¿Hubo novedad en el discurso de Macri ante el Congreso o fue una repetición del libreto clásico de Cambiemos? En la mayoría de los análisis se sostiene que mantuvo la grieta y eligió polarizar con el kirchnerismo. Para Ignacio Ramírez, la grieta responde más a una demanda de la sociedad que una oferta discursiva del gobierno. Este ensayo revisa los núcleos discursivos donde el populismo es un exceso de presente engañoso y postergar y autocontrolarse, signos de madurez. Una narrativa con un calendario amputado: existe el pasado y el futuro, pero el presente queda suspendido.



Fotos: DyN

 

El relato macrista resultó muy eficaz durante el primer año de gestión, pero desde hace un mes ha comenzado a exhibir fisuras. El discurso del presidente en el Congreso dejó intactas, sin reparar, sus cada vez más visibles fallas narrativas. Si hace un año Mauricio Macri estrenaba su relato, en esta segunda apertura de sesiones no lo relanzó ni actualizó, simplemente lo repitió.

 

El acuerdo del desacuerdo

Desde Clarín hasta Página12, casi todos los análisis confluyeron en una misma conclusión: Macri sostuvo la grieta, eligió polarizar. Ahora bien, los usos de la grieta varían de manera que resulta necesario preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de grieta.

 

La Grieta es un concepto y una figura que nos representa, cumpliendo la función de un mapa, la realidad sociopolítica argentina. El discurso político ofrece mapas cognitivos para navegar las complejidades de lo real, brújulas para orientarse en el caos, atajos para comprender con mayor rapidez. Grieta, también, es todo eso.

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Al comienzo, la grieta suponía, o proponía, que la sociedad estaba agrietada, es decir dividida en dos bandos sin puntos de contacto entre sí. Asimismo, tal divergencia era conceptualizada como un subproducto de la Política y, específicamente, de la belicosidad retórica del kirchnerismo. Es decir, la sociedad pre-política no tendría grietas (“es una inmensa red afectiva”) si la política no la invadiera y fragmentara. Al revés que Hobbes, según la grieta “el hombre es el cordero del hombre” pero la política desnaturaliza su dócil condición natural inyectándole el veneno del enfrentamiento. Bajo tal perspectiva, la grieta tendría algo de artificialidad, incluso de simulacro. Una vez corrida del centro de la escena la comunicación política kirchnerista, la grieta se evaporaría. Por cierto, la invocación discursiva de la grieta iba acompañada de su urgente solución: la unidad de los argentinos, el puente. Como género, la grieta era una ficción costumbrista: amigos que se dejaban de hablar, cuñados de levantaban la voz en la sobremesa familiar; la grieta era un ceño fruncido.

 

Desde la perspectiva kirchnerista la grieta adquiría otro significado: era el signo visible de un fenómeno más profundo, el desacuerdo como sinónimo de política. “Conflicto, luego existo” definía el sentido existencial del quehacer político para el kirchnerismo en su última etapa de Gobierno. ¿Qué es lo que me interesa destacar? Algo muy sencillo: que palabras y cosas van por caminos distintos, la grieta significaba y significa cosas diversas y en disputa. En este sentido, la comunicación política actúa sobre el sentido de las palabras, intentando ejercer un control semántico de las cosas. La comunicación política del Gobierno no crea la grieta (que tampoco fue un invento kirchnerista), pero sí controla con mucha eficacia su significado.  “Macri eligió polarizar” sigue suponiendo que las palabras son mágicas, que la polarización está en la oferta discursiva y no en la demanda. Propongo pensarlo al revés: desde el primer día hasta hoy cuando se consulta en una encuesta sobre las razones de aprobación al Gobierno Nacional las respuestas están encabezadas por “No es el kirchnerismo”. Por el momento, políticas públicas y liderazgo no son los vectores que unen al gobierno de Cambiemos con sus votantes. En consecuencia, la polarización va de la demanda a la oferta y no al revés. Esto es, la estrategia de polarizar esconde una intencionalidad más profunda: decidir los términos que estructuran tal polarización.

 

Entonces, ¿qué significados adquiere hoy la grieta en el discurso de Macri? Esto es, cuáles son sus respuestas subyacentes a los siguientes interrogantes: ¿Por qué nos peleamos, qué nos diferencia?

 

Los desacuerdos en el desacuerdo

Las diferencias o contrastes pueden tener contenidos distintos. En la retórica de Cambiemos existe más de una grieta: pasado versus futuro, política versus sociedad, Gobierno versus kirchnerismo; pero en él siempre está presente un núcleo muy preciso que define a la grieta en términos morales, favoreciendo un deslizamiento desde las políticas hacia a sus intenciones. Y dado que las intenciones “no se ven”, constituye un terreno exclusivo y excluyente de la comunicación política.

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Desde la menos articulada perspectiva opositora, la polarización gira alrededor de un eje ideológico: derecha versus izquierda, Estado versus mercado, Gobierno de ricos versus derechos de las mayorías, industria versus importaciones. Sin embargo, la grieta reconstruida en la narrativa oficialista adopta otro sentido y mayor volumen. Representa una discontinuidad moral con el pasado, que sobrevive en actores que interfieren las intenciones purificadoras del gobierno. Cambiemos ha definido con eficacia los términos –framing – a través de los cuales se piensa el desacuerdo. Lo que nos separa no son las políticas, sino sus intenciones. Al respecto, entre las definiciones oficialistas y opositoras de la polarización existe una asimetría semántica, por el momento favorable al Gobierno.

 

Toda mi vida es el mañana que me detiene en el pasado

Una pareja de amigos relató la siguiente anécdota: su hija no quería ir a su a su cuarto a dormir; cansados de negociar sus padres ofrecieron un pacto: “Hoy dormís con nosotros, pero mañana dormís en tu cuarto, ¿ok?”. Deal. Al día siguiente la hija, preocupada, les preguntó: “¿Hoy es hoy?”.  “Sí”, respondieron sus padres algo perplejos. “Ok, entonces mañana duermo sola en mi cuarto”. Amanda, con sus 3 años había dado una lección de fenomenología: el mañana no existe, es un concepto.

 

En una de sus frases más elocuentes, el Presidente desplegó el substrato moral de la temporalidad oficialista “Basta de que nos regalen el presente para robarnos el futuro”. Las evocaciones son claras: el populismo es un exceso de presente, el presente es el lugar del engaño; postergar y autocontrolarse son signos de madurez. Populistas fuimos todos, es el mensaje. Tal como sostiene Martín Rodríguez, existe una acusación que no alude únicamente al kirchnerismo sino a la sociedad, como cómplice del “despilfarro”, y a la cual ahora se le ofrece un camino de purificación, consistente en una serie de sacrificios que nos allanarían un futuro mejor. Pero la sociedad argentina no es protestante, sino protestona.  

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El Gobierno, entonces, despliega una narrativa con un calendario amputado: existe el pasado y el futuro, el presente queda suspendido. El pasado funciona como contraste indeseado que amenaza con su eterno retorno; el pasado no termina de pasar constituye el corazón de la narrativa macrista y por la cual aspira a actualizar su sentido electoral. El futuro es el lugar en el que nos esperan las soluciones, los placeres y los beneficios. Aquí, al revés que en el planteo fenomenológico de Amanda, el presente no existe.

 

Sin embargo, aparece un problema cada vez más acentuado y visible: la ausencia de un presente impide la articulación de un “rumbo”, un equivalente simbólico a la tarea que “el proyecto” desempeñó en el relato kirchnerista. El gobierno ha hecho una exitosa gestión del pasado, pero el futuro empieza a despertar más temores que esperanzas. El calendario macrista muestra agudas y crecientes fallas narrativas derivadas de una falta: un horizonte, un camino. La comunicación política del macrismo está compuesta por un conjunto de historias mínimas que hasta el momento no se encuentran tramadas como en un cuento.  

 

Achicar el Gobierno para agrandar la sociedad

En función de la inercia conceptual, muchos observadores de la apertura de sesiones analizaron con mapas antiguos un nuevo territorio. En este sentido, festejaban como un triunfo ideológico la escasa duración del discurso del presidente (“no tiene nada para decir”), la ausencia de grandes anuncios y el anémico acompañamiento en la calle (“no lo quiere nadie”). Sobre este punto, se desconoce que en la “sociología del PRO” tales rasgos no constituyen una falla simbólica, sino todo lo contrario: la política no debe interferir la vida privada de las personas. Entre la persona y el ciudadano, la narrativa de Cambiemos elige a la persona. Esto es, las encuestas no bajan a la calle, ni deberían hacerlo.

 

Sin embargo, aquí también anida un riesgo que cierta soberbia podría ignorar. El clima de opinión –invoco la conocida definición de la socióloga Elizabeth Noelle Neuman- se construye en función de lo que se percibe como opinión mayoritaria en un determinado momento. En la arquitectura de dicha constelación, resulta esencial la mayor o menor disposición de las personas a expresar en público sus opiniones políticas. En otras palabras, las mayorías nunca son silenciosas. Cambiemos necesita encontrar  -sin apelar a las figuras con las que define el pasado- una popularidad más visible y sensorial, que no habite solo en el territorio de la encuesta.

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El Gobierno soy Yo

Es posible que uno de los principales aciertos del discurso presidencial haya estado en la única novedad estrenada, un registro inédito en la discursividad del Presidente donde mostró una mayor pulsión de poder y autoridad. Por un momento, dejó de lado la horizontalidad de los equipos y subrayó el “Yo” que comanda el Gobierno. Quizá la repetición de “disculpas” –prefigurada por Capusotto con su personaje Juan Domingo Perdón- dejó de resultar una estrategia eficaz (cuyo subtexto sostenía: es mejor la imperfección humilde que la soberbia eficacia) y por lo tanto mereció una corrección. Cambiar humildad por autoridad fue el único ajuste que se esbozó sobre un relato reiteradamente organizado en torno de la grieta y cuyas grietas retóricas empiezan a resultar cada vez más evidentes.

 

Paso en limpio tales fisuras: un relato desprovisto de presente y una escena política donde las adhesiones oficialistas no encuentran una mística desde la cual expresarse de manera orgullosa y positiva en el espacio público ¿Ser oficialista significa únicamente ser antikirchnerista? Una identidad sostenida negativamente en algún momento se vuelve negativa, y todo relato tarde o temprano se devora a sus padres. La estrategia de moralizar el debate político ya mostró, muy temprano, amenazas de volverse contra sus propios creadores. Ahí va Cambiemos, sin cambiar su relato.


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