Cincuenta años después, Mayo del ‘68 es modelo de rebeldía y experimentación, de apertura a una nueva racionalidad política vinculada a la sociedad, el deseo, la cultura, y no ya a la toma del poder. Y es, al mismo tiempo, catarsis desmesurada y hedonista, psicodrama social y surgimiento del consumo de masas. Lucía Álvarez vuelve sobre aquellos días para acortar las distancias entre la mitología y los acontecimientos y entender por qué la derecha pudo apropiarse y resignificar el legado de la insurrección parisina.



El asombro es uno de los pocos rasgos que todas las descripciones comparten. Francia no parecía, a principios de 1968, a punto de engendrar ningún suceso extraordinario: gozaba de una economía en expansión, con una moneda firme y una inflación controlada; de un poder político estable y una oposición adaptada -e incluso, sobreadaptada- a su rol parlamentario. La clase trabajadora veía su nivel de vida en ascenso y la población en general mostraba pocos signos de interés por la política. Apenas unos meses después, sin embargo, los franceses (y no solo los parisinos) experimentaban un estado de excepción, una interrupción total de la vida tal como la conocían hasta entonces.

 

Aunque suele ser recordado por su poética, su prosa o por los grafitis, Mayo 68 implicó, en tanto acontecimiento histórico, una crisis nacional. Fue un ataque al régimen gaullista con objetivos radicales y métodos de acción directa: toma de Universidades, noches de barricadas, manifestaciones masivas, expansión de asambleas espontáneas, fuego, humo, caos. También fue la mayor huelga obrera de Francia desde 1936: paro de transporte, de bancos, de recolección de basura, de correos, de televisión, desabastecimiento. Nueve millones de personas, casi la totalidad de la fuerza de trabajo, en paro.

 

En una época en la que el reflejo de Octubre de 1917 brillaba allá lejos en el tiempo y en la que solo los países del Tercer Mundo resultaban inspiradores a través de experiencias tan disímiles como Vietnam, China o Cuba, esa insurrección puso al mundo frente a la posibilidad de un regreso: que se desate en el centro de Europa una crisis revolucionaria. Y todavía más, en el país que la gestó como idea y como práctica.

 

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Esto no significa, sin embargo, que efectivamente hayan estado las condiciones para ese horizonte. En primer lugar porque si bien el Movimiento de Mayo puso en juego la pretensión revolucionaria de subvertir un orden, eso no fue acompañado por el deseo de elaborar o seguir un programa revolucionario clásico, sino más bien lo contrario. El movimiento buscó hacer de ese de ese vacío o de esa falta de programa, su principal capital político. Por eso también fue el sueño de la revolución de la revolución: crítica de la vida burguesa, tecnocrática, mezquina, mediocre, represiva, y también de los polvorientos programas de izquierda y de los revolucionarios adormecidos.

 

“Corre, corre, camarada, que el viejo mundo está detrás tuyo”, fue una de las pintadas más emblemáticas de la Sorbona. Como en toda insurrección, los jóvenes buscaban desembarazarse de su presente, olvidar sus tradiciones, destruirlas. A sus ojos, el bloque soviético y el Partido Comunista Francés se presentaban como la evidencia de una traición a sus propios orígenes revolucionarios. Al decir del filósofo Albert Camus, el PCF había sometido el diálogo a la propaganda; el destino al plan; las pasiones auténticas al cálculo; el amor y la amistad a la doctrina; la creación viva a la producción. 

 

También los deseos de los trabajadores volvían difícil un escenario revolucionario. Lo decíamos antes: el movimiento huelguístico y de ocupaciones de fábricas tuvo dimensiones desconocidas para Francia. Pero muchos de los trabajadores que lo llevaron adelante aspiraban antes que a una crisis de la sociedad de bienestar, a una integración plena a la misma. Es difícil incluso hablar de una huelga general ante la falta de un pliego común de reivindicaciones y la pasividad de las clásicas colectividades obreras. Porque más allá de los trabajadores jóvenes pauperizados y cierto sector de técnicos y profesionales, el grueso de la clase obrera no se comprometió a fondo con la revuelta y terminó contentándose con la reivindicación salarial, en sintonía con la posición más reformista del Partido Comunista Francés y la Confederación General del Trabajo.

 

Quienes caracterizan a Mayo en fases, la estudiantil y la obrera, suponen que existió allí una evolución y que solo esa segunda etapa representó realmente una posibilidad revolucionaria. Otros creen, en cambio, que fue ésa la razón de su debacle: que los estudiantes entregaron su insurrección a un destino común con los trabajadores, guiados por una mitología obrerista, sin confiar en su propia innovación. “Incluso después de haber hecho nuestra autocrítica sobre el papel de sindicatos, seguíamos teniendo en la cabeza que debíamos pasar por ellos”, se lamentaba Alain Geismar, una de las tres caras visibles del movimiento. Una tercera posición supone, por el contrario, que Mayo fue un triunfo en tanto revolución cultural, que se trató de un punto de inflexión para la sociedad francesa y su rigidez característica. 

 

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Más allá de la pregunta por el éxito o el fracaso, lo que el movimiento de Mayo revela, en tanto acontecimiento, es un encuentro entre sujetos, deseos y universos simbólicos distintos, y sobre todo, entre personas que la sociedad francesa de esos años separaba muy tajantemente. No estamos frente a la imagen de un corte o una discontinuidad radical, entre un antes y un después, entre lo viejo que no terminar de morir y lo nuevo que se resiste a nacer. La insurrección estudiantil y obrera de Mayo ’68 es ruptura y también coexistencia, convivencia, superposición. La impureza es su seña distintiva, lo que hace de él algo particular frente a los otros movimientos populares del siglo XX. Y también el rasgo que lo convirtió en algo efímero. Porque sin dirección, sin partido y sin estrategia común, de algún modo, ese encuentro entre distintos solo estaba destinado a desaparecer.

 

Sin embargo, la imagen que se nos presenta de él en la actualidad es muy distinta a la que estamos describiendo. Desde nuestro presente, Mayo 68 suele quedar reducido a una serie de imágenes en el Barrio Latino y a un conjunto de consignas que todos reconocemos y que hoy suenan más publicitarias que poéticas: “La imaginación al poder”, “Prohibido prohibir”, “Debajo de los adoquines, la playa”. Se lo presenta como un conflicto generacional, juvenil, casi hormonal, y se recupera de él solo aquello que tuvo de novedoso, lo que lo asemeja a nuestro presente. Es un Mayo sin pasado, sin La Internacional, sin Mao, Marx ni el Che Guevara. Y sobre todo, sin obreros. Al punto de que hoy, según mostró una encuestadora francesa en 2008, solo uno de cada tres jóvenes en el país galo asocia la revuelta a la huelga general.

 

Incluso quienes intentan reivindicarlo y suponen que se trató de una fuerza democratizadora y antiautoritaria, recuperan de él la embriaguez propia de toda revuelta, el deseo de una forma de vida en la que haya lugar para la espontaneidad, la creación, la pasión, lo indeterminado. Pero muy raramente aparece en esa descripción, el horizonte de la igualdad social.

 

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Esos olvidos no son casuales. La historia de la historia de Mayo ’68 muestra que esa imagen  fue construida paulatinamente a lo largo de estos cincuenta años, y que los festejos en torno a sus aniversarios funcionaron como puntos de inflexión evidentes. Porque, como otras sublevaciones, el movimiento de Mayo no tuvo garantías sobre su legado. Al contrario, en tanto se negó a hablar por otros y rechazó todo ejercicio de representación, fue víctima de una paradoja. En Francia terminaron escribiendo más intensamente sobre él todos aquellos actores que el movimiento cuestionó: el poder político, los medios de comunicación, el saber académico.

 

Hasta finales de los setenta, Mayo 68 se inscribía en un cuadro interpretativo marxista-libertario, es decir, aún quienes, como el filósofo conservador Raymond Aron veían en él un psicodrama, o como Cornelius Castoriadis, una revolución fallida, pensaban al suceso en relación al eje revolucionario: cuánto se alejaba o no de los programas clásicos de la izquierda de los sesenta. De modo similar, leninistas, maoístas y trotskistas, veían en Mayo una revolución traicionada. Denunciaban al PC y la CGT por haber desaprovechado un movimiento de masas sin precedentes, generado en el centro de Europa.

 

Este marco interpretativo, sin embargo, cambió sustancialmente a partir del décimo aniversario, momento que coincide con la declinación de la izquierda en Europa y América latina y de los principales teóricos del marxismo, así como con la desilusión generada por el devenir de las experiencias comunistas: la Revolución cultural china, el genocidio de Pol Pot en Camboya o el conocimiento cada vez más extendido sobre el aparato represivo de la URSS.

 

El hito que inauguró una nueva mirada sobre los sucesos fue la publicación de Mayo 68, una contrarrevolución exitosa, del filósofo francés Régis Debray. El antiguo compañero del Che Guevara propuso entonces leer a los acontecimientos como el hecho que permitió el tránsito entre una Francia anquilosada en sus tradiciones y una Francia moderna y productivista. Para Debray, Mayo ’68 había colaborado con la eliminación de la figura del proletariado y con la mercantilización del individuo, y por eso, había sido el aliado preciso que el capital necesitaba para avanzar hacia el modelo neoliberal.

 

En la década siguiente, en los ’80, ese cambio interpretativo se volvió aún más radical y un grupo de intelectuales promovió la idea de que Mayo 68 había sido en verdad una revolución individualista, que nuestras sociedades de consumo y posmodernas eran, paradójicamente, la realización en los hechos de los deseos más profundos de Mayo. Fueron el sociólogo Gilles Lipovetsky, desde una autocrítica marxista, y los filósofos Luc Ferry y Alain Renaut, desde una perspectiva liberal conservadora, quienes encararon, entre otros, ese giro copernicano.

 

Éstos últimos proclamaron entonces que Mayo había contribuido a acelerar la llegada de un individualismo más narcisista, despolitizado, realista, flotante, apático e indiferente a los grandes objetivos sociales. “Los soixante-huitards fueron los cornudos de la historia. Querían cambiar el mundo, crear una sociedad anticapitalista sin clases, sin explotación ni alienación y terminaron pariendo el mundo liberal en el cual viven como peces en el agua”, reiteró Ferry en este último aniversario.

 

Esta mirada fue retomada incluso por el ex Presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, que hace diez años apeló al miedo a Mayo 68 como parte de su estrategia de campaña. Sarkozy acusó entonces a Mayo 68 de ser el responsable de casi todos los males de la sociedad francesa contemporánea: el culto al dinero, el provecho a corto plazo, la especulación, el relativismo moral e intelectual, el fin de la autoridad, el odio a la familia, a la sociedad y al Estado.

 

La lectura, bastante extendida en Francia actual, genera atractivo porque resulta provocadora, pero antes que provocadora es contemporánea: le adjudica a Mayo 68 mucho más de lo que pretendió ser, por ejemplo, puntapié del individualismo posmoderno, al mismo tiempo que le niega un deseo de revolución que estuvo presente, aunque más no haya sido como una intención entre otras. Se trata de una lectura que resuelve la complejidad del movimiento, con sus tensiones y sus fracasos, acusando a quienes se rebelaron de haber sido los mejores cómplices del orden establecido.

 

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Y sobre todo, esa mirada es un eslabón clave en la construcción de ese Mayo 68 desligado de la huelga general, las ocupaciones de fábricas y las conquistas sindicales, con la que colaboraron también algunos de sus protagonistas. Porque ese es otro dato clave en torno a la herencia de Mayo: el lugar de privilegio que tuvieron las memorias individuales hizo que el destino del movimiento quedara asociado al de algunas de sus caras más visibles. Así una manera de cuestionarlo consistió en denunciar los espacios de poder que muchos de ellos ocupaban años más tarde en el sistema político, económico y cultural francés. Hoy, sin ir más lejos, el propio Cohn-Bendit, el creador de la premisas, es un aliado del Presidente francés, Emmanuel Macron.

 

Es decir, a cincuenta años, Mayo 68 es modelo de rebeldía y experimentación, la apertura una nueva racionalidad política vinculada a la sociedad, el deseo, la cultura, y no ya a la toma del poder. Y es al mismo tiempo, catarsis desmesurada y hedonista, psicodrama social, surgimiento del consumo de masas, puesta en escena de los viejos episodios de 1789, 1848, 1871. En ambos casos, parece haber un exceso, una lejanía demasiado amplia entre el mito y el acontecimiento.  

 

Quizá este nuevo aniversario sea por eso una buena oportunidad para cambiar las preguntas. Dejar de interrogarnos por el legado y las definiciones (si revolución cultural, revuelta juvenil, contrarrevolución exitosa o fracaso político) y abocarnos a pensar los usos de la historia y sobre todo, la distancia salvaje que existe entre ese pasado de crítica radical al orden y nuestro presente. Un presente sombrío en el que las palabras deseo, imaginación, creatividad no solo se convirtieron en parte de un glosario neoliberal, sino que funcionan como justificaciones para nuestra productividad infinita.


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