El brasileño Adirley Queirós creció en Ceilândia, asentamiento surgido apenas se inauguró Brasilia, la promesa de modernidad urbana. Sus películas -exhibidas en el Festival CineMigrante- muestran rap, obreros metalúrgicos, racismo y desplazamientos, también el golpe de Estado contra Dilma Rousseff. Con estos elementos Queirós traza una contrahistoria y otros desenlaces. Esta nota es parte de una serie de textos surgidos de la alianza entre CineMigrante y Anfibia para pensar el futuro desde una territorialidad decolonial.



El cine de Adirley Queirós, tal vez el más comprometido director brasileño de los últimos diez años, es un cine que interpela al presente de América Latina con todos los medios posibles. Y, al hacerlo, construye las contra-imaginaciones necesarias para desear un futuro colectivo. Su cine abre una brecha entre utopía y distopía para dar espacio a una narrativa que se sabe y se entiende a sí misma como decolonial y que, por eso, exige y reclama otras posibilidades, otras narraciones.

 

Volver la mirada a la filmografía de este director es, entonces, un gesto vital para comprender el estado de nuestro presente. Es una posibilidad para tejer una similitud corajuda y necesaria entre la actualidad de Brasil y Argentina. Ambos países están siendo atravesados, hoy en día, por una rotura violenta que marca una herida profunda entre el estado de hecho y el estado de derecho. Sobre esa herida pulsante se ubica el cine de Adirley Queirós.

 

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Hijo de la primera generación de habitantes de Ceilândia, Adirley Queirós es heredero de la contradicción de ser y no ser de Brasília, de estar dentro y fuera de la capital federal, de vivir al y en el límite. Sus padres estuvieron entre los miles desplazados y desplazadas que generó Brasília, la metrópoli latina que debía reinventar el habitar moderno. Y Ceilândia, la ciudad satélite, tomó prestada la sigla de su nombre desde su violento acto fundacional: las primeras tres letras de la ciudad se deben a la campaña gubernamental conocida como “Centro de Erradicación de Invasores” (CEI).

 

Tras la inauguración de Brasília, los asentamientos precarios donde vivían quienes habían trabajado en la construcción de la ciudad fueron declarados ilegales, no aptos a la promesa de modernidad garantizada por la urbe recién diseñada. Es así que en 1969, con apenas nueve años desde la fundación de la capital federal, el gobierno central creó una comisión para el desmantelamiento de los asentamientos y, forzosamente, aparecieron las periferias subalternas con sus historias y sus imaginarios.

 

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Los habitantes que resisten y se organizan frente a esa racialización de la periferia son los protagonistas de los cortometrajes Rap, o canto da Ceilândia y Dias de greve. Ahí la mirada de Adirley Queirós se detiene sobre lo cotidiano de sus vidas, en la música rap como aglutinante político y la organización entre trabajadores como contención colectiva. Mientras en los largometrajes A cidade é uma so?, Branco Sai Preto Fica y Era uma vez Brasilia, en cambio, decanta la ficción con todo su aparato disruptivo sobre el injusto presente. Esa propuesta ficcional, una narración que se muestra como resquebrajada pero no rota, es exactamente el manifiesto que nos deja Adirley Queirós para pensar el futuro de la región.

 

La puesta en escena de Ceilândia, junto con el insistente deseo para que se propague el canto engañoso de esa modernidad mortífera, se convierte -en el cine de Adirley Queirós- en una serie de narraciones distópicas que replantean la experiencia de la modernidad urbana en América Latina. En las películas los testimonios de las y los habitantes de Ceilândia coexisten con la ficción, en un diálogo deliberadamente precario con los géneros del cine.

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Su obra muestra una intrincada construcción del tiempo, donde el presente está entre lo que la historia oficial devuelve como real y la especulación posapocalíptica sobre el futuro. Y el pasado, si es que alguna vez existió, siempre viene en forma de ruinas, de objetos de tecnología obsoleta, con una ostentación táctil de aquellas materias primas que han significado, y siguen significando, la devastación colonial de Brasil: el papel, el caucho, la fuerza humana… En estas películas, la narración distópica surge como respuesta a eventos históricos concretos para poder actuar sobre el imaginario colectivo y sanarlo. Tanto la planificación de la capital como la racialización de las periferias y el último golpe de estado judicial pasan por una apropiación ingeniosa de parte de Adirley Queirós de imágenes de archivo, de fragmentos de películas, de recuerdos de sus habitantes con los que recuperar la imaginación, desviar la historia oficial a través de la ficción para habitar una dimensión más identitaria y política.

 

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A cidade é uma só? se interroga por el pasaje de la presidencia de Luiz Lula da Silva a la de Dilma Rousseff. Al mismo tiempo, la película deja emerger una memoria urgente y en tránsito con la que diseñar una contra-narración sobre la fundación de Brasília y los desplazamientos. Branco Sai Preto Fica, el segundo largometraje de Adirley Queirós, complejiza el trabajo entre cine y memoria e interpela las contradicciones del supuesto progresismo del país: en el año 2070, aterriza en Brasília el agente Dimas Cravalanzas, viajero intergaláctico encargado de recoger evidencias de crímenes cometidos por el estado contra las poblaciones negras y periféricas. En el centro de su investigación está la violencia ocurrida en el baile de Quarantán, en Ceilândia, en una noche de 1986, cuando la policía reprimió, hirió y mutiló a dos jóvenes negros. Los actores Marquim del Tropa y Shokito, sobrevivientes del episodio traumático, prestan sus cuerpos y memorias para elaborar sus pérdidas y, a pesar del aislamiento e inmovilidad de su actualidad, inventan formas de actuar y de experimentar lo transformable de su experiencia hacia el futuro. Así, entre un futuro ficcional y aparentemente utópico y un pasado real traumático, se sitúa la dimensión distopícamente crónica de un tiempo que estalla, retrocede y avanza con el pasar de la película, el tiempo de la urgencia de Ceilândia. Con Era uma vez Brasília, el último largometraje de Adirley Queirós y premier en Buenos Aires, ya no hay refugio para rememoraciones. Aquí también llega un viajero intergaláctico pero ya no para defender a los vencidos sino para matar a los vencedores: el presidente Juscelino Kubitschek quien se encargó de la construcción de Brasília. En la película, la esperanza aparece defenestrada, no hay espacio para ella en los planos que se nos muestran como inestables, tambaleantes. En los encuadres las imágenes se pierden, se refieren a sí mismas y el fuera de campo no sugiere nada, sólo devastación. Con el transcurrir de Era uma vez Brasília se asiste a una radicalización de las posibilidades narrativas de la ciencia ficción y se nos presenta un caos total, un mundo post-apocalíptico donde el golpe de Estado sí queda denunciado pero la inmovilidad de las fuerzas políticas de la oposición también. Una radio transmite el último discurso proferido por Dilma como presidenta y el júbilo de los parlamentarios que votaban por la destitución apelando a un futuro especulativo y rediticio.

 

La sintomatología de Brasil, un país tan lejos pero a la vez tan cerca de Argentina, con su historia pasada no tan pasada sino muy presente en la cotidianidad de la región parece apuntar a que ya no hay cura. Pero Adirley Queirós, con sus imaginarios resquebrajados y pulsantes, nos comparte los recursos para una contra-imaginación que cauteriza con llamas la herida abierta del futuro de Brasil y, porqué no, de América Latina también.

 

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