste. En los relatos que circulan entre los peronistas, la encarnación más perfecta de la virtud de la lealtad es Eva Duarte de Perón, de quien se dice que se entregó a la causa del pueblo que encarnaba su marido al punto de dar su vida por ellos: junto con la imagen del 17 de octubre, los relatos sobre Evita condensan las ideas que, incluso hoy, los peronistas evocan cada vez que hablan de la lealtad.

 

Pero, ¿por qué darle tanta importancia a una cualidad supuestamente personal, tratándola como un elemento esencial de la política?; ¿por qué la unidad de propósitos y las relaciones entre los miembros de un sector político podrían requerir de compromisos personales mutuos en vez de ser, simplemente, una precondición de su participación en ese sector? Una breve escena de nuestra historia reciente puede ofrecernos una pista al respecto.

 

El 28 de junio del 2009, la lista de candidatos a diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires del Frente para la Victoria, que encabezaba Néstor Kirchner, fue derrotada por la liderada por Francisco de Narváez. Inmediatamente, Kirchner decidió renunciar a la presidencia del Partido Justicialista y lo anunció a través de una “entrevista” grabada que fue emitida por televisión, en un gesto que claramente apuntaba a hacerse cargo personalmente de la derrota, protegiendo en lo posible al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Sin embargo, después de explicar que pensaba que era el momento de dar un paso al costado, Kirchner agregó que “yo la verdad que me quiero, estee… también dedicar fuertemente a moverme con mucha libertad, quiero andar con mucha libertad.” Este comentario, dicho casi al pasar, encierra una referencia implícita a varias ideas que suelen ser centrales en las formas en que los peronistas entienden a la política. En particular, está aquí implícita la idea, muy arraigada entre los peronistas, de que el elemento clave de la actividad política es la conducción, entendida como un arte y, en consecuencia, como una actividad de creación. En política se lucha en función de una causa, y lo único que puede garantizar el éxito es la organización, que debe ser flexible, es decir, capaz de adaptarse a las diferentes situaciones y a las necesidades que surjan en función de los objetivos cambiantes de la lucha política. Esa flexibilidad, se supone, permite al conductor desplegar su arte con la mayor libertad posible y, así, con eficacia. Esta es la libertad a que hacía referencia Kirchner: la de rediseñar su armado político en función del escenario que surgía de la derrota en las urnas.

 

Ahora bien, aunque los partidos siempre son necesarios como condiciones para la participación en el sistema electoral, la preferencia por las organizaciones políticas flexibles implica —entre otras cosas— que no siempre se los vea como su elemento central: porque el valor de cada herramienta depende de los fines a alcanzar y de la coyuntura en que hay que moverse. Y esto también está implícito en los dichos y las acciones de Kirchner, quien al renunciar a la presidencia del partido estaba reconociendo que había sectores peronistas que no respondían a su conducción, pero al mismo tiempo lo dejaba a cargo de Daniel Scioli, un dirigente que sí se encolumnaba con él: así, el ex presidente buscaba contar con la libertad necesaria para emprender un armado político más amplio atendiendo a los sectores no peronistas del FPV, al tiempo que trataba de mantener el sello partidario bajo su control.

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Es en el marco de esta manera de entender la política donde la lealtad cobra su importancia característica. Porque, desde este punto de vista, el hacer política gira en torno de la figura del conductor más que de las estructuras partidarias: y el conductor, para desplegar su arte con libertad y eficacia, necesita una obediencia y una unificación de las voluntades que solamente la lealtad parece poder garantizar.Conducción, organización y lealtad, entonces, son trazos de un mismo dibujo: el de una forma de entender la política que encontró su primer bosquejo en las ideas militares sobre el mando conducción que Perón y sus primeros colaboradores emplearon a mediados de la década del ‘40 para orientarse en el campo, que para ellos era nuevo, de la política republicana. Esta mirada comenzó a tomar forma en el curso de la construcción del heterogéneo frente electoral que llevó a Perón a la presidencia en febrero del ‘46, creció al calor de las luchas políticas de la década peronista, y fue difundida y alimentada por la propaganda política de los gobiernos de Perón, que tuvo por tópicos centrales al 17 de octubre, la figura de Evita y la noción de lealtad. Y más tarde, fue reafirmada y desarrollada durante el largo período que siguió al golpe de estado de septiembre del ‘55, cuando Perón tuvo que exiliarse y el peronismo fue proscrito, de modo que durante diecisiete años los peronistas no pudieron contar con un partido propio, debieron ensayar mil variantes para participar de las elecciones que se desarrollaban de tanto en tanto, y se vieron en la necesidad de crear nuevas formas de organización, ya fueran orientadas a hacer posible el regreso del viejo líder o a dar a luz un nuevo peronismo sin Perón.

 

Un último punto. Si es cierto que la noción de lealtad formula un ideal según el cual las relaciones entre peronistas deberían ser inquebrantables, también lo es que en la política no hay lugar para relaciones que no puedan ser rotas. Los peronistas, como cualquier hijo de vecino que haga política, se unen y se separan, se alinean y vuelven a alinearse. Pero el ideal persiste y le brinda a la vida política del peronismo su color distintivo. En efecto, manifestar que se es leal (al jefe político, al pueblo, al legado de Perón y Evita, etc.) y acusar a los adversarios de ser traidores son dos recursos centrales del hacer política de los peronistas, modos privilegiados de posicionarse y de atacar las posiciones ajenas que son eficaces porque apelan a la fuerza moral del ideal, a la concepción de que la lealtad es una virtud capital que todo peronista debería tener. Así es, por ejemplo, que los dirigentes peronistas suelen recibir manifestaciones de adhesión personal de parte de sus seguidores que, vistas desde afuera, parecen rayar en la pura obsecuencia; y así, también, es que prácticamente no hay realineamiento alguno entre peronistas que no sea acompañado por acusaciones —o, al menos, por sospechas— de traición: en uno y otro caso, se trata de prácticas políticas que, en su propio contexto, producen efectos, que son eficaces porque tienen una racionalidad específica que se ha formado paulatinamente a lo largo de los casi setenta años de historia del peronismo.

 

 

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Como siempre es fácil ver la paja en el ojo ajeno, uno bien puede preguntarse cómo es posible que la agitada vida política del peronismo conviva con el pensamiento de que el ser leales es un rasgo propio de sus participantes, y hasta con la idea de que debería serlo. Cabe responder, ante todo, que para cualquier peronista, los traidores o desleales siempre son los demás, y que a este respecto no hay diferencias entre ellos y los miembros de cualquier otro sector político: los radicales, por ejemplo, valoran a las instituciones republicanas por sobre todas las cosas pero no hubo golpe de estado en el siglo pasado que no fuera apoyado y hasta impulsado por algunos de ellos. Más ampliamente, hay que tener en cuenta que la producción colectiva de un cierto grado de autoengaño es un rasgo universal de la sociedad humana: es decir, que nuestras vidas sociales funcionan como si fueran coherentes y estuvieran libres de contradicciones porque nosotros mismos nos ocupamos de crear entre todos las condiciones adecuadas para poder ignorar la mayor parte de los hechos que evidencian que nada de eso es cierto. Como antropólogo que soy, no puedo resistir la tentación de cerrar estas líneas ilustrando este punto con una referencia a otro tiempo y lugar, que tomaré prestada de un libro dedicado por un destacado colega a la vida social de un pequeño pueblo de las sierras de Andalucía hacia fines de la década del ‘40. Cuenta el autor, Julian Pitt-Rivers, que las gentes del pueblo de Grazalema pensaban que para que un matrimonio fuera exitoso era necesario un noviazgo largo que diera a los novios el tiempo suficiente para camelar, es decir, para hablar uno con el otro de forma tal de producir en conjunto la ilusión del amor, que consistía en creer aquello que cada uno sabe falso: que uno mismo y el otro son las personas más maravillosas del mundo. Cabe pensar, entonces, que así como los pobladores de Grazalema necesitaban creer en la ilusión del amor para poder sostener sus matrimonios y los radicales necesitan abrazarse a la quimera de que su preocupación excluyente es la de defender las instituciones, los peronistas necesitan creer que, después de todo, la lealtad es una parte esencial de las formas en que ellos hacen política. Porque de verdades a medias está hecha la vida —y también, ¿por qué no?, la política.


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