Fernando Haddad nunca fue el candidato preferido dentro del PT. Criticado por su perfil académico y por construir una carrera política alejada de las bases, tuvo roces con Dilma y con la pata sindical del partido. Fue un desconocido en la mayor parte de Brasil hasta que se acreditó en la cárcel de Curitiba como abogado de Lula para planificar la campaña de manera conjunta. Haddad, el único que puede impedir que el ultraderechista Bolsonaro sea presidente de Brasil.



Fotos: Haddad Oficial

 

 

Fernando Haddad agarró un cuaderno y empezó a tomar nota. Escuchaba las preguntas de sus alumnos y escribía. Escuchaba y escribía. Fueron más de 40 consultas. Cuando terminaron, sentado en una de las aulas de la Universidad de São Paulo (USP) tomó aire y comenzó a responder una a una.

 

“Tiene una gran capacidad para organizar el pensamiento. Eso fue lo primero que me llamó la atención de él”, cuenta Eduardo Marques, profesor en el departamento de Ciencia Política de la USP.  En esos tiempos, Haddad iniciaba su camino en la gestión pública como subsecretario de Finanzas de San Pablo.

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Si bien lleva varios años haciendo política —mientras estudiaba en Derecho ya había comenzado su militancia que lo llevó a ser presidente del centro de estudiantes en 1984—, este paulista de 55 años, que podría quedar al frente del Palacio de Planalto el próximo primero de enero, es muy criticado por el ala sindical del Partido de los Trabajadores (PT) por su perfil académico —terminó una maestría en Economía y después un doctorado en Filosofía—.

 

Fabio Peixoto estaba dando los primeros pasos como becario del departamento de Ciencia Política cuando se acerco a Haddad para conversar sobre Habermas pero, después de un rato, la charla derivó en el plan que él tenía para reestructurar el departamento de Ciencia Política. “Nos quedamos una hora hablando del tema. Me sorprendió el tiempo que él, un profesor Doctor, me dedicó para hablar conmigo de un asunto que no era mi tema”, cuenta. Muchos de los que pasaron por sus clases lo describen como un hombre lúcido, poco emotivo, distante pero dialoguista.  

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El antropólogo Ricardo Teperman fue alumno de Haddad a fines de la década del noventa y por estos días integra un movimiento llamado Eu voto no Haddad, me pergunte por quê que surgió como herramienta de campaña para las municipales en 2016. “Haddad es un político inusual. Tiene una enorme capacidad de escucha y diálogo. Si bien tiene más de 15 años de vida pública, es un político que todavía considera la posibilidad de dejar la política para volver a dar clases y estudiar”, dice Teperman.

 

Eso es lo que justamente lo que marcan sus críticos. Le reprochan haber construido una carrera política muy alejada de las bases pero también les genera una profunda desconfianza la posibilidad de que, una vez en el poder, se acerque a algunos dirigentes de la oposición como puede ser un sector de la socialdemocracia (PSDB) con quienes mantiene un canal de diálogo fluido, tal es el caso del ex presidente Fernando Henrique Cardoso o el mismo Renan Calheiros (MDB) actual presidente del Senado.

 

Haddad nunca fue el preferido dentro del partido. Las bases sindicales del PT habían elegido a Jaques Wagner —ex gobernador de Bahía, tres veces diputado federal y ministro de Trabajo— como posible sucesor de Lula. Sin ir más lejos, hasta que el ex presidente Lula no lo confirmó como candidato, exceptuando a los paulistas, pocos brasileños lo conocían. Las mediciones le daban menos de cinco puntos.

 

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Un conflicto que también se traslada al ámbito de la política local. En el Estado de São Paulo, el candidato a gobernador del PT que ronda los 5 puntos en intención de voto, Luiz Marinho, se convirtió en un histórico rival de Haddad en la disputa interna por el control territorial del Estado brasileño de mayor peso electoral.

 

Aunque Haddad se acercó al partido con tan sólo 20 años, fue recién en 2005 que llegó a ocupar un cargo importante en el ministro de Educación durante la gestión de Lula y parte del gobierno de Dilma, desde donde implementó políticas como el programa de becas para el financiamiento de estudiantes en universidades privadas o la ley de cuotas que reserva la mitad de las plazas en las universidades federales para estudiantes que se autoperciban como negros, mestizos o indígenas.

 

João Whitaker conoció a Haddad cuando éste lo convocó para ocupar la Secretaría de Vivienda, durante su gestión en la ciudad São Paulo. Hoy es una de las personas de confianza del candidato y cuenta que en esos años existieron muchas críticas por parte de un sector de su propio espacio político que decía que no había hecho lo suficiente.

 

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En 2011 renunció al cargo para competir por la intendencia de Sao Paulo al que finalmente accedió en una segunda vuelta, con el 56 por ciento de votos. Sin embargo, las tensiones entre este candidato y el partido no sólo vienen del lado sindical. También existieron roces con la ex presidenta Dilma Rousseff mientras ella estaba al frente del gobierno federal y Haddad en el municipio.

 

Incluso para los más cercanos, su candidatura resultó una sorpresa puesto que Haddad debe construir una figura que camine al filo de la navaja. Por un lado, tiene que ser muy petista para conseguir los votos de Lula. Pero también alejarse de ese perfil para conquistar los votos que tradicionalmente están por fuera del partido. “Haddad tiene el perfil personal para hacerlo. Es un tipo negociador, que pretende realizar un gobierno socialdemócrata, de avances sociales importantes, con respeto a los mercados y basado en la democracia”, analiza Eduardo Marques.

 

Pero el fuego amigo no es su peor enemigo. El presidencialismo de coalición necesita cerrar los tratos que permitirán o no su gobernabilidad antes de las elecciones. Según las proyecciones, se espera que el PT tenga el bloque de mayor peso en el Legislativo, pero no sin la necesidad de coordinar con aliados. Entre las estrategias, ya no se habla de un acuerdo con los grandes partidos sino de alianzas con pequeños espacios políticos y con facciones que puedan a llegar a armarse dentro de los partidos tradicionales. “El PT tendrá la bancada más grande de diputados. Haddad es un gran negociador”, dice Whitaker.

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Su título en Derecho le permitió acreditarse como abogado de Lula para poder visitar al ex presidente en Curitiba y así planificar la campaña de manera conjunta. Es por eso que uno de los principales temores del antipetismo es que, de llegar a ser presidente, libere a Lula.

 

En su círculo no creen que avance en este sentido. En primer lugar porque, en este contexto de fuerte crisis institucional, el indulto a Lula podría crear una inestabilidad política muy fuerte que termine por dinamitar un posible nuevo gobierno del PT. Por otro lado, porque Lula no quiere el perdón del Ejecutivo ya que eso sería reconocer la sentencia que el ex presidente considera ilegítima. Todo esto no quita que, de llegar a la presidencia, utilice toda su influencia para que la Corte Suprema haga una revisión de la prisión en segunda instancia.

 

Todo apunta a que los grandes derrotados del próximo domingo serán los partidos de centro y los dirigentes más tradicionales de la política brasileña como es el caso del candidato conservador y dos veces gobernador de São Paulo, Gerlado Alckim así como los dos ex ministros de Lula, Ciro Gomes y Marina Silva. El posible escenario Haddad-Bolsonaro sin dudas representa una elección polarizada, tensionada por los extremos.

 

Sin embargo, los más cercanos a Haddad critican la estrategia de campaña instalada por los candidato del centro y la centro-derecha de igualar, en su antagonismo, a Haddad con Bolsonaro. “¿Qué radicalismo es Haddad? Haddad es de centro, en algunas cosas es casi de centro derecha, en otras de centro izquierda. En general sus políticas están más a la de izquierda para lo que es Brasil pero si lo comparás con países de Europa es un centrista total”, dice João Whitaker. “Es una irresponsabilidad construir desde ese discurso porque existen posibilidades de que Bolsonaro gane en una primera vuelta.”

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Haddad perdió en las últimas elecciones municipales de 2016, en pleno torbellino político que desató la mega causa de corrupción Lava Jato. Si tenemos en cuenta ese dato, su candidatura resulta una apuesta política de alto riesgo. Más si consideramos que cuenta con un tejido político frágil dentro de su propio partido. Pero Lula es más que es el PT. Y eso quedó demostrado en el crecimiento vertiginoso de Haddad después de anunciarlo como candidato.

 

Del otro lado, el antipetismo es muy fuerte y se hace sentir en la calle. El fenómeno Bolsonaro está formado también por un porcentaje de electores que optaron por el PT en las elecciones anteriores y que hoy se sienten decepcionados por el partido.

 

Es por eso que no son pocos quienes ven a Fernando Haddad como la mejor alternativa que encontró el Lula para construir un sentido de renovación atento a la posibilidad de seducir a un votante de centro, desencantado en los últimos años y alejado de las bases sindicales del partido.

 

El primer desafío de Haddad es derrotar al descomunal Bolsonaro para llegar al Planalto. Para lo que sigue, todavía falta tiempo.  

 


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