“Es muy raro, pero siempre que aparece la palabra ‘reconciliación‘ las cosas terminan mal. Es como si esa palabra fuera un truco payasesco. Ese truco donde el payaso viene, te ofrece su mano gentil, y cuando se la estrechás te regala una descarga eléctrica”, dice el escritor Félix Bruzzone, mientras recuerda la primera marcha a la que fue, y cuenta por qué irá con sus hijos hoy contra el 2x1.



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Fotomontaje: Sebastián Angresano

 

Querido 2×1:

 

Me encantaría escribir del 2×4 en vez de tener que hablar de vos, pero como no sé mucho de tango… Te confieso, es un bajón saber más de DDHH que de tango. Pero que quede entre nosotros. Hablemos de vos.

 

Cuando en el barrio donde vivimos, alejado del mundo y perdido en medio del monte perpendicular de los lamentos, te vimos nacer, nos pareciste un ser… ¿cómo decirlo? ¿Deforme? ¿Aberrante? No sé. En todo caso (y lo que es peor), nos pareciste el ser más trucho que podían dar todos los juicios de lesa humanidad juntos. El más trucho y el peor.

 

Hubo otras rarezas, igual, antes. Es una larga historia de espantosas deformidades, no te voy a decir que no.

 

Por ejemplo aquellas viejas leyes de obediencia debida y punto final, sancionadas incluso luego de que todos, de todos los colores, fuéramos al Congreso primero y a la Plaza de Mayo después, como desafiando a los tanques de Campo de Mayo a que no se atrevieran a moverse. Yo en esos días era un niño y, recuerdo, mi tío me llevó de la mano y me hizo ver cómo eran las cosas. Todo parecía una gran fiesta, aunque luego terminara mal. Porque es muy raro, pero siempre que aparece la palabra “reconciliación” las cosas terminan mal. Es como si esa palabra fuera un truco payasesco. Ese truco donde el payaso viene, te ofrece su mano gentil, y cuando se la estrechás te regala una descarga eléctrica. O cuando el payaso te pide que te acerques y desde la flor de su ojal te moja la cara.

 

O bueno, aquellos indultos, los recordarás, frondosos y deformes, que agitaron otra vez las calles con inmensas marchas. Una en contra y otra a favor. Por suerte, en aquella ocasión, el espíritu democrático fue más fuerte que todas las pulsiones encontradas y no hubo nada que lamentar. No en el momento. Después sí. Hubo que lamentar diez años de impunidad absoluta. Conozco el caso del repartidor de pizza con familiar desaparecido al que le tocó llevarle una de jamón y morrones a Massera. ¿Escupió esa pizza antes de entregarla? Ni siquiera. Parálisis total. O el caso de la chica que había estado exiliada, volvió, y debió exiliarse otra vez al descubrir que asesino de sus padres vivía en su edificio. O el mío, que cada vez que iba con mi tío a un restorán tenía que escucharlo preguntarle al mozo si tenían alguna silla con la pata rota, por si entraba algún represor, para dársela. Él se reía, era un tic que tenía, la frase y la risa. Buscaba complicidad y, alguna vez, algún mozo también sonrió. Pero nada, una sonrisa de cortesía, o de conmiseración.

 

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Años difíciles y deformidades muy graves que de a poco se pudieron encarrilar. Sin embargo vos, 2×1… ¡Qué potente, querido! Porque al verte ahí, en esa cuna como de oro, parecía que no iba a haber marcha atrás, ¿no es cierto? Sos el último eslabón. Uno muy duro. Un eslabón perdido que de golpe ahora surge entre las cenizas y nos deja con la boca abierta, casi balbuceantes. Y muchos, al verte tan orondo, hasta nos dijimos, resignados: “Bueno, por lo menos llegamos hasta acá y tuvimos el gusto de haber visto morir a tu padre, el villano favorito de la historia argentina reciente, desangrado en un inodoro penitenciario”. Una decepción insólita, muy poco aguerrida. Y encima ahora mi tío no está para darme la mano y llevarme a la marcha, ni para hacerles chistes resentidos y muecas a los mozos. Y justo ahora que el horizonte de entregarles pizzas de jamón y morrones a represores liberados parecía superado…

 

Pero mirá lo que son las cosas, 2×1, los días pasaron y, como sin darnos cuenta, nuestra resignación idiota de barrio periférico y siestero (pero no trucho, o no trucho en la medida en que lo sos vos, que sos el colmo de la truchada) se convirtió en un 90% de la población del país en tu contra. Y entonces… ¡Eso es el horror, 2×1!, ¡es eso! ¿Pensabas que el horror era lo que hizo tu dulce padre muerto desangrado en inodoro penitenciario? No. Horror mayor es que te desprecia el 90% de un país. Porque ese desprecio es el reflejo, la verdad actual del horror, es aquello en lo que se convirtió el horror que te dio origen. O sea… ¿entendés que estás al horno?

 

Ahora, te cuento, va a haber otra marcha. Una marcha multitudinaria motivada por tu existencia y por tu fama, y en tu contra. ¿Cuántos de mi barrio marcharán? No sé. Lo único que te digo es que ahora no tengo tío, pero tengo tres hijos, y pienso ir con ellos, porque no me parece justo que más de 40 años de ir en contra de deformidades como vos puedan terminar como consecuencia de algo tan trucho como vos. Porque ninguno de mis tres hijos se merece una truchada semejante y porque me gustaría cuidarlos así, como son, toda mi vida, que espero sea larga para poder ver nietos, bisnietos, y todo eso. Porque la pulsión familiar es muy fuerte en mi barrio, ¿sabés? Tenemos nuestras cosas, no te voy a decir que no, pero nos queremos bastante.

 

Y una cosita más, te digo: como no tengo manos para ir con mis tres hijos agarrados (ellos son tres y mis manos son dos) quiero que te quedes tranquilo, que vamos a estar bien, porque esto lo vamos a hacer por vos, ¿sabés?, con muchas ganas de pasarte por encima. Así que seguro, seguro, que encuentro a alguien que me de la tercera mano. Y en ese momento, justo en el momento en que aparezca esa tercera mano, vamos a ser 3×1, ¿entendés? Eso te quería decir.


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