El timbreo es parte de una estrategia política que busca generar una relación cercana y directa entre “políticos” y “vecinos”. No es un invento de esta época: en los años ’30, ya eran frecuentes las giras de los funcionarios por los barrios. ¿Dónde está la novedad? Que hoy el candidato entra a la casa, comparte una comida, escucha el saber del que sufre. Toda política se vuelve local: los ciudadanos ideales son “vecinos” y los políticos ideales actúan como se supone que lo haría un intendente.



“Hoy visité a Don Carlos y a su familia en Villa Paranacito, Entre Ríos”, contaba el presidente Mauricio Macri en una de las publicaciones de su cuenta de Facebook que hacían referencia a las visitas a las casas de vecinos y vecinas comunes. Como en otras campañas, como en distintos momentos de la gestión, el dispositivo del timbreo es uno de los protagonistas del proceso electoral y se instala como la marca de la fuerza política gobernante. Pero ¿se trata de una nueva práctica política? ¿Genera un vínculo cercano? ¿Qué diferencia el timbreo de Cambiemos respecto a las estrategias de proximidad elegidas por el kirchnerismo?

 

El timbreo es parte de una estrategia política que busca generar una relación cercana y directa entre “políticos” y “vecinos”. Sin embargo, la búsqueda de cercanía como forma de legitimar a los gobernantes en relación a los gobernados no es un fenómeno nuevo.  Los gobernantes ya han tratado en el pasado, de diversas maneras, de mostrarse cercanos y accesibles. También se han hecho presentes en el territorio, con viajes, recorridas, actos e inauguraciones.

 

En la Ciudad de Buenos Aires hay antecedentes que pueden rastrearse desde principios del siglo XX. Ya en la década del ’30, por ejemplo, era frecuente que los funcionarios municipales realizaran “giras” por los “barrios”. En relación a éstas, en las Memorias Municipales de 1933-1934 se expresaba que “la explicación directa y personal que en cada caso puede hacerse ante los representantes del vecindario afectado o ante el vecindario mismo en el propio lugar, alcanza un poder de convicción que no lo consigue la fría resolución administrativa”.

 

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La búsqueda de cercanía, en ese contexto, era simplemente un modo de ganar legitimidad para prácticas de gestión, recurriendo a canales de comunicación directa, no mediada, entre gobernantes y gobernados. Los dispositivos de cercanía, por entonces, contribuyeron a la creación de los “barrios” como objetos de gobierno, concebidos como comunidades no conflictivas conformadas por “vecinos”. En este sentido, eran parte de una estrategia territorial, ya que estaban destinados a construir y dominar los nuevos núcleos de población que nacían en una urbe en crecimiento.

 

La noción de “vecino” tenía ya una larga historia, que se remonta al período colonial. Originalmente estaba asociada a la delimitación de los individuos con derecho a formar parte de la municipalidad, en virtud del aporte monetario derivado de la paga de impuestos directos. A diferencia de la categoría de “ciudadano”, ligada a la igualdad, la de “vecino” delimitaba una desigualdad legitimada en términos jurídicos. Entrado el siglo XX, la universalización del voto municipal eliminó esta diferencia jurídica de la categoría de “vecino”, pero la trasladó a una diferencia “moral”. Es por ello que, ya en la década del ’30, era movilizada para hacer referencia a los habitantes que no les interesaba la “política” sino el bien del “barrio” y la resolución no “conflictiva” de sus principales problemas.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX, el “barrio” y el “vecino”, si bien no desaparecieron, quedaron relegados en cuanto a espacio y forma de sociabilidad urbana, debido al proceso de metropolización creciente y a las nuevas formas de construcción de vínculos político-partidarios que, como el peronismo clásico, privilegiaban el imaginario de lo nacional por sobre lo local e interpelaban prioritariamente a la figura del “trabajador”.

 

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En los últimos 20 años, las políticas de cercanía comenzaron a asociarse, no ya simplemente a una búsqueda de legitimidad de gestión local, sino a la construcción de un nuevo tipo de vínculo representativo: la “representación de proximidad”, que transciende la escala de la ciudad y el barrio. Esta forma de representación se sustenta en una “identificación anti-carismática”, es decir, busca mostrar a los políticos como “hombres comunes”, con “capacidad de escucha”, de empatía y compasión. Los políticos deben parecerse a los hombres comunes en lo que tienen, precisamente, de simple, de ordinario, de natural y de humano, resaltando los atributos contrarios a aquellos con los que el sociólogo Max Weber definió al “carisma”. El objetivo de esta “representación de proximidad” no es tanto – o no solo- una “cercanía espacial”, “física”, sino una forma del vínculo político en la que los límites entre gobernantes y gobernados se tornan borrosos a partir de una escena que los ubica como personas en pie de igualdad.

 

Las recorridas por los barrios, como en el pasado, son parte de las estrategias de proximidad, junto a otras formas más novedosas, como la implementación de diversos programas públicos que convocan a la participación ciudadana, entre los cuales instancias como los Presupuestos Participativos o los Foros de Seguridad son las más conocidas. Este tipo de iniciativas parecen haber cambiado el efecto que se espera de la presencia. Como se argumentaba en las Memorias Municipales mencionadas más arriba, el apersonamiento de los políticos en el barrio buscaba ser más convincente y didáctico frente a la población, con respecto a políticas y decisiones ya tomadas, que “la fría resolución administrativa”. Pero una cosa es dar cuenta de actos de gestión y otra es apelar a la escucha de los vecinos para establecer la agenda de problemas a resolver.

 

Pero la representación de proximidad, además, se construye a partir de estrategias de comunicación de los políticos: dejar ver su intimidad, narrar la historia de los obstáculos por los que han tenido que pasar en su vida, aprovechar el efecto de contacto directo que producen las redes sociales, incluir historias de “gente común” como protagonistas de las campañas electorales, o difundir slogans de campaña del tipo “Vótese. Yo soy usted”, “Votame. Votate”.

 

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La figura de los “vecinos” vuelve a imponerse por sobre la de los “ciudadanos” y resulta el complemento necesario de los políticos que se presentan como “hombres comunes”. Los “vecinos” son detentadores de un “saber de la experiencia”, es decir, de un conocimiento que se adquiere al experimentar cotidianamente los problemas u obstáculos de su territorio inmediato. A los “vecinos” nos les interesa la “política”: tienen sueños, anhelos, historias singulares de sufrimiento y superación.

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El PRO primero y Cambiemos después han hecho de la relación entre políticos como “hombres comunes” y “vecinos” su marca personal, aunque se trata de una tendencia que no puede reducirse a un partido político, etiqueta o ideología en particular. Entre las varias formas en las que se han mostrado cerca de los “vecinos”, los dirigentes del PRO han tenido predilección por los desayunos, las meriendas y los timbreos. En septiembre de 2016, Mauricio Macri publicaba un video en su página de Facebook, que recopilaba momentos de campañas electorales desde 2005, mostrando al dirigente tocando timbres, saludando afectuosamente y conversando con “vecinos” y “vecinas”. El video iba acompañado del texto: “Más de una década tocando timbres. Un 24 de septiembre hace 11 años hacíamos el primer timbreo. Hoy salimos una vez más para escuchar sin intermediarios a los argentinos.”

 

Si bien el timbreo se comprende mejor en referencia a sus antecedentes, algunos de sus rasgos actuales lo convierten en técnica de proximidad novedosa.

 

En primer lugar, a diferencia de las experiencias previas que se limitaban al ámbito de lo público, el timbreo introduce una novedad que es la búsqueda de “intimidad”. Los dirigentes entran al ámbito privado de la familia, tradicionalmente ajeno al mundo político. Antes iban a los barrios y hacían recorridas conversando con los vecinos en la vereda, pero ahora tocan el timbre, entran, comparten un momento íntimo y hogareño como una comida, y en un tipo de vínculo “uno a uno”.

 

En segundo lugar, el timbreo ya no es solamente una estrategia de gestión, como ocurría con las políticas de proximidad previas, sino que ha devenido también una herramienta electoral. Si bien en las campañas electorales, a nivel municipal, los candidatos ya habían buscado el modo de acceder a un vínculo cercano en cada barrio, lo hacían sólo para transmitir sus ideas o plataformas. En la época del declive de los programas partidarios y la crítica a la razón técnica, candidatos y candidatas elaboran sus estrategias de campaña a partir de los relatos, experiencias y expectativas de los “vecinos”. La presencia del candidato en el territorio aspira a tener dos efectos, uno cognitivo y otro afectivo: es el “estar ahí” el que pareciera garantizar hoy en día que los dirigentes saben lo que los ciudadanos sufren y viven cotidianamente y que están interesados y comprometidos en resolver sus problemas.

 

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En tercer lugar, el timbreo no se reduce al plano municipal, sino que se lo utiliza en la política a nivel provincial y nacional. En este sentido, es el resultado de un cambio en la construcción del vínculo político, que prioriza el “vecino” sobre el “ciudadano” y que hace de la política local el modelo de toda la política. En efecto, la proximidad no es una cuestión de escala, como dijimos antes, pero sí es un tipo de vínculo representativo que se legitima con la idealización de la política local: los ciudadanos ideales son “vecinos”, y los políticos ideales, actúan como se supone que actuaría un intendente. En este registro el PRO y Cambiemos se sienten mucho más cómodos que el kirchnerismo. La Ciudad de Buenos Aires está empapelada con afiches con la leyenda “3 millones de vecinos vamos juntos” y en procesos electorales previos se insistió sobre el slogan “somos un equipo de 3 millones de vecinos”.

 

La contrapartida es la campaña de Cristina Kirchner, que si bien recurre a estrategias de “proximidad” de manera creciente, no hace timbreos. La ex presidenta  invita al escenario a ciudadanos y ciudadanas comunes, a los que también visita en el territorio, pero, con un formato más clásico, continúa una línea de la tradición peronista que es interpelar a los ciudadanos “organizados” y no “sueltos”. ¿Qué espacios visita? Fábricas, la central nuclear de Atucha, universidades: espacios en los que los ciudadanos visitados forman parte de un colectivo o de una organización y que pertenecen a sectores afectados por las políticas del gobierno. Incluso cuando habla por teléfono con el panadero, como en el video que se hizo masivo en las redes sociales, lo interpela como “trabajador” más que como “vecino”.

 

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En cuarto lugar, y para cerrar, otro elemento novedoso en las prácticas contemporáneas de las visitas de dirigentes políticos a “vecinos”, sino el más significativo, está dado por el rol que en ellas juegas las redes sociales. El timbreo es una herramienta propia de la era digital. No se organizan para quienes están en el lugar, para el contacto localizado, como sí ocurría en el pasado, cuando las redes eran “cara a cara” o mediadas por periódicos o radios, de alcance limitado. Los timbreos se hacen hoy para la foto, el video y su circulación. Se trata de un dispositivo localizado pero que busca un alcance masivo, sin el cual no podría ser parte importante de los nuevos vínculos representativos que apelan a la cercanía, la escucha, la empatía y el contacto directo. A tal punto se han convertido en marketing electoral que pueden existir manuales de estilo para sacar las fotos, para capturar de manera cuidada y efectiva la supuesta espontaneidad del contacto inesperado uno-a-uno. Lo que podría aparecer como un retorno de la política “cara a cara” es en realidad todo lo contrario.

 

Foto de portada: DyN

Fotos interior: DyN, Casa Rosada y Facebook Mauricio Macri.


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