"Me preocupa lo que la secuencia del relato muestra. Me preocupa cómo puedan leerse las múltiples señales a las que Carolina Aguirre, como tantas otras mujeres, no respondió a tiempo teniendo ciertos recursos disponibles. Me preocupa que la estetización del relato pueda banalizar los hechos de violencia contra las mujeres. Me preocupa que la secuencia de la crónica pueda ser utilizada para desestimar la gravedad del hecho", escribe Laura Masson. El texto "Colombia", donde la guionista denuncia a su ex por violento, es un aporte porque desarma uno de los prejuicios que dice que si una situación le pasa a una mujer es porque algo malo tiene y porque también señala las complicidades que silencian un hecho grave.



A la conciencia de género se llega como se puede. A través de una trayectoria de reflexiones más o menos ordenada o irrumpiendo a la reflexión porque los “temas de género” se hicieron demasiado evidentes en nuestra vida, con mayor o menor violencia. Las cuestiones de género merecen ser problematizadas porque hablan de relaciones de poder, jerarquía y desigualdad. Las definiciones de las relaciones de género que no tengan como eje estructurante el tema del poder pasan de alguna manera a ser anecdóticas.

 

La crónica de Carolina Aguirre “Colombia” irrumpe en una revista de domingo que poco habla de estas cosas. Una en la que sus primeras cuatro primeras páginas muestra un ideal de amor y de pareja: heterosexual, joven, linda y feliz… tomando champagne. Donde lo femenino suele estar asociado a la moda y a la estética, cada domingo varias páginas están destinadas a este tópico. Aquí, las historias de mujeres (o varones) en general son de éxito, y si no lo son es porque se refieren a otros siempre muy diferentes: muy pobres o muy lejanos. La violencia, la angustia y el miedo no suelen aparecer asociados a las mujeres que habitan sus páginas. Pero un domingo lo hicieron a través de la experiencia de Carolina.

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La crónica surge con un estilo que no es ajeno al medio: una narración estetizada, que incluye los bosques de Cariló, aeropuertos, aviones, shopping y hoteles de lujo. Los personajes no son ni sucios, ni feos y, por lo tanto, se supone que tampoco deberían ser malos. El relato parece anómalo en este contexto y surge la siguiente pregunta: ¿Por qué me pasó esto a mí? ¿Por qué a mí que soy linda? ¿Por qué a mí qué soy inteligente? ¿Por qué a mí que escribo? ¿Por qué a mí que soy exitosa? ¿Por qué a mí que siempre tuve parejas que me amaron tanto? ¿A mí que tuve el matrimonio perfecto?

 

La respuesta de Carolina llega hacia el final de la nota: “Como si esto no le pasara a todas”, “Como si yo no fuera igual a todas”. Pero yo no creo que esto les pase a todas, ni que ella sea igual a todas. Si sé que le pasa a muchas y sé muy bien que el disciplinamiento de género es constante, pesado e implacable. Considero que parte de la respuesta viene asociada a nuevas preguntas. Por un lado, preguntarnos por qué creemos que todas esas características o circunstancias de la vida (linda, inteligente, exitosa, ferviente lectora, “matrimonio perfecto”) eximirían a una persona de los riesgos a los que cualquier relación humana está potencialmente expuesta. Y por otro, suponer que la relación de pareja no es una relación como otras; presumir que está rodeada de algodones donde las mujeres nos sumergimos para que nos traten como “princesas”, adivinen nuestros deseos y los complazcan, nos llenen la casa de corazones o saquen sorpresivamente pasajes para ir a Nueva York.

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Las mujeres no somos princesas, somos personas con los deseos, las angustias y los miedos propios de la humanidad. Con ellos debemos aprender a convivir y a administrar, adquirir las herramientas necesarias para vivir nuestra vida de la mejor manera posible.

 Adherir a la creencia de que somos princesas, o que nos van a tratar como tales, nos deja indefensas ante las señales de alarma recibidas de que puede no ser así. Y salvo casos excepcionales, las señales llegan: “No me gusta como le habla a su ex-mujer”; “Tengo un ataque de angustia, me pongo a llorar y lo dejo”; “Le dije a mi psiquiatra que él tenía algo raro y oscuro”. Pero ante esas señales las que piensan que esto les pasa a otras se quedan, porque suponen que a ellas no les va a pasar.

 

A esta altura es necesario poner de manifiesto que la violencia machista se sustenta en gran parte en la trama de pequeñas, oscuras y silenciosas complicidades que consideran que la violencia se ejerce sobre los que se la merecen. Y los que se la merecen son siempre “otros”. Y como son otros (de esos que solo entran en las páginas del domingo bajo las formas de la extrañeza y el exotismo), suponemos tácitamente que esa es la razón por la que estas cosas les pasan: porque no son como nosotros.

 

Esta creencia compartida afecta gravemente nuestra capacidad de identificar y discernir, de tomar decisiones y cambiar el rumbo. Si todo indica que estas cosas no deberían “sucederme a mí y me suceden”, el siguiente paso es admitir que algo errado tengo o estoy haciendo, ¿Y si estoy loca como él dice? ¿Y si estoy exagerando? ¿Si él no supo cómo frenarme, si yo soy imposible?

Reivindico la publicación de la crónica, me alegra que esté en las páginas de esa revista y también que salga de la pluma de una mujer a la cual nada haría suponer que “le va a pasar eso”. La crónica de Carolina Aguirre tiene dos grandes virtudes. La primera es romper el silencio y la segunda mostrar pistas de las cuales podemos aprender muchas cosas. Hago especial mención a la virtud de romper el silencio porque para escribir y luego publicar, antes fue necesario abandonar la idea de que “si me pasa a mí es porque en algo estoy fallando”.

 

Romper el pacto de silencio produjo un efecto dominó y fueron muchas las personas que certificaron hechos de violencia (hacia varones y mujeres) donde el protagonista era el mismo. La ruptura del silencio saca a la luz la fuerza aplastante de las suposiciones machistas, furtivas y subyacentes, acerca de la culpabilidad de “las mujeres” y de sus defectos o dificultades (como si todas fuéramos iguales y tuviéramos los mismos problemas y conflictos). 

 

La segunda virtud hace referencia a la manera en que las mujeres participamos de las formas de la violencia machista. Sin lugar a dudas son puntos difíciles de expresar por lo delicado y doloroso del tema. Me animo a decirlo porque sé lo que se siente al quedar inexplicable y culposamente paralizada ante situaciones de acoso y el tiempo que demora la reacción.

 

Las pistas que menciono más arriba son las señales que Carolina enumera y a las que no logra prestarle atención a tiempo: “Al lado suyo la paso pésimo”; “A esta altura lo dejo una vez por semana por lo menos”; “Me bajo del auto y me vuelve a meter por la ventana”; “Lo dejo y me encierra en su casa hasta las nueve de la mañana”. Para que ella (y otras) no les presten atención colaboran muchas otras personas. A veces activamente, a través de sus “voces autorizadas”, como el caso de la psiquiatra que receta Rivotril y dice que ella lo asfixia o que “tiene miedo de amar” y que él “es el novio perfecto”.

 

En un caso más extremo aún, otro ejemplo es el de las jóvenes mujeres asesinadas en Montañita (Ecuador) cuando un médico que “analizaba” el caso dijo que eran “víctimas propiciatorias”, en una elegante maniobra para desplazar la culpabilidad desde los perpetradores hacia las chicas, ahora muertas. En otras oportunidades, la complicidad se da a través de miradas, gestos, silencios o a partir de comentarios de familiares y amigos del tipo “¿Cómo terminaste con alguien así?”.

Todos colaboran para proteger la violencia machista. Estas pequeñas y grandes complicidades son abrumadoras y explican la dificultad de reaccionar ante las señales.

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Para revertir esta situación es necesario entender cuál es la razón por la cual perdimos allí nuestra capacidad de agencia y nos convertimos en “víctimas”. Creo que hay en ese momento un espacio donde debemos invertir en reflexión y estrategias de empoderamiento. Romper el silencio es una de ellas. La otra es poder leer las señales. Y podremos leerlas claramente cuando nos demos cuenta de que esas señales están efectivamente dirigidas a nosotras. Que por más que seamos exitosas, lindas, lectoras dedicadas, o cualquier tipo de fantasía de exclusividad que construyamos en función de nuestra pertenencia de clase, a nosotras también nos puede pasar. Que el conflicto y la violencia son potencialmente parte de las relaciones humanas y tenemos que estar listas para responder. Que el desafío es cotidiano y a veces extremadamente íntimo. Por eso es necesario reaccionar ante la violencia del chiste machista y/o racista, ante la descalificación pública, más o menos sutil, tan común en las reuniones sociales y familiares. Que el (tal vez mal denominado) “horror” muchas veces no se muestra tan monstruoso y está cerca de nosotros, pero bajo otras manifestaciones.

 

Que la manera de ir contorneándolo no es necesariamente “la perimetral”, sino también la demostración de que no estamos dispuestas a tolerar y ser cómplices de las pequeñas y solapadas formas de violencia. Que no queremos escuchar que a dos chicas que viajan se las llame “víctimas propiciatorias”, que no queremos aceptar que por haber sido víctimas de acoso o violencia física somos “personas de peor calidad”, que no nos vamos a reír cuando otros/as se rían de “la gorda” o de “la fea” o de la “que es rapidita”. Porque esa burla es una advertencia y un disciplinamiento que también está dirigido a nosotras. Que para revertir las relaciones de poder y desigualdad es probable que tengamos que soportar que nos consideren locas y dejar de ser princesas.

Creo que en ese espacio de agencia dormida hay un resorte que tenemos que hacer saltar, porque quizás de esa manera evitemos que nos pase de nuevo. Porque, como dice Carolina, lo que más duele es “no haberme escuchado, no haber confiado en mí”.

 


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