Lucía Caram es cocinera, argentina y estrella en la TV española. Cristina Scuccia ganó el reality The Voice, en Italia, cantando Girls just want to have fun, el hit de Cindy Lauper. Las dos son monjas. Los ejemplos podrían ampliarse y hablan del papel subalterno, indefinido e incómodo de las religiosas en la estructura católica. “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción”, dijo Bergoglio. Monjas, curas jóvenes, el mismo papa, ya no tratan de transmitir un mensaje sino de exhibir actitudes, mostrar que una sotana o un hábito no es más que un uniforme y no un símbolo de superioridad moral.



En su nueva temporada, el Canal Gourmet trae como novedad un programa conducido por  Sor Lucía Caram, una monja argentina, nacida en Tucumán y residente hace varios años en Cataluña. Parada frente a las cámaras, vestida de riguroso hábito e impecable cofia usa la media hora de que dispone para transmitir recetas tradicionales de diferentes partes del mundo, algunas aprendidas en su familia de origen árabe, otras recogidas de religiosas a las que ha ido conociendo en su periplo por diversos conventos. Declara 48 años, pero se sabe las monjas no tienen una edad definida,  ni la necesitan. Pero no hay porqué no creerle, los parece, hasta donde el tocado y el maquillaje televisivo se lo permiten. También dice que los platillos  que cocina en su programa son los mismos que sirve a   sus hermanas de convento.

 

Se podría suponer que llega a estas costas (el programa proviene del canal  español Cocina) en reemplazo de la hermana Bernarda, otra monja cocinera, esta vez de origen alemán, muerta no hace mucho. Pero hay diferencias. Lucía se acompaña de música pop en lugar de con tonadas medievales y renacentistas como hacía su antecesora para quien  las recetas eran una manifestación religiosa. Además,  todo en su cocina es de nueva generación –nada de ollas viejas ni de aparatos que ya nadie usa-, donde antes  había hieratismo, ahora todo es movimiento. Mientras cuenta cómo se hacen los platos, Sor Lucía usa frases que podrían bien ser de doble sentido y de una religiosidad bastante menguada. Como cuando elogia un plato diciendo: “os hará flipar en colores”.

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Pero la diferencia mayor –y que tiene que ver con historias que se repiten en otros ámbitos- es que Lucía es una monja decididamente integrada al mundo y que opina más como una estrella mediática (aunque con preocupaciones sociales)  que como una religiosa. Le dicen la “monja cojonuda” y ella, en lugar de ofenderse, lo explica de este modo: “Parece que toco los cojones cuando hablo. Es que cuando trabajas con gente que está en exclusión social, y ves lo que está pasando, tienes un compromiso con la verdad. A veces uno denuncia cosas, y eso resulta incómodo”.

 

Juega todo el tiempo a la trasgresión, al punto de ensayar, al menos implícitamente,  una defensa del matrimonio gay: “Yo siempre me pregunto qué haría Jesús, y Él siempre bendecía. Nunca maldecía. El matrimonio y el amor siempre son bendecidos. Que institucionalmente se nieguen a elevarlo a la categoría de sacramento es otra cosa. Pasarán muchos años para eso. Yo no me siento capaz para condenar a nadie. Estamos llamados a bendecir cualquier tipo de amor. El que no bendice, maldice. Y eso es pecado”.   Sin contar que es una asidua usuaria de twitter y que considera que Cristo, de haber podido hacerlo,  hubiera transmitido su mensaje a través de las redes sociales.

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Este mismo año, los jurados de un reality italiano de cantantes –The  Voice- Italy- se quedaron estupefactos al descubrir que una de las participantes era una monja, sor Cristina Scuccia. Fue fácil que se dieran cuenta. Sor Cristina no se cambia de hábitos ni siquiera para cantar. Casi obviamente, ganó el premio que incluía un contrato para grabar un disco con la Universal. La canción que eligió para celebrar su triunfo fue Girls just want to have fun, el hit de Cindy Lauper que es básicamente un canto a la libertad sexual.

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Interpretó el tema con su tocado, mucho énfasis y moviéndose sin parar de un lado a otro del escenario ofreciendo una figura rara o  al menos inquietante. Pero que, extrañamente, no generó mayores escándalos. Salvo entre los demás concursantes que vieron en sus hábitos una competencia desleal. Además de algunas expresiones anticlericales que veían en su participación una injerencia de la iglesia en espacios naturalmente laicos como el mundo del espectáculo.

 

Estos dos ejemplos, que podrían ampliarse, hablan de un lugar difícil de definir para las monjas dentro de la estructura católica. En definitiva, ¿cuál es su rol? De las cuatro categorías en las que se las suele dividir- monásticas, mendicantes, hospitalarias y solidarias- sólo dos parecerían tener una función clara, casi siempre en trabajos de servicio, como la enfermería o la educación (que tiene además la tarea de captar acólitas, como fue el caso de Sor Cristina, quien abandonó a un novio para ingresar a las ursulinas, con quienes estudió  música).

 

 

 

Un papel subalterno en el cual son muchas las monjas  que no se sienten cómodas. Quien puso en mejores palabras este rechazo a una situación de desigualdad con los curas fue Sor Juana Inés de la Cruz. La poetisa mexicana había sido cuestionada por el obispo de Puebla por  su vocación literaria y su curiosidad por los saberes de su tiempo. Encubierto a medias bajo el seudónimo de sor Filotea, el clérigo le hizo llegar una carta, que fue largamente respondida por Sor Juana, quien puso en juego toda su capacidad de ironía. En uno de los párrafos de ese texto puede leerse: “Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. (…) pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.” En el lugar que le ha asignado la máxima autoridad eclesiástica, la cocina, cosa de mujeres, Sor Juana sitúa un escenario posible del saber. No hay vocación que no encuentre su sitio.

 

 

Cuando se la excluye del mundo, Sor Juana reclama su derecho a pertenecer a él. Y uno de los bastiones es la cocina, el otro el saber.

 

No ha sido históricamente el único camino. Y hay alguna triste historia de intento de salir de ese lugar de servicio domesticado, como la de la monja que se conoció universalmente como sor Sonrisa, apodo que por mucho tiempo cubrió el nombre de Jeannine Deckers.

 

 

Esta monja belga impulsada por sus compañeras que admiraban sus dotes musicales, grabó un disco que incluía un tema que muy pronto se convertiría en un hit planetario. La canción se llamaba Dominique y el estribillo decía: “Dominique-nique-nique marchaba con toda sencillez/ Caminante pobre y cantando/ En todos los caminos en todos los lugares sólo habla del Buen Dios/ Sólo habla del Buen Dios.”

 

El enigma de su identidad fue finalmente revelado cuando Ed Sullivan se trasladó hasta el convento belga, también impulsado por los rumores que hablaban de la belleza de la religiosa. Incluso hubo una película en la que era interpretada por Debbie Reynolds, que se le parecía bastante poco. Hollywood no construye sus leyendas sobre la exactitud y el rigor.

 

 

Seguramente como resultado del éxito, Jeannine abandonó el convento e intentó continuar su carrera musical, siempre como sor Sonrisa. Esta vez no hubo repercusión. Tal vez porque una monja sin hábitos ya no interesaba.

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A medida que pasaba el tiempo, sus temas fueron cada vez más críticos con la iglesia, lo que llevó al gobierno belga a cerrar por deudas de impuestos un instituto de niños autistas que ella dirigía. Seguramente colaboró en la persecución oficial el escándalo de que decidiera empezar una relación con  otra mujer, con la que convivió por varios años.

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Estas historias de mujeres desplazadas y de espacios oscuros de alguna manera participan de una lógica que la parte masculina de la Iglesia ha comenzado a adoptar como propia no hace mucho. Aceptar la dinámica de la escena mediática, incorporarse a ella e ir detrás de algo que a falta de mejor nombre se llama popularidad. En el reportaje que  dio a La Nación, Bergoglio fue claro al respecto: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción”. Una sutil distinción propia de la mente de un jesuita. Ya no se trata de transmitir un mensaje sino de exhibir actitudes, mostrar que una sotana o un hábito no es más que un uniforme y no un símbolo de superioridad moral.

 

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Entonces, aparecen los mentados actos de Bergoglio que ponen énfasis en su calidad de humano, de ser uno más (de hecho en la entrevista hay varios párrafos en que habla de sus achaques): desayuno de Navidad con homeless, llamado de teléfono a su quiosquero, bajarse del auto a saludar a un discapacitado, envío de cartas personales. El trabajo del Papa ya no es difundir la palabra sagrada sino mostrarse atractivo, convocar multitudes, concitar voluntades a su alrededor, en definitiva seducir, llamar la atención. Algo que se nota en esta declaración supuestamente provocativa: “las mujeres son la cosa más linda que hizo Dios”.

 

La diferencia con Juan Pablo II, con quien comparte movilidad, es que Wojtyla era un Papa viajero que creyó haber descubierto que el mensaje cristiano debía entregarse a domicilio, otro episodio de proselitismo. Se admiraba de él su ubicuidad (que tiene algo de sagrado), su historia pero no su personalidad.

 

En la misma línea de Bergoglio se ubica el padre Juan Carlos Molina, actualmente a cargo del SEDRONAR. Es un funcionario con sotana en un espacio que nada tiene de religioso. Y ya se ha ocupado de generar escándalos e incluso pedidos de excomunión con su declaración de que habría que habilitar el consumo de drogas. Más allá de la validez o no del planteo, lo cierto es que su posición lo convierte en una figura mediática. No es casual que mantenga una relación muy cercana con Francisco.

 

Pese a las  declaraciones del Papa, que se despliega en celebraciones  de lo femenino, lo real es que la participación de las mujeres en el poder eclesiástico sólo sucede en calidad de monjas y que no hay miras en el corto plazo de que eso cambie. Pese a ese lugar relegado,  las monjas se las arreglan para salirse de claustro, a diferencia de los curas que siempre saben qué lugar les corresponde en la representación de la palabra divina y en la administración (aunque a veces fraudulenta) de la justicia moral. Para los sacerdotes todo es claro, se trata básicamente de administrar los sacramentos y de difundir la doctrina de la iglesia. De allí que sus salidas de la residencia habitual sigan formando parte de su actividad religiosa, es decir, nunca dejan de estar en estado de oficio, ni siquiera cuando se incorporan a la guerrilla como fue el caso del colombiano Camilo Torres. O cuando cantan o escriben. Es la continuación de la religión por otros medios.

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Sin salirse de su papel, Bergoglio, ha encontrado un nuevo estilo para un mundo en el que la fe es menos racional que apasionada, que sigue a las personas más que a las doctrinas. A ese mundo hay que demostrarle que se manejan sus códigos, de allí que el Papa tenga twitter. En cierto sentido, puede decirse que las monjas, al ser desclasadas, al  vivir más a nivel del piso,  saben desde antes que los curas que se debe vivir y sobrevivir en ese mundo. Con esa percepción propia de los conservadores, Manuel Gálvez planteaba a principios del siglo XX que era imposible una revolución como la rusa en la Argentina, porque los rusos seguían a Cristo- justiciero, implacable, tenaz –y entre nosotros la devoción a la Virgen María era lo que primaba. La suavidad, la piedad, la comprensión. Parece que esa distinción no ha perdido vigencia en la Iglesia, es más, se ha acentuado. El modelo femenino es el que marca del camino y en eso las monjas tienen algo que aportar.

 

Las monjas que no se enclaustran, quedan colocadas  a mitad de camino entre la vida monacal y el mundo laico. Y hoy parte de ese mundo laico es cada vez más la escena del espectáculo, los medios. De allí que de pronto prendamos la tele y nos encontremos con mujeres con tocado interpretando canciones pop o revolviendo parlanchinas el contenido de  una cacerola. Mujeres que han renunciado a muchas cosas pero no a dejar de estar allí donde no se las espera. Los desplazados suelen anticiparse a los hechos, los márgenes tienen más recursos que el centro.


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